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11 de junio 2022

Juan Di Loreto

EL FIN DEL PRAGMATISMO POLÍTICO

Tiempo de lectura: 4 minutos

Toda acción humana, es decir, toda acción política se compone al menos dos cosas: ideología y pragmatismo. Detrás de cada proyecto político hay un ideal fundante, que hace a la identidad del movimiento o partido: la libertad irrestricta, la igualdad, la justicia social, las instituciones, la seguridad. Todos tenemos banderas que queremos más, pero nadie no tiene bandera. Es decir: nadie carece de ideología.

Pero todo es más complejo y hay que decir: con las ideas no alcanza, sin las ideas no se puede. Aquí es donde el pragmatismo hace su entrada. El pragmatismo, es decir, la utilidad, la forma práctica de hacer. Para llegar a donde queremos se debe tener cierta astucia, cierta muñeca que da la política. Vas negociando, vas haciendo rosca, como nos gusta decir. La política no es solo un orden de prioridades de intereses, sino una práctica para acomodar esos intereses y orientarlos hacia un proyecto. Un espacio político encuentra su coherencia no en que dice lo que hace, sino en la alianza eficaz que es capaz de armar en un momento, perdón, en una época determinada del mundo. Articular clase social y capital, por ejemplo. Y si hay viento a favor la cosa funciona bien en Argentina.

"Hay que decir: con las ideas no alcanza, sin las ideas no se puede. Aquí es donde el pragmatismo hace su entrada. El pragmatismo, es decir, la utilidad, la forma práctica de hacer. La política no es solo un orden de prioridades de intereses, sino una práctica para acomodar esos intereses y orientarlos hacia un proyecto."

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Ideas y prácticas, nunca debemos dejar que se solidifiquen del todo, que siempre estén un poco en movimiento para no convertir en zombie nuestro accionar político. De alguna forma lo expresó Antonio Gramsci hablando de Maquiavelo: “El carácter fundamental de El Príncipe no consiste en ser un tratado sistemático, sino un libro viviente en el que la ideología política y la ciencia política se funden”. Hay que cambiar, pero no por cambiar nomás. Si cambiaste quiere decir que pudiste aggiornar tu práctica a la época. La eficacia no es ser rápido o “vivo”, sino es una cuestión de lectura. Saber qué es lo que la época necesita de nosotros, de tu partido, de tu país para perdurar en las mejores condiciones posibles. Y lo que “cuida” que el cambio no te cambie del todo (porque a nadie le gusta que le digan “ya no sos igual”) son tus ideales, tu relato, tu mística. 

Ahora bien, esto no le está pasando al peronismo del presente. No abandonó sus ideas ni su iconografía, pero sí parece vaciado de pragmatismo político. En otros términos: pasó de ser un movimiento político a ser un movimiento faccioso. El político siempre está tejiendo lo propio pero con otros que necesita, por eso constituye algo más grande. Lo faccioso solo se mira al espejo, busca lo idéntico de sí. Perón encontró ese plus en el laborismo de su tiempo y Kirchner (Néstor) lo encontró en las medidas progresistas, que le permitieron sumar los desencantados del pos 2001.

Todos fueron más de lo que eran: lograron sintetizar y leer su tiempo. El peronismo en particular, pero la política en general se encaminan cada día a lo opuesto: la prescindencia de cualquier cosa que no se parezca a sí misma. Por eso quizás las sociedades se vuelvan menos gobernables. Ya no hay sector capaz de sintetizar lo diferente, pero tampoco voluntad de hacerlo. Así como no hay una aspiración a interpelar a las mayorias. La facción y la moral son los estandartes de una política que propone organizarlo todo, pero desde el sesgo de unos pocos (esto se ejemplifica bien en ciertas agendas inexplicables cuando vemos que la inflación arrasa).

"El peronismo en particular, pero la política en general se encaminan cada día a lo opuesto: la prescindencia de cualquier cosa que no se parezca a sí misma. Por eso quizás las sociedades se vuelvan menos gobernables. Ya no hay sector capaz de sintetizar lo diferente, pero tampoco voluntad de hacerlo."

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Maquiavelo enseñó que debemos expulsar la moral como componente de la Política, porque el político no debe ser honesto (no se dice que debe ser deshonesto, obviamente), sino que la honestidad pasa, como dice Portantiero, “por el hecho de que mantenga o no sus compromisos”. Porque establecer un poder que perdure también es organizar un tiempo, es decir, dotarlo de reglas duraderas para dialogar políticamente y llegar a acuerdos. Pero el tiempo de la facción, del pequeño grupo, solo se parece a luchar por el interés o la sobrevivencia propia. Incluso el interés particularísimo de los dirigentes pasa a ser parte de los estandartes. Se pierde toda pretensión de alguna clase de interés común.

Todo lo que sucede en estos días (la renuncia del ministro, antes un fragmento del oficialismo votando en contra ¿su? gobierno, y un etcétera largo), que olvidaremos con el próximo tiempo político, ya estaba anunciado en el video en que se elegía a Fernandez para encabezar la fórmula. ¿Por qué? Porque en Argentina el liderazgo es de uno, el que flamea la idea y la astucia que da la pragmática política. Volviendo a Maquiavelo: no podemos dividir al Príncipe. Este puede tener emisarios, consejeros, asesores, lobbystas, pero el Príncipe es el Príncipe. Su palabra es la que vale, es la que hace vacilar las cosas y no son las cosas lo que lo hacen vacilar.