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HACIA UN DESARROLLO HUMANO INTEGRAL Y SOSTENIBLE

Tiempo de lectura: 9 minutos

En tiempos en que la única certeza es la incertidumbre, necesitamos una lectura amplia de la realidad para entender mejor dónde estamos y hacia dónde vamos. El COVID-19, este virus al que tanto tememos y del que poco sabemos, puso en evidencia la fragilidad de la especie humana, así como la urgente necesidad de darnos un diálogo honesto sobre cómo estamos haciendo las cosas.

La realidad muestra signos de agotamiento de una cultura civilizatoria que resulta conveniente y urgente revisar. Estamos degradando nuestro ambiente, erosionando los cimientos de las economías, los medios de vida, la seguridad alimentaria, la salud y la calidad de vida en todo el mundo. 

A la vez, se abre la oportunidad a un cambio de época, a un nuevo rumbo hacia un desarrollo integral que permita una consideración amplia del progreso de toda la persona (en sus dimensiones mental, cultural, espiritual y material) y de todas las personas.

En los últimos 50 años, la población humana se ha duplicado, y la economía mundial se ha multiplicado casi por 4, mientras que el comercio global lo ha hecho por 10; la suma de estos factores ha hecho crecer la demanda de energía y materiales, los desechos y la contaminación, con sus impactos ambientales relacionados.

En el período 2000-2020 hemos consumido más recursos naturales que en los últimos 200 años. Las tres cuartas partes del ambiente terrestre y alrededor del 66% del ambiente marino han sido alteradas significativamente por las actividades humanas. Más de un tercio de la superficie terrestre del mundo y casi 75% de los recursos de agua dulce se dedican ahora a la producción agrícola o ganadera. La contaminación por plásticos se ha multiplicado por diez desde 1980. Entre 300 y 400 millones de toneladas de metales pesados, solventes, efluentes tóxicos y otros desechos industriales se descargan anualmente en las aguas del mundo. Según la ONU (Panel de Biodiversidad) estamos en los inicios de la sexta extinción masiva de especies del planeta Tierra y la primera aniquilación biológica de la historia, con más de 150 especies extinguiéndose por día.

En los últimos 200 años, la temperatura media global aumentó 1,2°C. Si la trayectoria actual de emisiones continúa, la temperatura global podría aumentar entre 3 a 8°C de temperatura media global para fin de siglo, con probables escenarios distópicos y la pérdida de miles de millones de vidas.

La República Argentina se encuentra entre los diez países con mayor pérdida neta de bosques en el período 2000-2015. La pérdida de bosques nativos entre 1998 y 2018 fue de alrededor de 6,5 millones de hectáreas. Los niveles del río Paraná en territorio argentino están en el mínimo de los últimos 50 años. Teniendo en cuenta únicamente el mes de abril de 2020, una bajante como la actual no se registra desde 1884, hace más de 130 años. 

"La República Argentina se encuentra entre los diez países con mayor pérdida neta de bosques en el período 2000-2015. La pérdida de bosques nativos entre 1998 y 2018 fue de alrededor de 6,5 millones de hectáreas. Los niveles del río Paraná en territorio argentino están en el mínimo de los últimos 50 años."

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Podríamos seguir describiendo datos alarmantes, pero el mensaje apunta a tomar conciencia sobre un cambio de época y que a pesar de todos nuestros avances tecnológicos, dependemos por completo de la salud de nuestro ambiente si queremos disponer de los recursos y las condiciones para asegurar la continuidad de la especie humana. 

Un ecosistema es una construcción natural de miles de años, con especies que conviven y logran un delicado e inestable equilibrio. Por lo tanto, la administración responsable de los recursos naturales es un elemento esencial para el desarrollo sostenible. ¿Hasta qué punto los descendientes de los sapiens somos conscientes de nuestro rol como especie dominante en un frágil ecosistema?

Si somos conscientes de esta senda insostenible, ¿por qué lo hacemos? Desde el punto de vista económico, la degradación ambiental es considerada una externalidad negativa causada por las actividades humanas que no asumen el costo del inadecuado manejo de los bienes y servicios ambientales. Sus efectos constituyen una amenaza global, que toma una particular dimensión al poner en riesgo no sólo a bienes públicos globales (la salud y la educación, entre otros), sino también a la equidad y cohesión social, la estabilidad de la economía y del sistema financiero global. El cambio climático y la agenda ambiental son considerados cada vez con mayor fuerza como factores multiplicadores del riesgo y la incertidumbre.La crisis no es sanitaria, económica o social. Es una crisis generalizada en la que todos somos protagonistas de un escenario caótico colectivo que nadie deseó individualmente. Y como toda construcción colectiva, se transforma colectivamente.

Los objetivos globales para preservar, administrar responsablemente la naturaleza y lograr la sostenibilidad, no pueden alcanzarse con las trayectorias actuales. Y los objetivos para 2030 y más allá, sólo pueden lograrse a través de cambios transformadores en los sectores económicos, sociales, políticos y tecnológicos. ¿Qué tan preparados estamos para enfrentar el desafío?

Mientras luchamos con los impactos de la pandemia, es fácil decir que no podemos darnos el lujo de preocuparnos por el ambiente en este momento. Pero el costo de no abordar seriamente la agenda para revertir esta degradación de la naturaleza, tanto en términos de salud económica como de salud planetaria, es mucho mayor. No podemos tener sociedades prósperas y saludables si no protegemos y restauramos los sistemas naturales de los que dependen.

El único abordaje posible y realista se basa en la idea del historiador francés Pierre Rosanvallon, luego retomada por el Papa Francisco en Laudato Si´, que plantea que la solución se deberá basar en la consideración del “planeta como patria y la humanidad como pueblo”. Este principio nos lleva a la conclusión tan obvia como desafiante de que, como con la pandemia, en el cambio climático nadie se salva solo.

La única certeza que tenemos es la incertidumbre. Por eso, la innovación será la mejor manera de afrontar, como humanidad, los desafíos actuales y venideros. Solo el diálogo fraterno nos permitirá asegurar una transición justa que permita integrar al ambiente en el desarrollo, asegurando que nadie se quede atrás.

Existen diversas acepciones sobre el desarrollo sostenible: la clásica, “un desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”; o la que hace referencia a la perdurabilidad, como algo “que se puede mantener durante largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al ambiente”. Una tercera, más incómoda, hace referencia a la equidad intrageneracional. ¿Resulta sostenible hoy un desarrollo en que las actuales generaciones no logran satisfacer sus necesidades básicas? En un país en que 6 de cada 10 chicos y 4 de cada 10 adultos son pobres, son muchas las preguntas que debemos hacernos con respecto a la sostenibilidad del modelo actual de desarrollo. Y no nos referimos a tal o cual gobierno, sino a un proyecto de país en un planeta en crisis.

La pandemia por COVID-19 nos obliga a reflexionar sobre la importancia de la salud humana y su interrelación con la salud del planeta, bajo la perspectiva “una salud”. El coronavirus es, en definitiva, una metáfora de lo que puede suceder a consecuencia del cambio climático y la degradación ambiental, demostrando el alto grado de vulnerabilidad al que estamos y estaremos expuestos de no generar transformaciones sociales, económicas y productivas que mejoren nuestra calidad de vida, y a la vez aporten a la mitigación del cambio climático y la adaptación a sus efectos.

Por su parte, los organismos internacionales están estudiando cómo abordar en forma conjunta diversos problemas globales: la necesidad de reactivar la economía, cuidar la salud, evitar una crisis de deuda de muchos países en desarrollo y la necesidad de accionar frente al cambio climático. 

"En América Latina, la agenda ambiental ha sido erróneamente considerada como una preocupación de élite. Nuestro desafío es convertirla en una agenda popular, ya que los más desfavorecidos son los más afectados por la degradación ambiental."

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El nuevo paradigma de financiamiento climático debe construirse sobre esta realidad, y el cumplimiento de los compromisos debe acompañarse con el impulso de mecanismos financieros innovadores que permitan transformar nuestro modelo de desarrollo. Es necesario conectar el alivio de la deuda con inversiones en proyectos que contribuyan a la lucha contra el cambio climático, tanto para mitigación y adaptación, de manera balanceada. Por ejemplo, parte de la deuda podría utilizarse para la adaptación de nuestras infraestructuras, la promoción de energías renovables, la conservación y preservación de ecosistemas, la investigación y desarrollo tecnológico, el transporte sostenible y la economía circular, demostrando aportes concretos para la generación de empleo y el bien común global.

La acción de los bancos multilaterales debe también focalizarse en la acción climática como condición para el desarrollo económico integral. La cartera de proyectos de los organismos de crédito necesita crecer de forma sustancial con una capitalización especialmente dirigida a impulsar la infraestructura resiliente, el cuidado de los océanos, la biodiversidad y la transformación de las técnicas productivas. 

La necesidad de integrar el cuidado ambiental y la agenda del desarrollo sostenible en la acción política es evidente. En América Latina, la agenda ambiental  ha sido erróneamente considerada como una preocupación de élite. Nuestro desafío es convertirla en una agenda popular, ya que los más desfavorecidos son los más afectados por la degradación ambiental. 

No hay recuperación económica sostenible sin naturaleza y debemos ser la primera generación que deje los sistemas naturales y la biodiversidad en mejor estado del que los heredamos. Nuestro entorno debe entenderse en un enfoque multidimensional, donde abordar una crisis no debe empeorar otra.

En el plano internacional, es necesario también considerar que la inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, obligándonos a discutir la deuda ecológica, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico. “La deuda externa de los países en desarrollo se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica”, nos dice Laudato Si´. Mucho para pensar. 

Si bien el desafío ambiental es novedoso, no es el único. Como protagonistas de la generación que lidió con algún ejemplar de TV technicolor (surgida de épocas del mundial ‘78), a conectarse por videoconferencia varias horas por día, podemos dar cuenta de un proceso de innovación tecnológica inédito en la historia de la humanidad en tiempos de paz. La inteligencia artificial, la automatización, el internet de las cosas, el uso de big data y de tecnologías de información con potencial de vigilancia total y vulneración de nuestro derecho a la intimidad, nos interpelan sobre si estos avances han sido acompañados de un progreso que brinde herramientas morales para sobrevivir a la adolescencia tecnológica.

La evidencia científica muestra de manera contundente que el proceso de disrupción de los conjuntos ecológicos como resultado del cambio climático y la degradación ambiental está en marcha y será abrupto. Mientras, la realidad de la pandemia nos indica que justo cuando pensábamos tener todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas.

Tenemos una oportunidad histórica, quizás la última, de reencauzar nuestro desarrollo y construir un país mejor.  Necesitamos, en primer lugar, impulsar una fuerte agenda de concientización y discusión honesta sobre las condiciones de la realidad, con mirada de futuro. La promoción de la Ley Yolanda (obligatoriedad de formación ambiental a funcionarios públicos) y la Ley de Educación Ambiental Integral, son pasos en el sentido correcto para mejorar la comprensión del tema. 

A su vez, el desafío demanda un nuevo diálogo sobre el país que queremos. El Consejo Económico y Social, compuesto por representantes de diversos sectores, concretiza este espacio de pensamiento y planificación estratégica. Es necesario construir consensos para la definición de objetivos y metas alineados a una estrategia nacional de desarrollo orientadaa la sostenibilidad, para lo que resulta fundamental adoptar una visión integral,de largo plazo y que priorice el bien común. Este desafío requiere un inédito esfuerzo de planificación y construcción de acuerdos de solidaridad en lo inmediato, pero ordenados a una visión común al 2030 y al 2050. Será necesario dar discusiones profundas sobre temas sensibles, no exentos de tensiones. La buena noticia es que aún estamos a tiempo. 

Será central contar con una política sostenida de fortalecimiento de capacidades, tanto estatales como dirigenciales en los diversos sectores, de modo de asegurar un accionar efectivo y eficiente.

"En el plano internacional, es necesario también considerar que la inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, obligándonos a discutir la deuda ecológica, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico."

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Otro desafío es asegurarla participación pública en una discusión seria en los planos técnico, público y político, sobre cómo hacer frente a la agenda climática y de la insostenibilidad, para permitirnos soñar juntos la Argentina que deseamos. Es fundamental reconstruir la confianza, como condición necesaria para fortalecer los lazos sociales. El Gabinete Nacional de Cambio Climático, institucionalizado a raíz de la Ley de Cambio Climático como política de Estado y con amplio consenso político, es el espacio institucional para este diálogo de cara a los desafíos venideros.

La Nación Argentina presentó en diciembre de 2020 una nueva contribución a la acción climática internacional en línea con el Acuerdo de París. El compromiso es limitar las emisiones de gases de efecto invernadero, así como aumentar la capacidad de adaptación de las comunidades, la infraestructura y los sectores productivos al año 2030. Honrar este compromiso demandará repensar la totalidad de nuestras actividades y diseñar una transición consensuada para prepararnos para tiempos complejos.

Para cuidar nuestra casa común y proteger a nuestro pueblo, se requieren acciones concretas. Por eso nuestra contribución nacional incluye ejes de implementación, como la promoción de la transición energética (uso racional de los recursos hidrocarburíferos e impulso a las energías renovables, con el hidrógeno como vector de futuro), el transporte sostenible (para los pasajeros y las cargas), la preservación y restauración de ecosistemas (bosques, humedales, océanos, etc), la transformación productiva sostenible (en agricultura, ganadería, industria, servicios y turismo) y la promoción de la economía circular, con la mejora dela gestión integral de residuos. Asimismo, para adaptarnos a los nuevos escenarios climáticos, se plantea fortalecer la sensibilización, la construcción de capacidades y la implementación de medidas de reducción de vulnerabilidad en las comunidades, la infraestructura y los sistemas productivos.

Este objetivo común es el resultado del acuerdo técnico y político con todas las áreas de la Administración Pública Nacional, la sociedad civil y las provincias. En la misma dirección, Argentina está elaborando el Plan Nacional de Adaptación y Mitigación, el cual identificará los lineamientos y medidas concretas a llevar adelante los ejes mencionados. Asimismo, estamos trabajando en una estrategia de desarrollo con bajas emisiones a largo plazo que asegure la carbono neutralidad al 2050 (un balance neutro entre las emisiones y la absorción de gases de efecto invernadero).

Estamos protagonizando el inicio de una nueva etapa en el desarrollo humano. Los tiempos que se avecinan no son fáciles, pero nos guía una fuerte convicción de que podemos salir mejores. El desafío, y la oportunidad, es la construcción de un nuevo rumbo de esperanza, en una transición justa que nos permita innovar sin que nadie se quede atrás, entendiendo que nadie se salva solo.

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