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12 de septiembre 2023

John Bell

RETRATAR FANTASMAS

Tiempo de lectura: 13 minutos

Al final de los años noventa, en el ocaso del auge menemista, se inició una ola de suicidios en la ciudad de Las Heras. Las muertes – en su mayoría de personas jóvenes – siguieron en el nuevo milenio. La falta de registros oficiales dificultaba su conteo; no se sabía con precisión cuántas eran. Las Heras en ese momento no gozaba de ninguna bonanza: la ciudad santacruceña vivía de la industria petrolera y la privatización de YPF conducía al éxodo de miles de personas y una desesperante falta de horizontes para los que se quedaban. Sin embargo, Las Heras no era la única ciudad del interior argentino que sufría los efectos de las privatizaciones menemistas y en sus pares no se producían olas de suicidios. En los años dos mil, después del crac que metió al resto del país en una desesperanza semejante, dos periodistas – las dos nacidas en ciudades del interior – llegaron a Las Heras desde Buenos Aires buscando explicaciones. Los resultados de sus investigaciones salieron en 2005, en la forma de dos libros: Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero y Falsa calma de María Sonia Cristoff.

Los suicidas volvió a editarse en 2006 y 2021; en julio de este año Random House publicó la tercera edición de Falsa calma. A casi veinte años de su aparición, los dos libros se han convertido en clásicos del periodismo argentino. Llama la atención que, a pesar de retratar a las mismas personas, tratar de los mismos acontecimientos y salir en el mismo año, las obras de las dos cronistas dejan impresiones tan distintas. Guerriero toma prestados recursos del cine, la ficción, la poesía, la fotografía y la música para atrapar a sus lectores; después quita al texto todo elemento superfluo para llegar a «un destilado, en lo posible, perfecto: la esencia de la esencia de la realidad[1]». Cristoff en cambio ve a la cronista como «una figura propagadora de lecturas, y de los sentidos que vienen con esas lecturas[2]». La lectura requiere textos, y Cristoff aprovecha documentos de todo tipo: «testimonios, resonancias de otros discursos, fragmentos de un diario íntimo o de un paper académico…[3]». Comparte estos textos con sus lectores: se los mete directamente en el cuerpo de sus crónicas para que «esos discursos no adscriptos a la literatura» empiecen a «funcionar en un sistema literario[4]». Las dos buscan ampliar las posibilidades de la no ficción. Guerriero pretende acercar sus crónicas a la realidad – a la vez misteriosa y cristalina, susceptible de ser destilada – mediante una texto al mismo tiempo vívido, «plagado de recursos literarios[5]», y parco. Para Cristoff la realidad es polifónica, y ella pone en diálogo todos los discursos que genera. La cronista no descubre la realidad; la construye, un collage, con lo que le dicen sus muchas voces.

En realidad Cristoff sólo dedica un capítulo de su libro, el último, a los suicidios en Las Heras. El subtítulo del libro – Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia – indica el ámbito de su proyecto y la amplitud de su mirada. Para ella la falta de horizontes de los lasherenses no es un caso aislado sino típico de las comunidades por lo largo de la región. Cristoff nació en Trelew en 1965 y aunque los habitantes del valle del río Chubut vivan una realidad bien distinta de la de la meseta, Cristoff escribe desde un lugar de identificación con la zona y su gente. Hasta cierto punto su recorrido es de autodescubrimiento, el regreso de una hija pródiga a su tierra natal. Lo que ve en los llamados pueblos fantasma tiene que ver con ella: le está devolviendo algo a sí misma, una herencia que renunció hace años al trasladarse a Buenos Aires. Su método como viajera y cronista es tomarse el tiempo para entrar en sintonía con el ritmo casi parado de los pueblos. Es un acto de escucha.

En el prefacio al libro Cristoff escribe: «Sentada ahí, casi sin preguntar ni moverme, sin hacer ningún esfuerzo, me convertí en una especie de pararrayos, de antena receptora. Los cuentos llegaban a mí, la atmósfera me tomaba de ventrílocua. De ahí surgió la voz bifronte que cuenta lo que sigue: todo el tiempo traté de mantener el control pero, tengo que reconocerlo, hay momentos en los que la atmósfera habla a través de mí.[6]» Su trabajo va más allá de simplemente escuchar, entonces: Cristoff escucha para después darles voz a la gente y los lugares. Sin embargo, no se caracteriza a sí misma como portavoz, no habla en nombre de nadie: las metáforas que elige – pararrayos, antena, ventrílocua – la convierte en objeto sin voluntad propia. La especie de empatía que practica implica vaciarse para que le atraviesen las voces de otros.

El método de Cristoff es muy interesante en este sentido. Presenta el discurso de las personas que entrevista más o menos directamente, preservando su modo de hablar, pero a la vez lo transporta a tercera persona. Con este recurso Cristoff permite al lector escuchar el ritmo de cada locutor sin olvidar jamás ni la grieta inevitable entre periodista y entrevistado ni el artificio literario que le da al lector la ilusión de escuchar a un desconocido contarle la historia de su vida. Cristoff dedica unos capítulos enteros a las historias de un solo individuo: las personas se convierten en personajes, sus relatos en monólogos, y el lector entra en una intimidad casi teatral con ellos, sus palabras esbozando el escenario donde el argumento tiene su lugar. Es el recurso de una autora que se siente identificada con su sujeto, que no duda en meterse en su universo. No le parece preciso explicar todo.

En los años dos mil, después del crac que metió al resto del país en una desesperanza semejante, dos periodistas –las dos nacidas en ciudades del interior– llegaron a Las Heras desde Buenos Aires buscando explicaciones

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Guerriero en cambio escribe desde el lugar de una foránea meticulosa, que se esmera en los detalles para no equivocarse de nada. Llega a Santa Cruz desde Buenos Aires; no conoce la zona. Para representar las cosas bien es preciso orientarse primero, entender el contexto de los acontecimientos. En eso sigue los preceptos del periodismo que busca anclarse en datos concretos. Presenta sus entrevistas con todos los detalles exteriores que a Cristoff no le interesan: vienen con descripciones del lugar donde la charla sucedió, de la apariencia física del entrevistado, junto con su nombre, ocupación y edad. Guerriero preserva su papel como interlocutor también: las historias de vida no salen como monólogos sino como entrevistas de verdad, Guerriero haciendo preguntas y pidiendo aclaraciones, las citas directas de los entrevistados claramente marcadas como tal en el texto. Ella mantiene en todo momento una distancia escrupulosa y lo que su libro pierde en intimidad comparado con el de Cristoff le gana en claridad.

En “Mi diablo”, una reflexión sobre su trabajo recopilada en la antología Zona de obras, Guerriero habla de su método: «Empecé a recortar las frases con bisturí y a moverme por la página con una voz recogida, casi impávida, ausente, procurando contaminar ciertos sectores del texto con una emoción sin exaltaciones, de impacto seco[7]». Para ella también la escritura implica una cierta despersonalización: se vuelve la doctora de mirada analítica, el bisturí en mano, y la redacción una cirugía. Si la emoción entra es «sin exaltaciones»: ser cronista exige paciencia, esmero y sangre fría. Como cualquier profesional, Guerriero está a la vez ausente y presente, un fantasma con oficio. Es un deber ético reconocer su mirada ajena – Guerriero no pretende una intimidad con el entorno que no posee – pero dado su manera de concebir su trabajo esa ajenidad se vuelve una ventaja. Ser bonaerense le interpone una distancia que le es útil como cronista. Se fija en los detalles con la concentración de la extraña que los necesita para ubicarse. Los plasma con nitidez en su libro, para que sus lectores también se orienten. Aspira a la claridad del periodismo clásico.

Se notan los imperativos periodísticos en el primer capítulo de Los suicidas del fin del mundo. Para atrapar al lector abre con el relato de un suicidio particularmente llamativo por haber acontecido en la última Nochevieja del siglo veinte, una historia que Guerriero volverá a contar de manera más completa al final del libro. Es un flash forward, un recurso característico del cine, un bocadito del drama por venir para darle intriga al público. Por todos sus escrúpulos, Guerriero también busca entretener. Responde a esa necesidad imperiosa del periodismo de enganchar al lector de entrada, para que no busquen otra cosa. Después ella da al lector un breve historia del pueblo y su industria petrolera, junto con los resultados de sus primeras investigaciones sobre Las Heras[8]. El capítulo cierra con la llegada de Guerriero en micro a Las Heras y sus primeras impresiones: de esa manera ella se presenta como una participante en lo que va a narrar. Y si es el relato de una porteña que se siente una extraña en la Patagonia, es también pensado para un público de afuera, uno que precisa esas explicaciones.

Cristoff no siente la necesidad de dejar las cosas tan claras. Se adentra en el ambiente de una manera que tiene más que ver con evocar el lugar que buscar explicaciones de los suicidios. Donde Guerriero los narra caso por caso con mucha especificidad, Cristoff nos brinda las circunstancias concretas de una sola muerte. Lo que le fascina a ella es el lugar en sí: le parece un delirio. Toma como personaje principal a Sandra, una mujer que salió en el diario Crónica de Comodoro Rivadavia denunciando a los dueños de la quiniela lasherense como una secta de brujos que se metían en las mentes de sus vecinos. El capítulo de Cristoff abre con su discurso: el lector no sabe de entrada quién es o de qué está hablando. Sandra menciona un cuento de Las mil y una noches en el cual la verdad, relatada como cuento, sirve para engañar al oyente; Cristoff lo reproduce en su totalidad. Sólo se entera de que Sandra habla de Las Heras en la tercera página de la crónica. Es un comienzo que dificulta, a propósito, la comprensión; a diferencia de Guerriero, que busca orientar a sus lectores, Cristoff produce un efecto de extrañamiento.

En su ensayo “La libertad es un campo minado”, el prólogo de una edición posterior de Falsa calma, Cristoff describe la crónica como «la articulación de una hipótesis[9]». Su hipótesis es que Las Heras es un desvarío donde los sinsentidos se repiten en un vacío, sin la posibilidad de obtener una respuesta; el lugar, con «la aparente monotonía del paisaje, el viento constante y la brutal presencia del cielo», provoca en sus habitantes «una especie de hipnosis[10]». Cristoff busca reproducir esa desorientación en la prosa de su crónica. Como ha hecho a lo largo del libro, a las personas que entrevista en Las Heras les hace hablar en monólogos; muchas veces los únicos datos que les sitúan para el lector son los que salen en sus discursos. Son voces flotantes, fantasmales; si bien el efecto cumulativo es coral, en este coro los integrantes no se comunican entre sí. Cada uno canta desde su soledad, desde el limbo donde Cristoff los deja.

Cristoff no siente la necesidad de dejar las cosas tan claras. Se adentra en el ambiente de una manera que tiene más que ver con evocar el lugar que buscar explicaciones de los suicidios. Donde Guerriero los narra caso por caso con mucha especificidad, Cristoff nos brinda las circunstancias concretas de una sola muerte. Lo que le fascina a ella es el lugar en sí: le parece un delirio

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Su hipótesis estructura la crónica; determina su elección de voces y fragmentos. A veces ese criterio resulta en distorsiones y crueldades. Igual a Guerriero, Cristoff cuenta la historia del ferrocarril incompleto que dio lugar a la colonización de la zona; sin embargo, Cristoff omite toda mención de la prosperidad de que la ciudad gozaba en los años después de su fundación, primero como «centro acopiador de lanas y cueros[11]» y más tarde con el descubrimiento de petróleo, porque no encaja con su hipótesis. Si Las Heras tuvo su auge – si, como escribe Guerriero, «atravesó los años ochenta y los primeros años noventa en esa prosperidad de petroleras, bares, burdeles, y hombres con dinero para gastar[12]» – no es un lugar que conduce infaliblemente a la locura o la muerte.

Por momentos la hipótesis de Cristoff dificulta la empatía porque las personas que conoce le parecen sonambulistas, ejemplos de la «hipnosis» que percibe; no están del todo presentes. Esto se nota particularmente en los pocos momentos que dedica a los niños y adolescentes de Las Heras, los compañeros y hermanos de los suicidas. Son «apariciones sin rumbo», «autómatas», «marionetas»; no parecen pensar ni sentir nada. Uno de los recursos preferidos de Cristoff es recurrir a la cultura pop norteamericana para encontrar situaciones análogas: en la crónica de Las Heras hace referencia a Nightwatch, El sexto sentido y El resplandor. El análogo que encuentra para los adolescentes es la novela La esposas de Stepford de Ira Levin, en la cual las mujeres se vuelven autómatas a manos de sus maridos. Incluso empezar una familia en ese lugar le parece una manera más de «anularse»: «se embarazan para diluirse en otro[13]». Su hipótesis les niega el albedrío, incluso la humanidad. A veces parece que Cristoff no llega a una conclusión a partir de su trabajo de campo; la impone desde el principio. No recibe la realidad; la construye, y esa construcción es determinada por una hipótesis personal.

Aunque se limite a textos que se refieren directamente a Las Heras, Guerriero también incorpora una variedad de documentos a su libro. Los más comunes son citas de la revista lasherense La Ciudad; Guerriero incluye extractos de sus notas como parte de su reportaje de las circunstancias de cada suicidio. Ella cita poemas y letras escritos por los lasherenses, y las frases que una adolescente tiene pegadas a las paredes de su habitación. En un momento Guerriero transforma una nota de La Ciudad – una descripción de los restos de un ritual encontrados en el cementerio – en «un mantra» que repite para evocar aquel lugar: «un balde con tierra negra/ un recipiente con maíz quemado/ una bolsa de nylon, un cuchillo viejo/ y, presumiblemente, una paloma[14]». La prosa periodística se vuelve poesía, conjuro. Otro capítulo, que abre con una reflexión de Guerriero sobre la invisibilidad de Las Heras en los medios nacionales – «Cómo será, pensé, no verse reflejado en las noticias, no entrar nunca en el pronóstico del tiempo, en la estadística, no tener nada que ver con el resto del país[15]» – cierra con un extracto largo de una nota del diario español El Mundo, reportando la toma de una planta de YPF por piqueteros lasherenses. La historia del piquete se desarrolla a lo largo de Los suicidas, en paralelo con la investigación de Guerriero; llegando a Las Heras en ómnibus en el primer capítulo ella escucha el rumor de que «los piqueteros iban a cortar, en minutos más, la ruta entre Pico Truncado y Caleta Olivia[16]». Con la toma de la planta logran parar la producción del petróleo, y la posibilidad de desabastecimiento convierte el piquete en una noticia de alcance internacional: «Entonces sí: la noticia llegó a los diarios del Norte[17]». La transformación de lo que Guerriero ha narrado en el texto soso del diario español produce un efecto de extrañamiento. Las situaciones vivas del libro – su narración – se vuelven unos datos verificables pero muertos. La nota parece estar hablando de otra cosa, de otra ciudad.

La historia del piquete se desarrolla a lo largo de Los suicidas, en paralelo con la investigación de Guerriero; llegando a Las Heras en ómnibus en el primer capítulo ella escucha el rumor de que «los piqueteros iban a cortar, en minutos más, la ruta entre Pico Truncado y Caleta Olivia. Con la toma de la planta logran parar la producción del petróleo, y la posibilidad de desabastecimiento convierte el piquete en una noticia de alcance internacional: «Entonces sí: la noticia llegó a los diarios del Norte

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Mientras el método de Cristoff crea la impresión de una población de seres ensimismados, fantasmales – cada uno varado en su monólogo, las citas de autores ajenos interponiéndose cada rato como los veredictos de un jurado – Guerriero se empeña en trazar las relaciones que vinculan los muertos entre sí y con su comunidad. En su crónica “El bovarismo, dos mujeres y un pueblo de la pampa”, Guerriero – que creció en la ciudad bonaerense de Junín – deja claro que conoce bien los códigos y el chusmerío de los infiernos grandes argentinos. Sabe cómo la falta de horizontes de esos ambientes puede conducir a la desesperanza, incluso – en el caso de la mejor amiga de su infancia – al suicidio. El paisaje de Las Heras y su peculiar atmósfera le son extraños, pero no su organización social. En muchos aspectos Las Heras podría ser cualquier ciudad del interior. Guerriero entiende las costumbres que la rigen y la lógica de un lugar donde todos conocen a todos. Las conexiones entre los muertos no tardan en salir; en muchos casos eran vecinos, amigos o novios. La cronista aprovecha estas relaciones para estructurar los capítulos que narran los suicidios; entiende que parte del horror de la ola es que todo el mundo conocía a los muertos. Un párrafo hasta el final del libro se lee como una versión ominosa del juego seis grados de separación: «Esteban Morales era amigo de César López, de Javier Tomkins y solía jugar al fútbol con Marcelo González que, un año y cuatro meses después de la muerte de su hermana Carolina y diez meses después de la muerte de su novia Elizabeth veía, esta vez, caer al amigo[18]». Marcelo González es la única persona que sale vivo de esa oración.

A la hora de narrar cada suicidio, Guerriero suele alternar una entrevista con los parientes y otra con un amigo o una novia. De esa manera suministra una diversidad de perspectivas y enfatiza el tejido social del que los suicidas eligieron ausentarse. Los sobrevivientes no son los «autómatas» mudos de Falsa calma; narran las circunstancias de sus pérdidas con una precisión terrible, se preguntan por los motivos de los suicidios, se aferran a la fe o la educación como salidas posibles de su luto. Lo que pasa en Las Heras no pasa en un vacío: les afecta a todos los lasherenses, como comunidad. Su interpretación de los acontecimientos – y su manera de plasmarla en el texto – es completamente distinta de la de Cristoff.

En su capítulo sobre Las Heras, Cristoff incluye un dibujo inquietante: un juego del ahorcado con una frase incompleta abajo, «L A S  H E    A S  P U E       O  F A       A S M A[19]». Al dibujo del ahorcado le faltan solamente un brazo y una pierna; hace referencia, de manera extrañamente lúdica, al método preferido de los suicidas lasherenses. El muñeco de palitos puede ser uno de ellos, ahorcado en un poste de luz. La frase completa – un graffiti que Cristoff dice haber visto y Guerriero no – se lee «Las Heras. Pueblo fantasma[20]». El graffiti logró una cierta notoriedad debido a «una periodista de Buenos Aires» que «citó esa frase en los primeros párrafos de su nota[21]»; le da a Falsa calma su subtítulo. El uso de esta frase y el dibujo que le inspiró dice mucho del método de Cristoff – de su voluntad de arriesgarse con el tono (ella parece bromear con la muerte), jugar con elementos de la realidad y reconocer la imposibilidad de encerrar la verdad en una imagen o una frase. El dibujo del ahorcado y las palabras que describen su ciudad estarán siempre incompletas.

A su manera, Guerriero también reconoce este misterio. Conoce el lugar y su gente, registra con esmero sus historias y sus formas de vivir pero no llega a comprender los motivos de los suicidas porque no es posible hacerlo: «la respuesta no estaba entre los vivos… los vivos, en todo caso, solo podían ofrecer respuestas miserables[22]». Dedica una página de Las suicidas del fin del mundo a las «tantas teorías» que había escuchado «para explicarlo todo» sólo para reconocer que «las cosas… se empeñaban en no tener respuesta[23]». El viento – en que Guerriero afinó su libro como una novelista, para «pintar sobre un alarido interminable, un pasado de sangre y un presente de horror[24]» – es el único constante. Como Cristoff, su trabajo y las técnicas que elige le permiten convivir con esta falta de respuestas.


[1] Guerriero, 2022: p. 240.

[2] Cristoff, M. (2014). “La libertad es un campo minado” en: Anfibia. https://www.revistaanfibia.com/la-libertad-es-un-campo-minado/

[3] Cristoff, 2014.

[4] Cristoff, 2014.

[5] Guerriero, 2022: p. 240.

[6] Cristoff, M. (2005).  Falsa calma: Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia. Buenos Aires: Seix Barral. p. 9.

[7] Guerriero, 2022: p. 47.

[8]  Acá se encuentra la primera coincidencia con Cristoff: Guerriero incluye el extracto de una nota sobre la vidente que es el personaje principal de la crónica lasherense en Falsa calma.

[9] Cristoff, 2014.

[10] Cristoff, 2005: p. 198.

[11] Guerriero, L. (2021). Los suicidas del fin del mundo: Crónica de un pueblo patagónico. Buenos Aires: Tusquets Editores. p. 17.

[12] Guerriero, 2021: p. 20.

[13] Cristoff, 2005: p. 190.

[14] Guerriero, 2021: pp. 80-1.

[15] Guerriero, 2021: p. 149.

[16] Guerriero, 2021: p. 23.

[17] Guerriero, 2021: p. 159.

[18] Guerriero, 2021: p. 196.

[19] Cristoff, 2005: p. 187.

[20] Cristoff, 2005: p. 186.

[21] Cristoff, 2005: p. 186.

[22] Guerriero, 2022: p. 249.

[23] Guerriero, 2021: p. 206-7.

[24] Guerriero, 2022: p. 100.