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31 de diciembre 2023

Florencia Angilletta

FUERZA

Tiempo de lectura: 6 minutos

“Cartas en el asunto” es el primer newsletter de Revista Panamá, escrito por Florencia Angilletta. Aquí la suscripción para recibir los siguientes envíos por mail.

Sobre Balada para una prisionera, de Martín Rodríguez.

Uno

El mundo cabe en una foto. Una imagen, el bendito punctum, sacarle el filo al cuchillo. En Alicia en las ciudades, de Wim Wenders, una película de 1974 –aunque espiritualmente de 1973–, asistimos a una road movie. (Es una de las tres películas “de carretera” de Wenders de esos años). Estrictamente, no es tanto sobre autos sino sobre desplazamientos –avión, ferry, tren; de Estados Unidos a Europa–. Un reportero y una Alicia de casi diez años. Caminar por una ciudad. Los ojos de Alicia mirando ese mundo. Una cámara posada sobre los ojos. Bañar con la mirada. Esa película es una lección: todos somos hijos de una madre. Que es decir: de una cocina, de un idioma, de un misterio, de un voto, de una generación. Pero descubrimos de quiénes somos hijos juntos a otros, junto a alguien. Alicia en las ciudades: buscando a la madre –aunque en realidad sea buscando a la abuela–. Todos vamos detrás de algunos pasos.

Balada para una prisionera, de Martín Rodríguez, editado este año por Caleta Olivia, está construido desde la forma neurálgica del paso, la del camino. Ese imán que es bíblico, es mundano, es narrativo. Pasos. Seguir una pista. Al final las historias son eso: los pasos que seguimos, huimos, escapamos, retomamos, tememos, persistimos. Leemos: “Una hija fue a espiar a las mujeres
/ que se llevaban las camisolas de su madre,
/ una hija siguió el paso de una cartonera
/ que se llevó los zapatos de su madre” o “Vi a mi madre leyendo en un colectivo / de San Miguel al centro”. Y más aún: “Así fue.
/ Un día no me viste,
/ te seguí por la calle.
/ Entraste a una galería.
/ Un negocio abierto para vos, pensé. / Te seguí
/ unas cuadras.
/ Los vivos en las calles.
/ ‘Cuando alguien muere lo ves.
/ Ya vas a ver’”. (Como la película, seguir esos pasos es también seguir a una abuela, esa aparición última.)

Dos

Los libros de la democracia. Los libros en democracia. Los libros para la democracia. Un caminito. Una pila. Como las migajas de Hansel y Gretel: se encuentran, no se buscan. La literatura, esa promesa democrática. Pero nada mata más el propósito que su épica deliberada. ¡Aquí estoy, soy el libro de la democracia! Los libros de la democracia son una operación de lectura.

Tres

Organizado en seis partes y una suerte de epílogo, Balada para una prisionera está hecho de repeticiones, de insistencias. ¿Qué es una balada? Una obsesión. Y esa obsesión es una materialidad lingüística. Una sumatoria de signos. El libro se abre y se cierra con dos palabras de montaje: “juntá” (del primer poema, “Fuerza”) y “rompan” (del último de la sexta parte, “Canción de los salesianos”). Lo junto y lo fracturado. Un paso al lado del otro. Esas palabras “juntá” y “rompan” son baqueanas: señalizan el camino del libro, su forma. No hay compensación ni tibiezas. Esa bala que se dispara en las familias argentinas, en el poema “Llegó el fin”, es una bala incrustada en la enunciación del yo lírico. Como una película de terror, la lengua natal es también el ejercicio sobre la infancia de los padres, esa película imaginada (“Juntabas lana de una oveja / que a la noche veías temblar”).

Si un libro se organiza como práctica en su índice o partición, y como apuesta en su dedicatoria, ambas ordenaciones aquí se potencian. Las capas de la composición: lo político y lo personal, lo personal y lo político. Toda lectura implica dar una batalla, ya desde los materiales aquí se marca ese campo de lucha. Esa “y”. Algo saeriano en su “zona”, su literatura transcurrida mientras se corta un salamín, como una literatura escrita en la cocina, en el hervor, mientras la pava hierve el agua. Es un acopio de misterios que roza el dolor aunque sin etiquetado frontal, quejas ni estridencias. Mientras el agua hierve.

Los libros democráticos en el fondo son libros que se la juegan. Son verdaderos porque son creacionistas: hacen algo nuevo. Imponen sus reglas, llevan contra las cuerdas sus materiales

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Cuatro

La poesía y el ensayo comparten el mismo truco: son hechos de lengua. La madre no es un personaje si por personaje concedemos algo del orden de un estereotipo, o una coagulación. Balada tiene una premisa: quién es Alicia es una pregunta, nunca una afirmación. La madre como punto de partida, no de llegada. No es un libro sobre la identidad, o lo dado. Sin totalizar, circunscribir ni binarizar la “carta a la madre”. Sin volverlo “tema”. Más bien es una inquietud. El origen es “bombo” y “bomba”, “sangre”, “expediente judicial”, “piel”, “Valiant rojo”. No hay madre sin padre. La madre son las dos “leches”; el modo de decir las muchas “leches”. Esta condición de la formalidad de la lectura está concentrada, en parte, en el diseño de tapa a cargo de Gonzalo Quintana: de esa madre no hay descripciones, no hay atributos físicos, no hay molde. Eso no la convierte en incorpórea o etérea: al revés, el arraigo opera en la lengua, cuya ilustración hace carne.

Cinco

La biblioteca es un lugar fiero. Un libro al lado del otro, los que soportan mudanzas, muertes, pérdidas. Los que llegan, el don. Un año es una biblioteca: un listado. Lo publicado, lo leído. Una serie de títulos que dispersan o congregan un tiempo: un año. Éste, el 2023. Todos los años discutimos cuál es el libro del año. Pocas veces a un año lo organiza un libro de poesía. Balada para una prisionera puede que no sea una excepción y, lejos del sintagma grandilocuente del “libro del año”, es un libro “del” año, un libro de estos doce meses, que recoge su fuego, sus arboles caídos, el pulso de este tiempo inaugural y trágico, su desconcierto y su brío. Balada para una prisionera no estáescrito de rodillas a una época, tampoco lo hace de espaldas. El libro de un año. Como el mensaje en la botella (otra forma del paso). Como una cápsula de ese tiempo: los cables pelados de la democracia. César Vallejo ha dado esa clase de teoría literaria sobre la “poesía nueva” en los años veinte –¡hace cien años!–: no se trataba de escribir “telégrafo” o “cinema” a cada rato sino de escribir con esa electricidad. Balada es un libro eléctrico: es henchido, exigente en su lectura y porta una descarga democrática. Está enchufado a las venas, a “ese tambor de sangre es tu país”, en palabras del poeta Francisco Madariaga –una de las lecturas decisivas de la poética del libro; su “selva oscura”–.

Seis

En el prólogo, Mariano Schuster señala sobre Balada para una prisionera: “La melodía de la balada se vuelve fuego y ardor, recuerdo y lucha, nostalgia y bronca. La balada, al fin, rompe las rejas de la prisión. Una balada compuesta ‘en el nombre de la madre’, escrita por el hijo, dictada por el espíritu. Esta balada es un reaseguro de que la voz de la jefa del hogar natal siga estando ahí. Tranquila Alicia: el poeta Rodríguez lo consiguió. Tu voz sigue escuchándose. Ahora el sonido ya está en ustedes”.

Siete

¿Cómo una balada podría no tener amor? Pero ese amor es “negro” y es “blanco”, el perejil hervido en un chorro de vinagre y otro de azúcar. Siguiendo el paso de libros como Literatura argentina y realidad política, ese ensayo descomunal de David Viñas, el cuerpo a cuerpo es texto a texto. La política en el interior de los textos. El poema más crudo del libro, la recolocación de los materiales de los setenta –su poesía y su política–, es casi un ars poética. Se trata de “Los pies mojados” cuando comienza “un Cristo loco por la electricidad”. El cableado eléctrico de esos años. Pero no solamente; ahí están, también, revoleados por la corchea del pulso poético de sus páginas, los silbadores, los colectivos, los soldados, los desfiles, las leyes, los caballos, las celdas. Los setenta también fueron un giro lingüístico.

Ocho

La elegía es la canción al muerto. Pero Balada… no es la muerte: son todas las posibilidades de vida. Una madre balada. Una Alicia para la Argentina.

Como una película de terror, la lengua natal es también el ejercicio sobre la infancia de los padres

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Nueve

“Yo tenía oído absoluto:
/ escuchaba cañerías, el ascensor, pájaros en la ventana, / voces de vecinos y hasta el silbido de la nariz de ella,
/ ya dormida, como el prólogo de un ronquido.
/ De niño aprendés a escuchar y separar los sonidos como bloques,
/ los sonidos de cada cosa, los sonidos que bombean cada cosa.” Son los versos de “País natal”, quizá el poema vigía del libro, su fuerza constitutiva. En Alicia en las ciudades un concierto de Chuck Berry es una periferia que afecta todo lo que pasa. Porque una familia es una música. Una familia es un silencio. Ese equilibrio orquestal entre lo dicho y lo no dicho (“si no hay violencia, habrá algo peor”).

Leer como la puesta a punto de un oído, dice Virginia Cosin en La pizarra mágica. Balada tiene ese oído, tiene una oreja pegada a las entrañas de un país, al “idioma de cuero”, a las palabras como “pedo machazo”. Ya lo decían esos versos setentistas de Pizarnik: “si digo agua ¿beberé?”. Los libros democráticos en el fondo son libros que se la juegan. Son verdaderos porque son creacionistas: hacen algo nuevo. Imponen sus reglas, llevan contra las cuerdas sus materiales. ¡Saz! Balada para una prisionera no es ascético –desbordan las páginas, los poemas, las obsesiones, las insistencias en las maderas, el río, los soldados, las guerras, las corcheas, la electricidad–, pero es deliberado en su política literaria. Un barroco formalista. Una búsqueda formal desde las entrañas. Una gramática escrita con los pies en el barro. Un trabajo detallado sobre lo turbio, lo irreductible.

Diez

Gracias a los lectores que escribieron, refutaron, acompañaron estas Cartas en el asunto, este newsletter panameño. Como a la vieja usanza, enero será un mes de silencio. Nos volvemos a encontrar en febrero. Que la democracia esté con nosotros. Los hijos somos, como dice esta balada, “monos con navaja”.

Hasta la que viene.

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