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07 de abril 2021

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

LAS ZONAS PARTICULARES

Tiempo de lectura: 9 minutos

Estaba convencido de que en la foto que ilustraba sus poemas del año 1976, Elvio Gandolfo posaba de perfil, con una camisa oscura de mangas largas, contra un ventanal iluminado. En la foto, compruebo ahora que recuperé el libro, está de tres cuartos perfil, contra una pared, con una camisa clara, tal vez de mangas cortas y una nena, su hija Laura, en brazos. Se ve un hombro de un tercero. Todo indica que le pidieron una foto para la edición de Poesía viva de Rosario y, a falta de otra, recortó y mandó una familiar. El recuerdo no es, por lo tanto, el de esa foto sino, tal vez, el de la imagen que conservo, entre borrosa y mitologizada, de cuando lo conocí, por esa misma  época, en el bar Savoy, en la esquina de San Martín y San Lorenzo, en Rosario. Gandolfo vivía entonces (y ahora) en Montevideo. Alguien había dicho: “Elvio está en Rosario”. Lo iríamos a ver. No recuerdo el año, pero es seguro que no fue antes del mes de noviembre de 1980. En esa fecha, en el número 9 de la revista Punto de Vista, había publicado “Un error de Ludueña”. Lo preciso, porque yo iba a ver a alguien a quien admiraba. Y yo admiraba a Gandolfo después de haber leído ese relato: “Ludueña vive en la piecita que está al fondo del patio, encaramada a una estrecha escalera de metal”. Cuántas veces, cuántos de nosotros, allá lejos, empezamos a escribir un relato  o un poema bajo el impulso conceptual y rítmico de esa frase.

Entonces, fuimos a ver a Elvio Gandolfo, que iba a estar en el Savoy, nos había dicho la misma fuente, “bastante antes del mediodía”. En aquel Savoy. Un bar enorme, en el que lo nuevo era rústico o pobre y lo viejo estaba venido a menos, de empleados del centro (bancarios, oficinistas, estatales), de vagos (si es que aquellos no lo eran también), de fumadores, de tomadores de café. Un bar cuyos mozos y clientela eran intercambiables. Si el cliente se ponía chaqueta blanca, pasaba por mozo. Si el mozo se la quitaba y se sentaba a una mesa, pasaba por cliente. Ahí estaba Elvio, ahora sí, imaginemos, con su camisa oscura, de mangas largas, de perfil, sentado a una mesa contra uno de los ventanales que daban a calle San Martín, mirando hacia el norte. El sol de la mañana subía desde el este y quemaba su imagen, que se iba nitidizando a medida que quienes habíamos entrado al bar por la puerta que daba a San Lorenzo avanzábamos admirativamente hacia él. Un tiempo después, pero no mucho después, leí un poema de Gandolfo, publicado en una antología colectiva del año 1978 que se llamaba “Las zonas particulares”

Un bar cuyos mozos y clientela eran intercambiables. Si el cliente se ponía chaqueta blanca, pasaba por mozo. Si el mozo se la quitaba y se sentaba a una mesa, pasaba por cliente. Ahí estaba Elvio, ahora sí, imaginemos, con su camisa oscura, de mangas largas, de perfil, sentado a una mesa contra uno de los ventanales

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Cada cual/ aunque odie en parte/ a la ciudad/ o la vea/ como un plato hondo/ de sopa/ chata dilatada calurosa/ elige una zona que ama./ El lugar donde besó/ las pocas cuadras donde/ no sabe por qué/ entra como/ en una novela/ o en un cuento./ Pienso en la mía:/ San Martín desde San Lorenzo/ al río./ Simplemente el paso/ por esa calle/ el bienestar./ Como si leyera y actuara/ al mismo tiempo/  en una novela/ o en un cuento/ donde al personaje principal/ le hace bien/ caminar por una o dos/ cuadras de su ciudad.

Y si recuerdo tanto esa primera vez que vi a Gandolfo es porque, retrospectivamente, cuando leí ese poema publicado en La huella de los pájaros, me di cuenta de que había tenido la suerte literaria, simbólica, de conocerlo en su zona particular, mirando la calle San Martín, desde San Lorenzo hacia el río, por la que, seguramente, habría hecho antes o haría después de encontrarse con sus entonces jovencísimos seguidores, un paseo, como si leyera y actuara al mismo tiempo, en una novela o en un cuento. 

Elvio Gandolfo y su hija Laura, 1976

Muchos años después y en un comedor próximo al Savoy, conocí a Gonzalo Millán, invitado a una edición del Festival de Poesía de Rosario. Como Gandolfo, Millán es un poeta de ciudades. Aunque la suya, la de La ciudad –todo indica que es Santiago de Chile- no tiene “zonas particulares”. Es una ciudad pública y política (y sometida) en la que no se besa nadie. O en la que un “anónimo”, un “desconocido”, “besa la mano/ besa los pies” de un “Excelentísimo General” que en otras partes del poema será llamado “el tirano”.  Sin que pueda estimarse ningún vínculo en términos de antecedente, de influencia o de proyección, creo que es posible trazar una línea que tenga como punto de partida “Las brigadas de choque”, de Raúl González Tuñón, de 1935, y viaje, limpia, hacia dos poemas más o menos contemporáneos: La ciudad, de 1979, y “Cadáveres”, de Néstor Perlongher, de 1982. No solamente porque los tres son poemas políticos, referencialmente políticos, impulsados por un acontecimiento. Sino porque los tres son poemas políticos inspirados, escritos, podemos imaginar, “de un tirón”. Así el tirón sea largo en el tiempo. Y con la furia del desengaño: de eso que pudo pasar y no pasó. Lo que va, en Tuñón, de la revolución de 1917 como esperanza y modelo al golpe de 1930; en Millán, de la ilusión socialista a Pinochet; en Perlongher, del Frente de Liberación Homosexual al sistema homofóbico de la dictadura de 1976. Y en los tres poemas, además, un régimen compositivo basado, principalmente, en dos muy modestas y escolares figuras retóricas, la anáfora y la aliteración, insufladas por el escasamente repartido en el mundo genio poético con el que sí fueron beneficiados cada uno de ellos. Las anáforas de Tuñón, marcadas por su palabra de guerra: “contra”.  Las de Millan: “Andan los relojes./ Andan los planetas./ Cómo andamos?/ Ando a tropezones./ Ando enfermo./ Ando con hambre./ Ando sin plata./ Ando andrajoso. /Ando sucio./ Ando solo./ Ando con miedo./Ando huyendo./ ¡Andate! me dijeron./ Andan tras de mí./ Ando por los andenes./ ¡Andando!/Adiós/ Los Andes están nevados”. Los “en” proliferantes de Perlongher para señalar que en todas partes “hay cadáveres” y además: “Decir ‘en’, no es una maravilla?”

Pero hay algo singular en  La ciudad que lo distingue de esta honrosa familia de poemas políticos. Y es que si bien Millán, como todos, clava su poema en las coordenadas del presente (que es el tiempo obligado de la literatura política), en un momento pone el presente en reversa, lo tira, sin embargo conjugado en presente, para atrás. Lo rompe. Y una vez roto, lo cierra con una consigna de futuro: 

El río invierte el curso de su corriente./ El agua de las cascadas sube./ La gente empieza a caminar retrocediendo./ Los caballos caminan hacia atrás./ Los militares deshacen lo desfilado./ Las balas salen de las carnes./ Las balas entran en los cañones./ Los oficiales enfundan sus pistolas./ La corriente se devuelve por los cables./ La corriente penetra por los enchufes./ Los torturados dejan de agitarse./ Los torturados cierran sus bocas./ Los campos de concentración se vacían./ Aparecen los desaparecidos./ Los muertos salen de sus tumbas./Los aviones vuelan hacia atrás./ Los “rockets” suben hacia los aviones./ Allende dispara./ Las llamas se apagan./ Se saca el casco./ La Moneda se reconstituye integra./ Su cráneo se recompone./Sale a un balcón./ Allende retrocede hasta Tomas Moro./ Los detenidos salen de espalda de los estadios./ 11 de Septiembre./ Regresan aviones con refugiados./ Chile es un país democrático./ Las fuerzas armadas respetan la constitución./ Los militares vuelven a sus cuarteles./ Renace Neruda./ Vuelve en una ambulancia a Isla Negra./ Le duele la próstata. Escribe./ Víctor Jara toca la guitarra. Canta./ Los discursos entran en las bocas./ El tirano abraza a Prat. Desaparece./ Prat revive./ Los cesantes son recontratados./ Los obreros desfilan cantando/ ¡Venceremos!

José Ángel Cuevas

En 1997 José Ángel Cuevas publicó en Chile Poesía de la Comisión Liquidadora.  Con el poema de Millán como fantasma pero también con la realidad política de Chile de mediados de los años 90 como acontecimiento y como referencia, Cuevas desarrolló, de un modo pesadillesco, el  verso “aparecen los desaparecidos”. Ya no hay ilusión de reversa. Los desaparecidos no han aparecido. Los muertos no han salido de sus tumbas. Los obreros no han desfilado cantando y, sobre todo, no han vencido. La derrota que, en la intermitencia de la composición del poema de Millán, entre 1973 y 1978, era, por lo menos en los dos primeros años, cuando aquí en la Argentina se pintaba en las paredes “Armas para Chile”, una cera caliente que aun se podía, imaginativamente, moldear (el tirano desaparece, Prat revive), es, veinte años más tarde, y tal vez todavía, una piedra pretérita. Inmodificable. Los poemas del libro de Cuevas, señala el autor, fueron escritos “en los primeros años de la posdictadura”. Es decir, a principios de los años 90. Los obreros no solo no han vencido sino que “no conocen/ la casa de la central de los trabajadores de chile”. Más aún: “no se conocen a sí mismos/ no hablan con nadie,/ están ahí, nomás/ tomando vino acostados en el suelo”.  Los trabajadores “fueron ensoñación de algo que ya/ no se recuerda,/ los trabajadores están ahí/ solos/ olvidados/ apocados frente a sus herramientas/ mohosas y viejas”. Por eso el sueño del poeta en el que “veía aparecer a José Jofré/ llamado Cojo de Renca” es “horrible”. No solo porque lo es su imagen “desde el fondo del mar con las manos amarradas”, como “una aparición con el overol baleado”. Sino tal vez, y fundamentalmente, porque la casa de los Jofré seguía siendo de adobe, “los muebles eran los de antes” y las banderas rojas del proscrito Partido Comunista eran tan pobres como los “ramos de flores/ velas/tarritos con agua /en la ventana” y como su mujer que lloraba a gritos, vieja, “con un moño”  y sus hijos, ya viejos también, que habían tenido hijos con su mismo nombre: José Jofré. En esa inmovilidad reside la pesadilla. No hay un entusiasta y retórico “hasta la victoria siempre”. Hay el aplastante realismo de lo que se perdió.

Lo que va, en Tuñón, de la revolución de 1917 como esperanza y modelo al golpe de 1930; en Millán, de la ilusión socialista a Pinochet; en Perlongher, del Frente de Liberación Homosexual al sistema homofóbico de la dictadura de 1976

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Quiero volver ahora al poema de Gandolfo, del que recuerdo una imagen discreta, más bien común (la ciudad como un plato hondo de sopa), que funciona en términos referenciales: con la ciudad a la vista. La ciudad, la ciudad real (el calor, la humedad, la baja presión), no solo propicia la imagen, sino que, ante su cotejo, la mejora. Provoca ese instantáneo (y a veces no literario, porque es como si se desprotegiera al objeto de su símbolo) y entusiasta: ¡es así! Y en caso de que así fuera (y yo creo que así lo es) el centro, el nudo de la ciudad, no estaría en los lugares donde habitualmente se lo ubica  (un monumento, unas canchas de fútbol, un barrio prostibulario, un bar al que iba un dibujante) sino en la plaza Sarmiento, donde una vez hubo una laguna. Un plato hondo de sopa, chata, dilatada, calurosa. La laguna de Sánchez. Que no era solo una laguna, sino también un coto de caza y, paulatinamente, un basural. En abril de 1867 la Municipalidad de Rosario informó al gobernador Nicasio Oroño sobre la necesidad de desagotar la laguna, a cuyas aguas estancadas y probablemente putrefactas se les atribuyó ser una de las fuentes de la epidemia de cólera morbus que asolaba a la ciudad. Se cavó, unos años después, por orden del gobernador, una zanja que corría a un costado de calle Corrientes, y por esa zanja se llevó el agua de la laguna hacia el río. Sobre esa superficie se construyeron más tarde dos plazas y una Escuela normal.

En 2006 Gonzalo Millán, que sabe que va a morir pronto, empezó a escribir un diario. Las primeras entradas son del sábado 20 de mayo. Las últimas, del lunes 2 de octubre de ese mismo año. Murió el 14 de octubre. Doce días antes, en esas últimas entradas del diario, a las 18.20, anotó: “No recuerdo lo que iba a decir… en la Plaza Sarmiento, de Rosario. Otra laguna existió antes, aquí vaciaron sus aguas en el Paraná y después rellenaron con tierras ribereñas. Después pusieron las estatuas y los jardines”. Iba a decir algo, lo olvida, y recuerda, imprevistamente, un fotograma de su visita a Rosario en septiembre del 2003. Como si solamente en el extranjero (cualquiera hubiera sido), acompañado por María Inés Zaldívar, su mujer, y rodeado de un grupo de jóvenes lectores y poetas, hubiera podido encontrar, de pie y sobre una laguna vaciada, sus zonas particulares, que la agobiada Santiago les negó a él, a Cuevas y al multitudinario don José Jofré.

Bibliografía:

Francisco Gandolfo (y otros). Poesía viva de Rosario. Ediciones I.E.N. Rosario, 1976

Elvio Gandolfo. “Un error de Ludueña”. Punto de Vista número 9. Buenos Aires, noviembre de 1980. En línea: https://ahira.com.ar/ejemplares/9-9/

ElvioGandolfo  (y otros). La huella de los pájaros. ediciones el lagrimal trifurca y La Cachimba. Rosario, 1978

Gonzalo Millán. La ciudad. Les Editions Maison Culturelle Québec-Amérique Latine. Québec, 1979. En línea: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-8036.html

Raúl González Tuñón. “Las brigadas de choque”. En línea: https://ahira.com.ar/ejemplares/transatlantico-no-13/

Néstor Perlongher. “Cadáveres”. Audio, en línea: https://www.youtube.com/watch?v=di_IbckdtHw

José Ángel Cuevas. Poesía de la Comisión Liquidadora. LOM ediciones. Santiago de Chile, 1997

Gonzalo Millán. Veneno de escorpión azul. Diario de vida y de muerte. Ediciones Universidad Diego Portales. Santiago de Chile, 2007

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Comentarios

  1. Un año de COVID, dos olas de contagio y el simio desnudo - elobservadorpolitico.com

    el 11/04/2021

    […] pocos días Martín Prieto en esta grandísima nota sobre ciudades nos trajo un poema de Gonzalo Millán: “Los muertos salen de sus tumbas./ Los […]

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