20 / 02 | Sociedad

CAMBIEMOS Y LA SOBERANÍA EDUCATIVA


Recuerdos de provincia

A diferencia de aquellos buenos viejos tiempos en que el capitalismo giraba más lento y los Estados nacionales latinoamericanos se organizaban –sí– por modas importadas a través de sus elites, incluyendo en esos marcos sus sistemas educativos –centralizado estatal: modelo importado de Gran Bretaña y Francia–, durante los últimos 60 años la tensión creciente tiene que ver con las “recomendaciones” provenientes de los organismos como la CEPAL, y más tarde la UNESCO, el BID, el Banco Mundial, el FMI y, más recientemente, la OEI y la OCDE (Organización para la Cooperación del Desarrollo Económico, que toma las pruebas PISA), muchas veces de forma vinculante. Así, los fantasmas de “los planes impuestos por el Banco Mundial” tienen una cuota importante de realidad: afectan la soberanía educativa. Ya no son, como hace siglo y medio, algunos brillantes cuadros influidos por modelos que percibieron exitosos en los países centrales los que diseñan la educación –Sarmiento dando la vuelta al globo, importando maestras, la épica del criollo viajado que retorna con sus alforjas llenas de mundo–, sino una presencia cada vez mayor de parámetros que muchas veces se aplican indistintamente a sociedades completamente dispares, y a sistemas educativos atravesados de forma radicalmente diferente por las mismas variables.

Esto crea tensiones: la arquitectura del sistema educativo argentino, aún con recetas importadas, fue aplicado sobre la realidad concreta de nuestro país: primaria universal para argentinizar a las masas inmigrantes, sancionando toda diversidad, enseñando a leer, escribir, sumar, restar, dividir y multiplicar; secundaria restringida para la formación de una elite dirigente en la Argentina criolla en vías de complejización. Si a este esquema se le intentan aplicar las recomendaciones globales y uniformes de los organismos mencionados, tenemos una tensión. Estamos tratando de enchufar un artefacto que compramos afuera a nuestros enchufes de tres patitas. Hay que ponerle un adaptador. La decisión es: ¿colocamos un adaptador, cambiamos la instalación eléctrica o lo atamos con alambres hasta que explote?


"Estamos tratando de enchufar un artefacto que compramos afuera a nuestros enchufes de tres patitas"

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Lo atamos con alambres

Las leyes educativas sancionadas en democracia son hijas de esta tensión: La Ley Federal, las leyes del kirchnerismo –de Educación Nacional, de Financiamiento Educativo, de Educación Técnico-Profesional, incluso la Educación Sexual Integral (recomendada por diferentes agencias de la ONU y por la OMS)– y varios de los programas implementados tienen el sello o la influencia de los organismos supranacionales o multilaterales. Esto no necesariamente es objetable: muchos de ellos tendieron a garantizar el derecho a la educación, a expandir la matrícula, a cierta innovación curricular, a hacer ingresar al aula –y al debate público– temas tabú. Y más aún: venían de la mano de su financiamiento. Dicho de otra manera: el paquete de “recomendaciones” de organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo venía con un paquete presupuestario para su implementación. Según el programa, esto podía ser positivo o negativo: este autor sostiene que no se debe hacer una objeción de origen, sino evaluar cada programa, cada línea y cada recomendación para analizar cómo se aplica a nuestro sistema educativo. La aplicación acrítica, sí, tiende a generar aún más tensiones y problemas, que tal vez no resuelvan lo que supuestamente prometen resolver. Las pruebas PISA, y algunos anuncios que ha hecho la gestión de la Alianza Cambiemos, son algunos buenos ejemplos.

Las pruebas PISA miden, en Argentina, habilidades de lectura, escritura, matemática y ciencias, y elabora un ránking por países –por sistemas educativos– donde compara lo incomparable. Por caso, a nuestro país con Finlandia, donde la educación privada es prácticamente inexistente y está sujeta a una normativa exactamente igual que la de la educación pública, donde además existe una rígida política migratoria que redunda en una población escolar cultural y hasta étnicamente homogénea. En Argentina el escenario es radicalmente diferente, pero aun así las pruebas PISA establecen la comparación. ¿Para qué la OCDE toma las pruebas PISA? Para proveer información a los empresarios de los países miembro sobre la calidad de la mano de obra disponible. Eso es lo que es la OCDE: un organismo multilateral que provee información para inversionistas. Entonces, lo que mide de los sistemas educativos, es su nivel de “adaptación” a la demanda de mano de obra. Al mismo tiempo es una vidriera para los mercados nacionales: millones de consumidores se encuentran, de la mano de su dirigencia política, con empresarios dispuestos a vender e invertir. En síntesis: el criterio de evaluación de las PISA es puramente económico, en el marco de un capitalismo global. La articulación entre educación y aparato productivo es una de los aspectos fundamentales de todo sistema educativo, pero no el único y, más aún, no puede ser la única variable a considerar para las políticas públicas. Pero si las políticas educativas se estructuran en torno a las habilidades que la OCDE considera que debe tener la mano de obra de los países del mundo –sin distinguir estructura de su economía, nivel de desarrollo, distribución territorial, relación con el mercado mundial, etc.– se pierde soberanía educativa: el caso concreto es que las políticas curriculares –lo que efectivamente debe enseñarse en las escuelas– priorizan los contenidos que son evaluados por las PISA en franco detrimento de, por ejemplo, las materias humanísticas y sociales, artísticas y ciudadanas. Esto ya está pasando en Argentina con las políticas educativas de algunas jurisdicciones, como la Ciudad de Buenos Aires.

"¿Para qué la OCDE toma las pruebas PISA? Para proveer información a los empresarios de los países miembro sobre la calidad de la mano de obra disponible"

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Pero la incorporación lineal de los criterios de la OCDE no es el único avance que se registra sobre el nivel de autonomía para configurar políticas educativas. Durante 2016, la gestión educativa de la Alianza Cambiemos aprovechó los espacios para pensar la educación en términos puramente globales: por ejemplo encuentros en el Foro de Davos con magnates de la educación privada como la Fundación Varkey-GEMS, que organiza una suerte de concurso mundial llamado “Global Teacher Prize”. Este tipo de alianzas podrían permitir el ingreso de estas corporaciones globales a los mercados de formación docente continua, y participar de la torta de un sistema educativo que se privatiza lenta pero impetuosamente. Por otro lado, el macrismo ya implementó el premio “Maestros Argentinos”, que distingue a “los mejores equipos docentes”. Ya no se trata de mejorar la calidad educativa por medio de políticas que tiendan a que los docentes, de forma masiva, se concentren en la innovación pedagógica, sino de hacerlos competir entre sí por un premio. Pero volvamos a cómo el esquema educativo de Macri y Bullrich avanzan sobre la soberanía educativa.

A la glorificación de las PISA como parámetro axial de la educación y a la promoción de esquemas de reconocimiento profesional análogos a los de las corporaciones globales de educación privada, se suman los anuncios del ministro, también en el foro de Davos, de impulsar una “formación docente global”. Aunque esto no es más que un anuncio grandilocuente –por la elección de los significantes–, puede alinearse con las otras iniciativas mencionadas más arriba. ¿Qué sería exactamente, una “carrera docente global”? ¿Qué enseñaría ese docente global, y a quiénes? ¿Se trata de una mera homologación de una carrera docente de validez nacional?, ¿y de acuerdo a qué parámetros globales? Si Sarmiento se montó sobre la “moda” de conformar sistemas educativos centralizados estatales, Bullrich parece querer emularlo montándose en la idea de que los tiempos del siglo XXI están signados por el avance de parámetros culturales, societarios, políticos y educativos uniformes y universalizables. Si los que añoran a Sarmiento se quedaron en 1884 –año de sanción de la mítica ley 1.420 de educación primaria común graduada, obligatoria, laica–, Bullrich parece haberse quedado congelado en el otoño berlinés de 1989, festejando eufórico la caída del muro y el Fin de la historia. Y en esa ensoñación de una aldea global caen las diversidades: caen, en Argentina, sus desigualdades regionales, sus procesos migratorios de largo, medio y corto alcance, su aparato productivo que no logra salir del cepo de la primarización, que sueña con chimeneas humeando vapores de acero y que instala call centers, cae una democracia donde todavía circulan –y con más presencia, gracias a la “facebookización” de los medios que ahora comentan tweets por TV y abren las notas de los diarios a comentarios– discursos que ponen en cuestión los fundamentos básicos de la convivencia social. Cae, en los sueños globales de Macri y Bullrich, lo real: sociedades complejas, democracias conflictivas, economías incompletas, con particularidades nacionales bien claras. Esas particularidades implicarían políticas que aborden las especificidades: cómo se inserta Argentina en el concierto desafinado del mercado mundial y cómo eso impacta en la particularidad nacional de Argentina.

"¿Qué sería exactamente, una carrera docente global?"

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Administrar las tensiones

La gestión política de un Estado nacional, en estos tiempos tan interesantes, implica decisiones soberanas sobre cómo se administra ese impacto, esa tensión. Y, en educación, implicarían sostener la soberanía educativa, no para bloquear toda injerencia transnacional sobre el sistema, sino para tamizarla, para seleccionar contenidos y partidas presupuestarias acorde con los problemas que presenta.

Macri apostaba a una alianza económica con los Estados Unidos, y Trump ganó con una retórica de cierre de fronteras económicas. Xi Jinping, Presidente de la República Popular China y Secretario General de su Partido Comunista, hace un llamado por el libre comercio en el mismo Foro de Davos donde Bullrich propone una carrera docente global, a dos días de que Trump dijera en vivo y en directo a todo el mundo que “De hoy en adelante será solamente Estados Unidos primero. Toda decisión será para beneficiar a los trabajadores y a las familias de Estados Unidos”. Si las Torres Gemelas no fueron suficientes, ahora sí: el fin del fin de la historia. La foto de Bullrich saltando el muro de Berlín quemada por las llamas de la lengua bífida trumpista, inaugurando un orden mundial donde todo parece de cabeza.

Si el mundo vuelve a dar un volantazo, ¿Hacia dónde irán las líneas de crédito de los organismos multilaterales para los sistemas educativos? ¿Cómo va a afectar ese volantazo la economía y las necesidades sociales –y por lo tanto, educativas– en Argentina, como país periférico de este capitalismo global lleno de asteriscos? Aparentemente ajeno a estas preguntas, Esteban Bullrich y Marcos Peña –de gran peso en las decisiones del Ministerio de Educación y Deportes de la Nación– avanzan con una receta de descentralización total del sistema –en estos días se están licuando las funciones pedagógicas de la cartera nacional, delegándoselas a cada provincia–, como estos organismos vienen sugiriendo desde la década de 1960 y que fue una política sostenida durante la última dictadura militar y la década de 1990. Esa decisión –descentralizar, en aras de un presunto esencialismo federal de nuestro país– fue, acaso, una de las políticas educativas más perniciosas y sostenidas de la historia argentina: impide pensar parámetros comunes para, por ejemplo, el nivel secundario, que presenta graves rasgos de obsolescencia desde hace más de 50 años. Impide pensar la educación como una política estratégica y, de la mano de un gobierno que combina un liberalismo de amigos a nivel económico y un macartismo desbocado a nivel político –gastando millones de pesos en pirañas de call center–, la limita a funciones meramente asistenciales y de distribución de mano de obra. De ahí la intención de lanzar una Agencia Federal de Talentos, compuesta por los ministerios de Educación y de Trabajo, con la participación de los gremios brindando talleres de oficios para que adultos con secundario incompleto puedan incorporarse de forma precarizada a alguna empresa. En síntesis: una educación asistencialista, que gestiona mano de obra negreada, para una Argentina insertada como una periferia bananera al mercado mundial. Si a esto sumamos los intentos de flexibilizar –una vez más– las leyes laborales, podemos establecer un patrón.

"En síntesis: una educación asistencialista, que gestiona mano de obra negreada, para una Argentina insertada como una periferia bananera al mercado mundial"

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La Alianza Cambiemos no parece tener dentro de sus planes administrar las tensiones que le genera al sistema educativo una cultura global en un mundo que atraviesa, en este preciso momento, grandes cambios. En cambio, parece querer profundizar un alineamiento con esquemas supuestamente universales, más propios de la década eufórica que fue desde la última navidad soviética en 1991 a los dos aviones estrellándose contra el World Trade Center, como baldazo para despertar un sueño que quería ser eterno. Entonces va resignando soberanía educativa: las PISA como ordenador de la educación local, la educación para el trabajo pensada desde los marcos de periferia capitalista, propuestas para crear concursos de belleza para docentes y una plan de carrera global. Mientras tanto, con la subejecución presupuestaria y la reestructuración del Ministerio de Educación se sobrefederaliza aún más el sistema, se profundiza la desigualdad regional, se complejizan los problemas sociales que entran a las aulas sin redes de contención.

La soberanía educativa puesta en cuestión: no hay voluntad política para dar espacio, financiamiento y tiempo dentro del sistema para desarrollar vínculos críticos con el arte, para pensar una ciudadanía nacional que se vincule críticamente con la global, para la innovación pedagógica, para atender a las diversidades culturales, étnicas y de clase que habitan nuestras aulas, para integrar a los excluidos (pueblos originarios, privados de la libertad, etc.) a través de –y no en– el sistema educativo. No se busca hacer de las escuelas una herramienta para que los alumnos puedan apropiarse de los complejos tiempos que corren para analizarlos, para aprehenderlos, para participar en ellos con independencia. Apenas el sueño, en off side, de una educación global uniforme, de un mundo feliz, de un buzón que prometió la igualdad pero que se derritió como una vela en el infierno, y que Esteban Bullrich parece haber comprado –por ingenuidad o complicidad– sin preguntar.

PISA


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1 Comentario

  • Engalanar el ajuste – La Insuperable says: 25 septiembre, 2017 at 08:58

    […] 1.       “CAMBIEMOS Y LA SOBERANÍA EDUCATIVA”. En: Revista Panamá, 20/02/17. http://panamarevista.com/cambiemos-y-la-soberania-educativa/ […]

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