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26 de octubre 2023

Luciano Chiconi

EL PADRE DE LA VICTORIA

Tiempo de lectura: 7 minutos

Massa-Milei: una guerra de trincheras en el socavón material de la crisis económica. La tibia polarización de las elecciones generales sacó a la superficie las diferencias culturales dentro del mundo desesperado de la clase media baja frente a la salida del país inflacionario. Massa pasó a números propios lo que el “voto Larreta” no pudo encontrar en esa dirigencia partidaria opositora: una respuesta política profesional al día a día de derrotas salariales en el Vietnam social de la inflación. Massa “construía” la devaluación y “construía” el alivio fiscal, “hacía” la inflación y “hacía” el camino para sobrevivir a la inflación aquí y ahora y no en la racionalidad lejana de un plan de estabilización o en la clausura histórica del populismo. Massa generaba la crisis, pero estaba cerca de la crisis.

En un punto, medidas como la eliminación de Ganancias o la devolución del IVA entraron, en la vorágine consuetudinaria del dinero desvalorizado, al núcleo de coincidencias básicas que un streamer o un empleado de comercio con antigüedad (dos culturas políticas distintas) podían compartir. En ese momento político de la campaña, Massa tocó, a través de su hiperactividad ministerial, el sentido común del votante de Milei. Quizás no para sacarle votos, pero sí para instalar la idea de que no solo Milei podía “bajar impuestos”.

"Milei confirmó, en su 30%, que hay piel social para un liberalismo federal de abajo hacia arriba, con una base nacional heterogénea, con muchas posibilidades de crecer como sujeto social si un hipotético Massa presidente no suelda una alianza social de la “casta” con los valores económicos de la clase media."

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A partir de allí, Massa despertó cierto interés dormido en otros sectores de la clase media baja, que consideran que el Estado debe ofrecer una salida institucional ordenada de la crisis hacia la estabilidad económica. Se trata de sectores que sobreviven en el sector privado pero que no comparten la cultura barrani de la libertad anti-estatal que pueden profesar honestamente el chico-rappi, el youtuber del conurbano o la chica onlyfans del segundo cordón que votan a Milei.

En esa disputa por la clase media baja, Massa chupó votos de los que sobreviven en el sistema laboral convencional y todavía necesitan una obra social, una pensión o un sueldo fijo para ayudar a sus padres o a sus hijos. En ese choque de civilizaciones (los que trabajan y los que monetizan), Massa capitalizó el miedo de mayorías a una “revolución liberal” sin un rumbo capitalista concreto, que solo podría ser trazado por una creencia en el “buen Estado” como condición necesaria de la reforma del Estado, algo que la furia anti-burocrática de Milei no le permitió encarnar.

"La visión “expansiva” de Milei mutó de la propuesta dolarizadora a una ceremonia negra del estallido social como acelerador revolucionario hacía el paraíso libertario, que fuera de ese 30% fue visto como una invitación al caos mucho menos tolerable y más incierto que la inflación a 150 y el dólar a mil de Massa."

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Milei confirmó, en su 30%, que hay piel social para un liberalismo federal de abajo hacia arriba, con una base nacional heterogénea, con muchas posibilidades de crecer como sujeto social si un hipotético Massa presidente no suelda una alianza social de la “casta” con los valores económicos de la clase media. Más allá del destino de la parábola popular de Milei después del ballotage si no es presidente, LLA planteó una renovación liberal (aun con sus límites anarcos) que refleja una superación mestiza del partido antipopulista puro que termina encarnando Juntos por el Cambio en el fracaso electoral de Bullrich. La buena o mala suerte de Milei en la contienda final no cancela ni eclipsa ese cambio de piel que la sociedad opositora conduce como una especie de trasvasamiento liberal desde la partidocracia de Juntos por el Cambio hacia un campo abierto libertario que tramita con mucha más desinhibición los tabúes de un orden democrático chocado y la bronca aluvional de las progresivas oleadas generacionales que van a atar su aventura de ascenso social a una libertad educativa, tecnológica y de mercado donde la jornada laboral, la obra social, el convenio y el “sueldo” no tienen ningún sentido. Si esta sociedad en expansión se queda en una LLA derrotada en el ballotage o se vuelca hacia un nuevo experimento liberal resulta un hecho anecdótico que no modifica la profunda incidencia de esa masa electoral en el escenario político del futuro.

Si la sociedad liberal está nítida y firme en ese 30% de votos, distinta es la situación en el mostrador de los “representantes”. Milei había construido la llama de la esperanza en la dolarización espiritual como única y concreta salida de la crisis inflacionaria. Durante las PASO, Milei había logrado plantar su agenda económica como eje dominante de la discusión política, y pese a su “irracionalidad” técnica, la dolarización avanzó como instrumento propositivo de la campaña libertaria. Sin embargo, en algún momento Milei no cambió la marcha: ¿hasta qué punto mostrarse como un disruptivo y en qué punto comenzar a darle cuerpo a una noción de estadista, en la medida que la meta de la victoria y el gobierno aparece tan cerca?

La visión “expansiva” de Milei mutó de la propuesta dolarizadora a una ceremonia negra del estallido social como acelerador revolucionario hacía el paraíso libertario, que fuera de ese 30% fue visto como una invitación al caos mucho menos tolerable y más incierto que la inflación a 150 y el dólar a mil de Massa. La paradoja es que Milei rebotó contra un electorado socialmente lindero al suyo, pero con una cultura política muy diferente, que todavía cree en alguna clase de consenso, acuerdo y responsabilidad institucional para salir de una crisis. En esa guerra fría y silenciosa hacia el interior de la clase media baja (el sector social privado más acuciado por el daño de la inflación) que provocó la “ira destructiva” de Milei, Massa logró morder los votos de una parte de su viejo y perdido sujeto bonaerense renovadorista de 2013 y dar vuelta la taba electoral de cara al ballotage.

Después de la “derrota” del tercer puesto en las PASO y el repliegue kirchnerista sobre la PBA para “preservarse” y cargar a cuenta del candidato presidencial el costo de una posible nueva derrota en la elección general, Massa quedó haciendo campaña solo. Hasta ese momento, Massa venía en un trayecto electoral ordinario, respetando a rajatabla el progresismo oficial al que inducía la auditoría kirchnerista de la continuidad discursiva FdT-UP. La soledad orgánica y la urgencia de correr desde atrás posibilitaron una ruptura de acción, a partir de la cual Massa sacó a relucir los instintos políticos básicos de su cruza adolescente. Verano del 87: Massa nació en una maternidad ucedeísta bonaerense (el liberalismo “busca” de Adelina y Albamonte) y se crio bajo una paternidad peronista sindical (el profesionalismo runflero de Barrionuevo y Camaño) desde el verano del 94.

"Después de la “derrota” del tercer puesto en las PASO y el repliegue kirchnerista sobre la PBA para “preservarse” y cargar a cuenta del candidato presidencial el costo de una posible nueva derrota en la elección general, Massa quedó haciendo campaña solo."

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Esa cruza parió una clase de políticos profesionales poco apegados a las “identidades históricas” de las ideas políticas y mucho más habituados a perseguir la alquimia pragmática de un policlasismo desenfrenado como praxis política frente al “ciudadano”. Gran parte de la fuerza de la política democrática pasaría por esas arterias: políticos y sociedad sin historia fundarían las reglas weberianas del poder y la política basados en el estricto presente de la democracia social. El partido de poder moderno. Massa volcaría esa idiosincrasia menos liberal o peronista que pragmática y de supervivencia al eje de su campaña pos-PASO: “sin historia” dentro del kirchnerismo y del gobierno inicial de AF, Massa fraguó una política de cuerpo a cuerpo dentro de la crisis que le dio un sentido político a la crisis. La mística del 24/7, las mesas de diálogo con cada corporación que habita el suelo argentino, un tipo de dólar de cada color para la soja, el vino o la uva, la suma fija, el bono, el crédito. Con toda lógica, Massa pensó la crisis en un mix de política y poder donde la misión de evitar el estallido se completaba con el objetivo de una acumulación electoral que aumentara la cantidad de argentinos con “algo para perder”.

Massa no trajo un proyecto político para salir de la crisis, pero construyó una política de la crisis para “no estallar” que se erigió en una maraña de intereses que solo él podría desatar o resolver. Massa construyó un poder de la crisis que hasta la elección general era una mala gestión, pero que ahora, ante el desborde anarco de Milei, se transformó en un poder político institucional propio con chances reales de obtener la presidencia. Si gana, es toda de Massa.

"Massa no completó la faena (ganar) pero prepara el abordaje hegemónico del peronismo para no caer en la misma desgracia que Alberto Fernández. No le sirve ganar si al mismo tiempo no se sienta sobre una pila de votos propios a discutir su liderazgo ante el kirchnerismo. No le sirve ganar si no convence a la sociedad de que es el único padre de la victoria."

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La victoria personal de Massa (que en su larga marcha solo tuvo el apoyo irrestricto de los gremios “gordos” de la CGT) también es un reflejo, en la escala de la política institucional, que ante la “revolución de caos” como programa electoral, conceptos grises como el consenso, la unidad nacional o el “fin de la grieta” son valores que hacen a una cultura cívica indispensable para orientar la salida efectiva de una crisis; el premio en votos que recibió la candidatura de Schiaretti y la praxis cordobesista en particular, también son un rasgo del mismo fenómeno anti-crisis que asoló los corazones votantes de la primera vuelta. En ese sentido, la crítica “ideológica” de los muchachos de LLA al Papa (ni siquiera mitigada por la racionalidad interna de Victoria Villarruel) no deja de proyectarse como una crítica más práctica sobre el Bergoglio arzobispo y “casta” que participó del sistema político de salida de la crisis de 2001-02. En ese sentido, más que una discusión sobre la vigencia de la democracia, lo que plantea la puja Massa-Milei es un “plebiscito” implícito sobre el agotamiento o no del consenso operativo (político y económico) del 2002.

El domingo nocturno de la elección, Massa subió a un escenario pelado, sin historia. No festejó, no nombró a ningún político de su coalición, no compartió su mérito pragmático con nadie. En un punto, subió ese pibe de veinte años que no era ni tan liberal ni tan peronista sino todo lo contrario, profundamente alerta a la supervivencia de su poder en el aquí y ahora. Massa habló de los 15 puntos más que había logrado sacar respecto de las PASO. Habló de sus votos, borró los 5 y pico de Grabois. Massa no completó la faena (ganar) pero prepara el abordaje hegemónico del peronismo para no caer en la misma desgracia que Alberto Fernández. No le sirve ganar si al mismo tiempo no se sienta sobre una pila de votos propios a discutir su liderazgo ante el kirchnerismo. No le sirve ganar si no convence a la sociedad de que es el único padre de la victoria.