21 de julio de 2026
Esta es la última nota de la saga “Trabajadoras que cuentan a Los Bioy”. Me gustaría comenzar cambiándole el título: para esta altura, me parece apropiado pensar en “Narradoras y escritoras que cuentan a Los Bioy”. ¿Cómo se puede armar una biografía? De varias maneras. Por varias voces. Y las voces de las dependencias de Los Bioy son el rescate de sus vidas. Dejo ese “sus” ambiguo: me gusta referir a la vida de Los Bioy y a la de cada una de ellas, Lidia Benítez, Jovita Iglesias y, agrego, ahora, a Elena Iluvich. Tres voces que construyen una biografía (¿literaria? ¿ficcional? ¿real?) hermosa de Silvina Ocampo y Bioy Casares. Lidia, como enfermera de Bioy y acompañante en el último tiempo hasta su muerte; Jovita Iglesias, con ese arte de contar, ama de llaves y compañera de la familia; Elena, secretaria y mecanógrafa de la obra de Silvina Ocampo, testigo de la literatura.
“Me acuerdo de uno un poco cortito, ¿quiere que se lo diga?”, pregunta Elena, que cierra los ojos y narra, con tono pausado entre oración y oración:
Filomena y Filemón.
¿Qué habrá hecho Filomena que al marido descuidó? El galeno le había dicho: ‘Cuide usted a don Filemón. No debe comer chorizos’. Y ella chorizos le dio. Más linda que nunca, Filomena enviudó. Va a casarse con el hombre que el asado le compró.
Elena, pícara, con los ojos achinados, ríe con ese final.
“Filomena y Filemón” es un relato que Silvina Ocampo alguna vez le dictó y Elena, hábil mecanógrafa, transcribió. Una imagen de una nueva narradora, que aparece junto a Jovita Iglesias (claro, cómo no va a estar Jovita) en el documental Las dependencias (1999), de Lucrecia Martel: un perfil de Silvina Ocampo, realizado luego de una investigación y el guion de Graciela Speranza y Adriana Mancini.
“En la enorme casa donde vivías (…) el último piso estaba destinado a la pureza y a la esclavitud: a la infancia y a la servidumbre”, aparece en “El pecado mortal”
Elena Iluvich, testigo de la literatura
Las primeras imágenes del documental de Martel sitúan a Elena y a Jovita en la cocina de la casa. Esa cocina había sido un “cuarto de plancha” del departamento de Silvina Ocampo y Bioy Casares. Con algunas imágenes, Martel muestra el lugar como un laberinto entre bibliotecas, obras de arte y muebles de lujo algo vetustos. En el medio, Elena y Jovita.

Elena Iluvich llega a la casa de Los Bioy cuando tiene alrededor de veinte años. Al comienzo del documental, se la ve en la cocina escribiendo y al lado, Jovita, cosiendo. Así empieza un retrato coral de Silvina Ocampo: van a hablar de “la señora”. Pero, también, comienza un perfil de Elena y de su relación con la escritura: “Me gustaba jugar carrera con la máquina. Escribir cada vez más rápido. Escribir sin mirar. Y lo logré”. Elena pasaba a máquina los cuentos a Silvina Ocampo, quien los corregía, a su vez, Elena los volvía a copiar, y Silvina los volvía a corregir. En ese proceso, queda retratado el trabajo de escritura. En esa relación íntima y corporal, como es la escritura, Elena y Silvina se entendían.

Resulta difícil imaginar la existencia de los cuentos de Silvina sin la escritura a máquina de Elena, en un rol de secretaria. Y de necesidad mutua: “Querida Elenita”, se lee una y otra vez en imágenes del documental, en las cartas que le escribía a Elena cada vez que estaba de viaje. Después de todo, escribir tiene algo de trabajo, es cierto, pero, a su vez, mucho de intimidad.
El testimonio de Elena se mezcla con los textos mecanografiados y la letra de Ocampo con las correcciones. En el entramando de imágenes, a veces terroríficas, se escucha un poema de Silvina, leído por Elena desde su voz en off. ¿Quién cuenta qué? Los dobles ya no parecen ser ficcionales.
“Yo huía de la sala, de la gran escalera,
del comedor severo con oro en la dulcera,
del mueble, de los cuadros, de orgullosas presencias,
porque a mí me gustaban sólo las dependencias
que estaban destinadas para la servidumbre”

“La servidumbre”. Esa que atraviesa los textos de Silvina Ocampo: personas y espacios que conocía tan bien, por su clase, por su vida. Y a las que da protagonismo en varios relatos. “Sirvientas distinguidas, señoras ricas, prostitutas de buena familia, adolescentes que estudian…”, se lee en el cuento “El fantasma”. O “En la enorme casa donde vivías (…) el último piso estaba destinado a la pureza y a la esclavitud: a la infancia y a la servidumbre”, aparece en “El pecado mortal”. Silvina Ocampo le da voz y lugar al personal doméstico en sus cuentos y no resulta extraño notar la relación entre los niños y las sirvientas. Incluso, muchas veces, “los criados”, pueden llevar a cabo los deseos reprimidos de sus “amos” como en “Cornelia frente al espejo”, por ejemplo,uno de sus mejores relatos.
La intimidad de Silvina por Elena y Jovita
Y así como Silvina Ocampo conoce las dependencias y el personal de servicio, ellas nos dicen la intimidad de Silvina. No viven una sin la otra. Conviven. Parecen espejos. Elena y Jovita la construyen biográficamente, se ocupan de ella. Así, como un juego, sus “sirvientas” la componen a partir de lo que dicen. Nada más y nada menos a partir de un tema recurrente en las mujeres: los sentimientos sobre la belleza.
“Yo la veía hermosa. Ella decía: qué voy a ser hermosa, soy horrible. No diga eso, le decía (…) Yo la veía hermosa. Siempre la vi hermosa. Y era hermosa (…) Bueno, pero ese complejo no se lo pude sacar”, cuenta Jovita.

“Yo la describiría sexy (…) Salió en una foto con las piernas bien derechitas. Tenía unas piernas hermosas que envidiaría Marlene Dietrich (…) Era sexy por el modo de conquistar a las personas. En general”, dice Elena.

La misma Elena que cuenta que ella escribía poemas, y aunque no se los leía, una vez le armó uno cuando Silvina empezó a sentirse mal y comenzó con los olvidos por su enfermedad. Estaba molesta porque tenía todo el tiempo a una enfermera al lado. Silvina enojada le dijo a Elena que iba a sacar en La Nación un poema contra las enfermeras. Elena lo escribió: “Tengo pegada a mis talones lo que se llama una enfermera…”, recita de memoria en francés y ríe, pícara, al terminar.




