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05 de noviembre 2023

Martín Rodríguez

¿LOCO, NO TE SOBRA UNA MONEDA?

Tiempo de lectura: 7 minutos

Esto que está pasando entre Macri y Milei iba a pasar. Aunque no exactamente así porque ahora pasa con los roles invertidos. Pablo Touzon les explicó a los uruguayos acá: “Macri ya venía pensando en una coalición con Milei. La diferencia era que pensaba que él iba a conducir a Milei y no que Milei lo iba a conducir a él. Pensaban en un esquema en el que iba a ganar Bullrich. No salió, y ahora van a acompañar ellos a Milei”.

El periodista Pablo De León tradujo en vivo la versión de una conversación entre Macri y Milei, tras su acuerdo sellado, después de esa entrevista en la que Milei pide silencio, se traba, escucha voces reales pero que todos imaginamos imaginarias. Da a entender que en esa charla uno es jefe, el otro no. Adivinen quién. ¿Macri es el jinete del apocalipsis? Quiere domar al potro desbocado que no pudo contenerse tras la derrota. Milei tuvo en ese gafe la primera dosis de aquello en lo que se juega ser político: por momentos ya no te escuchás a vos mismo. Se pone a prueba tu desconcierto. La política enloquece. Y si llegaste a ella ya enloquecido, la cosa se pone peor.

¡Nelson Castro ganó su batalla! Nelson tenía razón. El factor psicológico. Porque no es la primera vez que la psiquis de un político se coloca como campo de análisis político, sólo que ahora lo estamos tomando muy en serio, y con razón. Pero a Cristina le diagnosticaban el “síndrome de Hubris”. Elisa Carrió fue objeto de burlas por su “misticismo”, su fe. A Bullrich por una supuesta relación con el alcohol que explicaría “todo”. Sobre Kirchner Asís patentó “El Furia”, mencionando una “incontinencia”. No hay político sin que finalmente se le adjudique una dosis de locura, de desvío, patología. La forma oscura con la que se los viste más “humanos” a la larga.  

La locura de Milei nació ofertada. Hizo de su locura una oferta. Hizo de la locura su exterioridad, la motosierra, nombrar el tabú (“que estalle”); y no su misterio

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Pero sin suscribir a esa vocación psicologista, se puede distinguir una primera locura: el salto. “Meterse en política”. Es gráfica la frase que le adjudican a Alfonsín: “la política es tirarles la honra a los perros”. Y aunque la política no es solo tirarles honra a los perros, porque también es dar esperanza (recordemos al Ángel Caído en el Paraíso Perdido de Milton mirando al mundo recién creado: “Así pues, ¡adiós esperanza, y con la esperanza, adiós temor, adiós remordimientos!”), el camino empieza con el sacrificio de la honra, que no es gratuito. ¿Y cómo se soporta?

Ruckauf hacía yoga en una escuela de yoga que es mejor perderla que encontrarla. Pero ese personaje sonriente, afilado, mentor de la mano dura, pícaro, pícaro, pasaba horas de silencio y meditación. Si un árbol cae y nadie lo escucha, ¿hace ruido? De la Rúa cultivaba bonsái en la Casa Rosada, en Balcarce 50, nuestro jardín primitivo. La imagen quizás recuerda a la película “El sol”, de Alejandro Sokurov, sobre el final del emperador Hirohito. Las obsesiones botánicas de un emperador mientras su imperio se desintegra en el aire. La biología marina mientras en tu tierra crece el hongo atómico. Duhalde cazaba tiburones. En la película pavota de Luis Majul sobre (contra) los presidentes, se ve esa escena: Duhalde explica el disparo en la cabeza del tiburón. Segundos de silencio. Ese instante en que no sabemos quién está hablando en la cabeza de Duhalde, porque, seamos sinceros sin perder la ternura jamás, de Duhalde todo el mundo informado habló siempre de esos extravíos. Pero fue a la vez, como pocos, un hombre tan necesario para la Argentina. ¿Se necesitan políticos locos para hacer un país normal?

Milei en ese terreno ya es demasiado. Porque la locura no es sospechada, elaborada en versiones deformes o vidriosas, como costos del poder, o hasta hipótesis ciertas, pero como entretelón de un movimiento de placas mayor. La locura de Milei nació ofertada. Hizo de su locura una oferta. Hizo de la locura su exterioridad, la motosierra, nombrar el tabú (“que estalle”); y no su misterio. El misterio ahora será ponerle cuerda. Hacerlo cuerdo. A priori, él debería decir “van a tener que separar la obra del artista”. Pero aún no hay obra.

Una parte de la actividad política enloquece porque se hace en el ruido de asesores, de operadores, de amigos del campeón (y futuros leñadores del árbol caído), gente que te ama, te odia, dame más, y todo eso en lo que cualquiera se pierde. Siempre necesitan un cierto control terapéutico, control de daños, alplax, la voz del amigo de la infancia que rompe la voz de la conciencia: esto no lo hiciste a propósito. Muchos con los años terminan tatuados, achupinados, con especias acumuladas que ya no saben a dónde poner. Escribió Esteban Schmidt en su newsletter esta semana: “los ministerios son cubos que están lejos de las fábricas, de las aulas, de las salas de primeros auxilios cuyas condiciones se mejoran o se perjudican con los papeles que se firman o las reuniones que se hacen en los despachos”.

Jugar al golf, lo vimos. Bush, Obama, Menem, todos golfistas. En USA un presidente con palo de golf, gorra verde, sonrisa. Lo vimos todos. Cuantas más mediaciones, más viajes, más estirado para que el poder se vea como un flujo, algo que no lo tiene nadie. Sobre el golf Felipe Solá contaba que cuando tenía de (gran) ministro de seguridad a León Arslanian (el único gobernador hasta hoy que no tercerizó en la corporación policial el manejo del asunto), iba a la mañana a buscarlo para arrancar el día jugando al golf juntos. Tenían las bandas de secuestradores, los desarmaderos, Blumberg, todos los lobos sueltos y el cordero atado, pero Felipe lograba en esas mañanas su mínimo: que el ministro no renuncie. “La micropolítica”.   

Un político, siempre, lidia con el ruido. Patricia Bullrich se pasó una campaña sin decir o sin saber lo que piensa. Ese es un poco el resultado. Larreta también tuvo esos momentos. “¿Qué tenía que decir?, ¿qué esperaban que diga?” Ese matete violento. Y cuando ocurre eso, conducen los seguros. Y Macri nunca fue un inseguro. ¿Por clase?, ¿por origen? Siempre se lo ve seguro incluso en sus pifies antológicos. “¿Qué te pasó, Javier?”, le preguntó después del papelón de Milei con Esteban Trebucq. Muchos repetían que Macri le vino a profesionalizar la campaña a Milei. Con una orden de desalojo para los Marra y toda de esa banda de garaje. La discusión de la nafta, el realineamiento de La Nación +, el fantasma “de no ser Venezuela”, parecen las brisas de este nuevo orden que le resitúa el repertorio a Milei, lo levanta de la lona.

Macri le vuelve a decir a Milei: tu enemigo primero en la política, después en la sociedad

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Macri se cierra sobre Milei y el macrismo vive una sangrienta transición. Las entrevistas de Ernesto Tenembaum en el top. El confesionario de esa legión. Le llenó la cara de dedos a Lombardi y le abre el corazón a Avelluto, que declaró algo así como su rendición incondicional al anti kirchnerismo rabioso, a la droga dura de la grieta, incluso proponiendo en eso una paradoja, porque el combustible espiritual del kirchnerismo proviene más de ese odio que de una predisposición democrática que apenas desea ganarles en las urnas. Que les da el trato de una minoría más en el concierto político.

Se repite la metáfora eficaz del “ángel exterminador”, pero simultáneamente Macri tiene un halo creativo. En política hace historia el que rompe un tabú. Macri rompió el imaginario de la “política plebeya” (¿cómo va a ser presidente un empresario?, decían muchos, incluso alentando su proyección sobre ese supuesto techo asegurado). Pero el “mundo Boca”, su cultura de amigos de farra clásica y la fama de los noventa le dieron a Macri esa dosis popular necesaria contra ese tabú ideado en una torre de marfil.  

Hipótesis: a Macri lo organiza una idea desde que dejó el poder que va más allá del argumento sobre la inmadurez caprichosa que arrastra como jefe o dueño de la marca (“si no soy yo, que no sea nadie”). Y esa idea es vengar su gobierno, el fracaso de su gobierno. Por eso su actitud es secreta. Macri admiró la locura de Milei y ahora, quizás, tenga que convertirse en el superyó del león. No para hacerle de Marcos Peña (para “civilizarlo”), sino para darle un mejor rendimiento a su campaña. Macri le vuelve a decir a Milei: tu enemigo primero en la política, después en la sociedad. Ya fuimos por Larreta, ahora vamos por el kirchnerismo. Milei ofreció la peor de las imágenes: leyendo en voz alta su nuevo evangelio. No sacaré derechos, sacaré intermediarios. Un playback del 2015, como si cumpliera una probation después de octubre. La campaña macrista como su probation después del delito de perder.

¿Y Massa? ¿Cuál es su locura? ¿La política 24/7, el sobre-cálculo, el cuerdo extremo sin espontaneidad, el segundo Furia, la rosca que no se apaga? Lo dejamos para el final. Su trabajada imagen en favor de proyectar “normalidad familiar” con hijos en vez de Conan, con esposa en vez de hermana, con la tía Moria y todos los golpes de efecto le redituaron una campaña más cómoda en que, como se dijo acá, dio vuelta la pregunta de su estigma (“¿a quién le comprarías un auto usado?”) por otra: “¿a quién le dejarías tus hijos?”. Eso y la baja de impuesto a las ganancias armaron el camino de agosto a octubre. Pero Massa arrancó con pifies estos primeros días de recta final. La nafta y un cierto apego progresista a rodearse de la “colonia artística” (en la que le representan su paritaria) lo sacó de una cancha en la que venía creciendo, sintonizado a un borrador de unidad nacional. Con 150 de inflación nadie está pensando a quién votará Sbaraglia. (Y también: con 150 de inflación a nadie le importa la agenda judicial kirchnerista.) Massa deberá volver a la senda que empezó en agosto (y que fue su original de 2013): hacer política para los que no les gusta la política. Tiene a favor que se acabó el exitismo: llegaron las encuestas. Y vuelve la más estimulante (y creativa) sensación: el peronismo la corre de atrás.

(Ilustraciones: Juan Di Loreto)

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