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23 de julio 2023

Diego Labra

CÓDIGOS DE ESTÉTICA VISUAL Y MORAL

Tiempo de lectura: 10 minutos

Una intuición que me viene aquejando hace rato: cuánto de estética hay en la ética. Una de esas ideas que se te ocurren en la ducha y se sienten tanto una gran revelación como groseramente evidentes. Tan así que seguro ya se le ocurrió antes a alguien más. Wittgenstein según leo, y de seguro a muchos clásicos más. Tiene sentido. Comemos (nos identificamos, sentimos) primero con los ojos.

El desconcierto y desazón que permea al kirchnerismo tuitero y mediático desde hace un tiempo, pero particularmente palpable durante el traumático cierre de listas de cara a las elecciones presidenciales de este año, me lleva una y otra vez a esa intuición. Un poco por ahí viene lo que escribió acá Pablo Semán. Lo que se escucha de Mariana Moyano aquí también. “Es un interés estético más que programático” lo que motoriza el malestar en parte de la bases, puntualiza Iván Schargrodsky en una participación radial colgada en YouTube. Quienes intervienen en los comentarios para refutarlo terminan por darle la razón.

“Somos los grasas de esta pelea, que vamo’ a hacer”, dice entre risas Sergio Massa en un viejo clip reflotado en clave de campaña. La metáfora gastronómica evocada tanto en el textual como en un párrafo anterior, e implícita en el título de esta nota, está muy a la mano. Después de todo, el peronismo mismo hizo una bandera de platos que originalmente se le endilgaron como descalificación: el choripán, el pancho y la coca. Tan efectiva fue esta operación simbólica de apropiación que la impugnación antiperonista ya no ataca ese menú cárnico a través de su modo de cocción (al fuego del proverbial parquet), sino que apunta a la responsabilidad politica de la imposibilidad de saborearlo (polenta).

Aquí busco poner el foco en otro punto de tensión en el edificio simbólico, ideológico del peronismo kirchnerista que cruje ante los embates de la interna modelo 2023. No ya (solo) sobre el eje tensado por la dialéctica entre lo nacional y lo extranjero, sino también entre lo alto y lo bajo

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Pizza con champan fue como se representó culinariamente al menemismo con el cual asocian a Massa sus adversarios en la interna. Un maridaje que subraya su frivolidad, pero también su persistente grasitud. Copas de cristal con marcas de dedos. Enfrente estaba el grupo Sushi y el progresismo antiperonista cool de tipos como el entonces Secretario de Cultura y Medios de Comunicación Darío Lopérfido. “Eres lo que comes”, como cantaba Peter Gabriel al comienzo de Selling England by the Pound, un eslogan nutricional de autoayuda popularizado en la Gran Bretaña de comienzos del siglo XX por el osteópata estadounidense Victor Lindlahr.

Mi último aporte a esta revista había versado justamente sobre la demanda ética a los consumos culturales. De hecho, buena parte de lo que he escrito para este y otros portales lidia de una u otra manera con la relación entre aquello que las industrias culturales ponen a circular, lo que los públicos eligen (o pueden) consumir y cómo se lee eso en términos políticos y sociales. En particular, me ha ocupado ese nudo difícil de digerir, atado al punto de la soldadura durante los noventa, que trenza a la cultura que se produce localmente con la que se importa de manera tal que ya solo necios o miopes pueden seguir hablando de lo nacional y lo extranjero en términos taxativos. “Frávega y derechos humanos”, “orden y progresismo”, como resumió Martín Rodríguez a la salida por arriba de los noventa vía el kirchnerismo. O el huevo de la serpiente de la restricción externa del consumo cultural. Un día se celebra que Cristina y Zamba echen de la plaza al Pato Donald, otro se “disfruta como un chico” junto a Néstor en Disney World gracias al atraso cambiario y los altos salarios en dólares.

En ese sentido, este texto es aptamente un refrito. Aunque aquí busco poner el foco en otro punto de tensión en el edificio simbólico, ideológico del peronismo kirchnerista que cruje ante los embates de la interna modelo 2023. No ya (solo) sobre el eje tensado por la dialéctica entre lo nacional y lo extranjero, sino también entre lo alto y lo bajo. Entre lo mesocrático y lo popular.

Me crié en una casa donde se desalentaba, o directamente se prohibía, el consumo de cultura masiva argentina. Uno de los pocos gustos que se daba mi viejo, un empleado de comercio con mujer, cuatro hijos y una carrera universitaria abandonada que vivía de prestado al fondo de lo de mis abuelos, era coleccionar CDs. Llegó a tener como trescientos. Mucho Pink Floyd, Genesis y pop línea Aspen. Pero cantados en español debió haber habido, como mucho, media docena. Alguno de Soda Stereo, la más anglosajona entre las bandas de rock nacional, y los de Luis Miguel, que le regalaba con algo de sadismo a mi madre cada año en su día.

Voto marplatense gorila por defecto. ¿Quién es Duhalde, abuelo? El padrino que maneja la droga, Dieguito, el que arruinó la ciudad llenándola con negros del conurbano que trajo en trenes que nosotros ya no usamos

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Ella, por su parte, nos tenía terminantemente prohibido ver televisión de aire. Mis hermanas miraban Chiquititas a escondidas en la casa de sus amiguitas y, cuando Papa Noel nos trajo un televisor propio, hicimos lo mismo con Videomatch. Me hacían bullying en la escuela por el parecido con un personaje de Cebollitas que nunca había visto. Durante el recreo, mientras todos hablaban sobre Brigada Cola (más de Brigacop que de los culos, teníamos siete años), yo asentía en silencio.

Salvo unos pocos griales mesocráticos (El Eternauta, por ejemplo), los productos creados por la industria cultural nacional eran en mi casa considerados chabacanos, berretas, cuando no directamente nocivos. A partir de esa bajada que formó mi afinidad electiva cultural desarrollé desde temprana edad un agudo sentido de aversión por lo grasa, que coincidida de sobremanera con lo nacional masivo y popular. ¿Cine argentino? Que aburrido. ¿Rock en español? No consumo.

Menos visible para mí era la correlación entre estos códigos de estética visual y moral y la ética cívica de mis padres. No se hablaba de política en la mesa, al punto que realmente aprendí quién fue Perón en la universidad (estudié en una secundaria técnica casi sin historia como asignatura). Salvo el día de elecciones. Ese día ellos, que atravesaron los setenta como hijos de la gente común, nos transmitían la importancia de la fiesta democrática llevándonos dentro del cuarto oscuro y comprándonos una cajita feliz después. Voto marplatense gorila por defecto. ¿Quién es Duhalde, abuelo? El padrino que maneja la droga, Dieguito, el que arruinó la ciudad llenándola con negros del conurbano que trajo en trenes que nosotros ya no usamos.

Casi treinta años después, mi vieja ama a Cristina y, estoy bastante seguro, tres de los cuatro hermanos votamos al candidato peronista en la mayoría de las elecciones de la década pasada. ¿Qué pasó? Muchas cosas, pero una no menor fue la renovación estética que trajo el kirchnerismo. La fiesta del Bicentenario fue, en este sentido, la presentación en sociedad de un peronismo de nuevo talante que podía seducir sensibilidades mesocráticas, desarrollistas, hasta tecnocráticas. ARSAT, CONICET, TDA y CCK. El DNI de Randazzo. Comer un chori, pero viendo a Fuerza Bruta. Una pena que no se dé la postal perfecta, que no se pueda llegar con el nuevo tren electrificado a Tecnópolis. Una Ciudad de los Niños para el peronismo del siglo XXI. Un Disney para el primer cordón.

La historia del devenir estético del peronismo es larga y está en busca de un estudio de largo aliento que la reconstruya y la analice. A priori diría que tiene un nudo importante en ese pasado reciente que tanto ocupó al kirchnerismo en términos simbólicos. Del Instituto del Folklore y la Orquesta de Música Popular a una exposición de novela gráfica patria en el recoleto Palais de Glace, pasando por los fasículos de CEAL. Una síntesis que se aparece como amalgama entre la sensibilidad de intelectuales de izquierda que sobrevivieron (y viven pensado) los setenta y una militancia mayormente nacida en democracia y fogueada al calor de la lucha por la 125. Una generación que volvía a casa después de la escuela para sentarse a tomar Nesquik (ya no Vascolet), mirar Dragon Ball y jugar a la Play o con Barbies importadas. Peronismo también para los que se criaron mirando Sony Entertainment Television.

La fiesta del Bicentenario fue, en este sentido, la presentación en sociedad de un peronismo de nuevo talante que podía seducir sensibilidades mesocráticas, desarrollistas, hasta tecnocráticas. ARSAT, CONICET, TDA y CCK. El DNI de Randazzo. Comer un chori, pero viendo a Fuerza Bruta

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¿Dónde queda entonces lo popular? Un concepto manoseado, tan problemático como central a la discusión sobre la cultura en la Argentina del último medio siglo. Sus definiciones se han ido refinando, del esencialismo más arbitrario a la sofisticación relacional de los subaltern studies. De todos modos, a medida que lo popular folclórico u oral pierde relevancia, especialmente en términos políticos, se vuelve más evidente la renuncia a analizar lo masivo, una zona de contacto difícil de asir. ¿Puede ser popular un producto de la cultura masiva? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué lo hace popular entonces?

Una opción es medir su popularidad por el alcance que tiene entre el público mayoritario, por sus ventas, como reza la definición anglosajona de lo pop. La intelectualidad argentina, demasiado afrancesada, demasiado gramsciana para comulgar con tamaño populismo de mercado, ha cultivado en su lugar una etnografía que va a buscar precisamente las prácticas culturales que termina encontrando: fútbol, religiosidad, cumbia. Siempre cerca está el vicio esencialista de la explicación por el origen, es decir, adscribir a un producto cultural una naturaleza popular por la cuna o extracción de clase de su artífice o consumidores.

¿Sigue siendo popular un artista que nació humilde, pero se hizo millonario con su arte? ¿Es más popular un trapero pobre que rapea sobre las mieles y lujos de la vida de rico que va alcanzando con su propio esfuerzo, o un trovador rico que canta sobre las miserias e injusticias de la pobreza? Se preparan tortas fritas en una cocina tipo Ikea en la televisión pública. Nadie le pregunta a la señora morocha si es argentina, como hizo Del Moro, pero tampoco le ofrecen su propio programa. Es solo una invitada de conductores que pronuncian amuse bouche como corresponde y cuyas caras sirven para vender electrodomésticos y mayonesa de marca.

La incomodidad frente a esta tensión es paliada por algunos con excursiones a lo que piensan popular. El viaje iniciático al norte, la cumbia deconstruida. Pero no puede ser del todo grasa quien se sabe grasa. Hay allí un giro autoreflexivo, irónico que pone distancia con lo que se aspira a habitar por más genuina que sea la intención

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Viejo problema de los estudios culturales militantes. Padres fundacionales como Aníbal Ford, Eduardo Romano y Jorge B. Rivera pensaron la figura del intelectual mediador, modelado en base a personalidades como Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo, quien gracias a su origen en las clases medias postinmigratorias y su compromiso nacional pondría en escena los deseos de sus públicos populares. De fondo, se cortan cuestiones irreductibles como la agencia, mediación y la representación. ¿Quién habla por quién? Todos nuestros gauchos malos fueron escritos por tipos que vestían frac y galera.

Un caso testigo de este tensar entre lo alto y lo bajo en la política cultural del kirchnerismo es la historieta. Un medio caro a ciertos los intelectuales de izquierda peronista por su potencial artístico y llegada popular, pero más que nada por su propia biografía como lectores, realmente su masividad estaba en remisión desde la paulatina democratización del televisor en los años sesenta. Por algo no hubo nuevos Patoruzú, nuevas Mafalda. Sin embargo, la iconicidad de la narrativa gráfica (basta con citar al Nestornauta) y la labor articuladora de figuras clave como Juan Sasturain o Lautaro Ortiz, responsables de la revista y luego portal Fierro, materializaron una modesta pero sostenida subvención estatal que sopló nueva vida en un campo de la historieta devastado por el combo del frenesí importador de los noventa y la crisis del 2001. Hoy, la historieta argentina contemporánea existe como una constelación de autores y editoriales PyME autogestivas emplazada a lo largo del eje Buenos Aires, Rosario, Córdoba que produce novelas gráficas galardonadas por instituciones promotoras de las Bellas Artes, tanto públicas como privadas, nacionales como extranjeras, y es consumida mayormente por un pequeño (pero intenso) público lector. ¿Puede arrogarse ser popular un libro qué tira 500, 1.000 ejemplares? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué lo hace popular entonces?

Los valores cambian, se diversifican, pero el capitalismo y las cosas nos hermanan a todos. En el “territorio” desean comprar lo mismo que en tu casa: una buena compu, el LED de cincuenta pulgadas, la Play 5, el último celular

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¿Cómo se resuelve el choque de demandas estéticas antitéticas que existen dentro del peronismo tras veinte años de kirchnerismo? La incomodidad frente a esta tensión es paliada por algunos con excursiones a lo que piensan popular. El viaje iniciático al norte, la cumbia deconstruida. Pero no puede ser del todo grasa quien se sabe grasa. Hay allí un giro autoreflexivo, irónico que pone distancia con lo que se aspira a habitar por más genuina que sea la intención. Si tenés boleto de vuelta, necesariamente sos un turista. Peronismo latte macchiato, adjetivó Tomás Rebord, evocando una imagen deliberadamente autodescriptiva.

Nos debemos un post mortem de la intensa inversión en cultura realizada por el peronismo en la década pasada. ¿Cuál es su verdadero saldo? ¿Futurock y la militancia streamer?, ¿la música que L-Gante grabó en su netbook del Conectar Igualdad?, ¿la transmisión en vivo y HD de todas y cada una de las fiestas regionales por la televisión pública? ¿O la suma de todo esto? En términos de las ciencias sociales, diría que todavía falta un par de lustros para poder evaluar su efecto sobre las infancias criadas a base de Paka Paka y Encuentro.

En términos de la política y su urgencia proselitista, ante la cual lo popular ahora sí importa en su dimensión cuantitativa, menos como problema etnográfico que como la cualidad de una práctica u objeto cultural capaz de granjear unos cuantos votos más, diría que se haría bien en dejar de pensar en maniqueísmos, en ellos y nosotros. Los valores cambian, se diversifican, pero el capitalismo y las cosas nos hermanan a todos. En el “territorio” desean comprar lo mismo que en tu casa: una buena compu, el LED de cincuenta pulgadas, la Play 5, el último celular. La única diferencia es desde que escalón de la pirámide de Maslow se empieza a escalar. Recuerdo que años atrás indignaba ver las antenas de DirecTV apostadas sobre techos de chapa y paredes sin revocar. Probablemente dentro estaban viendo en la tele lo mismo que mirabas vos.

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