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29 de junio 2024

Diego Labra

LA PROCESIÓN VA DESDE ADENTRO HACIA AFUERA

Tiempo de lectura: 8 minutos

Durante la segunda posguerra, la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética propulsó definitivamente al imaginario científico fuera del planeta Tierra. Piensen en 2001, Odisea del espacio (el libro y la película), en Carl Sagan y su Cosmos. El futuro estaba allá afuera, pasando la estratósfera, y nos iban a llevar allí la astronomía y la física. En las últimas décadas ha sucedido un cambio de paradigma. Hoy reinan las neurociencias y la genética o, como le dicen ahora, las ciencias de la vida. Al futuro prometido llegaremos conectando y potenciando la materia gris que llevamos sobre los hombros. El imaginario científico ya no nos invita a viajar hasta la Luna, sino que se proyecta hacia adentro nuestro. “Tenemos que entrar para salir”, cantaba Peter Gabriel antes de irse para siempre de Genesis.

Hacia el interior del cerebro, el de una nena rubia estadounidense, es a donde nos transporta nuevamente la secuela IntensaMente 2. En lo personal, no la encontré a la altura de la primera parte, y ni que hablar de las mejores historias que supo contar Pixar. Salí de la función con los ojos secos. El estudio parece no encontrar un nuevo punto de equilibrio tras la controversial salida de su histórico líder, John Lasseter. Pero esta opinión es minoritaria. De hecho, la cinta revivió unilateralmente el negocio del cine en Argentina, vapuleado por una crisis que golpea a los multiplex de todo el mundo y es agravada a nivel local por la terrible recesión. En medio de esta malaria, hay quienes se animan a pronosticar que va a desbancar a Toy Story 4 para convertirse en el film más taquillero de la historia en las salas vernáculas. Nunca apuestes contra Disney.

Leo reacciones de padres y madres encantadas (quienes probablemente disfrutaron la película más que sus pibes), y da la impresión que tocó una fibra sensible a la Argentina contemporánea. La historia, que comienza dos años luego de la primera parte, nos muestra a Riley ahora con 13 años y a punto de entrar en la pubertad. Esta nueva etapa vital trae aparejada nuevas emociones que protagonizarán el drama psíquico puesto en la pantalla. Al elenco compuesto por Alegría, Tristeza, Temor, Furia y Desagrado se suman Envidia, Vergüenza, Ennui y, especialmente, Ansiedad. El conflicto surge cuando, durante un campamento de hockey, Riley se enfrenta al prospecto de cambiar de escuela, y de amigos. Al más puro estilo adolescente, entrar al nuevo equipo y hacer buenas migas con la jugadora más popular se torna una cuestión de vida o muerte. Ansiedad y Envidia toman las riendas de su cabeza, trayendo más problemas que soluciones.

Hasta los revisionistas que coquetean por izquierda con el antiprogresismo y argumentan que hay que descartar el paradigma de “lo de personal es político” se meten con tu vida al burlarse de la dieta vegana, o al llamar a hacer patria y tener un hijo (sin tener uno ellos mismos)

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En los films studies anglosajones está ampliamente estudiado cómo la juventud tomó por asalto la pantalla grande en los años cincuenta con las películas de rock and roll de Elvis Presley y el rebelde sin causa James Dean. La historiadora Valeria Manzano reconstruyen muy bien los efectos de la importación de esas películas y la cultura de la juventud en la Argentina durante los sesenta. Mis viejos y sus coetáneos nacidos en esa década fueron los primeros que gozaron plenamente de la moratoria social que representa la adolescencia (promoción solo válida para la clase media de las grandes urbes). Durante los ochenta, vieron encantados Volver al Futuro y El club de los cinco (The Breakfast Club en el original), donde se consagró a los jóvenes adultos como ellos en el protagónico definitivo de todo el cine y la televisión. Según este cálculo, yo pertenezco a la primera generación de argentinos criados por (quienes fueron) adolescentes. Los críticos criados a base de Spielberg y Zemeckis se quejan por la falta de “películas adultas” mientras se trenzan en discusiones pueriles en redes como nenes en el patio del colegio. En ese sentido, quizás haya algo acertado en presentar la cabeza de una adolescente dominada por la ansiedad y la envidia como escenario de los conflictos humanos contemporáneos. La nuestra es, en buena medida, una sociedad adolescente.

En el siglo XXI, el proceso de adolescentización se vio agravado, por un lado, por las condiciones materiales. Los cambios en el mercado laboral y la crisis habitacional, entre otras transformaciones del capitalismo tardío, estiran y estiran una moratoria social que crecientemente encuentra a los treintañeros viviendo en casa de mamá y papá. Por otro, la digitalización de las relaciones interpersonales tiende a disolver ese “sentido de la identidad” que está al centro de IntensaMente 2. Como Riley, todos estamos ansiosos por ser reconocidos, aceptados, queridos. La paradoja de Internet: mientras más ojos puedan vernos, mientras más cerca parece encontrarse la fama viral, más solos nos sentimos si no se reacciona lo suficiente a nuestro contenido. La dialéctica hegeliana del amo y el esclavo explotada con fines de lucro desde Silicon Valley. No sé si ya no existe la vergüenza, pero ciertamente parece no ser una emoción tan fuerte como el deseo por ser visto. Nosotros mismos nos metemos en la jaula del zoológico para que todos nos vengan a ver. ¿Cómo lidiarán en el futuro quienes hoy son niños y niñas, los nietos de esos primeros adolescentes, con el hecho de haber sido criados a la intemperie de Internet, siendo expuestos constantemente por sus parientes por el like? Las redes sociales como una tomografía que exhibe voluntariamente a los muñequitos de colores que tenemos en la cabeza.

Si IntensaMente fuera de producción nacional, ¿qué otros personajes pulularían en la mente de la protagonista? Como vienen describiendo las aguafuertes de Lorena Álvarez, la emoción del momento es Resentimiento. Ese parece haber sido el sentimiento catalizado exitosamente por la campaña electoral de La Libertad Avanza. En una Argentina que no crece desde que Pixar estrenó Toy Story 3, el laburante se siente abandonado por esa cosa abstracta que es la política en el sentido común. Abandonado cual juguete viejo olvidado en una mudanza. Yo trabajo y no avanzo, ¿quién es el culpable? Para colmo de males, la pandemia y su cuarentena desnudaron descarnadamente la falla en las placas tectónicas de la topografía social, la diferencia entre quienes pudieron darse el lujo de “quedarse en casa” y quienes no. Todos somos la casta de alguien más. ¿Sabías que si sos dueño de tu casa en una ciudad grande de la Argentina probablemente te encuentres entre el 12% más rico del mundo?

En una sociedad espoleada por el resentimiento y deseo de (sobre)actuar prescindencia de todo lo estatal, prodiga el discurso y la performance emprendedorista. Una nueva pampa húmeda muy fértil para hacerse rico vendiendo cursos de finanzas y autoayuda, y cuando no, estafas piramidales. Pero que, ulteriormente, está abonada por un deseo genuino de mejorar y la frustración de no poder hacerlo de otra manera. El resentimiento es una secuela de la esperanza que se siente traicionada. Observadores temerosos advierten que este Zeitgeist mileísta podría terminar por quebrar consensos fundacionales a la argentinidad, como el valor atribuido al tiempo no productivo de la interminable sobremesa del asado dominguero, o el amor filial mancillado cuando decís que tu vieja o tu abuela no merecen cobrar su jubilación. En respuesta, crece en reflejo un resentimiento por izquierda dirigido a quienes se supone no entienden qué es lo mejor para sus propios intereses. Más de uno se muerde los dedos para no tuitear en favor de la vuelta del voto calificado.

La paradoja de Internet: mientras más ojos puedan vernos, mientras más cerca parece encontrarse la fama viral, más solos nos sentimos si no se reacciona lo suficiente a nuestro contenido

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Siguiendo a Hernán Vanoli en el podcast Desinteligencia Artificial, otra emoción a representar en la cabeza argentina es la Culpa. La culpa de la clase media bien pensante que ya privatizó buena parte de su vida (escuela, prepaga, hasta barrio cerrado), pero que defiende lo público por principio. En este sentido, es interesante que, en el pudor por reconocer el propio privilegio, otro valor que se está perdiendo en nuestra otrora sociedad plebeya, conviven sin problemas esta culpa progresista con la pulsión mejorista por el acting del esfuerzo personal, el “a mí nadie me regaló nada”. Es más fácil ver el privilegio ajeno que la herencia en el propio. Todos somos el nepobaby de alguien más. “Está bien tener privilegios de clase si te sentís culpable de ellos y hacés que otros en una posición de clase subordinada a la tuya se sientan igual”, ironizaba Mark Fisher en su famoso ensayo sobre cómo salir del castillo de los vampiros neoliberales. La culpa como arma de descalificación y desánimo masivo. Hasta los revisionistas que coquetean por izquierda con el antiprogresismo y argumentan que hay que descartar el paradigma de “lo de personal es político” se meten con tu vida al burlarse de la dieta vegana, o al llamar a hacer patria y tener un hijo (sin tener uno ellos mismos). Quien no le hable a la mascota como si fuera una persona que tire la primera piedra.

Es previsible que Disney esquivara el tema de la sexualidad, aunque no deja de hacer ruido que la pubertad de Riley no invocara en su cabeza emociones más hormonales. Todos recordamos lo que era tener 13 años y, sin embargo, esa misma adolescencia parecería estar cambiando. Por un lado, están los comentarios indignados de jóvenes madres horrorizadas porque nenas en edad primaria bailan las coreos de Emilia Mernes en los cumpleaños, así como la sensación de que por lo menos una de las mujeres en tu vida está haciendo guita en OnlyFans. Por otro, hay quienes ven indicios, tanto en el extranjero como en Argentina, de una reacción entre los jóvenes a la hipersexualización de la cultura masiva. Un rechazo al que puede llegarse por derecha (con el conservadurismo religioso), como por izquierda (con el feminismo más radical). Como explora Natalie Wynn en su excelente video sobre la saga adolescente de Crepúsculo, cuando la sexualidad se saca del closet y se la reconoce como todo lo compleja e irresolublemente conflictiva que es, a la par de calentura, se genera mucha ansiedad.

Hay un chiste recurrente en IntensaMente 2 que involucra a Nostalgia, una emoción viejita que asoma a cada rato y se lamenta melancólica por lo que pasó treinta segundos antes. Según Ansiedad, todavía es muy temprano para que Riley sienta nostalgia, eso vendrá “en diez años, después de dos graduaciones, y haber asistido a la boda de su mejor amiga”. Sentir nostalgia a los 23 años como signo del agotamiento del capitalismo. ¿Cuánto del contenido en Internet es bait para la nostalgia en referencia a la arquitectura, la moda, los consumos culturales del pasado? Recuerdo posteos en Fotolog de amigos veinteañeros que ya extrañaban una infancia y adolescencia que todavía no habían terminado de abandonar.En estos días me enganché con los videos de Navaja Crimen en Blender, donde el youtuber va dibujando un mapa de la educación sentimental milenial de clase media con cable mediante reseñas de series de Sony Entertainment Television y de las películas de terror que veíamos en pijama parties. Hasta esa matriz melancólica de la cultura argentina, consagrada en la gauchesca y el tango, ya está trastocada por la globalización.

En una Argentina que no crece desde que Pixar estrenó Toy Story 3, el laburante se siente abandonado por esa cosa abstracta que es la política en el sentido común. Abandonado cual juguete viejo olvidado en una mudanza. Yo trabajo y no avanzo, ¿quién es el culpable?

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Elige tu propia nostalgia. La mayoría extraña la música que estaba de moda cuando salía a bailar, cuando todavía tenía todo el pelo y ninguna cana. Los intelectuales habermasianos extrañan la primacía de la prensa escrita, y les echan la culpa a las redes por el achatamiento del discurso público y el ascenso de las ideologías de extrema derecha, como si hubiese existido TikTok en 1933. Quizás solo echan de menos cuando los invitaban a protagonizar debates en la televisión. Tanto el revisionismo poskirchnerista asociado a la figura de Moreno como la reacción conservadora libertaria, con sus chad proveedores y sus tradwives, parecen compartir cierta nostalgia por los años cincuenta de los roles de género bien nítidos (e impuestos) y un mundo del trabajo que ya no existe más. Allí podría leerse la añoranza por una vida que, se imaginan, era más sencilla. Incluso, a contramano de la época, felizmente despojada de tantas opciones, menos libre. Resultaría más difícil perderse si solo se fuera desde la casa al trabajo y del trabajo a la casa. También quizás anide ahí el deseo por regresar a un mundo poblado solo por adultos responsables, previo a la invención de la adolescencia, con toda su angustia y ansiedad. Un mundo abnegado de padres y madres, donde todavía existe una autoridad capaz de decirnos “todo va estar bien” y acallar esas vocecitas que se nos van amontonando en la cabeza.