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05 de marzo 2022

Juan Di Loreto

LA PRIMERA GUERRA INMERSIVA

Tiempo de lectura: 3 minutos

¿Qué escuchamos cuando decimos “guerra”? Todo lo que estaba en otras guerras está en la invasión rusa a Ucrania: muertos, heridos, destrucción de infraestructura, refugiados, huérfanos, viudos y viudas, silencio, alarmas, explosiones, mentiras, razones geopolíticas, etc. Pero la época manda y el horror se actualiza: la forma en que vivimos una guerra ha cambiado. Ya no hay que esperar a la impresión de periódicos o escuchar el boletín informativo de la BBC, radio El Mundo o Colonia por las noches. Como el viejo Gran Hermano, es la vida (y la muerte) en directo.

Con la invasión a Ucrania, las experiencias pasadas de guerra han quedado obsoletas. Porque acabamos de entrar en la guerra del espectador total. La guerra está ahí, aquí, “a la mano”, diría Heidegger. El conflicto armado tiene el aspecto de la cercanía. Se puede recorrer con Google Maps las calles que pronto serán ruinas y recuerdos y penas de los que pudieron huir a tiempo. Lo había escrito SusanSontag hace unos años: “Ser espectador de las calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la Modernidad”. Si la guerra civil española fue la primera en ser “cubierta” por el periodismo y Vietman fue la primera filmada y llevada a los hogares con la televisión, la invasión a Ucrania se dio en un contexto que permite  la “inmersión total” en el campo de batalla.

Ya no hay que esperar a la impresión de periódicos o escuchar el boletín informativo de la BBC, radio El Mundo o Colonia por las noches. Como el viejo Gran Hermano, es la vida (y la muerte) en directo

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Ahora seguimos a los corresponsales en Twitter o ponemos las cámaras en vivo de la ciudad de Kiev esperando el desastre. Esta guerra tiene la vivacidad de una primera fila en la platea del teatro. No es solo una guerra en directo, sino una guerra inmersiva. La banalidad de la experiencia del horror: se mezcla en nuestro time line el mensaje de un amigo con el Update de un bombardeo y el Urgente! de la señal de cable que tenemos de fondo.

Lo que llamamos “inmersivo” es la posibilidad de sumergirse en una realidad que nuestro cuerpo no habita sino a través de la vista y el sonido. Es una simulación de lo real. Pero aquí hay un doble juego, porque nos sumergimos en lo real como si fuera una simulación, algo que no es, pero que si está sucediendo. No es que nos ponemos un casco de realidad virtual, sino que se genera un campo de sentido donde se puede vivir de cerca eso que está aconteciendo remotamente.

Así, la secuencia inmersiva es tan sencilla como atroz. Escribe Elisabetta Piqué: “20.57 y otra vez sirenas #Kiev La noche va a ser larga”. Vas a un canal de Youtube de Kiev en vivo y las sirenas se oyen con fuerza. Más tarde se replican videos de heroísmo o destrucción. Vivimos una guerra sin cuerpo. Espectamos el horror y pasamos a otra cosa. Es la ventaja de no estar estando. Nos podemos retirar, pero no somos refugiados. El refugiado pone el cuerpo, la pena, la pérdida total. Porque en la guerra se pierde todo. Es lo que es. Las calles yacen bajo los escombros.

Se puede recorrer con Google Maps las calles que pronto serán ruinas y recuerdos y penas de los que pudieron huir a tiempo. Lo había escrito SusanSontag hace unos años: “Ser espectador de las calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la Modernidad”

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Pero esta experiencia de guerra no nos hace nada. La inmersión simula pero no es real. Pasamos a otro tema y ya. Es una experiencia de consumo en el fondo. La guerra en directo no nos endurece tanto la piel ni nos hace más sensibles. El otro siempre es el otro y yo siempre soy yo. ¿Cómo pensar siquiera que hemos perdido nuestra casa en un bombardeo? ¿Cómo simular que nuestros vecinos volaron por el aire o el nene aquel ya no tiene padre porque fue movilizado? La guerra es la guerra, es decir, la anulación total y absoluta del prójimo. Como escribía Sontag en Ante el dolor de los demás: “Nosotros – y este “nosotros” es todo aquel que nunca ha vivido nada semejante a lo padecido por aquellos – no entendemos. No nos cabe pensarlo… No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es la guerra; y como se convierte en normalidad”..