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02 de diciembre 2023

Paula Granieri

FORZA NAPOLI, SEMPRE!

Tiempo de lectura: 11 minutos

El 4 de mayo de este año, el Nápoles ganó su tercer Scudetto después de treinta y tres años. Esa tarde noche el equipo dirigido por Luciano Spalletti -actual director técnico de la Selección de Italia- empató 1 a 1 con el Udinese, jugando de visitante. El gol del empate, que alcanzó para la coronación del Nápoles, fue obra del delantero nigeriano Víctor Osimhen,cuya imagen se popularizó al usar en todos los partidos una máscara negra como cábala goleadora. El equipo azzurro venía haciendo una campaña formidable: meses antes de su triunfo definitivo, la ventaja numérica del equipo en la tabla de posiciones hizo imposible a cualquier escuadra italiana alcanzarlos. Solo faltaba jugar el partido final.

La ciudad se preparó para los festejos con meses de anticipación. Las calles se decoraron: con cintas de color azzuro y blanco de lado a lado de las principales avenidas, los balcones de las casas se llenaron de banderas, otras tenían imágenes de los jugadores y del director técnico con la anticipada leyenda Grazie Ragazzi. Se colocaron pasacalles con inscripciones como Ricomincio da Tre, en alusión a la famosa película del actor Massimo Troisi, una de las personalidades más importantes de la cultura napolitana. Un amigo, en cuyos recuerdos de su infancia están presentes los triunfos del Nápoles con Diego, me dijo que lo mismo habían hecho en la década del ‘80, con Scusate il ritardo, otro film del mismo actor, por los sesenta y un años que le tomó al equipo su primera victoria. Artistas callejeros dibujaron en las fachadas de edificios y casas escudos con el número 3 en el medio, infinidad de corazones azzurri con la leyenda Amore Senza Fine, y como era de esperar, innumerables imágenes santificadas y angeladas de Diego, muchas veces, acompañadas de la Madonna Sophia Loren, la actriz napolitana con mayor reconocimiento a nivel mundial. Si hay algo que caracteriza a los napolitanos es su extrema scaramanzia, y durante meses los locales encomendaron a Diego el triunfo de su escuadra. En el imaginario de la ciudad, no fue sólo una cuestión de números en la tabla de posiciones, ni de razonamientos.

Es difícil para los napolitanos no contar una anécdota que no involucre a Diego e inevitablemente, a la Argentina. Uno de sus recuerdos más vivos es el histórico partido de nuestra Selección contra los ingleses en el Mundial ‘86, que festejaron como una victoria propia. Ese día, en el campo de juego estaba Salvatore Carmando, el fisioterapeuta y masajista del equipo del Nápoles que acompañó a Diego durante todos sus años en el club. En el recuerdo de los hinchas, y en las historias que me contaba un hombre mayor que frecuentaba el mismo café que yo, están los besos que el Diez daba a Carmando en la cabeza antes de cada partido, una suerte de rito scaramantico que contribuyó a forjar una relación de amistad entre ambos. Diego se lo llevó a México en el ‘86 -luego lo haría también en los Mundiales ‘90 y ’94- y el masajista estuvo cerca del campo de juego durante el partido de cuartos de final, tenso y caldeado por la memoria aún reciente después de la Guerra de las Malvinas contra Inglaterra. El astro le había pedido a su amigo napolitano que estuviese cerca, que en cuanto anotara un lindo gol, iría a buscarlo para el festejo. Diego no hizo un lindo gol; Diego mete el mejor gol del siglo, dejando atrás a cinco jugadores ingleses y a un arquero completamente derrotado, y corre hacia el córner donde se encontraba su amigo Carmando, quien le estampa un beso y abraza al mejor jugador del mundo. “Nella mente ho un ricordo che non mi abbandona; il bacio di Carmando a Maradona”,cantan los Ultras, la hinchada del Nápoles, en cada partido.

Como memoria un poco más confusa y contradictoria también recuerdan el partido en el cual Italia fue eliminada por penales por Argentina en el ‘90. ¿A quiénes alentaron en esa ocasión los napolitanos? ¿La bandera de qué país colgaba de los balcones de las casas? En mis varias charlas con locales, nunca escuché una versión única de lo que pasó ese día en las calles de la ciudad. Es más, un amigo, con una acérrima identidad napolitana y amante de su escuadra, me dijo que no se vieron banderas argentinas en la calle ese día. El partido se jugó en Nápoles y los Ultras prepararon banderas con mensajes para el Diez, como “Maradona, Napoli ti ama, ma l’Italia è la nostra Patria”. Una manera de decirle que estaba en sus corazones, pero que ese día alentaban a su Selección. Como señal de amor y respeto, al capitán argentino lo privaron de la silbatina que el resto de Italia le prodigada en cada partido, sobre todo al momento del himno nacional. Diego hizo lo propio y ese partido capitaneó a la Selección Argentina que eliminaría a la italiana por penales. A pesar del resultado, el corazón de los napolitanos siguió siendo de Diego.

El astro le había pedido a su amigo napolitano que estuviese cerca, que en cuanto anotara un lindo gol, iría a buscarlo para el festejo. Diego no hizo un lindo gol; Diego mete el mejor gol del siglo

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El 18 de diciembre del 2022, cuando la Argentina se coronó por tercera vez con la Copa del Mundo, Nápoles festejó. El partido se jugó a las cinco de la tarde, hora local, pero la previa inició al mediodía, con una caravana de napolitanos, argentinos residentes y visitantes, y turistas. También llegaron a la ciudad, desde otras regiones del país, fanáticos italianos de la celeste y blanca, que quisieron vivir la final en la ciudad más argentina de Europa. Esa mañana, acompañé a un colega del trabajo a la estación central de trenes de la ciudad, donde recibió a un grupo de amigos que venía de Roma, muchos de los cuales, eran del norte del país. La caravana salió de Piazza Dante y se extendió por Toledo, la avenida comercial principal del centro de la ciudad. Las banderas de Argentina se entremezclaban con las azzurra y las imágenes de Diego, y se cantó el ya popular Muchachos, que los napolitanos entonaban en un español improvisado. A la altura de los Quartieri Spagnoli, con el sol pegando de lleno sobre el adoquinado, los miles de hinchas subimos por las callecitas angostas en dirección a La bodega de Dios, un santuario de Diego a cielo abierto, más concurrido después de su muerte en noviembre del 2020. El lugar está repleto de fotos del Diez en distintos momentos de su vida futbolística, banderas de distintos países, y camisetas, escudos y banderines de tantas selecciones y equipos como fanáticos visitan el lugar. El atractivo principal es el mural pintado sobre la pared de un edificio de 12 pisos y 45 metros de altura, con un Diego gambeteando con la casaca azzurra. La cara del Diez se dibujó sobre la ventana de uno de los departamentos del edificio, y se dice que a la mujer que vive ahí se le pidió no abrir las ventanas en ningún momento, para no arruinar la foto de los fieles. Me lo contó una amiga fanática, una tarde de cervezas. Excitados y expectantes, la horda fue a la bodega a pedirle a Diego por la victoria de Argentina, y a cambio se dejaron ofrendas que se sumaron a las que ya estaban. En el altar en una de las esquinas leí un mensaje escrito a mano, con letra de un nene, que decía “Grazie per tutto quello che hai fatto per noi.”

Aquella tarde, los bares y trattorias estuvieron repletos de hinchas desde temprano; muchos napolitanos iban con la celeste y blanca, algunos con la camiseta de Boca Juniors, y durante todo el partido se las ingeniaron para alentar, tomar cerveza y flamear banderas argentinas con la cara de Diego. Los locales estaban tan nerviosos como cualquier argentino, y cada tanto se escuchaban gritos de enojo e insultos en napulitano cuando los franceses avanzaban sobre el campo de juego. Durante el partido, que por momentos pareció interminable, la alegría desbordada de lo que pensábamos era el definitivo triunfo argentino, se paralizó, primero con el empate del segundo tiempo, y después con el del tiempo complementario. Mis amigos y yo estábamos sentados cerca de una de las pantallas del bar; por momentos nos parábamos, nos volvíamos a sentar cuando escuchábamos las puteadas de los de atrás, descolgábamos y volvíamos a colgar las banderas en el bar, y comprábamos cervezas cuando la ansiedad nos impedía quedarnos quietos. Hasta que llegó el momento de los penales.

Cuando Gonzalo Montiel anotó el cuarto penal con el que la Argentina se coronó campeón, fueron miles los napolitanos que se lanzaron a las calles de la ciudad a celebrar. Como en una suerte de antesala de lo que serían los festejos por la obtención del tercer Scudetto, los locales se fueron preparando. “Diego desde allá les dio una mano a los argentinos, los próximos somos nosotros”, me decían algunos amigos que festejaban por su país hermano.

I campioni dell’Italia siamo noi.

Casi cinco meses después, la noche del 4 de mayo, en una especie de profecía cumplida para muchos en la ciudad, el Nápoles salió campeón. Con un grupo de amigas y amigos nos juntamos en un bar de cerveza artesanal en pleno centro histórico de la ciudad, sobre vía Bellini. Todos los bares estaban repletos de fanáticos, y muchos habían llegado con tiempo suficiente para ocupar las mesas frente a las pantallas de televisión, comer pizza y disfrutar del champagne que no paraba de circular. Con mis amigos nos hicimos lugar entre las personas que permanecían paradas detrás de las mesas.

Estábamos todos con camisetas y banderas del equipo; había innumerables Maradona, y también se destacaron casacas con otros apellidos como la del delantero Osimhen, el georgiano y figura Kvaratskhelia, el surcoreano y defensor Kim, y el argentino CholitoSimeone. Los vendedores ambulantes se habían anticipado a la explosión popular y hacía semanas habían llenado las calles de la ciudad con puestos de venta de un cotillón variado. Las más populares fueron las máscaras de Osimhen, las preferidas de las nenas y nenes que no tuvieron problema para salir a las calles esa noche, y las pelucas de rulos, algunas negras y otras de color de la ciudad, que muchos fanáticos usaban en clara alusión a Diego. Las mujeres aprovechamos la ocasión para hacernos un delineado azzurro en los ojos, corazones en la cara o un Napoli en la frente, usar glitter, aros y pañuelos del mismo color.

Si hay algo que caracteriza a los napolitanos es su extrema scaramanzia, y durante meses los locales encomendaron a Diego el triunfo de su escuadra. En el imaginario de la ciudad, no fue sólo una cuestión de números en la tabla de posiciones, ni de razonamientos

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El partido empezó y, para el desconcierto general, el Udinese marcó su primer tanto. No nos importó, la certeza de que esa noche ganaríamos el Scudetto hizo que todos alentáramos con mayor fuerza. En el entretiempo, en una suerte de rito para cambiar la fortuna del partido, con unas amigas fuimos hacia otro bar sobre la misma calle. Conseguimos una mejor ubicación frente a una pantalla, y empezaron los últimos cuarenta y cinco minutos. La tensión iba en aumento. “Mannaggia la miseria!” se escuchaba en boca de muchos napolitanos que empezaron a ponerse nerviosos. Cuando Osimhen anotó el gol del empate, que bastaba para la victoria definitiva, toda Nápoles explotó en un grito de euforia y desahogo. Abrazos, besos, más champagne y más cerveza, y una marea de fanáticos listos para festejar.

Las bombas de estruendo y fuegos artificiales no se hicieron esperar, una costumbre napolitana para celebraciones y eventos especiales, como un cumpleaños, un nacimiento o el anuncio de la salida de un amigo de prisión. Este ritual pirotécnico ocurre cada medianoche en la ciudad y, como en otros mitos napolitanos, las versiones de por qué se hace varían según el interlocutor. Mis amigos no se quisieron quedar atrás, y encendieron bombas de humo y bengalas que cubrieron el cielo de Nápoles de una bruma de su propio color.

Los fanáticos bajamos desde distintos puntos de la ciudad, esquivando las motos que aparecían por todos lados, para encontrarnos en Avenida Toledo y dirigirnos en una marea interminable en dirección al Lungomare y el Vesubio. Era necesario atravesar el embudo que se generaba a la altura de Piazza Plebiscito, donde el amontonamiento de personas impedía por momentos desplazarse; muchos preferían celebrar ahí, entre el Palacio Real y la Basílica de San Francisco de Paula, trepados a las estatuas de los Reyes Borbónicos, a las fuentes, postes de luz y semáforos. Las personas que esa noche alcanzamos la costanera napolitana, nos encontramos con una columna interminable de hinchas que venían en procesión descontrolada desde el estadio Diego Armando Maradona, donde la dirigencia del club había decidido emitir el partido contra el Udinese en ocho pantallas gigantes.

Esa noche hubo una infinidad de cánticos, entre los más populares estuvieron lo que decían “Abbiamo un sogno nel cuore, Napoli torna campione!”, y el famoso “Forza Napoli, Napoli, Napoli, oh oh..!”, del compositor napolitano Nino D’Angeli, que los fanáticos entonaban levantando un puño en alto y sosteniendo la bandera de los Ultra en la otra mano. También se escuchó el provocador “Vesuvio erutta; tuta Napoli è distrutta!”, canto original de algunas escuadras del norte italiano contra el pueblo napolitano. Los Ultras habían decidido apropiarse de la letra y resignificarla, como un grito de protesta contra el racismo sufrido por años. Uno de los momentos de mayor euforia se lograba con la famosa canción “‘O surdato ‘nnammurato”, interpretada por el cantante Massimo Ranieri, otro ícono de la música napolitana. La letra de la canción habla de un soldado que parte a la Primera Guerra Mundial y, a la distancia, extraña a su amada, su primer amor que, sabe, será también el último. Esa noche, todos los napolitanos confirmaron su amor al equipo y pusieron en pausa el dolor de esas tres décadas de abstinencia de gloria.

Lo que Nápoles tiene de fascinante, lo tiene de decadente, y esto los napolitanos lo saben

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Como era de esperarse, sonó La mano de Dios del Potro Rodrigo, desde los parlantes que algunos fanáticos habían colocado en las calles y que otros llevaban en el baúl de sus autos, los pocos que lograban circular. Después de la muerte de Diego, la famosa canción empezó a sonar en el estadio de la ciudad, y antes de cada partido es coreada por los hinchas e incluso por los jugadores que hacen el precalentamiento. La noche del 4 de mayo se escucharon los “Olé, olé, olé, Diego, Diego..! que provenían de grupos dispersos, hasta convertirse en un coro que unificó toda Nápoles.

Beso de Carmendia a Diego.

Por todas partes se vieron imágenes del Diez, flameando en banderas, en carteles y en estampitas y medallas que con orgullo y emoción portaban los napolitanos. Con la victoria del Scudetto, en un contexto familiar y caluroso que se extendió hasta entrada la madrugada -y que se repitió un mes después, al finalizar la última fecha del campeonato, en el cual el Nápoles venció por dos a cero al Sampdori- toda Nápoles recordó a Diego. La marea de personas le dedicó el triunfo de su equipo y agradeció entre lágrimas su más reciente milagro, como ocurrió treinta años atrás, cuando el Pibe de Oro los llevó a los más alto del fútbol italiano e internacional.

Diego nunca dejó de estar presente en la memoria y en el corazón de los napolitanos. Como me dijo una noche Franco, el padre de un amigo, un hombre de más de setenta años que hablaba en un napulitano stretto, cuando se cumplió el primer aniversario de su muerte: “Nosotros lo queremos como a un hermano, como a un hijo, incluso como a un padre”. Es aún hoy parte de las familias napolitanas y no es necesario anteponer el artículo el a su nombre: en una ciudad llena de Diegos, basta decir Diego para saber de quién se habla. Y como en cualquier familia napolitana, todos saben todo de todos. No hizo falta la prensa sensacionalista ni filtraciones de audios para saber en qué andaba Diego, ni con quién; la extravagancia de su estilo de vida encajó perfecto con la oferta y la intensidad de una ciudad que oscurece a plena luz del día. Lo que Nápoles tiene de fascinante, lo tiene de decadente, y esto los napolitanos lo saben. Por eso, no existen peros al amor entrañable que sienten por Diego Maradona, y como no se cansan de repetir: chi ama non dimentica.