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31 de mayo 2024

Diego Labra

PEDIRLE UN DESEO A UNA ESTRELLA

Tiempo de lectura: 9 minutos

El ratón Mickey está en problemas. Los superhéroes ya no garpan tanto como antes, los fans de Star Wars probaron ser imposibles de satisfacer y él solo se pegó un tiro en el pie mandando los largometrajes de Pixar directo a streaming. Para corregir el rumbo, en Disney decidieron volver a las raíces, a ese salvavidas que los rescató cada vez que pasaron por un mal momento, tanto artístico como en la taquilla: sus incombustibles princesas. Tu abuela se asustó en el cine con la bruja de Blancanieves, tu mamá soñó que un príncipe le pusiera el zapatito de cristal de Cenicienta, vos envidiaste la biblioteca inmensa que le regaló Bestia a Bella y tu hija no deja de romper para que le compres el vestido que usa Elsa en Frozen. ¿Cuántas otras instituciones en nuestra cultura son capaces de atravesar a cuatro generaciones de argentinas y argentinos?

El resultado de la apuesta es Wish, el poder de los deseos, que pasó por cines durante las últimas vacaciones de verano y ya puede verse en plataformas. Promocionada como una celebración por el centenario del estudio de animación, la película busca maridar la línea actual de la empresa con un homenaje a su historia. Por un lado, unge a la segunda princesa Disney afrodescendiente. La joven Asha, de largas trenzas y espíritu inconformista, es interpretada por Ariana De Bose, cuya propia vida parece un cuento de hadas del capitalismo contemporáneo: la descubrieron en un reality show de baile, saltó a la fama en Broadway y se consagró con el alabado musical Hamilton, donde los próceres blancos de la independencia yanki son interpretados por raperos latinos y negros.

Por otro lado, se inspira en una clásica canción de Pinochopara imaginar una historia quegira en torno a pedirle un deseo a una estrella fugaz. De hecho, esa melodía funciona un poco como el jingle de toda la compañía, y la letra es el núcleo de su branding, la promesa tácita al consumo de todos productos: “Cuando le pides a una estrella/No importa quién seas/Todo lo que tu corazón desee vendrá a ti/Cuando le pides a una estrella/Tus sueños se hacen realidad”. Suena la música y casi sin permiso se materializa en tu mente la foto de una familia modelo que ya no existe sonriendo bajo las luces de colores de los fuegos artificiales que iluminan el cielo de Orlando. Seguro que, a los gurúes del marketing, el UX y el storytelling les encanta prenderse un pucho e imaginar que son Don Draper, pero fue el tío Walt quién montó un imperio sobre la premisa que la mejor manera de vender una cosa es empapándola de relato, de personajes, de conflicto y catarsis.

¿Cuántas otras instituciones en nuestra cultura son capaces de atravesar a cuatro generaciones de argentinas y argentinos?

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La película nos transporta al reino de Rosas, donde el benevolente rey mago Magnífico ha creado una pacífica utopía a la que peregrinan inmigrantes de todas partes del mundo. Como prenda, los recién llegados deben entregar al rey un deseo, y no uno cualquiera, sino ese “que motoriza su corazón, el que los hace quienes son”. El nudo en la trama llega cuando la heroína pierde la inocencia y descubre el trade-off. Cuando ella implora al mago que cumpla el deseo de su abuelito, este le contesta que no puede hacerlo porque es uno “demasiado peligroso, demasiado impreciso”. Lo que sueña el nono Sabino es “crear algo que inspire a la próxima generación”. ¿Y si lo que inspira es “una turba iracunda” que termina “destruyendo al reino” ?, retruca Magnifico. A Asha no le cierre esta lógica, argumentando que eso jamás pasaría por que su abuelo es bueno, la gente “es buena” y “merece más”, merece sus sueños. Después lo canta en un flaco intento de pegar otro hit como “Libre soy”.

En Wish, el villano es malo porque aprendió de un impreciso pasado traumático que hay que administrar los deseos de los miembros de una comunidad, que si se los deja desatados pueden destruirla. Como zanahoria ofrece usar su magia para conceder aquellos que le parezcan beneficiosos para el colectivo. Como paliativo, aquellos cuyos sueños son juzgados inapropiados simplemente los olvidan y viven con la (falsa) esperanza que quizás algún día se les dé, como el abuelo Sabino. Que al comienzo de la película se presente a Rosas como una sociedad idílica donde todos cantan y bailan en la calle parece darle la razón. De hecho, el conflicto es introducido por la protagonista, quien se rebela contra este Leviatán mágico en nombre de la libertad de los individuos de perseguir irrestrictamente sus deseos.

“Las estrellas están ahí para guiarnos, inspirarnos, para recordarnos de las posibilidades”, le solía decir su difunto padre a la pequeña Asha. En Argentina, instituciones y especialistas recomiendan enfáticamente lo contrario, porque lo más probable es que guíen a tus hijos (y a vos mismo) hacia un portal de apuestas online o directamente a una estafa Ponzi. El ecosistema de medios cruje en el vértigo de la innovación tecnológica, la pauta se seca, y los famosos e influencers que habitan el firmamento digital de algo tienen que vivir. El efecto de horizontalización producido por las redes sociales, que hace ver como que ese vecino que no sabés de dónde la saca vive como una estrella, y que las estrellas sufren las mismas penurias que cualquier hijo de vecino, atizan el fuego del deseo por tener un éxito que todos parecen tener menos vos. Un éxito que parece estar más alcance de la mano que nunca, cuando más bien es lo contrario.

Recuerdo mal y sin referencia bibliográfica algo que leí de Foucault, donde ilustraba el avance de la subjetividad a través de la historia señalando que en la Antigüedad solo emperadores y prohombres escribían sus memorias, mientras que en el siglo XVIII y XIX cualquier burgués tenía la capacidad y el tiempo libre para sentarse a poner su propia biografía sobre papel. El Internet 2.0 ha democratizado el acceso a esas prácticas subjetivizantes al punto que prácticamente cualquiera está en condiciones de ordenar públicamente la narrativa de su propia vida. Un posteo sentido rematado por una frase motivacional mal atribuida. Un reel confesional un poco actuado donde se expresa entre lágrimas la angustia y la náusea de tener que preparar un parcial. Las elites intelectuales, tan aterradas como desorientadas, acarician el retrato de Habermas cual meme de Wolverine, y se refugian en la nostalgia de un mundo donde todavía eran los guardianes a las puertas de lo público. Tuiteros que tienen el celular soldado a la mano como James Woods en Videodrome se creen en rebelión abierta contra un culto de la subjetividad del cual son más bien el mejor ejemplo. Lo que más bronca da es que hacen darle la razón a McLuhan en eso de que el medio es el mensaje.

No pasa semana sin que se viralice un Tik Tok sobre alguna nueva terapia de mejoramiento personal que me mande a googlear neologismos (mewing, tapping), e invite a sacar a pasear la ironía de comentaristas que ven allí el enésimo síntoma de la decadencia de la cultura occidental. En realidad, esos videítos el último emergente de un fenómeno social de larga data, como prueba el hecho que las listas de best-sellers están copadas por libros de autoayuda desde hace décadas. ¿Cuántos entre la sobreanalizada y codiciada demografía electoral sub-30 se habrán criado con Usted puede sanar su vida y Tus zonas érroneas dando vueltas por la casa, pasando de mano en mano entre tías y vecinas?

El atractivo de las princesas de Disney durante los noventa fue justamente que ofrecían a las nenas su propio camino del héroe. Ellas ya no se quedaban hibernando, como Blancanieves y la Bella Durmiente, a la espera de un príncipe azul que las viniera a despertar

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En todo caso, lo que ha hecho la centrifugadora de las redes sociales es dinamizar tanto la demanda del deseo por ser alguien exitoso, como la oferta de servicios que hipotéticamente te permitirían satisfacerlo. Prodigan los grupos de pertenencia, las etiquetas cada vez más específicas para tribus que se atomizan, y hasta los llamados de regreso a la religiosidad. Hay que volver a Dios, último aviso, dice Lilita pilla, a sabiendas que ya es un meme. Más nadie quiere renunciar a ser protagonista. Por eso los dueños de las redes saben que pueden cobrarte por destacar tu comentario con colores, o tener más caracteres con los cuales expresar tu opinión, y vos lo vas a pagar.

A primeras puede llamar la atención que los oradores inspiracionales que se dirigen a un público mayormente compuesto por hombres basureen a sus potenciales clientes, mientras quienes apuntan a las mujeres trafiquen en cariño y arco iris. Es que, en momentos de crisis de identidad, de inestabilidad no solo de la política y la economía, sino también de la cultura, urge volver a lo conocido. Hay un confort ahí. El cosplay de sargento de instrucción viene a reforzar, un poco por masoquismo y otro poco por psicología inversa, el rol tradicional masculino del proveedor que está en control. Es ese espíritu en que se inscribe también la búsqueda por aparecer “basado”. Más importante aún, se les ofrece a los pibes un arco narrativo en el cual inscribir su propia vida, un camino del héroe. Hay que sufrir, sacrificarse, porque del otro lado hay crecimiento, recompensa y poder en un mundo en que cada vez estamos más desposeídos. No voy a indagar acá demasiado en la ecuación que iguala éxito material con realización personal, aunque no puedo dejar de observar que quienes la objetan de plano por regla general están sentados cómodos en la punta de la pirámide de Maslow. Me interesa más remarcar que estas (falsas) promesas tienen cada vez más asidero por la aceleración y ansiedad de los tiempos, sí, pero también por el descrédito de las viejas instituciones, de las viejas promesas que están desplazando. Mirás el mercado de trabajo y la verdad que, salvo que me ofrezcas entrar en el convenio de aceiteros, yo también aspiraría a ser YouTuber,

Antes que tomar el toro por las astas y aguantar los golpes, para cumplir sus sueños las mujeres deben abrir los brazos y aceptar lo que les da el universo. Los hombres tienen que transformarse a sí mismos matándose en el gimnasio, levantándose a las cinco de la mañana, adoptando mentalidad de tiburón, que si no nada se muere. Las mujeres, por el contrario, tienen que aceptarse tal como son y manifestar el cambio. Ellos alcanzarían su deseo a través del odio por sí mismos, destruyendo lo que son hoy en pos de lo que serán mañana, y ellas amando lo que ya son. Lo cual puede parecer más sencillo, pero está lejos de serlo. La marea verde vino y se fue, pero, díganme con una mano en el corazón, ¿cambió lo que ven cuando se miran en el espejo? No es fácil romper el hechizo del deseo, el propio y el ajeno, y acá no hay rey mago todopoderoso que nos haga olvidarlo. Cuidado que también hay estafas perpetradas en el nombre de la sororidad. No todas tienen forma de triángulo, algunas dibujan un mandala.

El atractivo de las princesas de Disney durante los noventa fue justamente que ofrecían a las nenas su propio camino del héroe. Ellas ya no se quedaban hibernando, como Blancanieves y la Bella Durmiente, a la espera de un príncipe azul que las viniera a despertar. Las nuevas princesas perseguían sus deseos, eran las agentes de su propia historia. Para finales de la década, Mulan se travestía para pelear con arco y espada contra los mongoles en el nombre de China. Elsa y Moana directamente prescinden de los pretendientes, porque el amor romántico ya no es parte de su “…y vivieron felices para siempre”. Asha tampoco lo tiene, sino que en su lugar tiene familia, amigos y una vocación irreprimible por ser libre de perseguir su proyecto de vida deseado.

“Nada es más importante que un deseo”, se escucha en Wish. “Vos sos tus deseos”, también dicen. Sos más lo que deseas que lo que hacés, o incluso lo que tenés. Si al optimismo como filosofía de vida le dicen positivismo, a está valoración de las aspiraciones por sobre la realidad la podríamos bautizar idealismo. Perdón, Hegel . Quien mejor entendió acá esta potencia de los sueños de ficción como catalizadores de catarsis (así como generadores de engagement y lealtad a una marca), fue Cris Morena. El hada madrina de la vida real que hizo estrellas de tantos chicos y chicas argentinas, aunque algunos después se arrepintieran. Morena armó un imperio de telenovelas, bandas pop y merchandising con un ojo puesto en Argentina y otro en Estados Unidos, de donde sacó inspiración para muchas de sus creaciones más exitosas. Jugate Conmigo se parece mucho a Double Dare, y Verano del ‘98  a Dawson’s Creek. Además, fue muy hábil atrayendo las tan mentadas inversiones extranjeras, forjando una alianza con el “zar de la telenovela” israelí Yair Dori. Agustina Cherri, Camila Bordonaba y Florencia Bertotti fueron las princesas plebeyas que les enseñaron a las nenas argentinas a luchar por sus sueños. A Disney esto no se les escapó, comprando primero los derechos de transmisión de Floricienta, y luego replicando ya sin Morena la fórmula con Violetta, que hizo de Tini una estrella.

La dura lección para los chicos y las chicas podría ser que no todos los sueños se cumplen, no importa cuánto luchemos por ellos. Pero, ¿quién quiere levantar esa bandera?

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Llegué hasta el final de Wish esperando un giro inesperado, que Asha se diera cuenta a último momento del costo de su cruzada sobre el bienestar colectivo. No era una idea descabellada, ya que muchas películas recientes de Disney con filón inmigrante (Coco, Encanto, Red) matizan el perseguir los sueños a toda costa y resaltan el valor de la familia y la comunidad de pertenencia. Pero no, el rey terminó siendo solo un tirano vanidoso y megalómano que persigue a los opositores. Nelson Castro le diagnosticaría mal de hubris. Finalmente, triunfa una revolución colectiva contra Magnífico en nombre de liberar las fuerzas productivas del deseo individual. La historia termina antes que puedas saber a ciencia cierta si en Rosas se vive mejor ahora que cada uno persigue su propio lucro.

El deseo que no se cumplió fue el del ratón Mickey, ya que Wish resultó un fracaso tanto con la crítica como en la taquilla. Incluso en Argentina, donde estos films animados son negocio asegurado, se convirtió en el raro caso de una de Disney que no llegó al millón de espectadores. Las razones son muchas, empezando porque el guion no termina de cuajar y, esto es clave, tiene canciones más bien flojas. Lin-Manuel Miranda será un caballo de Troya del Partido Demócrata, pero se nota mucho cuando falta. La dura lección para los chicos y las chicas podría ser que no todos los sueños se cumplen, no importa cuánto luchemos por ellos. Pero, ¿quién quiere levantar esa bandera? Hoy gobierna la derecha libertaria que ganó diciendo que tus deseos no se hacen realidad por culpa de la intromisión del Estado y la corrupción de la casta. A lo largo del espectro ideológico opositor encontramos un amplio repertorio de otros posibles causales y responsables, desde los capitales concentrados hasta el lawfare, pasando por la CIA, el patriarcado, la restricción externa y el régimen impositivo de Tierra del Fuego. Cambian los obstáculos y las recetas para superarlos, más nadie se animaría a decirte que tu sueño es imposible. En todo caso, se trata de tejer un relato tan potente como verosímil que invite a creer una vez más que podés cumplirlos. Y no puede ser solo porque se lo pediste a una estrella fugaz.