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04 de marzo 2024

Ernesto Seman

CAFETÍN

Tiempo de lectura: 4 minutos

Camila Perissé tenía un barcito porteño en Brooklyn. Se llamaba “Cafetín” y quedaba en Union Street entre las avenidas quinta y sexta. Uno dejaba atrás una zona de ventanas tabicadas con madera, fábricas cerradas y un hotel a medio construir y antes de entrar a la parte de casas fastuosas de Park Slope, estaban esas cuadras de transición, “territorio de fronteras” como llamaba Aricó a Córdoba para designar su lugar tupacamarizado entre el oeste brutal y campestre y el este urbano y brutal.

Esto ocurrió entre fines de los años 90 y principios de siglo. El local, Cafetín, tenía un cartel de falso fileteado en la puerta y unas ventanas con vidrio de piso a techo en las que pegaba el sol y la sombra de un árbol justo delante del local. Adentro era pequeño, con una barra y un par de mesas. Camila Perissé no había buscado el efecto nostálgico de replicar el mobiliario porteño, y como otra de sus actividades era la ebanistería, había unas mesas y barras de madera oscura y apariencia irregular, lustradas pero sin brillo. Una mesa más grande estaba en la vereda y se poblaba en los días de sol, un lugar que hoy que la zona no es frontera de nada estaría repleto y con colas y con vecinos con perros y bebés y autos.

Las medialunas de Cafetín estaban bien, pero lo más interesante eran los sándwiches de miga y el café. Los sándwiches eran cuadraditos chiquitos y había de jamón y queso y alguna otra combinación. Estaban bien hechos, es más difícil de lo que parece, sobre todo en esa época, cuando técnicas, materiales y recetas circulaban de otro modo. Lleva su oficio lograr que estén húmedos pero no mojados. El café era, o así podía sentirlo uno, exactamente igual al que podía tomarme en La Esponja de Segurola y Camaronas. Fuerte, casi quemado, pero nunca quemado.

El Chino Fernández y dos personas más la cremaron en la Chacarita, en los mismos hornos en los que cremamos a mi madre hace 19 años y diez meses, en el cementerio en el que descansan Vandor y Pichuco

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¿Cómo mierda había llegado Camila Perissé a regentear un cafecito en un rincón perdido de Brooklyn? La historia decía que en Buenos Aires había sufrido una sobredosis y que a eso le siguió un tratamiento de rehabilitación en Estados Unidos, cursos de ebanistería, Cafetín. La historia contaba que alguien le había pagado esa segunda vida. Un amante, un amigo, un cliente. O Tato Bores mismo, a quien todos distinguíamos como un tipo generoso sin saber absolutamente nada de él. Construíamos en la relación de Tato con las vedettes una versión digerible de lo que no le perdonábamos a Gerardo Sofovich. El tono de esa historia, “La Salvación de Camila”, cambiaba de acuerdo a las pocas versiones circulantes. Algunas eran afectuosas, y otras crueles, económicas.

En aquel momento yo estaba muy enojado con la Argentina, y mucho más con la nostalgia respecto de la Argentina, pero en Cafetín se producía una forma de reencuentro aceptable. Una de las razones por las que me interesaba esta segunda vida de Camila Perissé era porque para esa época yo tomaba suficiente cocaína como para tener una sobredosis semanal. Sabía que Maradona jugaba de viernes a domingo y tomaba de lunes a jueves. Yo también calzaba 39 y medía 1,66, así que invertí la rutina y tomaba de viernes a domingo y me dedicaba a leer y correr de lunes a jueves. Todo con límites difusos. Leí en dos días “The Mediterranean and the Mediterranean World in the Age of Philip II” y escribí una reseña sobre los anales que guardé en un cuaderno. Y pensé que podía ser historiador.

La vi una vez sola en el lugar. Detrás de la barra minúscula, alta pero algo encorvada. Los ojos eran como los había intuido en los programas de Tato, no sólo hermosos sino tristes, suplicantes. Tenía las manos demasiado huesudas y delgadas y junto al resto del cuerpo daban la impresión de una tremenda fragilidad. ¿Me sirvió un café con un sándwich de miga? O algo así. Junto a ella trabajaba un chico mexicano con el que tiempo después compartimos equipo los sábados en Park Slope. Era macizo como una muralla de concreto y con su cuerpo chiquito podía esconder la pelota el tiempo que quisiera.

¿Cómo mierda había llegado Camila Perissé a regentear un cafecito en un rincón perdido de Brooklyn? La historia decía que en Buenos Aires había sufrido una sobredosis y que a eso le siguió un tratamiento de rehabilitación en Estados Unidos, cursos de ebanistería, Cafetín

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No quiero fijarme en internet las fechas en las que estuvo, la dirección exacta, la historia detrás. Hay/ recuerdos que no voy a googlear. No quiero saber quién es el Chino Fernández, quién le puso el café a Camila Perissé. Quiero recobrar la indiferencia de ese entonces, o la curiosidad desprovista de toda empatía, para no olvidar. Quiero ver todo lo que pasaba antes de las redes sociales, confirmar que no importa cuántas veces podamos cerrar Twitter o renunciar a la política para hablar de flores y animales: Nada, absolutamente nada, nos ahorra el trabajo de decidir y ser consecuentes con la decisión de ponerse por un segundo en el lugar del otro y de saber que no hay una vida plena si no es plena de todos.

Cuando se acomoden los números sobre las espaldas de millones de desahuciados y vuelva el milagro de los argentinos que cobran 70 dólares mensuales del CONICET pero logran visitar Nueva York, se podrá hacer el peregrinaje, ver qué hay ahora, recordar a Camila. El Chino Fernández y dos personas más la cremaron en la Chacarita, en los mismos hornos en los que cremamos a mi madre hace 19 años y diez meses, en el cementerio en el que descansan Vandor y Pichuco. Adonde voy a trotar cada vez que vuelvo a la Argentina, entrando sin temores apenas abre a las 7:30, sabiendo que al rato voy a salir para volver a estar en Buenos Aires.

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