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17 de febrero 2024

Juan Di Loreto

AHORA TODOS ESTAMOS CIEGOS

Tiempo de lectura: 4 minutos

Ahora todos estamos ciegos

Estamos ciegos de ver. En la sociedad que mira, tus ojos no existen más. De pronto dejamos de mirar para ponernos a ver. La diferencia es sutil. Ver es el acto mecánico, fisiológico, inevitable del organismo que somos. Mirar es otra cosa. La mirada tiene el peso existencial de la posibilidad que habita en todas nuestras posibilidades, como decía Heidegger: le mort, la muerte, la finitud, el fin del día del último día; mirar al oeste, donde están los cementerios de los pueblos, al poniente; mirada. Fin.

El mirar lo soportamos, como padecer -sostener la mirada- y como lo que estamos detrás de la mirada. Hasta que no le ves los ojos no es un igual, un sujeto. Algo sin mirada es como algo sin nombre, una cosa.

Ciego, sesgo; mirar es ver una parcialidad, un punto de vista, un recorte, un ángulo, una perspectiva; pero hoy en día ciego es el que ve; el invidente vive una libertad que nadie elegiría, una desconexión no buscada, dada, pero que lo arraiga a cierto estar en el mundo. Dedos y ojos nos atan al infinito en nuestros móviles mientras. Esa es nuestra ceguera. Ahora que salió al mercado las gafas de realidad virtual Apple Pro es, como bien dice Ingrid Sarchman, una ocasión más en donde “la tecnología nos enfrenta más con preguntas acerca de las capacidades humanas que con el miedo a la máquina”.

Sin ojos no hay alma. Le falta vida. O es una vida tenue. O no tiene identidad

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A veces gritamos por los ojos. O tenemos la mirada huidiza. Los cuadros de Edward Hopper son paisajes solitarios, casi parajes desiertos de ciudades, ciudades huecas. Sus pinturas son dispositivos para la soledad. No hay secretos en sus obras, pero todas las miradas están sustraídas. Son escenas de “la falta” y cierta inquietud. Está todo en su lugar, pero falta la subjetividad, nuestras miradas amorosas, sucias, tristes, ansiosas; faltamos nosotros.

Hopper pintaba la modernidad fordista de los Estados Unidos. La perfección inquietante, el bienestar de la nación, el alma robada en la línea de montaje; la clásica crítica de izquierda al capitalismo de masas. Sin ojos no hay alma. Le falta vida. O es una vida tenue. O no tiene identidad.

Sin ver estamos rotos. Ricardo Piglia decía que la poesía de Jorge Luis Borges no fue la misma luego de que perdiera la vista. “Dejó de leer”, dice Piglia. Dejar de leer es también dejar de ejecutar cierta clase de pensamiento con el cuerpo. El cuerpo escribe cuando piensa y piensa cuando escribe. Ojos, cuerpo, escritura, lectura. No deja de ser un poeta, es Borges, pero lo es en otra medida. Dicta sus poesías, no puede leerse a sí mismo y corregirse infinitamente como hacía. 

“No hay afuera del texto”, había dicho Jacques Derrida; ahora no hay nada fuera de Twitter (X), porque la actual presidencia sucede en esa red social

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Casi veinte años después, en el año 1975, sucede algo que no tiene conexión, pero que Eduardo Grüner junta en un título y lo pone a significar: El año que Sartre pierde la vista y matan al cineasta Pier Paolo Pasolini. Se terminó la gran máquina de pensar el Siglo XX, el de la Segunda Guerra y la libertad del hombre y se terminó el cine como experiencia. Sartre mismo, que ya no podía leer ni escribir, dice que ya no sirve para nada. Él que ganó el Nobel con Las palabras.

La ironía del destino de Borges se repite. ¿Y Pasolini? Bueno, matar y cegar una vida. Pero también es robar la existencia de quién hace películas cuya experiencia es la visión total, que es el cine moderno, que ya no existe. Es decir, hay cines, hay películas, incluso directores, pero la experiencia que tanto criticaron Theodor Adorno y Max Horkheimer, la del espectador obnubilado frente a la pantalla oscura, no existe. Un espectador descentrado, que saca el teléfono para ver una notificación no es cine, es otra cosa, pero no cine. Ése espectador no existe, está cegado por los estímulos que lo demandan. La infinita demanda, eso sí existe.

Esta vista no puede estar desconectada de lo político como forma y contenido. La verdad ya no está afuera como quería el joven Mulder en Los expedientes secretos X. “No hay afuera del texto”, había dicho Jacques Derrida; ahora no hay nada fuera de Twitter (X), porque la actual presidencia sucede en esa red social. Como canal, código, mensaje, para usar palabras viejas de comunicación. Leer con la teoría política de Maquiavelo, Locke, Hobbes, Weber, Sartori… nos ciega de un presente no tan pensado (sirve, claro, pero parcialmente, porque nos entregan a lo obvio del manual para ello hay que rumbear sobre obras recientes al respecto).

Las coordenadas del uso social de Twitter predicen y describen un poco mejor la presidencia de Javier Milei. El histrionismo, la difusión de seguidores, una suerte de fandom, que no es lo mismo que el clásico militante político; la reacción pública sobre hechos y personajes, los videos generados con Inteligencia Artificial, los “Me gusta”.

Todo es plano y literal. Sacar las redes sociales del análisis político es un error en este caso, por más que resulten para tapar algún tema, como se dice. El presidente está escribiendo en vivo una gramática nueva del cómo hacer política. Pero claro, a la tanguería uno no llega ni va solo. El baile es previo a nuestra llegada. La preparación cultural, de 2008 con la 125 a esta parte, hizo su trabajo de maceración en lo social para recalar en lo político. Otras de las cosas que no queremos ver es cómo el campo popular se volvió un cantar de las clases medias urbanas consumidoras. Dejó de lado el trabajador en todas sus formas, cambió su ética pragmática, concreta (Mayra Arena expresa mucho de eso en sus intervenciones), por las veleidades epicúreas de un progresismo que celebra igual Paka Paka que una conquista sindical. Porque a Milei le puede ir bien o mal, lo que no nos podemos dar es el lujo de dejar al peronismo a la deriva, como la balsa de Medusa. Porque como dice Alejandro Rubio:

“Nacimos pobres, pobres.

Pero no es que no hayamos estado en la fiesta;

es que nos quedamos para limpiar y ser testigos

de lo que hace la luz con los restos”

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