22 / 09 | Cultura, Mundo

CATARATAS, DE HERNÁN VANOLI


 

Cataratas, la última novela de Hernán Vanoli, ya está en el mercado. En el local de Cúspide de la calle Alvear, en Martínez, comparte la mesa principal con Isabel Allende, Cristina Pérez, Anthony Doerr y Ay, Amor. Diez historias para enamorarte. Es evidente que la fuerza de Random House ubicó al libro de Vanoli allí, la pregunta es ¿a quién puede interesarle una novela de ciencia ficción protagonizada por becarios del Conicet durante un congreso de sociología en Iguazú? ¿Qué tiene este libro para contarle a la sociedad que merodea librerías por Avenida Alvear, en busca de obras de Cristina Pérez o diez historias para enamorarte?

LA TIERRA

Vanoli es un cartógrafo de la cicatriz dejada por el capitalismo del nuevo siglo sobre el territorio social y simbólico argentino. El eco del estallido de 2001 resuena en sus primeras obras: el clima apocalíptico del año cero de la posconvertibilidad fue abordado por Vanoli tanto desde el futurismo ballardiano de los relatos de supervivencia de Varadero y Habana Maravillosa (2009), como desde la reconstrucción realista, fogwilliana, del habla cheta en el último verano de Pinamar (2010).


En Cataratas la apuesta es pasar a mapear la sociedad renacida de las cenizas de la crisis. El paisaje de fuerzas materiales de la novela es claro: describe una economía sostenida por la industria energética, el juego, los transgénicos y el turismo, este último siempre presente en el universo del autor, ya desde los títulos de sus obras. Vanoli, gran cronista de la vida alimentaria industrial de las toddy y las medialunas del abuelo, es capaz de pintar al capitalismo por venir haciendo metonimia sólo en la comida del futuro: “chai latte venti con hormonas de axolotl”, “sopa MacDonald´s sabor canario eufórico al despegar su primer vuelo sobre la Quinta Avenida”.

Ese imaginario de mercancías gastronómicas deja ver otro valor de la novela: la puesta a punto de una prosa que se despliega en descripciones de una precisión psicótica sobre las superficies y texturas de las cosas, un “hiperrealismo lingüístico” que agudiza la obsesión por la materia y la experiencia sensible hasta hacer de una trompada “la sensación de que un huevo pasado por agua, tibio, explotaba sobre su calavera apenas cubierta de carne”. Vanoli extrema el paroxismo materialista de su poética en una sucesión de metáforas que acribillan al relato con imágenes como “el fondo de sus ojos era la superficie de una mesa con muchísimas marcas de vasos transpirados”, “su rostro tenía la expresión de un kiosco de revistas abandonado”, “conversaban y pensaban en el cuerpo del otro como una silla plegable”. Detrás de ese recurso de barroco industrial opera una máquina textual de mutaciones que disuelve personas y cosas, mercancías y consumidores, y así termina por conjugar una realidad en futuro capitalista perfecto.

Bajo ese efecto, el final de la novela pasa a ser más que el deus ex machina airano para un historia desaforada: es el cierre lógico de un relato que se construyó sobre una poética de la mutación, que es también una gramática del mercado.

EL HOMBRE

Cataratas narra las aventuras de un puñado de becarios que asiste a un congreso de sociología en Iguazú y quedan enredados en una intriga de traficantes y guerrilleros alrededor de tres tubos de BioEmol, un misterioso y valioso líquido disputado por todos. Contada eficazmente, con ritmo, violencia y humor, nos recuerda a ese cine que en los noventas cultivaron Ritchie, Tarantino y, en especial, Danny Boyle en Shallow Grave, Trainspotting o The Beach: la historia de un grupo humano, generalmente joven e inconformista, cuya solidaridad y entorno se trastornan al tomar contacto con una mercancía en forma de macguffin. El tiroteo relatado desde el punto de vista de los fantasmas es, en este sentido, uno de los puntos más altos de la novela.

Pero esa trama de aventuras e intrigas es solo el corredor ágil y bien construido por el autor para poner a jugar a sus becarios y así dar su visión del mundo académico. Un mundo de dos ambientes, consumos aspiracionales, “jóvenes cientistas sociales esclavizados por políticos de poca monta, militantes adoradores del posibilismo, docentes de colegios secundarios anclados en una adolescencia eterna, amas de casa que aspiraban a vivir en Nueva York”, en el que cada jugador construye conocimiento con reglas que no elige y la mira puesta en el escalón de arriba, en una tecnocracia acomodaticia que aspira a una feta de poder: “apoyaban (el) sueño de un país pequeño y refundado desde la ciudad, habían comprendido el cambio de los tiempos, preferían ahora una salida digna, un vecinalismo teatral con jubilación asegurada y títulos de profesores eméritos, antes que una guerra para la que no tenían fuerzas…”, pero antes deben conformarse con la melancolía de cantar la marcha peronista aprendida por Google y buscar likes en las redes sociales en la que interactúan y se cotizan.

“Como la burocracia, la experiencia académica se basa en el mito de la cooperación pero se alimenta de la competencia por la comodidad”, cita un personaje en algún momento de la novela. La competencia lleva a los becarios a ver al mundo y las desdichas propias y ajenas apenas como otro tema para un proyecto de tesis o un artículo con referato, hasta saturar el mercado del conocimiento y alienar sus vidas y sus cuerpos: “la ansiada y siempre pospuesta maternidad de las becarias, menstruar sin pausa hasta que los referatos fueran suficientes”.

Mientras ven de reojo al sector privado, los becarios de Vanoli compiten, se alienan y proletarizan como obreros de un capitalismo estatal del saber, hasta que llega la violencia como partera de la acción: “¿Por qué me hice becario?”, pensó. “Para destruir”. Esa conclusión nihilista motorizará la trama de la novela, aunque sus protagonistas sigan presos de una lógica que los inhabilita para la acción: “su vida como becario lo había preparado para la soledad y la desorganización, pero no para tanta actividad junta”.

No por nada, Cataratas deposita las decisiones transformadoras de su relato en una guerrilla de mercado: los becarios de Vanoli se asemejan a los románticos de Schmitt, ocasionalistas moralmente insuficientes, para los cuáles no importa qué contenido puede ser ocasión de un interés académico, un paper o una beca.

Vanoli II

LA LUCHA

Hernán Vanoli egresó de la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Recibió una beca de investigación del Conicet y enseñó en la universidad, antes de abocarse a la vida literaria y editorial. ¿Supera Vanoli el odio de Marcos Osatinsky, el becario que pierde su beca en la tercera parte de la novela? Gran parte de su obra de ficción, crítica y ensayo aún exhala la respiración ardiente de su viejo blog. Las sucesivas renominaciones que recibe el Conicet a lo largo de la novela honran tanto a “El arte de injuriar” como a cualquier carta de insultos firmada por un surrealista. ¿Hay algo más que la necesidad de dañar aquí?

Sí. Por debajo del patetismo sarcástico de sus becarios inútiles y frustrados con nombres de guerrilleros, de ese mundo de consumos intoxicados de aspiraciones truncas, Cataratas es la anatomía de un nuevo actor social, un nuevo jugador en ese maratón agobiante de movilidad social ascendente que llamamos “clase media”. El capitalismo de transgénicos y casinos que la novela proyecta al futuro no fue suficiente. El régimen de acumulación kirchnerista debió absorber a la gente sobrante en diversos circuitos del presupuesto estatal, que incluyeron al sistema de becas. La producción científica argentina creció y se jerarquizó gracias al apoyo estatal, pero también muchos jóvenes criados en la postcrisis encontraron en ese nicho la posibilidad de continuar su vida universitaria y reproducirse o ascender socialmente aprovechando las grietas del sistema.

Más allá de la sublimación tecnocrática o el repudio privatista, los investigadores del Conicet ya son parte del paisaje social y de las diversas tensiones que recorren su musculatura de intereses: reclaman aumentos salariales junto a los estatales, exigen dólares frescos junto a la clase media, para importar libros o viajar a congresos. Y desde allí producen uno de los discursos con los que la sociedad se conoce a sí misma.

Si Diario de la Argentina de Asís nos mostraba las miserias de los productores de discurso periodístico justo antes de que éste tomara el poder, Vanoli escribió una suerte de novela total, una enciclopedia de teorías mochas, consumos posibles y mutaciones de mercado, que deja a los investigadores, a los productores del saber realmente existentes, parados sobre el mismo lodo incandescente que todos nosotros, sobre la tierra lacerada del capitalismo mixto posterior a la crisis.

Por eso, bienvenida sea Cataratas y su paciente cascoteo literario al imaginario social. Bienvenido Vanoli a la mesa de lanzamientos de la sucursal Martínez de Cúspide.

Vanoli


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