22 / 08 | Política

EL PROGRESISMO EN SU LABERINTO


 

José Natanson, director de Le Monde Diplomatique, escribió el jueves 17/8 un artículo en Página12 (“El macrismo no es un golpe de suerte”) en donde razona sobre el éxito de Cambiemos más allá de los lugares comunes de quienes critican al presidente y su partido. Natanson identifica cuestiones importantes; la primera es que Cambiemos logró reconocer un problema urgente que el kirchnerismo había silenciado y que aún silencia: el narcotráfico, que afecta a los sectores más desprotegidos de la sociedad. La segunda es que Cambiemos no fue durante todos estos años de gobierno (en la Ciudad de Buenos Aires y en el país) el monstruo neoliberal que se vaticinaba. Además de haber mantenido las asignaciones universales, las jubilaciones y el plan Argentina Trabaja, el autor agrega que “como jefe de gobierno, Macri no rompió el consenso en torno a la universalidad de los servicios públicos (…) además produjo una mejora importante del transporte público y que volcó recursos tanto al espacio público de parques y plazas como a la oferta cultural orientada a clase media.” Este análisis es una bocanada de aire fresco en un sector político (y un diario) que se obstina en ubicar al macrismo como una deformación onírica de sus viejos enconos, enlodándole tributos al “pasado noventista” cuando no a la propia Dictadura. Más perspicaz que sus compañeros, Natanson entiende que no se puede avanzar en la crítica sin una perspectiva comprensiva previa.

De todas maneras, el director de Le Monde no resiste la tentación de encuadrar a Cambiemos en la derecha, caracterización que se desprendería de “la concepción liberal de justicia” -y en esto se refiere a la justicia social- que sostiene el gobierno. Una concepción, a su gusto, individualizante, paralizadora de los procesos asamblearios y de las movilizaciones. Es una definición poco clara de lo que es la derecha, y parece más bien supeditarse a la necesidad (tan propia del campo progresista) de etiquetar a Macri en esa categoría.

"Más perspicaz que sus compañeros, Natanson entiende que no se puede avanzar en la crítica sin una perspectiva comprensiva previa"

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Pasado y presente


Sin pretensión de inventariar todas las características de Cambiemos/PRO que a los ojos de una considerable porción de la ciudadanía la convierten en una opción válida y preferible a otras, Natanson aporta a la reflexión con vocación introspectiva. El cuestionamiento al actual oficialismo resulta espinoso desde el kirchnerismo: ahí donde este último enfoca la crítica, encuentra también errores propios: no solo en relación al narcotráfico del que habla Natanson, sino también y sobre todo, a la pobreza y al manejo de la economía que hizo el último gobierno, cuestiones omitidas en la nota “El macrismo no es un golpe de suerte”. Este agujero negro de los planteos del kirchnerismo en el presente es doblemente problemático: le impide elaborar una posición consistente con la retracción económica, la inflación y la pobreza de sus últimos años de gestión, a la vez que obtura la reflexión sobre una de las claves del comportamiento electoral en las PASO, puesto que para una parte de la sociedad la autoría de la recesión económica y del ajuste no corresponde (sólo) al gobierno de Macri. Como observa Pablo Semán, “justo en el país de la batalla cultural permanente vinimos a olvidar que el sentido de la crisis económica se construye”.

La impugnación a las reiteradas infracciones republicanas de Cambiemos/PRO (que ilustran su afición por la vía unilateral del decreto en temas que la Constitución prescribe como facultad del Congreso o la transgresión de normas del Sistema Interamericano de DDHH, por ejemplo), carece del efecto buscado en una sociedad que se cansó de escuchar pretextos oficiales para el uso de la institucionalidad estatal con lógica patrimonialista en los años previos (y que el activismo militante barría bajo la alfombra -mugrienta de tanto polvo acumulado- para “no hacerle el juego a la derecha”).

"La impugnación a las reiteradas infracciones republicanas de Cambiemos/PRO, carece del efecto buscado en una sociedad que se cansó de escuchar pretextos oficiales para el uso de la institucionalidad estatal con lógica patrimonialista"

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Otro aspecto de la nota nos habilita a repensar esa necesidad tan típica del progresismo de apuntar con el dedo en alto hacia la derecha, el neoliberalismo o -confundiendo los sentidos de las palabras- al liberalismo sin más, en un ejercicio que se desconecta de los efectos y de los sujetos que se pretende infructuosamente representar con esos significantes y que pierde de vista un repertorio de cuestiones concretas en las que valdría la pena hacer hincapié y en donde se juega realmente la democracia.

La hiperinflación semiotizante y la propensión al etiqueteo son directamente proporcionales a la falta de producción de ideas y propuestas concretas sobre el problema del trabajo, de su precarización, de su reparto desigual, de su intensivo reemplazo y de las condiciones de bienestar exigibles en un escenario postindustrial de reducción del “trabajo vivo” en la producción económica; sobre el arancelamiento creciente de las prestaciones de salud; sobre el desamparo del doliente aumento de personas que duermen en las calles de las principales ciudades; sobre la desigualdad de género y el clamoroso silencio de las principales formaciones políticas acerca del aborto no punible; sobre cómo luchar contra el narcotráfico (que suele reemplazarse por consideraciones tan genéricas como estériles acerca de si somos o no somos un país narco). Otro ejemplo: en las PASO, el bochornoso cómputo de datos provocó una lógica polémica y un funcionario del área, el secretario de Asuntos Políticos e Institucionales del Ministerio del Interior, Adrián Pérez, admitió que el proceso no debería estar a cargo del Poder Ejecutivo. ¿Por qué no aprovechar ese reconocimiento para lograr la autonomización del proceso eleccionario?

Lejos de ser cuestiones de expertos, de grupos reducidos, de minorías, las enunciadas son discusiones fundamentales que conciernen al pueblo y sobre las cuales los candidatos y los votantes deberían poder expresarse. O para decirlo de otro modo, el objetivo de la izquierda o el progresismo es que haya más y mejor democracia, es decir mayor participación, en los debates y en las decisiones. Para la izquierda debería ser importante medir en términos de participación real (y no como generalmente lo hace, en términos de cuán numerosa es una marcha) al partido gobernante, aunque obviamente esto implicaría también juzgar con la misma vara al gobierno que concluyó en 2015. Para volver al ejemplo del cómputo electoral ¿hay más y mejor democracia si constantemente se pone en duda el resultado de las elecciones? No es un tema menor. Sería preferible que haya democracia en muchos más sentidos, pero al menos debería resguardarse el espacio mínimo que tienen los ciudadanos de expresar su voluntad, que es el del voto en las elecciones. En estas elecciones pareciera que, desde la sociedad, sólo hay espectadores del proceso político a la espera de alguien con la buena voluntad de no distorsionar los resultados. Muchas veces desde el campo progresista se ha respaldado la falta de transparencia con la vieja consigna “todo es una cuestión política”. La historia de no pocas experiencias de izquierda del siglo XX nos muestra que bajo ese argumento se cometieron y justificaron las peores atrocidades.

"debería resguardarse el espacio mínimo que tienen los ciudadanos de expresar su voluntad, que es el del voto en las elecciones"

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La crítica de Natanson vislumbra este escollo sin profundizarlo. Por ejemplo, sostiene que el método del timbreo convierte al ciudadano en mero vecino. Efectivamente, la imagen que le devuelve el “equipo” de Macri a la sociedad es paternalista: “venimos a hacer lo que hay que hacer, solo necesitamos su voto”. No es un diálogo de ideas, sino un contacto emocional. Como sostuvo Beatriz Sarlo, “fue una campaña basada en los sentimientos, de touch and feeling”. Por su parte, Juan Carlos Torre definió el estilo del PRO como “descafeinado” y vaticinó que el peronismo se adaptaría a esta nueva forma de mostrarse de la política argentina. Cristina Fernández de Kirchner estilizó su campaña con formato “cambiemista”: para sus discursos se colocó entre ‘la gente’, bajó del pedestal, suprimió a los aplaudidores y hasta pidió disculpas. En ese marco, también Eduardo Fidanza interpretó la campaña como “lavada” y desplegó una asociación directa con la presunta “despolitización” que ello supondría.

Sin embargo, podríamos observar en la apelación a la emocionalidad –que, como recurso, es inherente a toda campaña aunque en dosis variables- no tanto la pretendida “despolitización” sino una “repolitización” con otras coordenadas, en las que lo programático y el enunciado de estrategias se subordinan a una aspiración de mejora futura en base a la corrección de un presente que es percibido como resultado de malas decisiones pasadas. Barajar y dar de nuevo.

Haciendo lo que hay que hacer

Cambiemos/PRO es emergente de los efectos de ese pasado condenado y procesa su herencia con un programa que es a la vez transformador y restaurador. “Haciendo lo que hay que hacer”, la consigna de Cambiemos/PRO, permite identificar parte de ese procesamiento, que es generalista y autoritario (Martín Plot caracteriza esa consigna como “violenta” en el sentido simbólico, aunque exhibe también episodios de materialización como PepsiCo, mapuches, caso Santiago Maldonado) y, en este sentido, coloca a la sociedad como objeto y no como sujeto. Objeto a ser provisto por un gobierno que define qué es lo que hay que hacer; lo que hay que hacer no se somete a deliberación ni admite discusión. Es un autoritarismo de tipo ingenieril, que se reclama aséptico aunque es mercantilista, que dictamina lo que es “inviable”, que expulsa la consideración sociopolítica sobre la definición de los objetivos y que se digna al diálogo en las cuestiones procedimentales y tácticas, como cuando los ministros tocan el timbre o, en la Ciudad de Buenos Aires, se reúnen con vecinos.

"'Haciendo lo que hay que hacer', la consigna de Cambiemos/PRO, permite identificar parte de ese procesamiento, que es generalista y autoritario"

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Por otro lado, “haciendo lo que hay que hacer” supone que lo hecho previamente no era lo que había que hacer. Deliberadamente o no, lo hecho antes estuvo mal hecho. Hay que hacer otra cosa, para lo cual es preciso deshacer lo previo. El nuevo personal dirigente del Estado sabe qué es eso que hay que hacer. La consigna promete realizaciones a través de una abstracción (los destinatarios no saben qué es “lo que hay que hacer” en concreto). Su eficacia está montada sobre el hartazgo de una parte considerable de la sociedad que identifica la retórica kirchnerista con “grandes cuestiones” que enunciaban prioridades en muchos casos alejadas de su cotidiano y que, a su vez, no se compadecía con el patrimonio de sus máximos exponentes. Que los funcionarios sean millonarios no es una novedad del actual gobierno, pero lo novedoso es que el macrismo presenta la riqueza como disuasoria de posibles actos de corrupción y como credencial de competencia administrativa.

A la hora de ponderar la eficacia de Cambiemos/PRO, Natanson elude la consideración sobre su estratégica fabricación de consensos, es decir, sobre sus recursos de comunicación, propaganda y disuasión. Pero Macri también se distingue del pasado (no sólo del pasado reciente) en que gobierna con un sofisticado arsenal de recursos de interpelación segmentada y directa a la sociedad basada en redes sociales digitales (es interesante la sugerencia de Carlos Pagni respecto de que el voto cambiemista encuentra un límite en la ruralidad profunda, allí donde Facebook no llega) potenciados por el acompañamiento entusiasta de los medios de comunicación, conductores y columnistas con mayores audiencias (en empresas que fueron beneficiadas por cambios discrecionales decretados en la regulación de medios), lo que desborda con creces el núcleo elitista del “círculo rojo”.

No obstante las críticas que hacemos, la nota de Natanson, por su contenido y por el medio en que fue publicada, permite discutir la obsesión por asimilar la experiencia singular de Cambiemos/PRO a la Dictadura, al menemismo, que, al igual que la ansiosa invocación a un “nuevo 2001”,  tienen en común el problema de que por un lado banalizan y confunden las experiencias pasadas, bastardeando los padecimientos sociales de entonces y sus saldos políticos y, por otro lado, expresan la impotencia para comprender el presente y su carga distintiva, que es densa.

"el voto cambiemista encuentra un límite en la ruralidad profunda, allí donde Facebook no llega"

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El “progresismo” latinoamericano, salvo excepciones, es poco empirista y muy aficionado a vagas  generalizaciones que, como recurso, tienen algunas ventajas tácticas -presuntas coincidencias sobre lo abstracto, los “valores”- y también desventajas estratégicas -la subestimación del hecho concreto y demostrable por encima de los enunciados virtuosos, que no suelen ser apreciados por quienes sobrellevan peores condiciones de existencia por razones económicas, sociales o geográficas-.

El acomodarse a una coyuntura que parece redituar la gambeta a los debates de fondo y tomar a los votantes como meros espectadores de una película, reforzando las identificaciones emocionales entre electores y candidatos, tiene consecuencias en la política de mediano plazo. Comprender a la sociedad como sujeto y no como objeto produciendo argumentaciones y propuestas resulta esencial, porque en las discusiones acerca de los problemas concretos y en la participación de la sociedad, en esas discusiones se juega la democracia y la organización de la vida misma. Las identidades políticas (como la del progresismo) deberían organizarse más en torno a esos problemas concretos y menos en las representaciones que la política descafeinada nos propone.


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