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28 de junio 2023

Martín Prieto

Escritor. Profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

LITERATURA ARGENTINA Y REALIDAD POLÍTICA

Tiempo de lectura: 11 minutos

Imaginemos este escenario. Un viernes a la noche en un aula de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario en la que va a presentarse la reedición (anotada, comentada, subrayada) de uno de los libros principales del ensayo literario y de la crítica literaria argentinos: Literatura argentina y política, de David Viñas, publicado originalmente en 1964 por Jorge Álvarez como Literatura argentina y realidad política. La edición fue preparada por Juan Pablo Canala, profesor de Literatura Argentina en la Universidad de Buenos Aires. Canala viajó a Rosario ese mismo viernes teniendo muy presente un testimonio de Josefina Ludmer recordando sus años de estudiante en esa misma Facultad, cuando aún se llamaba Filosofía y Letras, entre fines de los años 1950 y principios de los 1960:

“David llegaba los viernes a Rosario, a una Facultad de Filosofía y Letras joven y de jóvenes, casi en ebullición. Llegaba en el tren del mediodía, junto con Ramón Alcalde, Tulio Halperin y otros profesores que vivían en Buenos Aires y enseñaban en Rosario porque en Buenos Aires, nos decían, la universidad era reaccionaria y la carrera de literatura estaba detenida en una estilística pacata”.

No es, por supuesto, que Canala se figurara, por un momento, que él mismo era Viñas, o Alcalde, o Halperin, llegando a la impetuosa Rosario donde habría decenas de jóvenes estudiantes (que luego serían grandes profesoras y profesores) esperándolo, con quienes luego de la presentación iría a comer y a tomar vino. Pero sí quedó claro, en su sensible alocución, que se daba el gusto personal de venir a presentar el libro en el espacio en el que parte del mismo se había forjado, más de medio siglo atrás. Y dado ese círculo que se cerraba entre aquel libro de 1964 y este que se presentaba ahora que abrirá, a su vez, imaginamos y deseamos, un camino nuevo, sumando toda la trayectoria del anterior, cargó al acto (podríamos llamarlo así: un acto) de una emotividad especial de la que participamos quienes allí estuvimos. De paso, para contrastar aquellas bulliciosas épocas tal vez un poco idealizadas por Ludmer con el presente de esa misma carrera, sesenta años después, y parafraseando un poema de César Fernández Moreno (“por favor dónde están dónde son los argentinos”) cabe preguntarse: ¿dónde están, dónde son los estudiantes de Letras?

*

Como decía uno de los célebres comienzos de Rayuela, de Cortázar: “A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros”. El que se presentó esa noche también. Es, por un lado, el de David Viñas, Literatura argentina y política. Pero es también el de Canala, Literatura argentina y (realidad) política, el texto y sus historias. En esta edición ambos se acompañan, se superponen, se potencian, en tanto es manifiesto que el de Canala, que funge como su extenso y elaborado prólogo, no puede leerse sin el de Viñas, ya que ese es su asunto.Pero, esta es la noticia: el de Viñas ya no podrá leerse sin tener a mano el de Canala. Porque, así como hay un Borges de Beatriz Sarlo, un Cortázar de Ana María Barrenechea, un Saer de María Teresa Gramuglio, una Pizarnik de César Aira y un Oliverio Girondo de Martin Greco, a partir de hoy hay un Viñas de Canala quien, con una batería de precisiones, ajustes, fechas, acontecimientos políticos y biográficos, delimita e interpreta todo lo que se ordenó, desordenó, se volvió a ordenar, se omitió, se agregó, entre la primera edición del libro llamado Literatura argentina y realidad política, y la última, de 2005, en Santiago Arcos, llamado ahora Literatura argentina y política.

A lo largo de esos 40 años, dice Canala, “constantes y variaciones”. Como si Viñas, al titular de ese modo el primer capítulo de la edición de 1964 hubiese, a su vez, prefigurado su proyecto ensayístico entero. Las constantes y las variaciones de ese programa que Canala presenta en su libro, tan virtuosamente, tan apegadamente, tan atento a“la interferencia” entre el adentro y el afuera de los sucesivos libros de Viñas, en una serie que incluye, además de los volúmenes de 1964 y 2005, otras dos ediciones. Una, de tres tomos publicada por Siglo Veinte entre 1971 y 1975 y otra de dos, en 1995 y 1996, por Sudamericana. Y esa es la compleja faena de Canala. Cómo leer las variaciones (de títulos, de dedicatarios y de dedicatorias, de capítulos, de contenidos, de períodos abarcados) en el sólido marco de “un objetivo coherente y persistente en el tiempo”: una lectura política de la literatura argentina que, como anotó María Teresa Gramuglio, da como resultado una “historia virtual de la literatura argentina”.

Así como hay un Borges de Beatriz Sarlo, un Cortázar de Ana María Barrenechea, un Saer de María Teresa Gramuglio, una Pizarnik de César Aira y un Oliverio Girondo de Martin Greco, a partir de hoy hay un Viñas de Canala

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La primera edición está dedicada a Adriana, con una aposición que se yuxtapone al libro no sólo para especificar o amplificar parte de su significación sino, en una perspectiva que sólo nos da el tiempo, pero que tal vez el autor ya tuviera en mente, para precisar su proyección futura: “Para Adriana, estos puntos de partida”. ¿Quién era Adriana? Así lo cuenta María Teresa Gramuglio, en un recuerdo que, a su vez, nos da una vívida imagen del Viñas de estos años:

“Las clases de David. El uso del cuerpo cuando daba las clases, su histrionismo, cuando se ponía en un rincón haciendo la figura del niño, era realmente inolvidable. También daba cursos fuera de la facultad, en un teatro independiente, uno que estaba en un sótano. Creo que ahí, en los teatros, la conoce a Adriana Finetti, que hacía de Juana Azurduy en una obra. Después se van a vivir juntos, él le dedica la primera edición de Literatura argentina y realidad política. Ella tendría 18 años. David decía “ando con una piba a la que doblo en edad”. Era bastante buen mozo David en esos años. Flaco, con bigotes. Se usaban los bigotes en esa época. Y era muy deslumbrante. Era toda una experiencia ir al cine con David y ver por ejemplo Los compañeros, de Mario Monicelli, los comentarios que él hacía al final, las cosas que él veía, cómo analizaba los cuerpos, los gestos, la famosa escena en que los huelguistas van a ver al patrón y uno de los tipos se saca el sombrero y la obrera también se saca el sombrerito. De todo eso David sacaba explicaciones ideológicas. Por ejemplo, no le gustaba para nada Ricardo Carpani porque dibujaba obreros con cabezas chiquitas y puños muy grandes… Y después, claro, está su libro, que lo escribe mientras da clases acá en Rosario, ese libro fue revelador, instala el tema del viaje en la literatura argentina”.

Y su contratapa sintetizaba el objetivo de la propuesta: “Longitudinal y transversalmente el intento pugna por resultar unívoco: rever viejos esquemas,rescatar el pasado utilizable, problematizar lo inerte, cuestionar lo consagrado, desacralizar la literatura.” Canala destaca las particularidades, en tanto novedades y noticias, que presenta el libro, organizadas por la misma escritura de Viñas, por su hoy inconfundible y durante mucho tiempo influyente estilo, por la elección de un corpus entonces todavía no estabilizado y por su singular análisis de esos textos, entre los que sobresalen, como clásicos dentro de un libro clásico, el de Amalia de José Mármol,el de las Memorias de Mansilla y el de La Bolsa de Julián Martel:

“Acostumbrados los lectores a una crítica literaria académica de corte impresionista, que por entonces se producía desde los claustros universitarios o que pululaba en las reseñas de los suplementos y en algunas revistas literarias, el libro de Viñas resultaba completamente inusual. De entre sus rasgos más evidentes, la textura del ensayo carecía de las obligadas citas y referencias bibliográficas destinadas a informar a los lectores acerca de las fuentes y de los marcos teóricos desde donde se avalarían las eventuales afirmaciones del libro.”

En su segunda edición, de 1974, ya no está ni la fallida predicción en cuanto a la caída del sistema burgués, ni la cita de Mao, ni los dedicatarios. No solo por un previsible contexto amenazante sino también porque esas ilusiones de 1971 son muy inmediatamente desbaratadas por la realidad

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En 1965, en Rosario, Viñas publicó Laferrère. Del apogeo de la oligarquía a la crisis de la ciudad liberal, dedicado a Norma Aleandro, Emilio Alfaro “y mis amigos actores”. El libro se volvió a publicar en Jorge Álvarez en 1967, con una inversión en su título: Del apogeo de la oligarquía a la crisis de la ciudad liberal: Laferrère, sin la dedicatoria anterior y con una contratapa firmada por S. L. (Susana “Pirí” Lugones) que subrayaba no sólo el histórico vínculo de Viñas con su grupo de pertenencia original, nucleado alrededor de la revista Contorno, sino “en una relación de continuidad y superación, con lo que corresponde llamar ya ‘grupo de Rosario’: Gladys Onega, Noemí Ulla, Iris Ludmer, Norma Desinano, Nicolás Rosa”. Finalmente (que, como vemos en Viñas, es una manera de decir) ese mismo libro volvió a publicarse en 1973 como el segundo volumen de Literatura argentina y realidad politica, subtitulado ahora La crisis de la ciudad liberal, sin dedicatorias. “La crisis de la ciudad liberal” es a su vez, el título del cuarto capítulo de la edición de Literatura argentina y realidad politica, de 1964. “De allí,dice Canala, que esto haya dado pie a tantas confusiones”. Que son las que este libro, el de Canala, viene a aclarar.

En 1971, después de Rosario, después del golpe de Onganía, después de las renuncias a la Universidad, el balzaciano Viñas imagina (y proyecta) una nueva Literatura argentina y realidad politica: un conjunto de once tomos en “mil quinientas páginas de texto” en los que se propone organizar una verdadera historia de la literatura argentina, y que irá, en términos cronológicos, como lo indica el título de su primer volumen, de Sarmiento a Cortázar. Sólo se publican tres: De Sarmiento a Cortázar en 1971, La crisis de la ciudad liberal en 1973 y Apogeo de la oligarquía en 1975. En todos, se recuperan los libros de 1964 y 1967 y se agregan, anota Canala, “artículos periodísticos, capítulos de libros ya publicados que, en muchos de los casos, presentan numerosas reescrituras, adiciones u omisiones”. El motor de edición de Viñas de sus propios textos no es restrictivo, como por ejemplo, el de Borges a la hora de editar sus Obras completas (“mitigué”, “limé”, “taché”) sino proliferante, signado por los probables antónimos de los verbos de Borges: incrementé, exacerbé, completé, subrayé.

Y esos incrementos, esas sumas, no solo están condicionados por el crecimiento del corpus (el de 1964 terminaba en el Centenario, el de 1971 llega a Sabato, a Cortázar, a Borges y a Bioy Casares) sino, también, por las nuevas “interferencias” (ideológicas, sociales, políticas) que propiciaban nuevas lecturas de los nuevos y de los viejos autores. En 1971, en esa primera edición de De Sarmiento a Cortázar, escribe Viñas:

“El sistema burgués se viene abajo. No se necesita tener un oído muy alerta para advertir ese estrépito ni se trata de adoptar elocuentes ademanes proféticos para señalarlo. Se consigna un hecho. Eso es todo. Lo único nuevo es que ese proceso ya no se sitúa a lo largo de las borrosas avenidas de Petrogrado ni entre las orillas de Yantsé o por los alrededores del Caribe. Es aquí donde acontece, en el Río de la Plata, entre nosotros”.

De todo eso David sacaba explicaciones ideológicas. Por ejemplo, no le gustaba para nada Ricardo Carpani porque dibujaba obreros con cabezas chiquitas y puños muy grandes…

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La presentación estaba acompañada por un epígrafe de Mao Tse Tung y por una dedicatoria a “Beba Eguía, Carlos Altamirano, Ricardo Piglia, Cristina Iglesia, Jorge Rivera, Laura Corbalán, León Rozitchner, Germán García, Nilda Finetti, Vittorio Minardi, Tile Gargano”. En su segunda edición, de 1974, ya no está ni la fallida predicción en cuanto a la caída del sistema burgués, ni la cita de Mao, ni los dedicatarios. No solo por un previsible contexto amenazante sino también porque esas ilusiones de 1971 son muy inmediatamente desbaratadas por la realidad. En una nota de 1973, publicada por un desfasaje editorial recién en 1975, en Apogeo de la oligarquía, respondiendo a una todavía vigente disputa entre dos concepciones dominantes de la cultura argentina, la liberal y la populista, escribe Viñas, seguramente con la imagen de Paco Urondo dirigiendo la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires con una cartuchera cruzándole el torso y un arma sobre su escritorio:

“Ambas [la liberal y la populista] se suponen —respecto de la otra— antagónicas y excluyentes. No hay tal. En realidad, no son más que comentarios de un eje común y la resultante de la inversión de las postulaciones de la de enfrente. El espacio que las involucra no es polémico sino mecánico. Por eso no son productivamente discrepantes; son nada más que simétricas. Y su situación lo corrobora: hoy su enfrentamiento ya no es discursivo; a lo sumo, resulta especular: se reflejan, se seducen y se inmovilizan de manera recíproca. Sería edificante poner a foco la relación Victoria Ocampo/Arturo Jauretche, en la última época, para ejemplificar este proceso; de manera densamente significativa han recalado en el eclecticismo, la reconciliación. Y en el acuerdo. Por algo si el signo más visible de la corriente liberal (y bastaría tomar como modelo lo que dominicalmente se emite en el diario La Nación) es la despolitización de la literatura, el síntoma más notorio de la óptica populista (cuya producción mayor se espolvorea desde el departamento de Letras de la Facultad de Filosofía) es la literatización de la política”.

En diciembre de 1975, anota Canala, Viñas se exilia en California y comienza un itinerario difícil de reconstruir: Dinamarca, Alemania, España. En 1976 vuelve, por una semana, a Buenos Aires. Se vuelve a ir. A España, a México. En agosto de ese año su hija María Adelaida, militante de Montoneros, es secuestrada en el Jardín Zoológico de Buenos Aires junto con su compañero Carlos Goldemberg. Ambos permanecen desaparecidos. En 1980 es secuestrado su hijo Lorenzo Ismael en la frontera con Brasil, tratando de escapar de la Argentina. También permanece desaparecido. En 1981, en una entrevista de Saúl Sosnowski y Mempo Giardinelli, dice Viñas:

“Estos indios, estos bárbaros, estos subversivos que en la Argentina fueron sistemáticamente ninguneados, en este caso estoy hablando de mis hijos, quiero que reaparezcan. Esto es: quiero que haya reforma agraria en la Argentina, quiero que mis hijos reaparezcan para yo poder volver realmente a practicar una escritura crítica.”

Pero los desaparecidos no reaparecieron. El poema de Gonzalo Millán (“Los campos de concentración se vacían./ Aparecen los desaparecidos./ Los muertos salen de sus tumbas./ Los aviones vuelan hacia atrás.”) no sucedió. Y en la tensión entre la fuerza de esa ilusión y, como anota Canala, “la certeza de esa imposibilidad”, Viñas escribe su último gran libro, Indios, ejército y frontera, de 1982. Ese mismo año comienza a publicarse en Buenos Aires la colección Sociedad y cultura, de la Biblioteca Argentina fundamental, de Centro Editor de América Latina, dirigida por Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo. Muy justa y justicieramente su primer volumen es Literatura argentina y realidad política. Canala transcribe una carta de Viñas a Sarlo, de 1982:

“Algo me decís de reeditar Literatura argentina y realidad política. Sea. Con una sola condición (si así puede decirse): que se explicite en la solapa del libro que eso fue publicado en 1964. Que recogía ensayos que provenían, por lo menos, de 1953. De Contorno. Que estaba condicionado por una polémica frente al “papelismo” tradicional, frente al impresionismo más ramplón, frente al “datismo” más universitario y frente a las buenas conciencias de las almas bellas. Que entonces yo creía monopolio de la derecha. Y, con los años, ¡helas!, he venido a verificar que ha penetrado la izquierda. Toda. Incluso a mí mismo. Va de suyo: los pesitos que eso pueda redituar (¿ya no se usa esta palabra?) —si me permitís— quisiera que fueran destinados al ‘común tesoro’ de la revista de ustedes. Como decían los viejos abogados (esto es: mi padre), ‘Será justicia’”.

David decía “ando con una piba a la que doblo en edad”. Era bastante buen mozo David en esos años. Flaco, con bigotes. Se usaban los bigotes en esa época. Y era muy deslumbrante

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Esta decisión (que el libro a reeditar en las puertas de la democracia sea el de los años 1960, los buenos años de las proyecciones de Contorno, los años de Rosario) no significa sólo, como anota Canala, una afirmación hacia ese pasado, sino también un regreso a la patria con una autoimpuesta condición: poner un paréntesis, que no volverá a abrirse, sobre los años 1970. Sobre las ilusiones revolucionarias de 1971, las desilusiones de 1973 y la desaparición de sus dos hijos.

En 1983 Viñas vuelve a la Argentina. Beatriz Sarlo le cuenta a Canala:

“Cuando regresó del exilio en 1983, aterrizó en Ezeiza sin un peso. Vivió unas semanas en la oficina de la revista Punto de Vista. A pulso, por escalera, subió ocho pisos la cama que alguien le había prestado, mientras gritaba: ¡Hermanita, allá vamos, como Cristo!”.

BIBLIOGRAFÍA:

David Viñas. Literatura argentina y política. I. De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista, Villa María, Eduvim, 2022.

Juan Pablo Canala. “Literatura argentina y (realidad) política, el texto y sus historias”, en David Viñas, cit.

Judith Podlubne y Martín Prieto. “Autorretrato indirecto. Entrevista a María Teresa Gramuglio”, en Judith Podlubne y Martín Prieto (editores) María Teresa Gramuglio. La exigencia crítica. Quince ensayos y una entrevista, Rosario, Beatriz Viterbo, 2014.

Gonzalo Millán: La ciudad. Québec, Les Editions Maison Culturelle Québec – Amérique Latine, 1979. En línea: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-8036.html

Foto 1: Viñas dando clases en la Universidad de Buenos Aires, 1986.

Foto 2: Juan Pablo Canala.

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