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05 de agosto 2023

Juan Di Loreto

INTELECTUALES Y PERIODISTAS EN EL RÍO DE LA PLATA

Tiempo de lectura: 3 minutos

Ahí vamos detrás. Es un círculo, pero no es un círculo. Dónde empieza y dónde termina la trayectoria del boomerang. Se escapa, claro, es tiempo. “Otros, antes, podían”, como escribía Saer. Lo recordé el otro día cuando me lo crucé al periodista y locutor Daniel López por avenida Córdoba. Tal vez lo recuerden: fue la voz de Radio Continental por años en el noticiero y en Desayuno Continental. Como un objeto de Proust, la grilla de los ´90 de la radio hizo brotar recuerdos y asociaciones.

Era otro mundo, otra radio, otra política. De verdad, estábamos todos cruzados, mezclados. Las buenas artes de la cordialidad estaban por encima de las diferencias ideológicas. El quiebre no se manifestaba aún (o se construía, tal vez). Una pareja inverosímil tenía un programa de radio de 17 a 19: Daniel Valenzuela y Orlando Barone. Valenzuela hoy intendente del partido de Tres de Febrero y Barone periodista cultural de La Nación que se convirtió en un emblema del programa 678.

“Otros, antes, podían”, escribe Saer. Hoy ese cruce es imposible. ¿Por qué antes se pudo juntar agua y aceite, materias que no tienen contacto más que en la diferencia, y ahora no? El mismo Víctor Hugo Morales en Continental en “el pase” con Magdalena Ruíz Guiñazú, ese espacio intersticial que junta conductores de un programa que se va y otro que comienza. ¿Qué pasó en el medio? Lo que en el gobierno de Macri fue un modo consolidado de organizar su época: grieta, grieta, grieta. Una forma de vivir, siguiendo la hipótesis de La grieta desnuda de Martín Rodríguez y Pablo Touzon, que en los lejanos 2008 y 2009 se comenzaba a esbozar.

Justamente la incoherencia, los vaivenes, los acomodos hablan más de nuestra libertad que la rigidez de “ser siempre los mismos”

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La grieta no tiene mayor novedad: es un quiebre ideológico, pero también de las maneras de vincularnos y de leer las cosas en modo binario. “Otros, antes”: 10101010… Pero lo que me recordó el cruce con aquel periodista no era la grieta, sino lo impredecible que puede ser una trayectoria en esta vida. Y eso es lo que quiebra un poco todas nuestras diferencias, lo que nos acerca, nos hace parecidos. Uno es muchos. Una es muchas. Somos seres federales, aunque nos comportemos como un ser unitario. 

Los lugares por donde pasamos por necesidad, gusto, conveniencia, coincidencia; los lugares donde caímos, las sensibilidades que nos juntan. “Uno se cree que no cambia y que cambian los demás”, cantaba Atahualpa Yupanqui. Uno va siendo haciendo. Te junta, repetimos, la necesidad, pero también una comunidad de sentido. Puede ser cualquier cosa: un concepto, una forma de vestir, el tararear. No hay una forma decretada de juntarse con otros.

Como un destello del pasado me viene a la mente la “generación de Contorno”. Los tipos y tipas son el vivo muestrario de esos trayectos vitales. En pleno año ´53, cuando la cosa en Filosofía y Letras venía complicada bajo el mando universitario de Oscar Ivanissevich, la bohemia, el pensamiento libre y existencialista pululaba por los alrededores de la facultad. Así, se encontraban El Florida o el bar Chambery y la “movida” después se trasladaba a avenida Corrientes. En esos márgenes, un grupo de jóvenes escribían e intentaban pensar la época agrupados en la revista Contorno. Pequeña publicación, casi imperceptible para la época, pero que reunía a futuros monstruos de la escena argentina: David e Ismael Viñas, Carlos Correas, Juan José Sebreli, Oscar Masotta. Adelaida Gigli, Noé Jitrik, León Rozitchner.

¿Por qué antes se pudo juntar agua y aceite, materias que no tienen contacto más que en la diferencia, y ahora no?

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La clásica estampa: uno sabe dónde empieza, pero no dónde termina. Para muestra un botón: Oscar Masotta pasó del existencialismo al estructuralismo en menos de una década, dos corrientes de pensamiento opuestas; de Sartre a Lacan. Masotta, que ya se fue hace rato, fue muchos. Sebreli también tuvo un camino bifurcado. Desde aquel peronismo imaginado, como él mismo ha declarado en su juventud, tomando a Evita como Sartre tomó al poeta Jean Genet.

Las trayectorias, esos senderos de una vida, suelen verse con una suerte de moralina: “En qué te has convertido”, como diría un ex presidente. Eso parece ser una visión que nos lleva a vernos como víctimas o a ensalzar la coherencia como un valor sobre otros. En el momento todas las decisiones son correctas. Justamente la incoherencia, los vaivenes, los acomodos hablan más de nuestra libertad que la rigidez de “ser siempre los mismos”.

En La crisálida, el libro de Horacio González sobre Ovidio y la metamorfosis escribe: “una extenuante consideración sobre cómo en cada momento de una presencia o de un ser hay una forma que le es inherente”. Somos lo que necesitamos ser en cada etapa de nuestra vida, tal vez. Es la forma que le damos a ese momento. Eso sí, no es una forma planeada. Tenemos una partitura, pero vamos improvisando.