Un momento...

10 de julio de 2026

10 de julio de 2026

12 de octubre de 2024

¿QUÉ VES CUANDO ME VES?

Diego Labra

@omnivorcultural
Cultura
Tiempo de lectura: 9 minutos

¡Aguante la ficción, carajo!”. Tal fue el recordado grito de guerra con que María Valenzuela se plantó en los Martín Fierro allá lejos y hace tiempo, promediando el año 2001. La ficción en la televisión argentina entró pisando fuerte al siglo XXI (ese mismo año, Okupas ganó el premio a mejor unitario y, al siguiente, se lo llevarían Los Simuladores), pero también amenazada por el éxito de formatos importados de reality show como “Gran Hermano”, mucho más baratos de producir y fáciles de replicar. En las décadas siguientes, la ficción vernácula siempre parecía estar en peligro de extinción: drenada de atención ante el domino del “Bailando” y el reinado de Ricardo Fort (Q.E.P.D.), sustituida por la importación de latas brasileras, turcas o coreanas, e incluso ignorada por un nuevo público que disfrutó una educación sentimental televisiva ampliada, primero, por el cable y, luego, por el tráfico mantero de temporadas completas de series estadounidenses copiadas en DVD truchos. Todo esto incluso antes de empezar a hablar del inmenso e irreversible efecto que tuvo Internet en la dieta cultural argentina durante los últimos quince o veinte años. Hoy, los canales de aire miden solo una fracción de lo que supieron medir en el siglo pasado, y los números no dan ni para producir telenovelas de un solo decorado. Sin embargo, para la tranquilidad de Mariquita, la ficción argentina aguanta. Incluso, prodiga.

Todavía está por escribirse la historia definitiva de la televisión argentina, de esas tipo “manual” que abarcan varios tomos. De existir, de seguro estaríamos transitando las primeras páginas del volumen dedicado a la era del streaming. Los viejos unitarios ahora son miniseries, y las interminables tiras diarias con más de doscientas emisiones anuales dejan lugar al modelo de producción estadounidense, comprimiendo las historias en temporadas de diez capítulos o menos. Los exteriores dejaron de ser un lujo. Bajo la máxima vernácula que acá la realidad siempre supera a la ficción (o porque resulta más fácil vender a las plataformas casos conocidos), priman las producciones “basadas en hechos reales”. El IP que más cotiza en Argentina es el noticiero. No queda tragedia nacional sin ficcionalizar. Acaban de estrenar el trailer de Cromañón y se anunció una serie sobre los rugbiers que asesinaron a Fernando Báez Sosa. Ya no parece quedar reparo bajo el cual refugiarse de la intemperie de esta incesante realidad.

El espectador ya no tiene apetito para consumir ficción de manera sincrónica, un episodio por día, como quien pasa a saludar a los vecinos. Gracias a los formatos físicos, el filesharing y el streaming ha aprendido a mirar historias a su propio ritmo

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La serie que está en boca de todos, sin embargo, no está basada en hechos reales (o quizás sí). “Envidiosa” cuenta la historia de Victoria (Griselda Siciliani), una mujer profesional que pisa los cuarenta cuya vida se derrumba cuando su expareja de una década (Martín Garabal) anuncia su casamiento con una brasileña que conoció en unas vacaciones de despecho. El motor que mueve a la comedia es la titular envidia, dirigida mayormente a su grupo de amigas (Pilar Gamboa, Violeta Urtizberea, Marina Bellati, Bárbara Lombardo), suscitada cuando ellas avanzan casilleros en un “juego de la vida” en el cual Vicky siente perdedora: se casan, tienen hijos, “viven felices para siempre”. A pesar de los esfuerzos de su cáustica psicóloga (Lorena Vega), la protagonista no puede romper la muralla de su propio egocentrismo, siendo atormentada por una pregunta que suena epocal, pero realmente es imperecedera: ¿por qué ellas tienen lo que yo quiero, y yo no?

La serie funciona por virtud de su gran elenco (encabezado por el tridente Siciliani, Gamboa y Urtizberea), y porque el guión está construido sobre ese conflicto narrativo probado, y por eso mismo altamente efectivo, que es envidarle la vida a otro. Es que, debajo de la tenue pátina de sitcom de streaming que puede venderse en los trailers, Envidiosa se descubre como la última encarnación del melodrama argentino. Ya lo identificó Lorena Álvarez en este mismo portal, al describirla como afín a “las mejores ficciones que supo tener Pol-ka allá lejos a finales de los noventa”. Tiene sentido, siendo una producción de Adrián Suar con libros de Carolina Aguirre, bloguera devenida en autora de telenovelas como “Argentina, Tierra de Amor y Venganza”. Incluso abunda en el mismo mise-en-scène aspiracional, que prescribe que la escenografía esté compuesta exclusivamente por semipisos y oficinas vidriadas con vista al río. ¿Acaso es técnicamente imposible filmar una buena escena dentro de un monoambiente?

El melodrama es la gran matriz de la cultura masiva argentina. En él abrevaban las novelas de folletín de principio de siglo XX que estudió no sin desdén Beatriz Sarlo en su clásico El imperio de los sentimientos. Inmune a las transformaciones tecnológicas, el melodrama mutó en radioteatro, primero, y teleteatro, después, dando paso con el tiempo a la telenovela y la tira contemporánea. ¿Qué son los fanfics eróticos protagonizados por Cristina Pérez y Rodolfo Barili que pueden leerse hoy en Wattpad sino la última encarnación del melodrama nacional? “Envidiosa” lo que propone es un nuevo packaging para esa manera de contar historias anclada en los sentimientos intensos y los elencos corales. El espectador ya no tiene apetito para consumir ficción de manera sincrónica, un episodio por día, como quien pasa a saludar a los vecinos. Gracias a los formatos físicos, el filesharing y el streaming ha aprendido a mirar historias a su propio ritmo. Un cambio en la distribución que tiene profundos efectos en el producto audiovisual en sí. Atrás quedaron las mañas como estirar escenas e inventar diálogos para llenar como sea esa hora diaria filmando de sol a sol. Como afirma la misma Siciliani, la experiencia de trabajar en un serial para Netflix es más parecido a filmar una película que una telenovela de antaño.

Abunda en el mismo mise-en-scène aspiracional que la escenografía esté compuesta exclusivamente por semipisos y oficinas vidriadas con vista al río. ¿Acaso es técnicamente imposible filmar una buena escena dentro de un monoambiente?

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Al filo de la candidez que caracteriza al melodrama, “Envidiosa” juega con un tono autoreflexivo que demanda del espectador empatía con el sufrimiento de la protagonista y desaprobación por las maneras en que ella busca aplacarlo. Vicky misma ensaya sonrisas y miradas frente al espejo antes de asistir a la fiesta de casamiento de la amiga, a sabiendas que para conseguir lo que quiere no basta con ser ella misma. “Disfruté Envidiosa: ¿soy mala feminista?”, se pregunta retóricamente la periodista y militante Florencia Alcaraz. Las credenciales feministas de la comedia quedan pendientes a la evaluación de su final (la serie terminó con un cliffhanger a retomar en la confirmada segunda temporada), pues la carga moral de las fábulas suele concentrarse en su desenlace: ¿aprenderá Vicky que el amor de su vida no tiene que ser un empresario que la mantenga a ella y sus hipotéticos hijos, o su final feliz será aceptar que puede vivir plenamente sola?

Tanto Alcaraz como Álvarez señalan que debajo del triángulo amoroso Sicilaini-Vicuña-Lamothe, el núcleo dramático de “Envidiosa” es la pregunta por la soledad de la mujer contemporánea que, sabe lo que no quiere, pero no está segura de lo que sí quiere ni tampoco quiere estar sola. ¿Quién quiere realmente estar solo? A medida que pasan los episodios se va develando en el origen del deseo de la protagonista hay un progenitor ausente interpretado por Arturo Puig, guiño a uno de los padres más queridos y vistos de la historia de nuestra televisión.

Quien dice estar bien solo, más no sea de la boca para afuera, es el encargado Eliseo Basurto (Guillermo Francella). Él también practica “agradar” delante del espejo, pero no porque se sienta menos, sino porque se sabe el mejor y eso según él le da la potestad de manipularlos a todos y todas. La desconfianza del género humano implícita en la crítica social de amplio rango que caracteriza a la obra de Mariano Cohn y Gastón Duprat se hace texto en el misántropo Eliseo. En Arribeños al 1600, cada vecino es presentado ulteriormente como individualista, interesado, hipócrita. Todos peleando la paritaria propia. Todos hijos de puta, y Eliseo el más hijo de puta de todos. “No me gustan las personas que trabajan de ser buenas”, acota sobre Lucila Morris (María Abadi), titular de una ONG y nueva vecina que intenta en la segunda temporada ponerle el consorcio en contra. Al final, el encargado la derrota al chantajearla con revelar su “tongo”, que involucra ventas de campos flojos de papeles, familiares testaferros y contratos preferenciales con comedores estatales. Nadie es bueno gratis.

Descrita como “la serie argentina más exitosa de la era del streaming”, “El Encargado” estrenó este año su tercera temporada, a mi juicio la más deslucida. No porque, como opinan algunos críticos, haya devenido en “simple exaltación” de una “crueldad [que] está de moda” en nuestra “sociedad quebrada, rota como nunca antes”. Sino porque ante el desafío de la serialización, Cohn y Duprat resultan víctimas de su propio éxito, optando por la repetición y exageración en lugar de la profundización de los conflictos, desdibujando los personajes hasta convertirlos en caricaturas de sí mismos que enfrentan problemas inverosímiles. Lo que en el vocabulario de las series yankis se llama “saltar el tiburón”.

Lo peor quizás sea que esta comedia ya no da gracia. El chiste del dólar cabeza grande/cabeza chica me sacó una carcajada la primera vez, pero la cuarta me hizo suspirar con fastidio. El mejor ejemplo del fracaso del humor en la tercera temporada de “El Encargado” es la subtrama a cuento de nada que imagina como problema vecinal a un Benjamín Vicuña con mal aliento. En la temporada anterior, hicieron un cameo igual de inconsecuente la “China” Suarez y su entonces noviecito Rusherking. Disney se rehúsa a soltar el sueño de repetir el efecto publicitario del motorhome, la palta y la manta de Nepal.

Este Joker no es anarquista. Él no quiere ver el mundo arder, quiere tener agarrada firmemente su manija para hacerlos cagar a todos. No quema los dólares, sino que los esconde en el taparrollos.

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Francella pasó de protagonizar películas taquilleras con “papá” en el título a decir -caracterizado como Eliseo- que “ser familiero es una debilidad, un vicio primitivo”, que encima no es “productivo”. “Esa cosa de andar en manada es muy de los monos”, remata el portero apostado fuera del palier de su edificio. Antes que buscar leer el espíritu de época en el trazo grueso de la ramplona lucha del encargado contra el sindicato de los ídem, me parece más interesante constatar que si bien el móvil de sus crueles acciones parece ser el deseo de lucro (en su oficina cuentan billetes con máquinas y los atan con gomitas como si fuera La Rosadita), detrás opera un anhelo más profundo: el deseo de poder. Con sus planes y sus maquetas, moviendo personas como peones en un tablero, Eliseo se erige a lo largo de los episodios como un pequeño dios mezquino que ejerce su poder sobre su reino chiquito (pero quiere más porque el poder es así). Allí otro pliegue para pensar la presente batalla cultural acerca de lo público y lo privado: a diferencia de lo que uno obtiene por derecho, que en teoría nace de una situación de igualdad y horizontalidad, la relación transaccional entre privados blanquea una posición de poder en la cual el cliente tiene que negociar.

El ejercicio de poder de Eliseo busca ser impune y no sin una cuota de desprecio, incluso de revancha. Esto queda mejor ejemplificado con la aparición de Clarita (Claudia Fontán), la exposa del encargado. Tras dos temporadas de misterio, descubrimos que no murió ni hubo historia trágica detrás de la separación, simplemente ella lo dejó a él por chato y aburrido en la cama. En un episodio que coquetea con la comedia romántica, el portero entrena en sexo tántrico y planea una noche ideal en lo que parece un intento por reavivar esa llama perdida. Mas una vez que Clarita queda encantada por esa cita perfecta, él la echa de su vida para siempre probando que su cometido final era la venganza. Como en boca de los influencers del fitness y las finanzas, el sexo y las mujeres mismas son herramientas para amasar y/o proyectar dominación sobre los demás. A Eliseo nada lo seduce como el poder, ni siquiera coger con el amor de su vida.

Lejos de la profundidad dramática de un Tony Soprano o un Saul Goodman, “El Encargado” busca inscribirse sin embargo en la tradición de los antihéroes contemporáneos porque, a pesar de lo que puedan decir las malas lecturas (y que a veces la serie se olvide), el protagonista es un villano. Eso sí, es un malo en un mundo en el que no hay buenos. Eliseo vendría a ser nuestro Guasón, con una locura expresada en su origin story deliberadamente opaco, llamadas a sí mismo y fantasmas que lo atormentan. Pero este Joker no es anarquista. Él no quiere ver el mundo arder, quiere tener agarrada firmemente su manija para hacerlos cagar a todos. No quema los dólares, sino que los esconde en el taparrollos.

Al igual que con “Envidiosa”, la lectura moral de la fábula de “El Encargado” queda supeditada a un final que todavía no está filmado. De momento, las tres temporadas permiten imaginar que este personaje podría caber dentro del molde del pícaro argentino esbozada por Hernán Vanoli en su lectura del cine de Adrián Suar, que piensa a ese protagonista arquetípico de nuestras producciones audiovisuales como uno que nunca aprende nada, nunca sacrifica nada, consigue todo lo que quiere y nunca pierde. Solo que esta vez no hay risas grabadas de fondo (aunque Francella sigue mirando a cámara y al público como en sus años de sketch cancelables).

¿Qué dice de nosotros que una serie que comenta socarronamente “lo cruel y despiadada que se ha vuelto la sociedad argentina” nos parezca “divertidísima”? ¿Refleja eso, como piensan algunos críticos, la degradada “sensibilidad” e “ideología” del público argentino? ¿Soy mala feminista porque me conmovió hasta las lágrimas una serie que protagoniza una mujer cuyo único objetivo en la vida es casarse?”, reitera Alcaraz en su nota sobre “Envidiosa”. El solo hecho de que estas preguntas se pongan por escrito denota la carga moral que revisten hoy a los consumos culturales. Una apreciación que podría pensarse como posmoderna, pero más bien es característica a la producción y circulación a la cultura masiva argentina. Valga recordar que los intelectuales de la mentada generación del ochenta desaprobaban el éxito de la gauchesca y el sainete, fenómenos fundacionales de nuestra industria cultural, por considerarlos malos ejemplos para la plebe.

¿Qué le pedimos a la ficción que elegimos ver? Acaso queremos que nos represente y reafirme nuestras convicciones, que nos transforme y eduque con ejemplos a seguir, qué ofrezca algo de catarsis en los tiempos malos, o que simplemente que nos entretengan. Quizás en esa búsqueda se encuentre la explicación del auge de las series basadas en hechos reales, en el deseo de reescribir y controlar en la ficción una realidad que se nos va de las manos. Después de todo, últimamente no parece haber finales felices en ningún otro lado.

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