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11 de febrero 2024

Fernando Rosso

CAER ES LO PEOR

Tiempo de lectura: 5 minutos

“Nunca lo que ocurre es lo debido y nunca dejan de actuar en él las posibilidades clausuradas.”

Horacio González, ‘Restos pampeanos’.

La síntesis del profesor Horacio González resume una mirada sobre la historia que le atribuye un carácter abierto, una dimensión estratégica. Sin finales absolutos ni faltalismos mecánicos. Opuesta a la consideración del tiempo como un devenir homogéneo y vacío. Una posición que no se rinde frente a la potencia irresistible del hecho consumado que (como escribiera Auguste Blanqui) imputa todas las atrocidades del vencedor a la fría evolución regular, al acontecer casi natural de las cosas. Esa “execrable doctrina del fatalismo histórico” que se conforma con certificar que “lo que ocurre está bien, sólo porque ocurre”. Contrariamente, una historia con perspectiva estratégica debe buscar los múltiples posibles que encierra toda coyuntura e, incluso, revelar que esos posibles “clausurados” en una contienda parcial, siguen operando en la nueva etapa.

El triunfo de Javier Milei generó un sinfín de “yo te avisé y vos no me escuchaste” porque supuestamente la irrupción del experimento libertariano “estaba inscripta en la lógica de los acontecimientos”. Algunos fechan su nacimiento en 2008 con la “guerra gaucha”, otros en 2015 y otros en las calles enfervorizadas de los días de encierro general durante la pandemia. Milei como etapa superior del Brandoni desaforado que exigía libertad a grito pelado en el Obelisco. Crisis crónica, fracaso del “estatismo blando”, nueva sociología del mundo laboral y hegemonía de la subjetividad neoliberal adelantaban este final inexorable. Milei y su tiempo, para un libro de Félix Luna. Cada época produce el liderazgo que se merece. Lo que unifica a muchas de esas lecturas es el culto a la evolución regular de un fenómeno que estaba “cantado”.

El pueblo mileísta se transformó en ese oscuro objeto del deseo para la interpretación libre. Textos lúcidos y análisis reveladores (junto a una legión de olvidables impresionistas) fueron el producto de este esfuerzo para pensar lo nuevo. Pero menos atención se le prestó al “pueblo antimileísta” que tempranamente se manifestó por múltiples vías: la marcha del 20 de diciembre en la que —para variar— la izquierda fue acusada de “apresurada”; la concentración de la CGT frente a Tribunales el 27/12; cacerolazos y manifestaciones en más de 80 ciudades; las asambleas barriales; el paro del 24E y la movilización con réplicas masivas en varias provincias hasta los acontecimientos recientes frente al Congreso durante el tratamiento de la detonada Ley Ómnibus.

El triunfo de Javier Milei generó un sinfín de “yo te avisé y vos no me escuchaste” porque supuestamente la irrupción del experimento libertariano “estaba inscripta en la lógica de los acontecimientos”

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Mientras tanto, la hoja de ruta económica impuesta por el “caputazo” (devaluación, liberación de precios y licuación de ingresos) fue haciendo su trabajo de zapa y comenzó a conmover la “arquitectura del 56%”. A generarle cierta incomodidad que se va transformando en duda, y no hay “un muro de Berlín” entre la duda y el malestar en una sociedad cambiante e inquieta como la sociedad argentina.

El tarifazo en el transporte de esta semana junto al calvario para el simple trámite de cargar la SUBE —en el contexto de una inflación punzante— fueron algunas muestras gratis de las consecuencias del famoso “sinceramiento” de la macroeconomía en la vida cotidiana de la gente común. El malestar social puede ser difuso, pero ahí está. Se experimenta una especie de desquiciamiento general y una oleada indeterminada de ansiedad social.

Una señora mayor que trabaja como empleada doméstica mira formalmente al cronista, aunque la mirada la tiene perdida en un horizonte incierto. Toma tres colectivos diarios y está “en negro”. Vive la vida más a la defensiva que nunca, dice que tiene un hijo enfermo y que hasta el mes pasado el Estado le entregó la medicación, pero “ahora no saben”. Ella se tiene que hacer un estudio clínico y los medicamentos cuestan 60 mil pesos. “¿Qué quiere hacer el Presidente con los pobres, matarnos a todos? Está loco de remate”. Dudo de que alguna vez haya participado de alguna grieta, tiene agrietado el cuerpo y quizá también el alma. Vive una luna de hiel con la nueva administración. Obvio que sus penurias no empezaron el 10 de diciembre, son parte de las consecuencias sociales de la destrucción de un país, ese mismo país que Milei quiere resetear en quinta y a fondo.

Entre las personas de a pie son escasos los que defienden a viva voz al Gobierno y nadie está dispuesto a movilizarse para defender a este proyecto político. La posibilidad de que Milei reemplazara la debilidad institucional con una eventual activación callejera estuvo entre las hipótesis iniciales de quienes analizaban el experimento libertariano. No pudo ser. La política —como el poder— es relacional, por lo tanto, es imposible llegar a una idea certera en torno a la consistencia política del mileísmo en construcción sin considerar las fuerzas que (en potencia o en acto) se lo oponen.

No hay “un muro de Berlín” entre la duda y el malestar en una sociedad cambiante e inquieta como la sociedad argentina

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Esas fuerzas aparentemente “clausuradas” luego del balotaje comenzaron a actuar en oposición a un proyecto pasado de rosca y basado en el mesianismo de un presidente que cree contar con un eterno favor popular y con el respaldo incondicional de las fuerzas de cielo. En estos tiempos tan bíblicos, no estaría mal recordar al profeta Ezequiel cuando dijo que “Dios ciega y endurece a los pecadores, no obligándoles al mal sino dejando de socorrerles y por consiguiente abandonándolos”. El uso popular resumió la frase como “Dios ciega al que quiere perder”. Se los advirtió Miguel Pichetto (que detesta a los “catolicuchos”) en la sesión fatídica de Diputados cuando le recordó, nada más y nada menos a un Menem, que perder no es de menemista. Fue cinco minutos antes de que un endurecido Oscar Zago propusiera mandar la Ley Ómnibus a comisión sin tener claridad de las consecuencias del hecho. Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen.

La derrota espantosa en Diputados y los obstáculos judiciales al DNU no se comprenden por fuera del contexto de un malestar creciente. Milei tampoco pudo escapar a la “maldición de Laclau”: contra la “casta” se articuló toda una serie transversal de insatisfechos por los múltiples problemas que arrastra la Argentina y que las coaliciones tradicionales agravaron cada una a su manera. Sin embargo, a la hora de gobernar, cuando la política sale de la cómoda esfera del mero discurso y se sustancializa en medidas de gobierno, sale Laclau y vuelve a entrar Gramsci para recordar una sentencia grabada en piedra: no hay hegemonía sin economía. La vaguedad de los símbolos “populistas” goza de cierta impunidad en la liquidez de la dimensión simbólica, pero cuando el programa se hace carne lo que realmente cuentan son las efectividades conducentes.

Despojado de la mega ley, limitado en aspectos sustanciales del DNU, el temprano saldo de la promesa refundacional es un macrismo con cuarenta grados de fiebre. Ni tanto ni tan poco. Por eso no es casual que luego del revés parlamentario, Milei pretenda volver “a la casita de los viejos”, a refugiarse en los brazos de Mauricio Macri, el verdadero padre político de la criatura.

¿Significa que la crónica de una derrota anunciada ya dictaminó un nuevo veredicto y que el naufragio del proyecto libertariano está a la vuelta de la esquina? Realizar tremenda afirmación sería caer en un fatalismo inverso por conveniencia. Se trata de huir de las espurias oscilaciones entre optimismo facilista y el pesimismo paralizante, y recuperar la confianza en las capacidades de la acción política.