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02 de marzo 2021

Diego Labra

ANIMACIÓN, CÓMICS Y LA CORRUPCIÓN DEL MUNDO

Tiempo de lectura: 10 minutos

¿Sabía Ud. que existe una editorial argentina que cada semana vende miles de libros, la mayoría a adolescentes y jóvenes, y tiene presencia en el mercado europeo, donde compite de igual a igual con multinacionales globales? Dichos libros son manga (漫画), historietas japonesas en las cuales suelen estar basados los dibujos animados de la misma procedencia, anime (アニメ). Un consumo definitorio en la dieta cultural de quienes nos criamos durante los noventa, la primera generación completamente inmersa en un baño de globalización. A mi viejo le partió la cabeza The Wall y a mí me la partió Evangelion

En un país que supo tener uno de los índices de penetración de televisión por cable más altos del mundo, y los tiene para internet, series como Dragon Ball lograron trascender para convertirse en parte integral del imaginario nacional con la misma potencia que lo hicieron antes El Chavo del 8 Los Simpsons. Basta con caminar y consultar ese insuperable termómetro de la “cultura popular” que son los nombres de pizzerías y los murales que adornan persianas bajas y paredones de galpones para comprobarlo.

Con cierto margen de certeza se le puede echar la culpa de esto a la globalización (y lo hacen con gusto desde los sectores de la industria nacional que crujen ante estos desembarcos). Pero también es cierto que hay agentes locales que hacen a esta circulación global: en el caso del manga y animé en Argentina existió Lazer, una revistita sensación que marcó una generación de lectores y, además, fue la piedra basal de un imperio editorial que toca las dos costas del Atlántico.

en el caso del manga y animé en Argentina existió Lazer, una revistita sensación que marcó una generación de lectores y, además, fue la piedra basal de un imperio editorial que toca las dos costas del Atlántico.

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Enfocado como un láser

Como toda historia cultural que transcurra en los noventa, esta comienza con la Ley de Convertibilidad y el incentivo que la paridad cambiaria presentó a gerentes de programación para llenar las horas y horas de pantalla vacante en el expansivo páramo que era entonces la televisión por cable con latas importadas. Un canal, el hoy tan recordado Magic Kids (1995-2006) de la productora Pramer, salió hacia 1996 a buscar con desesperación con que completar su grilla al quedarse sin los contenidos de Viacom (Nickelodeon) y Fox. El proverbial cobre que terminó siendo oro fue el animé. 

En ese mismo caldo de cultivo proliferó en la ciudad de Buenos Aires un lucrativo circuito de comiquerías, que creció al ritmo con que pasaban por la Aduana los containers llenos de revistas, historietas y merchandising. Una de ellas, Genux, fue fundada por los Oberto, padre e hijo adolescente, en 1992 en las inmediaciones del por entonces novísimo Alto Palermo Shopping. Tras cuatro años de buena facturación, pero también dolores de cabeza, los socios estaban listos para seguir cada uno su camino. El primero se radicó en Italia y el segundo tomó su parte del capital para crear un nuevo emprendimiento. Una editorial que, tras un traspié inicial, fue refundada junto a su amigo de la infancia Pablo Ruiz como Ivrea, en honor a la ciudad turinesa donde había comprado “por primera vez un comic cuando era un tierno niño de jardín de infantes”.

Leandro Oberto fue una pieza clave en la difusión del manga y anime como fenómeno cultural en el país. No fue el primero, pero sí el más exitoso en calidad de creador de Lazer y fugaz conductor del Club del Animé, ciclo matutino del Magic que comandó de fines de 1998 a comienzos de 1999, y del cual fue despedido por criticar al canal en su propia revista. También fue el principal artífice detrás de la transmutación de lo que podría haber sido una moda de fin de siglo en una editorial que consolidó un nuevo mercado en el país, el del manga, y que incluso logró expandirse internacionalmente con una filial en Helsinki y otra en Barcelona, desde donde logró posicionarse como tercer fuerza en el mercado español.

Como expresan un par de perfiles del año 2000 en La NaciónClarín que lo celebraban como joven millonario (no se hablaba todavía de “unicornios”), Oberto tenía el perfil clásico de alguien del palo, un veinteañero que dejó sus estudios en Economía en la Universidad de San Andrés para dedicarse por completo a su pasión. Un “fanático” más. Pero, además, era alguien que se reconocía como “empresario”, algo raro en el ramo. Hijo de su tiempo y lugar, construyó para sí una imagen de hombre de emprendedor moderno, global y competitivo (las correspondientes denuncias de sombras llegarían después), y se consagró como el editor del rubro más exitoso de su generación justo cuando la historieta dejaba de ser negocio. 

En un contexto de crisis terminal de la industria local, que se cobró a verdaderas instituciones como Fierro, SkopioD’Artagnan y su editorial, la mítica Columba, él operó en base a una filosofía contraria al zeitgeist comiquero de la época. En un momento de repliegue ante el avance de los productos importados, de refugio de la producción nacional en lo artesanal del fanzine ante la desprofesionalización del campo, él llamaba a volver a la mentalidad editorial masiva que caracterizaba al Japón contemporáneo, pero también a la “edad de oro” de la industria argentina. Lejos de la idea de catálogo o curaduría que prima hoy entre los sellos locales, en Ivrea se practicó desde siempre populismo de mercado, con una línea editorial dictada por la demanda de los consumidores. Incluso cuando eso implicara descartar caras aspiraciones personales, como el lanzamiento de Convergencia, una historieta de ciencia ficción escrita por el mismo Oberto.

Lazer, la punta del ovillo de lo que sería Ivrea, se concibió en esa misma intersección, entre hacer una revista que les gustaría leer a ellos mismos y lo que se olía como un buen negocio “porque en el mercado local no había nada similar”.

Oberto tenía el perfil clásico de alguien del palo, un veinteañero que dejó sus estudios en Economía en la Universidad de San Andrés para dedicarse por completo a su pasión. Un fanático más. Pero, además, era alguien que se reconocía como “empresario”, algo raro en el ramo

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Internet sin Internet

Impresa en los cortes de papel que sobraban tras producir los comics norteamericanos que habían licenciado, Lazer salió a la calle por primera vez el 7 de julio de 1997 con un número redactado de manera casi unipersonal por Leandro Oberto y maquetado entero por Pablo Ruiz. El segundo “padre” de la bestia se sumaría en el N°6, Agustín Gómez Sanz, un antiguo habitué de Genux a quien el editor invitó a colaborar gracias a su conocimiento del idioma japonés. Empezó traduciendo unos nombres y al poco tiempo ya se encargaba de “media revista”.

Si bien posteriormente se fue sumando staff, destacándose Marcelo Vicente, Ricardo “Tati” Pérez, Javier Heredia, Paula Ventimiglia y “Juani” Quiroga, siempre se intentó mantener ese espíritu DIY, de comunicarse en “el mismo lenguaje que [los] lectores”. El ethos era ser la revista para los “que graban Sailor Moon a la 1:30 de la mañana […] pero que, pese a todo, no se obsesionan con todo esto y disfrutan también de salir”. 

La fórmula funcionó. A fuerza del “boca a boca” pasó de vender “entre 5.000 y 6.000 ejemplares” en 1997 a tirar “50.000” en el 2000, de los cuales “30.000” tenían “venta inmediata” y el resto se agotaba “a los pocos meses en las comiquerías”. Números que le permitían arrogarse ser “la revista sobre cómics en castellano más vendida del mundo”.

Sin dudas un factor mayúsculo en ese éxito fue el boom del anime (adaptado y doblado mayormente en México y Venezuela) en la televisión argentina. Para cuando el fenómeno Dragon Ball Z explotó promediando 1998, haciendo de Magic Kids el canal de cable más visto en el país, Lazer ya era una aceitada máquina capaz de capitalizar rápidamente de lo que pasaba en la tele. Oberto fue convocado en diciembre de ese mismo año a conducir El Club del Animé, profundizando la simbiosis entre TV y papel, así como su reputación de “gurú del manga y anime”. Mientras todos los demás medios trataban de unirse a la moda, su staff y él ya tenían las credenciales que los acreditaban como los verdaderos connaisseurs. Ellos eran los que seguían a Goku desde Cemento.

Su filosofía “desestructurada” le dio además un filo extra, que cortó a través del intenso mundillo comiquero y sedujo a un público amplio que ahora se interesaba por el anime. En ocasión de Fantabaires 2000, por entonces el evento más grande del rubro que copaba toda la Rural, Oberto definió a esta“nueva generación” de lectores como “adolescentes y adultos del tipo que asisten a recitales […] chicos y chicas de 15 a 25 [en parejas en las cuales] ambos eran fanáticos del anime”, y los contrastó contra el viejo público asistente, compuesto en un “95%” por ese estereotipo del comiquero difundido por sitcoms importadas: “hombres callados fanáticos de los superhéroes y el comic europeo, de los cuales en su mayoría soñaban con ser dibujantes algún día”.

Con tapa de Sailor Moon en su primer número, Lazer actuó como un pararrayos que atrajo a miles de chicas preadolescentes y adolescentes que encontraron en Serena un modelo de mujer protagonista como no se veía entonces en la televisión. “La llegada de mujeres al fandom de los comics en Argentina fue sin duda el hecho más positivo para la industria de toda la década del noventa”, juzgaba Oberto al filo del siglo XXI. Un público que representaba ya entonces la mitad del negocio de una comiquería, pero que consumía en “95%” manga.

Gómez Sanz pone el dedo en la llaga al identificar retrospectivamente que Lazer fue “internet sin internet”. Montada sobre dos siglos, una publicación que se nutrió de las posibilidades abiertas por la red de redes y, en un sentido más amplio, por la globalización de los mercados culturales, actuando como intermediario antes que ese mismo público masivo tuviese un acceso directo a las mieles de la conectividad. 

Estaba la función informativa, que contaba en el conocimiento de japonés de Gómez Sanz y en la buena relación con las señales de cable locales con llaves maestras. También el humor, en sintonía con la línea “ácida” popularizada entonces por Pergolini desde Rock & Pop, y que tuvo como mejor ejemplo los pequeños epígrafes que adornaban las imágenes ilustrativas de cada nota, una suerte de precursor del meme.

Sin duda otro elemento clave fue la dimensión social. En su mejor momento, la redacción decía recibir más de 2.000 cartas por número, y aunque más del 70% de las ventas se daba en el AMBA, la correspondencia tenía una representación bastante federal. Decenas de cientos de adolescentes y jóvenes escribían para preguntar por el nombre de tal o cual personaje, pero también para abrirse y buscar conectar con otros lectores y con el editor mismo.

El tono confesional, íntimo, pero también descarnado, con que se dialogaba en el “Lazer Mail” evoca las relaciones que actualmente se cultivan en redes sociales. Cual Instagrammer que vive expuesto en un vivo permanente, Oberto ofrecía su privacidad en el altar editorial como un sacrifico en pos de granjear el favor y la confianza de su público. Si, como escribió una joven, él se ganó el lugar de “psicólogo de los lectores”, fue porque se expuso primero en una suerte de Truman Show impreso, publicando largos editoriales donde ventilaba sus opiniones (todavía es célebre en el mundillo la feroz defensa del por entonces ministro Cavallo que publicó en marzo de 2001), y contaba sus experiencias personales. “Lazer fue una expresión de mi propio ego”, bromeó el editor en una entrevista, quizás a sabiendas de que allí había más verdad que chiste.

El tono confesional, íntimo, pero también descarnado, con que se dialogaba en el Lazer Mail evoca las relaciones que actualmente se cultivan en redes sociales.

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¿Alguien quiere pensar en los niños?

El otro gran eje articulador del correo fue el sexo. Lectoras y lectores escribían para compartir fantasías, debatir sobre la infidelidad, y hasta salir del closet. Esta pulsión permeaba toda la revista, y si el tema copó la agenda fue porque se instaló a partir de las “parodias eróticas” de Sailor Moon que se publicaron en los primeros números. Desde entonces, nunca faltó algún dibujo hentai, aunque siempre en su variedad softcore. Tampoco las recriminaciones de un mermante lectorado femenino, que sentía sus demandas de fanservice ninguneadas por la falta de hombres (dibujados) desnudos.

El choque cultural fue quizás inevitable por la velocidad y escala del fenómeno anime, así como la distancia que se abre en lo considerado consumo apto para menores entre una sociedad japonesa que piensa los productos culturales como fantasía sin contacto con la realidad y una sociedad argentina que imagina a sus hijos como esponjas sin filtro alguno ante el consumo audiovisual. Y la Lazer, por su naturaleza hormonal y la dimensión de su éxito, estaba primera en la línea de tiro. 

En medio de un clima de alerta generalizado en los medios, que incluyó denuncias de “pornografía infantil” por Daniel Hadad, Lazer en mano, el N° 17 de la revista fue calificado de “exhibición limitada” por la ciudad de Buenos Aires en abril del 2000, e inmediatamente fue retirada de los kioscos bajo la orden de distribuirse con una bolsa negra. Irónicamente, la razón por la cual la publicación habría entrado en el radar del GCBA fue que en el número anterior había incorporado una leyenda en la tapa que rezaba “revista para adolescentes y adultos”, mediante la cual la redacción buscaba protegerse del creciente malestar en la opinión pública. El incidente sería aislado y nunca se repetiría, migrando la ira hacia otros fantasmas como los tragos con bebidas energizantes o los jueguitos violentos.

La relectura de la revista, y en particular el correo de lectores, puede llegar a herir susceptibilidades contemporáneas, tratándose de un hombre adulto que dialoga sobre sexo con menores de edad lejos de la mirada de padres o autoridades competentes. Al mismo tiempo, los epistolarios son un testamento de la problemática lamentablemente actual que es la ausencia de espacios autorizados para discutir esos temas y la necesidad de los adolescentes de encontrar en su lugar donde socializar sus inquietudes y encontrar respuestas. La Lazer fue esto, además del lugar donde aprendimos que todos esos dibujos sueltos que nos gustaban eran una cosa que se llamaba anime, y que se podía leer versiones en papel que se llamaba manga, que traían todas las escenas y chistes y sangre que en la tele “censuraban”. 

El otro gran eje articulador del correo fue el sexo. Lectoras y lectores escribían para compartir fantasías, debatir sobre la infidelidad, y hasta salir del closet. Esta pulsión permeaba toda la revista

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Hoy se ven por todas lados las estrías de esa expansión del mundo. Por ejemplo, en la obra de jóvenes mujeres artistas que toman por asalto a una historieta argentina que siempre fue cosa de tipos, descritas por Maia Debowicz como una generación marcada en su “infancia y adolescencia [por] el manga y el animé más queer”. En un lugar más íntimo, la revista fue parte integra de nuestra pubertad, y el manganime una ESI animada gracias a la cual entramos en contacto con identidades y sexualidades disidentes con la mayor naturalidad. Me viene a la memoria un ejercicio de autocensura, a los 10 u 11 años, recortando con un amigo todas las imágenes subidas de tono de un ejemplar ante el pedido ominoso de su padre por ver que estábamos leyendo con tanta emoción.

Ahí quizás se encuentre una razón detrás de la potencia del fenómeno cultural manganime. Si, la globalización no es “poshegemónica”, y la competencia es nítidamente asimétrica cuando enfrente de la modesta producción local pones al descomunal aparato multimedia que es la industria cultural japonesa. Pero esto no significa que no haya lugar para la agencia de espectadores/lectores quienes en estos productos importados desde tan lejos, y con la ayuda de mediadores locales, encontraron relatos y estéticas que tocaron una fibra sensible, nueva. Una demanda que la industria local no había satisfecho, y ni siquiera sabía que existía. 

En cuanto a la Lazer, esta siguió su andadura por buena parte de la década, a través de tragedias como la temprana muerte de su cocreador Pablo Ruiz, de un recambio total del staff y “profesionalización”que permitió que la publicación sea mensual, para finalmente morir a manos de licenciatarios japoneses que, avivados de su existencia, le dieron a Oberto un ultimátum. Una desaparición oportuna que le permitió cabalgar hacia el horizonte antes que la democratización de los smartphones la terminara de hacer obsoleta. Lo que quedó fue una marca indeleble en el público ampliado y diversificado que compra manga en comiquerías y librerías, e incluso más, en una generación entera de adolescentes para quienes los dibujos japoneses que tus papás no querían que estuvieses viendo son tan parte de los noventa como Videomatch, el chicle de cinco centavos y la transformación radical de la sociedad argentina.  

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Comentarios

  1. Kinui666

    el 02/03/2021

    Maravillosa nota. Sumo como comentario de que, en el blog de Ivrea Argentino la, desde principio del 2021, Oberto retomo las riendas de los comentarios y se está viviendo un revival del láser mail, con lecotes de 30 años.

  2. Gustavo

    el 03/03/2021

    Excelente nots

  3. mandalaz

    el 27/04/2021

    Muy buena nota Diego. Me enteré de un par de cosas que no sabia. Que bueno que es leer toda esta historia en un articulo bien armado.

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