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22 de noviembre 2023

Ernesto Seman

COMIENZO

Tiempo de lectura: 5 minutos

Argentina está asistiendo al nacimiento de un nuevo régimen. El Régimen del Orden surge como respuesta inmediata a la inflación y se erige desde ahí para ofrecer una visión temática e históricamente, más amplia, en la que la disciplina en la vida pública y la primacía de la libertad individual son instrumentos para la prosperidad de todos. Un cambio de régimen implica tres cosas: el cambio en el humor social; la representación de ese nuevo humor en un líder u organización; y la transformación de las instituciones y políticas públicas para ajustarlas a ese nuevo consenso. Las primeras dos cosas se aceleraron en los últimos años. La última etapa puede durar mucho o poco, puede triunfar o colapsar, pero empezó a tomar forma el domingo a la noche.

Esto no es el 2015. Hoy no hay esperas. Y paradójicamente, hoy es Mauricio Macri, tanto o más que Javier Milei, quien lidera las fuerzas revolucionarias que buscan asegurar mucho más que un cambio de gobierno. Imagina en cámara un ejército de rappis apaleando gente. Imagina a los chicos del Newman controlando desde algún lugar los drones de la guerra de los orcos. Imagina enemigos exterminados. Y está más cerca que nunca de llevar la imaginación al poder.

El país vivió las primeras cuatro décadas de democracia bajo otra idea. El Régimen de los Derechos Humanos se organizó alrededor de un consenso extendido sobre el derecho a la vida de los individuos entendido como algo asociado a la realización colectiva de avances materiales. Fue un legado del peronismo que Raúl Alfonsín reconoció explícitamente en 1985 e implícitamente en el lema “con la democracia se come, se cura, se educa”. Como es público y notorio, ese régimen llega a su fin agotado, con notorios fracasos y con demasiadas deudas. Pero como decía el personaje de José Sacristán en “Solos en la madrugada”, la película clásica de la transición democrática española, “no podemos pasarnos otros cuarenta años hablando de los cuarenta años”.

Como agitprop, Macri vuelve al poder como un revolucionario consumado. En su libro y en vivo, el ex presidente releyó su mandato en clave de halcones y palomas. Cualquier esquema de ese tipo es una apuesta a los halcones

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Para propios y extraños, las referencias inmediatas de este cambio de régimen son las de Donald Trump en Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil. Las ilusiones de los batallones normalizadores descansan en que, como en aquellos casos, las restricciones institucionales atenúen los ímpetus radicales de la alianza entre La Libertad Avanza y Juntos por el Cambio. Los gobernadores, la Corte, las mayorías legislativas, el contexto internacional. Es una apuesta quimérica. El mundo está cada vez menos preocupado por instituciones que cobijen sociedades civiles dinámicas y libres. El arco de las relaciones diplomáticas que va de la solidaridad internacional a la promoción de la actividad comercial se superpone con el auge y caída del Régimen de los Derechos Humanos. Con una tercera guerra mundial dando vueltas en el horizonte y los desarreglos globales asociados al cambio climático, es difícil imaginar un involucramiento activo de la comunidad internacional en los asuntos argentinos.

La experiencias pasadas son ineludibles, pero no para ser tomadas de forma prescriptiva: “Si sucedió de tal manera en Brasil, sucederá de tal manera acá.” Es cierto que los gobiernos de Trump y Bolsonaro fueron mucho menos efectivos que lo que propios y ajenos esperaban. Pero aún así dejaron un tendal de vidas arruinadas y atmósferas políticas recalcitrantes. Los actores aprenden de su propia historia (bueno, la mayoría), corrigen errores, ajustan estrategias. El gobierno de Milei cuenta con las experiencias de Trump y Bolsonaro para no repetirlas. Cuenta también con el proceso de largo plazo que supone (con alguna razón) que la irrupción de Trump no se agotó en su primer mandato. Cuenta con una cultura política local, cómo decirlo, más agitacional que la de Brasil.

Cuenta también, sobre todo, con la experiencia de Macri. Como agitprop, Macri vuelve al poder como un revolucionario consumado. En su libro y en vivo, el ex presidente releyó su mandato en clave de halcones y palomas. Cualquier esquema de ese tipo es una apuesta a los halcones, a juzgar los esfuerzos de palomas como ejercicios defectuosos de un ideal, de una verdad que, de aplicarse, “esta vez sí”, daría resultado. Eones atrás, Alberto Benegas Lynch (padre del actual adlátere de Macri y abuelo del diputado Bertie) criticaba a la mismísima dictadura militar en 1980 por ceder a la tentación populista, dado que “todos los procesos que buscan una ‘mejor distribución de la riqueza’… conspiran contra la formación de nuevos capitales”. Más allá de sus cualidades intelectuales, los ideólogos desatan una lucha neurótica, narcisista e ilimitada contra la historia y el presente como formas imperfectas de la idea.

El ex presidente acomodó esa interpretación de su carrera con una cronología en tres partes. Un primer periodo de dos años, hasta el 2017, de encantamiento con la posibilidad de reformas radicales pero consensuadas, y que giró alrededor de Sergio Massa: lo llevó a tomar la leche a Olivos, lo subió al avión a Davos, lo invitó al cumpleaños de Antonia, y se chocó con los límites que aún imponía el peronismo. Un segundo periodo es la última parte de su mandato. Es una lectura melancólica, marcado por las imposibilidades construidas durante el primero, en la que el pasado es la clave de lo que no funciona en el presente: “si hubiéramos sido más radicales, no estaríamos así”. El tercer periodo es este, desprovisto de esa nostalgia, con el duelo elaborado y de cara al futuro.

El mundo está cada vez menos preocupado por instituciones que cobijen sociedades civiles dinámicas y libres. El arco de las relaciones diplomáticas que va de la solidaridad internacional a la promoción de la actividad comercial se superpone con el auge y caída del Régimen de los Derechos Humanos

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Para eso, los revolucionarios cuentan, por último, con una peculiaridad definitivamente telúrica, ausente en Estados Unidos, Brasil y la Argentina del 2015: la inflación. La inflación de tres dígitos no solo es una manifestación de la debilidad del Estado para darle coherencia a la vida de la gente cuando sale de la cama; también le da a la nueva coalición esa carta blanca para explorar ideas económicas que antes suponían irrealizables y para merodear con la violencia que otros grupos de ultraderecha no tuvieron. José Luis Machinea y Juan Carlos Torre señalaron hace décadas que un punto central del descalabro alfonsinista posterior a 1986 fue no haberle prestado atención a la inflación residual. Durante el kirchnerismo, la lección fue ignorada algunas veces y avasallada otras, huyéndole a correcciones momentáneas, acumulando desajustes. Lo que veremos ahora es a la Argentina como un campo de experimentación antipopulista, preocupado ya no en la irracionalidad de las masas o el carisma del líder sino en lo que señalan como la forma proteica del populismo: el obstáculo que ese Estado y las formas de acción colectiva asociadas a éste imponen al desarrollo de la libertad individual y el derecho de propiedad como centros neurálgicos de la vida social. El Régimen del Orden imagina bases de legitimidad para la vida pública nuevas y distintas a las que guiaron las transiciones latinoamericanas. Nosotros miramos al pasado de Estados Unidos y Brasil, pero el mundo sigue con mucho más atención el presente argentino.

Las chances de influir, moderar, revertir o contener el actual cambio de régimen tienden a decrecer con el correr de los minutos. No se trata sólo del éxito o fracaso económico sino de los cambios en las instituciones y en la vida pública. Lo más probable es que, mientras se monta en el descalabro económico y lo acelera, la alianza de gobierno encuentre incentivos para ofrecer bienes simbólicos a sus seguidores. Si Macri y Milei triunfaron en asociar la expansión de derechos con las penurias de las mayorías, el Régimen del Orden buscará hacerse fuerte en el desmantelamiento de esos derechos y la reafirmación de jerarquías (de propiedad, de status, de género) sobre las que montar un orden estable. De mierda, pero estable. La Argentina está aún lejos de suspender elecciones, pero considerando la campaña, la historia y el aprendizaje, lo más probable es que la violencia institucional, material y simbólica tenga un espacio creciente en la vida pública. Es como echar a andar un camión barranca abajo: cuando pasaron diez metros aún es fácil frenarlo. Cuando van cincuenta aún se puede, aún si todo cruje. Cuando van cien metros en picada, la única opción es saltar.

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