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30 de marzo 2024

Lorena Álvarez

LA VENGANZA ES TERRIBLE

Tiempo de lectura: 5 minutos

Una semana antes de que falleciera el querido periodista Mario Wainfeld, también nos dejaba el destacado actor argentino Pepe Soriano, un fundamental dentro de nuestra cinematografía. En ese momento yo trabajaba en radio con Mario y decidí en mi columna hacerle un homenaje. Wainfeld, que además de brillante analista político era un gran cinéfilo, me acompañó con sus comentarios mientras oíamos distintos cortes de películas. Entre ellas yo había elegido para que se escuchará al aire “La venganza del Beto Sánchez”, un film de 1973 -hacía poco había cumplido sus 50 años- basado en un guión de Ricardo Talesnik y dirigido por Héctor Olivera. La historia, a pesar de los años transcurridos, según nuestra opinión era un clásico. Aunque con una fama mucho menor a la merecida ya que el tema central (el resentimiento y la revancha) nunca pasan de moda.

La historia gira en torno a un hombre desempleado de mediana edad que frente a la muerte de su padre en un hospital público entra en crisis y decide vengarse de todos aquellas personas e instituciones a los que siente (y acusa) de haberlo llevado al fracaso; que es su existencia en ese momento. Mientras hace un repaso por sus frustraciones más íntimas, para llevar a cabo su plan, imagina que ese desquite le sacará un peso en el alma.

Una extraordinaria historia que hoy me gustaría volver a compartir con el gran Mario, pero esta vez para que me ayude a comprender por qué hoy flota tanta necesidad de venganza. Ya que cincuenta años después pareciera que ya no solo el Beto Sánchez necesita la revancha para aliviar sus decepciones sino una gran parte de la sociedad. Ahora, ¿vengándose de qué?

Allí con tu impiedad

La semana miles de despidos de estatales, prometidos durante la campaña, fueron llevados a cabo, dejando en claro que ese juramento tenía un gran peso simbólico dentro de sus votantes. Es que, lejos de ver pronunciamientos o solidaridades, pudo leerse en redes o escucharse en la calle cierto alivio, casi un goce, abriendo otra vez la puerta de los interrogantes: ¿qué pasó para que llegáramos a este lugar? La respuesta más fácil, tal vez, es pensar que la gente es mala, cerrando así cualquier atisbo de comprensión para intentar descular qué nos fue pasando para llegar a esta anestesia social.

Semanas atrás aquí mismo ensayé la respuesta sobre el siglo del ensimismamiento. El siglo donde lo personal es tan político que duele. Y un poco ya me estoy convenciendo de que algo de eso hay. En cada repartición donde se padeció un desplante nació un Beto Sánchez, ese que siente que con cada revancha se le compone el alma. Aunque, sin spoiler, habría que ir avisando que con eso solo no alcanza. Y quizás hay otros monstruos escondidos en la debacle que venimos sintiendo año tras año. No solo es tu novio de los 15 años el culpable de la extenuante vida laboral a la que estamos sometidos sin perspectiva de mejoras trascendentales como la casa propia o un trabajo que no se lleve puesto todo el tiempo disponible.

Cuando le consulté de qué iban a trabajar, se encogió de hombros y dijo que “de algo”. Y allí con su impiedad me vi morir de pie

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Post pandemia, a la grieta que estábamos acostumbrados, se sumó la del privado versus el estatal y la incertidumbre de aquellos tiempos parece ser algo que buena parte de la sociedad le quiere cobrar a los que imaginó no la padecieron. Como si en vez de curarse también se necesitará ver que el otro, ese que se supone no la padeció, merece sufrir la inquietud. Merece la venganza.

La impiedad

Hablando con A., un viejo conocido que fabrica accesorios y tiene una pequeña oficina, cuando le comenté sobre los despidos de los últimos días apenas me prestó atención respondiendo: “igual esos trabajos no eran reales”, dejándome atónita por la nueva figura que tanto está en boga (“no teníamos una vida real, todo era una fantasía”).

Cuando le respondí que así se puede caer la economía y él iba a padecer la falta de consumo, su respuesta lacónica fue: “un tiempo, pero después van a tener que trabajar de algo todos esos y se compone”. Cuando le consulté de qué iban a trabajar, se encogió de hombros y dijo que “de algo”. Y allí con su impiedad me vi morir de pie. A lo cual le hice el chiste que de seguir así sería el último café. Por empobrecimiento.

Los vengadores

Muchos clásicos de la literatura, el cine y la tele tienen como eje la venganza, un motor que pareciera ser fundamental para atraer audiencias. Desde “El conde de Montecristo”, adaptada muchas veces tanto en la pantalla grande como en la chica, hasta “La vengadora”, un exitazo de la televisión de los años ochenta, donde una pobre niña rica es lanzada por su marido a los cocodrilos para quedarse con su herencia sin imaginar que la muchacha podía sobrevivir regresando solo para verlo morder el polvo.

Ni hablar de los justicieros por mano propia como Charles Bronson en “El vengador anónimo”; o ese trabajador de “Dios se lo pague”, cuyo ambicioso patrón le roba una brillante idea, que puede sacarlo de la pobreza, llevándolo además a una tragedia que incluye el suicidio de su esposa, sin imaginar que ese modesto obrero retornará disfrazado de linyera para quedarse con todo. Un exitazo nativo que en 1948 llegó a tener una distinción en los premios Oscar antes de que existiera la categoría mejor película extranjera.

En cada repartición donde se padeció un desplante nació un Beto Sánchez, ese que siente que con cada revancha se le compone el alma. Aunque, sin spoiler, habría que ir avisando que con eso solo no alcanza

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Sin olvidarnos de la pequeña Mathilda que luego de que toda su familia fuera asesinada por un policía corrupto decide unirse a un asesino profesional para cargarse al culpable. Dirigida por el gran Luc Besson “El perfecto asesino” justo este año cumple treinta vengativos e inoxidables años.

Pero lejos de la vasta ficción que atrapa a la hora del escape, la venganza que se percibe hoy será en un tiempo material de estudio sociológico. Y un tema que la política no puede dejar de lado porque, por lo visto, cuando algo se quiebra nadie tiene miedo que, quien venga a impartir el alivio que tanto deseaba el Beto Sánchez, pueda ser alguien que termine destrozando el país.

La venganza siempre es terrible.

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