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06 de abril 2024

Juan Di Loreto

INTEMPERIE

Tiempo de lectura: 5 minutos

¡Entonces se inventaron sus caminos furtivos y sus pequeños brebajes de sangre!

Friedrich Nietzsche

Siempre sucede lo mismo. Por más que creamos ser conscientes de nuestro aquí y ahora, el presente se nos termina escapando. Estábamos convencidos de que todo era velocidad en este tiempo. El flujo incesante que es la percepción nos decía eso. Son muchas cosas, todo pasa rápido, no sabemos qué batalla dar. Organizar el mundo es lo que nos toca en su incesante caos, porque como bien dice el tango lo que nos rodea es indiferente. Cuando estás triste pero también alegre nadie se entera.

Maurice Merleau-Ponty, recordado filósofo del cuerpo, amigo y ex amigo de Jean-Paul Sartre, decía que las cosas se mueven en proporción inversa a la distancia de quien las percibe. Lo más cercano lo hace más rápido. El bombardeo permanente al que estamos sometidos, medidas y exabruptos, nos tiene atados a la velocidad que produce el cambio. Se pasa de una a otra para no detenerse en ninguna. La ilusión de velocidad es total. Pero toda velocidad es posterior a la quietud. Es una velocidad engañosa, que le debe su rapidez al cambio repentino y estúpido de una estrategia de ahogo, no al movimiento en sí.

El secreto, visible como todo secreto, es la lentitud que subyace a la vida. La pobreza es lenta, la necesidad es rápida. Te quedás en la calle rápido. Te desalojan, te pegan una patada en el culo, que es donde se pegan las patadas que expulsan. Si ya estás en la calle todo se vuelve lento, desesperado, inútil, descolocado, porque siempre estás en otro lado. Si estás en la calle no sos de dónde estás.

La ilusión de velocidad es total. Pero toda velocidad es posterior a la quietud. Es una velocidad engañosa, que le debe su rapidez al cambio repentino y estúpido de una estrategia de ahogo, no al movimiento en sí.

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Es imposible volver a casa. La calle es infinita y lenta. Andás con todo a cuestas y tus tiempos son los tiempos de los otros en una forma diferente. Ahí, al borde de una esquina un muchacho pone la remera y el pantalón del Barcelona sobre el piso aprovechando el sol del mediodía para que se sequen. Un poco más allá, en la avenida, en unas horas, el flaco sin nombre saca el tablero de ajedrez y lo pone sobre la escalera de la Agencia no. 1 de AFIP. Todo es un poco así. En un cajero de un banco Provincia (de Buenos Aires) de Belgrano, por la tardecita, se puede ver a una mujer que de a poco lo va llenando de bolsas negras de residuos y enormes valijas. Es un cajero muy concurrido, en la Capital no abundan los cajeros del Provincia.

La vida es corta pero el día es largo si vivís en la calle. Una señora pregunta en la parada del Metrobus si tengo una moneda. Nada. La era digital nos priva de andar con guita. “¿Qué hora es?”, pregunta. “Ocho y veinte”.  “¿Día? ¿Viernes? ¿Sábado?”. El mosaico que convive en una urbe desmedida como es la Buenos Aires del siglo XXI puede ser azaroso a veces. Si es muy temprano podés no saber qué día es. El tiempo no es el del reloj, sino de los claroscuros que teje la ciudad. Luz y sombra. Mejor siempre andar por la sombra si estás sólo en el mundo. No llamar la atención es una buena forma de sobrevivir. El clima que se tropicaliza en la ciudad hace menos dura la vida del que vive en la calle. Si el invierno viene duro o llueve mucho estás frito. Te morís de frío; marchás, no hay mucha vuelta. El sueño te vence, te dormís, baja la temperatura del cuerpo y chau.

La pobreza es lenta, la necesidad es rápida. Te quedás en la calle rápido. Te desalojan, te pegan una patada en el culo, que es donde se pegan las patadas que expulsan

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Siempre me acuerdo de mi amigo Raúl, el hombre que vivió mil vidas y cuya fantasía en una época era el terror a quedarse sin nada y en la calle. El que vivió mucho en Argentina sabe que cada tanto toca una malaria que no tiene nombre. “Son rachas, dijo Lugoni, y vivió 20 años abajo de un puente”, suele repetir mi viejo. La miseria en el interior, hay que reivindicar la palabra, si el AMBA es lo exógeno, lo que no tiene alma, el interior tiene esa cosa bucólica que nos hace bien. Porque ni la miseria del interior es como acá. Siempre recuerdo a los cartoneros de mi ciudad que se movilizaban en un Falcón (¿o un Farlan?), era de esos autos gigantescos que se hacían antes. Tenía sentido, si no tenías una chata, qué mejor que un Falcón para salir a juntar cartones.

La inmensidad de la Provincia de Buenos Aires conoció en otra época toda una cultura del vivir a la intemperie. En realidad no eran homeless ni “gente de la calle”, sino una cultura trashumante, nómada, que buscaba en el movimiento la libertad. Según Osvaldo Baigorria, autor de En pampa y la vía, llegó haber unos trescientos mil crotos, como se los conocía, pululando en la provincia. El croto no era un expulsado del sistema, no eran excluidos; una subcultura permitida en parte por la llanura pampeana, que es, hay que decirlo, un tesoro de todos los argentinos, y por el tendido de la red de ferrocarriles. El tren marca los caminos del destino.

El croto y la vía, el croto y la llanura, el croto y el campo. Una geografía alisada y un clima templado puede permitir una vida trashumante. Había mucho espacio y mucho trabajo antes. Casi no se afanaba, pero los crotos también tenían sus avatares, sus nombres de fantasía, que los ayudaba a huir de la policía. En ésa época, los años 30 y los años 40, se podía dar el lujo de andar sin la “papeleta”, sin documentos. “Para ser croto no se necesita tener nombre”, como decía Ángel Borda. Porque para despojarse del todo, primero hay que dejar atrás el nombre propio. Allá en el pueblo, teníamos a Pichirica, que cortaba el pasto a domicilio, y al Loco de la Bicicleta. Al Rubio Arias, me contaron en Los Toldos, si le decías “milanesa” te mandaba a la reputísima madre que lo parió. Eso lo activaba. Al Pibe Materia, cuenta Baigorria en su libro, le decían así porque le supuraba un oído. “Se te escapa la materia gris”. Ahí está, el Pibe Materia. El apodo como cae queda.

Si es muy temprano podés no saber qué día es. El tiempo no es el del reloj, sino de los claroscuros que teje la ciudad. Luz y sombra

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Son tiempos duros para todos. Estar en la calle hoy no significa que uno gana libertad, sino que ha perdido algo. Trabajo, casa, relaciones. Ni los crotos más libres escapan a las leyes de la termodinámica; todo tiende al caos, se arruina, se oxida o envejece. Con la edad ya no es tan fácil salir a vagar, a ganar el camino, a saltar arriba del tren. Los años se le vienen encima. Otros vuelven a lo que fue su casa, por nostalgia de volver nomás, y hacen nido enseguida. Como a los sobrevivientes, a los trashumantes el camino se le puede ver en los ojos. Les queda como un resto en las pupilas, una nostalgia vidriosa del movimiento perpetuo.

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