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14 de mayo 2022

Juan Di Loreto

LA PALABRA DEMORADA

Tiempo de lectura: 3 minutos

Es un viernes cualquiera en la República Argentina. Falta poco para el invierno, pero las pestes y las hojas amarillentas se adelantaron este año. Hay sol, humedad y todavía tenés que matar algún mosquito que no se enteró que vino el frío. La gente del común va y viene en sus microclimas, sus quilombos, todavía  no pasó una semana de mayo y ya sabés que llegas arañando a fines de mes. El veintipico tarjeteás el supermercado seguro, sino no llegas. Es la ley de la inflación. En otro microclima, el político, hay una expectativa. Un diario titula: “Un día clave para la interna: Habla Cristina”. En su sobreentendido, el titular explica un gobierno y una época. Esperan la palabra de la Doctora, como dice el Turco Asís. La política es un mundo de oráculos.

Una política oracular es una política de lo que vendrá o, tal vez, de lo que se desea que pase. Se espera la palabra de Cristina, de Macri o de Milei, de los nombres fuertes de la hora. De los que hablan y hacen sentido. No importa tanto si el que habla es un gran orador, producto del marketing o de la euforia de una figura en ascenso. Allí se espera una revelación, una anticipación, una jugada quizás. Un hecho político. Como decía Plutarco: “nada se produce sin causa, ni nada se prevé sin razón”. Es una palabra esperada.

La palabra de la política no es la palabra del pueblo. Porque el pueblo, o lo popular, es lo que siempre puede esperar y lo inexpresado en algún punto. Nadie puede hablar por él, pero no se puede dejar de hablar en nombre de él

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Al producir esa expectativa también se transforma en una palabra con poder. Habla Cristina, paren las rotativas (que ya casi no existen, es un editor en un portal esperando titular). El poder es el que puede hacer esperar. Y los dirigentes son bichos en eso. Saben decir, pero además instituyen significaciones sociales. Capaz que hace diez años no te solucionan nada, pero tienen una palabra que crea sentido.

También esa relación con la palabra es su maldición: están condenados a la significación. Algunos políticos, que quizás solo eran funcionarios importantes de ocasión, se pierden en la multitud. Pero los grandes políticos, los que tienen la voluntad de poder, que no tienen por qué ser los buenos ni los que te gustan, esos tienen un plus que no deja indiferente a nadie. Lo político se estructura como lenguaje y no pueden dejar de crear mundos posibles.

Pero también esta palabra política es una palabra alejada de lo común. El hombre de la calle tiene un decir que se diluye en lo múltiple, en el Uno diría Heidegger. La palabra de la política no es la palabra del pueblo. Porque el pueblo, o lo popular, es lo que siempre puede esperar y lo inexpresado en algún punto. Nadie puede hablar por él, pero no se puede dejar de hablar en nombre de él. El pueblo no tiene horarios ni escenarios, como bien mostraron los estudios de la Edad Media. Lo popular es lo que quebraba la noción de escenario / espectador y ya no había distinciones. El pueblo, un colectivo abstracto que se expresa siempre desde la oblicuidad. O mejor: lo popular se expresa en lo que la época misma es. Está en el aire y sujetarlo en palabras siempre conduce al equívoco.

Estamos esperando que hable fulano, mientras vos elegís un arroz cinco ceros que tenés que rogarle a la Virgen para que no se pegue

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Palabra con poder, palabra creativa, palabra de voluntad, palabra condenada al significado, pero con un límite: los discursos no se comen. Las palabras no dejan de ser el soplo de una voz, un capricho, una arbitrariedad del lenguaje que no tiene que ver con la cosa. Estamos esperando que hable fulano, mientras vos elegís un arroz cinco ceros que tenés que rogarle a la Virgen para que no se pegue. Ese es el salto existencial entre lo que se dice y la realidad inalcanzable. En este punto, la palabra esperada se transforma en una palabra demorada, que no salva, pero hunde.