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16 de diciembre 2022

Marisela Betancourt

EL DERECHO AL DELIRIO

Tiempo de lectura: 4 minutos

Hace 40 años en un vuelo de Viasa que pasó por Buenos Aires mi mamá se enamoró. Iba como azafata y la tripulación paraba unos días en la ciudad. Pasó tres días sola recorriendo Buenos Aires .Tomó vino, fue al cine, comió. Pero era lo mismo que hacía en Milán o Lisboa cuando iba de paso. ¿Entonces de qué se enamoró? La ciudad es muy linda, cierto. Pero belleza hay en muchos lugares y de muchas formas, la belleza no es inusual. Nadie se enamora puramente de la belleza porque además de subjetiva, esta eventualmente se difumina. Se enamoró entonces de la pasión, del desborde, de los excesos. Esa manera de vivir sintiendo un poco más que el resto del mundo.

Diez años después nos imprimió a sus hijas como marca de nacimiento que la albiceleste es, irracionalmente hablando, el mejor equipo del mundo. No hay otro. Y que no se nos ocurriera hinchar por España aunque mi abuelo se estuviera revolcando en la tumba. De hecho, en nuestra familia española futbolera, mi mamá es futbolísticamente una rareza. Una rareza leal y consecuente. Leal a la pasión. Porque qué somos si no somos de vez en cuando pasión, irracionalidad e indecencia? Seriamos seres inertes. Ahora que lo escribo, pienso que tal vez en el contexto de su vida de ama de casa lineal y sin abismos, el único frenesí que se ha permitido tener es creer que no es solo fútbol, sino que cuando juega Argentina se juega la vida. Argentina le regaló eso: el permiso para sentir en demasía. ¿Quienes son ahora los decentes para quitarle a mi mamá su derecho al delirio?

"Nadie se enamora puramente de la belleza porque además de subjetiva, esta eventualmente se difumina. Se enamoró entonces de la pasión, del desborde, de los excesos. Esa manera de vivir sintiendo un poco más que el resto del mundo."

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Durante mucho tiempo se ha escuchado el cuento que los argentinos son totalmente irracionales cuando se trata de fútbol. Hace poco en una reunión de trabajo, de esas en las que todo el mundo se tiene que presentar y hablar de su trayectoria, me dió risa que todos agregaban muy seriamente el equipo al que pertenecen: Hola, soy Lulú, tengo 5 años en la empresa y soy de Racing. Me pareció precioso.

La pregunta entonces sería ¿por qué molesta tanto la irracionalidad de los demás? ¿En qué nos afectan sus delirios? Nos debería causar ternura, no conmoción. ¿Por qué tenemos una obsesión por encauzar correctamente las emociones ajenas? Se impone siempre y ante todo esa necesidad autoritaria de disciplinar. Que manía esa de normar la felicidad o la ira sin buscar entenderla. Tenemos un bombardeo continuo sobre cómo hay que gestionar sentimientos, cómo hay que sentir. Es el autoritarismo inclemente de la racionalidad. Hablando con amigos sobre las emociones dentro de la cancha, todos coinciden en que se siente una descarga de adrenalina y cómo es un momento para drenar emociones. Pensaba entonces ¿qué sería de este país sin este hermoso e inofensivo delirio? ¿A dónde irían a parar tantas pasiones?

"Hace poco en una reunión de trabajo, de esas en las que todo el mundo se tiene que presentar, me dió risa que todos agregaban muy seriamente el equipo al que pertenecen: Hola, soy Lulú, tengo 5 años en la empresa y soy de Racing. Me pareció precioso."

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No sorprende que los principales críticos de las euforias colectivas no sólo son por lo general antifutbol, sino que son también, siempre los representantes de la tibieza, de la indiferencia. Pero como siempre estamos atravesados por grandes paradojas, estos seres de luz venden racionalidad y equilibrio solo para las causas ajenas, cuando se trata de las propias no suelen domesticar sus emociones.

"Que manía esa de normar la felicidad o la ira sin buscar entenderla. Tenemos un bombardeo continuo sobre cómo hay que gestionar sentimientos, cómo hay que sentir. Es el autoritarismo inclemente de la racionalidad"

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Pensaba que por estar creciendo en Argentina, mi hijo (quien es venezolano) sería consecuente con la abuela. Pero no fue así, nos vino a poner un freno. Cuando le dicen que Messi es el mejor del mundo, el responde “uno de los mejores”. Cuando le dicen que Argentina gana el domingo el responde “pero perder también es una posibilidad” . No lo podemos entender. La linda paradoja y, de la que el no se ha dado cuenta aún, es que todo lo cuestiona en perfecto argentino: “Pará un poco mamá, dejá el quilombo”. Porque cuestionarlo todo también es argentino.