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17 de agosto 2023

Ernesto Seman

COMIENZO Y FINAL DE LA REPÚBLICA DE MANZANO

Tiempo de lectura: 8 minutos

Para empezar, los que apostamos el Frente de Todos hace sólo cuatro años deberíamos analizar qué fue lo que salió mal, tan mal. No se trata de transparencia, autoflagelación u honestidad, que importan poco, sino de un punto de partida básico de cualquier análisis electoral: la gente elige entre las opciones realmente existentes, no entre las que uno cree que deberían existir.

Argentina está a un par de años, máximo, de vivir alguna forma de violencia política en reacción a la probable llegada al poder de un gobierno de derecha, ya sea en su versión ultra o plus ultra, lo que se sabrá en unas pocas semanas. Esa también será la consecuencia de que algunos perciban que las opciones que ofrece el sistema democrático no producen cambios sustantivos en un devenir cada vez más pavoroso. Así que reflexionar sobre cómo se han construido esas opciones es saludable no sólo para entender el ascenso de Milei sino para anticiparnos al día después.

Milei tuvo el apoyo de poco más del 20 por ciento de la ciudadanía habilitada para votar. Esto no es para menospreciar su irrupción, en absoluto, sino para llamar la atención sobre cómo se va achicando la cancha, cómo la escena pública se va transformando en un gallinero chiquito, con los titiriteros por arriba y millones de argentinos afuera. Otra pregunta para desnormalizar las cosas es dejar de alarmarse solamente por la baja en los niveles de votación, porque la verdad es que es un milagro que la gente siga yendo a votar masivamente. ¿Quién le cree a la posible sanción del Estado cuando no le cree al Estado en casi todo el resto? ¿Qué esperanzas tiene ese enorme 60 por ciento de que poniendo un sobre en una caja se van a producir transformaciones tan grandes como las que se necesitan para que sus vidas cambien?

Antes que denunciar el negacionismo ambiental de los votantes de LLA (entre quienes se cuentan víctimas directas del cambio climático), vale recordar entonces que Milei avanza sobre los márgenes que otros corrieron antes que él. Camina por un campo quemado, pisando cadáveres que se creían muy vivos

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Como no se cansa de decir Martín Plot leyendo a Lefort, la democracia se sostiene sobre la expectativa razonable de un cambio de poder, de las prioridades, de los que están arriba y los que están abajo, de quiénes deciden qué deciden. Las PASO recientes y las elecciones anteriores presentaron, a los ojos de los votantes, un frente cerrado contra esa posibilidad de transformaciones sustantivas, por razones que se verán más abajo. Frente a eso, Milei no capturó la necesidad de cambio, pero sí expresó una forma irascible de denunciar a las ideas, instituciones y personajes asociadas con ese inmovilismo.

Por caso: el candidato que ganó las PASO propone cerrar el ministerio de medio ambiente. Si después de una década en la que el organismo estuvo liderado por el Rabino Bergman y Juan Cabandié la gente aún cree que existe el cambio climático, el holocausto y los desaparecidos, es porque tienen una paciencia de oro. Votaron al negacionista para salvarnos de los negacionistas de su propio negacionismo. Esas eran las opciones verdaderas: A la activista hondureña Berta Cáceres la mataron de un tiro hace años, Bruno Latour no era candidato, Greta Thunberg no está en los padrones, y los millones de argentinos y argentinas que pelean contra las causas del cambio climático pasan sus días luchando contra el Estado, su aparato represivo, su discurso displicente, además de la pobreza. Antes que denunciar el negacionismo ambiental de los votantes de LLA (entre quienes se cuentan víctimas directas del cambio climático), vale recordar entonces que Milei avanza sobre los márgenes que otros corrieron antes que él. Camina por un campo quemado, pisando cadáveres que se creían muy vivos.

Claro que este es un ejemplo más o menos lateral (aunque el mantra de que a nadie le importa el medio ambiente cuando hay hambre legitimó la negligente política pública al respecto): la descomposición que Milei intenta recomponer en sus propios términos se centra en la desocupación, pobreza e inflación que redondean un horizonte gris, un país oscuro. Aunque, digamos todo, la apuesta común del gobierno y de Juntos por el Cambio a favor de un gran salto exportador como punto de partida para una Argentina vivible, después de unos 140 años de haber apostado a favor de un gran salto exportador como punto de partida para una Argentina vivible, rankea bastante arriba en el top 10 del negacionismo del mundo mundial.

Milei tuvo el apoyo de poco más del 20 por ciento de la ciudadanía habilitada para votar. Esto no es para menospreciar su irrupción, en absoluto, sino para llamar la atención sobre cómo se va achicando la cancha

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Negar la realidad es parte de la política, pero no necesariamente del análisis de la misma. Es imposible construir un proyecto nuevo atados solamente a lo que hay. En eso Milei recupera para la plus-ultra-derecha el espacio de la imaginación política. Juntos por el Cambio imaginó poco, fue siempre un rejunte de vagos que regurgitaron la narrativa antipopulista sobre la que se montaba el retorno a un pasado mítico y un futuro que siempre estaba un paso más allá. Pero la imaginación política que movilizó la larguísima transición democrática y culminó en la primaveral explosión del kirchnerismo en este siglo parece haber encontrado su némesis.

El ascenso de Milei es un broche (ciertamente no de oro) a cuarenta años de democracia que podrían definirse como “el régimen de los derechos humanos”. El clima de final de época se corresponde con la ruina de ese régimen en tres de sus pilares fundamentales. El más resonante es el fracaso de la frase fundante del régimen, “con la democracia se come, se cura y se educa” que asoció los derechos políticos a las mejoras materiales, avances que, para ponerlo de alguna manera, no sucedieron como muchos esperaban. El segundo fracaso fue la pérdida de la dimensión universal de esos derechos humanos y la transformación de la expansión de derechos y libertades -que sí ocurrieron de distintas formas en estas cuatro décadas en medio de la miseria- en la identidad de facciones, como la que se generó en la asociación entre el kirchnerismo, el Estado y los organismos de derechos humanos. El último fracaso, ya en medio del lodazal, fue el de la imposibilidad de expandir ese “núcleo duro” de derechos universales hacia las cuestiones ambientales, que sin duda marcarán el futuro inmediato de los argentinos que queden vivos y pobres en el país que viene. A diferencia de la mujer en la canción de Arjona, la señora de las cuatro décadas llega a su fin sin sentir las cosquillas de otros tiempos. El nuevo régimen ha llegado.

El ciclo de estos cuarenta años de democracia los recorrimos de la mano de José Luis Manzano, un personaje central en su lateralidad, que corporizó cada uno de los momentos de esperanza y desazón y cuya agenda terminó por ser la prioridad de todas las opciones competitivas de la elección que viene: la defensa de una especie de complejo-mediático-extractivista. Como líder de la renovación peronista, estuvo en el balcón de Semana Santa del ’87 apoyando a Raúl Alfonsín, cuando estar en el balcón era producto y productor de un poder político fuerte y visible. Después se corrió unos pasos más atrás para manejar cuentas bancarias del menemismo y reuniones pseudo secretas en la embajada, cuando el poder político empezaba a definirse en acciones de Nasdaq más que en acciones públicas. Y después desapareció por completo ante nuestros ojos, como el mago sin dientes pero mejor, cuando se comió al poder político, se reunió con cada ministro y presidente que quiso para ofrecer sus servicios, y decidió lucir su sobrepeso sólo entre familiares y amigos. Chupete, dueño de medios y de litio para cargar las baterías con las que podemos escuchar a sus medios diciendo que el litio es nuestra salvación. Cachetito cósmico, a qué planeta te fuiste. Chupete camina las calles de un mundo alternativo, cantando “I’ve Got the World on a String”, mirando con esa sonrisita a los enojados del mundo, todos corderos vestidos de lobos feroces, esperando para ver cuál de todas sus opciones gana en octubre. Drill, Chupete, drill.

A diferencia de la mujer en la canción de Arjona, la señora de las cuatro décadas llega a su fin sin sentir las cosquillas de otros tiempos. El nuevo régimen ha llegado

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Pero entonces, ¿cuándo pasó? ¿cuándo fue que Manzano se nos fue de las manos y se llevó la democracia a alguna mansión? El análisis sobre el gobierno que se va tiene para muchos al menos dos etapas de ilusión y desencanto. La ilusión correspondió con la apuesta sorpresiva de Cristina Fernández de Kirchner por Alberto Fernández en 2019, como una forma de volver a ampliar las bases de consenso del kirchnerismo, recuperar el espacio perdido desde el 2015 y al mismo tiempo retener las ideas que caracterizaron al kirchnerismo desde el 2003: la expansión de derechos y de ciudadanía a sectores y demandas previamente excluidos, la recomposición de los marginales, la contención y la empatía. Hay momentos de avance y momentos de consolidación defensiva, todo bien.

Bueno, las cosas no salieron así. He ahí la segunda etapa, la del desencanto. No sólo porque Alberto Fernández no logró expresar una forma creíble de esa consolidación defensiva, expresada en políticas públicas de largo plazo. Lo peor fue la forma en la que Cristina Kirchner decidió volver sobre sus pasos y dedicar buena parte de los últimos dos años a triturar su brillante creación, a alentar la renuncia a cualquier discurso ecuménico e inclusivo, negándose y negándonos la chance de entender las limitaciones de su creación como un llamado a unirnos para mejorar, y transformándola en una invitación a rompernos la jeta contra la pared. El resto se lo comió la inflación, la pandemia, el dólar. La vida misma.

El peronismo como tal está desapareciendo no sólo desde que nació, sino particularmente en este siglo. Eso lo entendió bien Juan Carlos Torre en el 2015, cuando describió la asincronía entre una estructura social heterogénea y un partido que seguía proponiendo cosas increíbles como el retorno a la cultura del trabajo y demandando lealtades que iban quedando atrás. Y obviamente, lo entendió Manzano, que le sacó todo el jugo que pudo al peronismo y comprendió rápido que él era más que la idea misma de representación. Pero también lo entendió Néstor Kirchner mucho antes, cuando arrancó desde el 2003 un proceso de incorporación de esa masa social y políticamente heterogénea. Fue el primero que imaginó un PT de los trabajadores pobres como el que Martín Rodríguez ve bien hoy en la apuesta Mileísta, pero que además lo puso en conversación con un partido de derechos y con un partido reformista y con un partido socialdemócrata preocupado por las minorías, derechos contra la derecha. Después de Grobocopatel, Kirchner es el tipo que más y mejor uso hizo del superávit sojero para reinventar la política.

Chupete, dueño de medios y de litio para cargar las baterías con las que podemos escuchar a sus medios diciendo que el litio es nuestra salvación. Cachetito cósmico, a qué planeta te fuiste. Chupete camina las calles de un mundo alternativo, cantando “I’ve Got the World on a String”

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Y por caso, que el peronismo era más problema que solución también lo sabía Cristina Kirchner, cuya relación con el partido fue siempre mala, a veces conveniente y otras veces ofuscada, pero nunca buena. La candidatura de Sergio Massa para este final de velorio y comienzo de sabe Dios qué tiene mucho menos que ver con replicar ese esfuerzo contenedor que tuvo el famoso “le he pedido a Alberto Fernández que encabece la fórmula que integraremos juntos” y se explica más por el enorme vacío político cavado en estos años, del cual la cara de Massa es, digámoslo, su más fiel expresión.

El punto de todo esto es señalar que el proceso de construcción de las opciones políticas explica mucho del resultado de las PASO y probablemente el de las de octubre. Es saludable preguntarse por los votantes a Milei, hay respuestas enormes ahí. Pero el gesto de acercamiento, la curiosidad de ir a preguntar a la criada por qué vota al Peluca, nos deja arrinconados contra el banderín, sin chances de mirar el resto de la cancha y ver cómo llegamos, todos, hasta ahí. Milei le pone representación a aquellos que las otras dos opciones le dieron la espalda y, al final de cuentas, a alguien hay que votar. Pero es importante señalar que aquellas cosas que Milei apunta a destruir han sido debidamente esmeriladas por quienes ahora fueron derrotados: la compasión, el rol del Estado sanador, la defensa del medio ambiente, la universalidad de los derechos humanos, los fondos robustos para las políticas sociales como derechos inalienables.

González Velázquez define a la marginalidad como la situación de “vivir lejos de recursos y cerca de las ausencias y de las urgencias.” El voto a Milei tiene miles de causas, pero también una respuesta a esa marginalidad que de distintas maneras carcome la vida de enormes sectores de la clase media y baja. Rechazar a quienes ahondaron las ausencias y profundizaron las urgencias suena bastante razonable; si la única opción disponible para eso era apostar a quien aspire a construir un mundo aún más desolador, la pregunta por las alternativas entonces se hace más relevante, y el fisgoneo al votante de Milei puede ubicarse en otro lugar.

Es importante señalar que aquellas cosas que Milei apunta a destruir han sido debidamente esmeriladas por quienes ahora fueron derrotados: la compasión, el rol del Estado sanador, la defensa del medio ambiente, la universalidad de los derechos humanos, los fondos robustos para las políticas sociales como derechos inalienables

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El futuro no será grato. Con alguna probabilidad, los cambios que se avecinan se traducirán en vidas arruinadas, capitales engrandecidos y formas de violencia estatal y de las otras que garanticen que los únicos tipos felices en esta tierra sean Manzano y el millar de manzanitos que pululan por ahí. Las ausencias y las urgencias serán también las semillas de lo nuevo. Pero hasta tanto, cuanto peor, peor.

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