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EL 18 BRUMARIO DE SERGIO TOMÁS

Tiempo de lectura: 8 minutos

CRISIS Y EXPLORACIÓN

Si la Revista Times montara una tapa para ilustrar el último decenio argentino, Sergio Tomás Massa sería el Man of the Decade. La nueva década perdida que arranca en 2013 con la rebelión de los coroneles contra CFK, y se desarrolla en un periplo que incluye su intento de construir una nueva mayoría junto a José Manuel de la Sota en 2015, su rol de broker de poder frente al macrismo entre 2015 y 2019, y su ingreso en 2019 a una coalición por la puerta de atrás y con dos anchos falsos. El socio minoritario. ¿Cuál es la línea de continuidad posible, en una trayectoria tan llena de zigzagueos? Entre 2013 y 2023, podría sostenerse que Massa procrastinó su misión histórica, le puso un paréntesis, pero que nunca terminó de abandonarla.

Como una suerte de Frank Underwood criollo, trocó sociedad por poder, sociología por palacio, y diseñó con la audacia de un explorador el escenario para, primero, configurar un tablero de juego con una oposición cómoda (Milei implosionando Juntos), luego tomar “la botonera” de la economía (una economía rota que no logra ordenar pero a la cual le vive dilatando el estallido), para finalmente, en ese “viernes” de operaciones cruzadas, forzar una suerte de putsch al candidato cristinista y erigirse en la oferta electoral de Unión por la Patria. Si no se puede entrar a la Historia por la puerta principal, por qué no entrar por la ventana.

Massa nunca se resignó a ser un actor de reparto del teatro peronista, incluso cuando la estructura formal del Frente de Todos lo convocaba a domar su ambición. Podría decirse que construyó, sobre el telón de fondo de una crisis del sistema político y económico que lo prexistía, una nueva crisis hecha a su justa medida. Con el diario del lunes, Milei, el “manchurian candidate” que o bien creó o bien contribuyó a proyectar, resultó ser su arma maestra para que una porción significativa de la población decidiera, entre la enfermedad y la muerte, entre el precipicio y el vacío, intentar salir de la cornisa. La vieja, pero siempre efectiva, estrategia del bombero pirómano, que prende el fuego para luego ser convocado a apagar el incendio. El Massa sin sociedad que se reencuentra con una porción de representación social interpelando el impulso más primario de la humanidad: la pulsión de vida. Parafraseando a Hobbes, el miedo puede no sólo dinamizar el paso del estado de naturaleza a la sociedad civil, sino que puede también operar el tránsito entre la descomposición y la representación: los votos.

"Massa nunca se resignó a ser un actor de reparto del teatro peronista, incluso cuando la estructura formal del Frente de Todos lo convocaba a domar su ambición. Podría decirse que construyó, sobre el telón de fondo de una crisis del sistema político y económico que lo prexistía, una nueva crisis hecha a su justa medida."

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En este contexto, Juntos no supo reorganizar un liderazgo para surfear la crisis de las coaliciones. Como si la brújula se le hubiera desmagnetizado, se lanzó a una cruzada con el extremo que proyectaba Milei, radicalizando su electorado, pero sin ofrecer ningún outsider con la frescura suficiente para contener esa sociología emergente. En esa decisión, fuertemente alentada por el sector que apostó por Patricia Bullrich (incluido, sobre todo, Mauricio Macri), Juntos abandonó el centro, que era, en definitiva, entre Milei y el kirchnerismo, su destino manifiesto. La metáfora de esta desorientación fue el boicot a la negociación de una nueva coalición con el peronismo cordobés (la política que supo impulsar, por ejemplo, Facundo Manes), bloqueando la posibilidad de profundizar cualquier alianza por centro, y prácticamente sellando la suerte de Horacio Rodríguez Larreta en la carrera presidencial. Jugaron el partido que les proponía Massa, que ya en ese entonces visualizaba como único obstáculo a su estrategia una posible victoria del alcalde porteño en la primaria de Juntos. Y perdieron. Posiblemente, además, esta derrota sea el presagio de una implosión de esa coalición. Ahora o en diciembre. Las dos almas de Juntos no entran en el chaleco de fuerza de Milei.

Ese error estratégico tiene su postal invertida en la consolidación del peronismo cordobés como actor nacional. No sólo le ganó dos veces a Juntos (primero en la gobernación y luego en la intendencia de la ciudad capital), sino que logró instalar, con una gran elección (fue la coalición política que más creció entre las PASO y la elección general) y la irrupción en los debates de un outsider del sistema bicoalicional (Juan Schiaretti), la idea del modelo de Córdoba al nivel nacional y de un clivaje federal en la Argentina contemporánea. Córdoba logró lo que parecía imposible, que es proyectar poder desde el Interior y desde un peronismo distinto. Es que en esos debates que le devolvieron oxígeno a la videopolítica, estuvieron todos los que eran algo en la Argentina: Massa, el mejor-peor de la casta bonaerense; Milei, el loco de época;  Bullrich, del setentismo de derecha a reservorio final del gorilismo puro; una “troska” y un cordobés. La Familia Benvenuto argentina reunida, en la cual el peronismo cordobés logró sentarse en el marco de una cancha desnivelada. A partir de diciembre, esa “isla rebelde” tendrá al único gobernador electo joven con capacidad de proyectar poder nacional desde la federación.

Entre la invención de Milei y el ascenso nacional de cordobesismo, la suerte de Juntos quedó echada. A partir del resultado del 13 de agosto, sobrellevaron una candidatura caótica, sin centro de gravedad estratégico, sepia por momentos, sin estructura de mandos, sin recursos, con un entorno que no estaba claramente a la altura del desafío y que aparecía por momentos más entretenido en impulsar purgas al interior de la coalición que en abrir, ampliar y diseñar una estrategia virtuosa para reconstruir la mayoría macrista.

"Córdoba logró lo que parecía imposible, que es proyectar poder desde el Interior y desde un peronismo distinto. Es que en esos debates que le devolvieron oxígeno a la videopolítica, estuvieron todos los que eran algo en la Argentina: Massa, el mejor-peor de la casta bonaerense; Milei, el loco de época; Bullrich, del setentismo de derecha a reservorio final del gorilismo puro; una “troska” y un cordobés."

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EL TABLERO DE MILEI

La elección está abierta y los dos candidatos en pugna deberán moverse con rapidez y audacia para protagonizar la reconfiguración del sistema político, que ya comenzó y que se profundizará independientemente del resultado. Por el lado de Javier Milei, su gran déficit consiste en haber sostenido su radicalidad entre agosto y octubre, confirmando que es el candidato del caos y que cualquier atisbo de orden le resulta imposible. Como proyectaba en los videos en el acto de cierre del Movistar Arena, su única función es destruir, al punto que ya no se sabe bien a quién o a qué. Tánatos hecho política. Esta situación lo deja, dados los resultados, en una situación de asimetría con el único dirigente del tablero político que puede ir realmente en su auxilio: Mauricio Macri.

Macri (y el sector del PRO que decida acompañarlo) podría otorgarle a la candidatura de Milei un viso de racionalidad gubernamental, la reconversión de un influencer en un posible presidente. La sociedad se preguntará, como se preguntó el domingo, si Milei puede gobernar este caballo chúcaro que es la Argentina. ¿Está en condiciones personales y organizativas para hacerlo? Macri, que, entre su coqueteo con los libertarios y su bullying hacia Rodríguez Larreta primero y a Patricia Bullrich después, fue un protagonista central de la implosión de Juntos, ahora encuentra el momento para cosechar lo sembrado.

¿Qué negociará? Posiblemente todo: el programa gubernamental, los funcionarios principales de una eventual gestión, la estrategia y el tono de la campaña. Macri quiere ser el Jefe del pan-liberalismo. Puede, además, dotarle a Milei de los atributos de los que carece. Milei deberá demostrar, en esta negociación de cinco días (el reloj de arena ya comenzó a correr), que no sólo es capaz de interpretar una suerte de agitador que genera emociones públicas profundas, sino que tiene el pragmatismo y el liderazgo para ir en contra de su primer Libertad Avanza, negociando una nueva etapa en su joven armado electoral: algo así como Juntos por la Libertad. Si Milei se encapricha y prefiere insistir en su fórmula de radicalidad, corre el riesgo de profundizar su derrotero de marginación rumbo a noviembre, cumpliendo a la perfección el plan de Golem para que el que fuera creado.

Si Macri llegara a apoyar a Milei, la batalla final de noviembre se dirimiría entre Macri y Massa, y no ya entre Macri y Cristina, como supone un sector de Juntos que no se resigna a abandonar aún la cristino-dependencia. Macri y Massa expresan hoy dos grupos de poder dentro de la Argentina, dos economías políticas, y esa es la pelea final. Las opciones de Milei, a medida que se acerca al poder, se achican: rendirse a Macri o rendirse a Massa. Milei se mueve entre los planes de dos italianos crueles.

EL TABLERO DE MASSA

Massa, por su parte, deberá partir de una premisa fundamental, sobre las cuales se despliegan otras: no ser Alberto Fernández. Y encarnar ese rechazo explícito incluso antes de un posible eventual gobierno. Podrían sintetizarse las tablas de la “ley albertista” en 3 máximas fundamentales:

Ley 1: no hay que crear un poder propio.

Ley 2: no hay que confrontar con cristina y el cristinismo (al menos en on the record)

Ley 3: la gestión se lotea en las facciones de la coalición.

El domingo, Massa ganó la elección de arriba hacia abajo, con Alberto Fernández en funciones protocolares y CFK recluida en el silencio al que se ve sumergida ante la dificultad para encarnar alguna lógica propositiva sobre la Argentina. Si fuera un tango, podría titularse “todo tiempo pasado fue mejor”. Contó, en todo caso, con el apoyo de gobernadores (sobre todo en el norte) y sindicatos e intendentes (sobre todo en el conurbano). Estaba sólo, y sólo ganó, ayudando involuntariamente a un peronismo bonaerense en estado de crisis abierta, traccionándole las listas. En todo caso, el éxito final de su candidatura depende de fundar un edificio político sobre premisas contrarias a las que definió el actual presidente. Como pudo percibirse en el acto del domingo a la noche, de una insólita sobriedad, Massa sabe que el suyo es un poder vicario y que tiene que reconstruirlo de cero.

"Macri y Massa expresan hoy dos grupos de poder dentro de la Argentina, dos economías políticas, y esa es la pelea final. Las opciones de Milei, a medida que se acerca al poder, se achican: rendirse a Macri o rendirse a Massa. Milei se mueve entre los planes de dos italianos crueles."

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Profundicemos en esta paradoja. Massa convoca a una nueva configuración del sistema político (la tan mentada “unidad nacional” y el “fin de la grieta), pero el problema es que esa reconfiguración no es compatible con el kirchnerismo adentro. La pulsión constitutiva del kirchnerismo es condicionarlo. El instinto de supervivencia de los radicales y de los peronismos no-kirchneristas será preservar sus reputaciones de cara a los electores que los acaban de elegir. Los no-kirchneristas necesitarán una señal extremadamente fuerte para poder maniobrar ante sus sociedades cualquier acuerdo con Massa que los deje a un grado de separación de Máximo Kirchner. De lo contrario, dirán “libertad de acción a nuestros votantes, nos vemos en diciembre”.

Ayer el peronismo parecía estar encontrándose con un jefe nuevo, aunque más no sea por el dato fundamental de que Massa evitó un evento de extinción. Aún sin proponérselo (aunque en la vida de Sergio Tomás casi nada sucede así), el tigrense pone en crisis una de las premisas fundamentales del kirchnerismo: evitar un nuevo “ismo” en el peronismo, o la emergencia de un nuevo príncipe. Pero sólo con eso no le alcanzará. Deberá terminar de sepultar la experiencia del Frente de Todos. O los efectos del Frente de Todos, porque hoy no hay una gobernabilidad adentro del kirchnerismo, o si la hay, es la caótica y fracasada que caracterizó la experiencia gubernamental entre 2019 y 2023. Por eso, el llamado a la unidad nacional es contra Milei, pero sutilmente también es contra el mismo Frente de Todos. Se insinúa, como una sensación física, la comezón de un nuevo cambio de piel.

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