21 de julio de 2026
El chisme, maldito y visto como pecado: “El chisme traiciona una confidencia, mas el hombre de espíritu fiel guarda un secreto”, se lee en Proverbios 11. ¿A quién no le gusta el chisme? ¿Qué sería de nuestra vida rutinaria sin el chisme? Saber qué hay detrás de lo que no se muestra, los rumores, la posibilidad de crear una historia. El chisme es la vía de circulación de información: ese espacio social del habla donde lo íntimo se revela, esa actividad narrativa de toda conversación.
Sospecho que a Bioy le interesaba bastante: “Lo que me mueve a escribir no es el agrado de hablar de estas cosas ni el instinto profesional, que ávidamente debería registrar y aprovechar acontecimientos como los que después ocurrieron, no solo los melancólicos, sino potentosos y terribles. De verdad la conciencia me exige, y Olivia me pide, que deje aclarados algunos episodios de la vida de Rolando de Lancker, episodios que últimamente comentaron, difundieron y tergiversaron.”, aparece en “Historia prodigiosa”.

A pesar de que, muchas veces, el chisme tiene un valor negativo (no hable de quienes no están presentes, decía mi abuela), en el siglo XIX, el gossip, como se lo llama en inglés, se relacionaba con la amistad, es decir, era la información íntima, de un tercero-ausente, que se compartía con quienes estaban cerca. El chisme no existiría sin el curioso: la persona que quiere saber, que se asombra, que comenta, que evalúa y que hace circular, a su vez, ese chisme.
Y, por supuesto, que puede ser literatura: “Después de una noche, la señora Silvina se presentó en mi cuarto. Yo dormía profundamente. Estaba allí porque, según dijo, de día no se podía hablar en esa casa y lo que tenía que decirme era un secreto entre las dos”, dice Jovita Iglesias en ese libro Los Bioy (TusQuets, 2001), de Jovita y Silvia Renée Arias. Relato que, según dicen, tiene bastante de invento. Algo que me parece fabuloso: no cualquiera tiene la habilidad de contar y hacer del chisme eso que me gusta llamar “literatura de chisme”: “Fue entonces, en medio del barullo de los preparativos que llamó Pizarnik. ―Decile que no estoy― me dijo Silvina. Se lo comuniqué a Alejandra, pero no me creyó”.
¿A quién no le gusta el chisme? ¿Qué sería de nuestra vida rutinaria sin el chisme? Saber qué hay detrás de lo que no se muestra, los rumores, la posibilidad de crear una historia.
Jovita Iglesias
En El último Bioy, Lidia Benitez menciona a Jovita Iglesias. Ya en ese libro, que es el relato de la enfermera de Bioy, se puede ver la presencia de Jovita en la casa y en la vida íntima de la familia: ella y su marido, Pepe, fueron compañeros y confidentes de Silvina Ocampo y Bioy Casares.
Jovita Iglesias nace en Galicia en septiembre de 1925. En 1949, llega a Argentina y, en diciembre, conoce a Silvina Ocampo o, como se la presenta su tía, Silvina Inocencia María Ocampo de Bioy. “Vas a conocer a una de las mujeres más importantes de Buenos Aires”, le dice la tía. Y ahí va Jovita, tímida, con su mejor ropa, al edificio de Santa Fe y esquina Ecuador.
“―Se llama Jovita, es mi sobrina, aquí la tiene―, me presentó mi tía.
La señora dijo:
―Ah, te felicito, qué suerte tenés de tener una sobrina tan linda…― Y agregó: ―Pero tené cuidado, porque algún día te la voy a robar”.
Jovita dice que fueron todos halagos para ella y, un poco porque en la casa de su tía ya no había más lugar, un poco con el fin de darle el gusto a Silvina, se fueron a vivir, junto con Pepe, al edificio de Santa Fe.

Mientras Los Bioy estaban de viaje por Europa, Jovita comenzó cosiendo para distintos lugares en una habitación del edificio: “Yo cosía en el cuarto de plancha y de costura, en el sexto piso, donde también estaba el tender. Fue allí donde mi tía y Helena pusieron, cuando Silvina y Bioy se fueron de viaje, 25 kilos de naftalina, porque la señora tenía miedo de que se le echaran a perder los zapatos y los tapados de piel. El hecho es que yo cosía y siempre tenía sueño”. Cuando Silvina Ocampo llegó, le regaló una valija llena de cosas. Entre ellas: ropa “de la más fina”, un Chanel N°5, un necessaire de plástico (material que era una novedad para ese entonces). “Hablando luego con mi tía acerca de los regalos, ella me dijo que aquello de que Silvina me iba a robar ya estaba empezando a concretarse”, cuenta Jovita. Y así fue nomás. Jovita empieza a servir a Los Bioy.
En el libro Ficciones de emancipación (Beatriz Viterbo, 2020), María Julia Rossi dice que las sirvientas son doblemente marginales para la política: parecen improductivas pero imprescindibles para los patrones. Muchas veces, las relaciones entre empleadas y patronas son individuales y delineadas por coyunturas económicas, de clase, étnicas o históricas. La casa, ese espacio de identidad burguesa, tiene lugares por los que circulan las sirvientas o damas de compañía. Lugares que las sirvientes deben mantener limpios y ordenados y, también, ocuparse de las tareas de cuidado de sus patrones. Lógico, ellas no pueden hacer uso de esos espacios de manera ociosa. En las casas o edificios burgueses, hay jerarquías que mantener. Y el servicio, además, roza con la pertenencia a la familia. Es un trabajo afectivo. Rossi analiza que, en el cuento “El retrato mal hecho”, de Silvina Ocampo, está presente la idea de la sirvienta que satisface los deseos más íntimos y secretos de su patrona.
Es muy común que las familias burguesas incorporen a la sirvienta o mucama como parte de la familia, lo que nos hace pensar cuál es el lugar de ellas como trabajadoras y qué posibilidades reales de reclamos tienen cuando se mezcla lo afectivo con el trabajo: limpian las casas, cuidan al familiar enfermo, escuchan atentas los problemas de sus patrones, los consuelan, acompañan a las familias a eventos, “ayudan” en cumpleaños, muchas veces cuidan la casa cuando los dueños no están a cambio de paga, y otras, los patrones les traen regalos de Europa. Es así como la sirvienta es una persona “apta para todo servicio”. En el capítulo 3 de Los Bioy, subtitulado por Renée Arias, “Una hija en el afecto”, Jovita cuenta que Silvina y “Adolfito”, como lo llamaba, deciden adoptarla como hija y darle estudios. A lo que Jovita responde, según su relato:
María Julia Rossi dice que las sirvientas son doblemente marginales para la política: parecen improductivas pero imprescindibles para los patrones
“―Usted es una mujer de mucho dinero, pero, aunque yo pudiera tener todo lo que pueden ver mis ojos― le dije y lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer―, no cambiaría una madre pobre por una madre rica.
[Silvina Ocampo] Se quedó callada un momento y luego dijo:
―Mirá si yo sabía a quién estaba eligiendo”.
Así es que Jovita empieza a compartir la vida rutinaria de Los Bioy: ama de llaves, compañera y confidente. Será testigo de todo hasta el final: la muerte de Bioy. Y nos dejará un relato maravilloso de la familia.
Los Bioy y esa habilidad de narrar
La entrada de Jovita al edificio de Bioy y Silvina va a ser una puerta para enterarnos y construir un libro lleno de anécdotas digno de novela mexicana. Porque más allá de ser su acompañante, Jovita tenía, sin lugar a dudas, una habilidad de contar y registrar, con detalle, todo lo que ocurría allí. Un gran chisme hecho literatura: “Voy a contar ahora cómo fue que Silvina dejó de dirigirle la palabra a Adolfito. Todo empezó un sábado de 1987…”. El chisme es, sobre todo, un relato trasmitido. Y la persona que cuenta el chisme tiene un gran poder: la novedad está en sus manos.

¿Qué es verdad de lo que cuenta Jovita? ¿Qué inventa? No lo sabemos. Sin embargo, Renée Arias nos deja una advertencia al principio del libro: “George Belmont, de Editorial Laffont, a quien Bioy nombra como amigo en sus Memorias (…) tuvo a su cargo recoger los recuerdos de Céleste Albaret, ama de llaves de Marcel Proust, en el libro Monsier Proust. En el prólogo, Belmont escribió que no habría llevado a cabo su tarea de no haber estado convencido de la exactitud absoluta de las palabras y de la franqueza de la señora Albaret. Puedo afirmar lo mismo con respecto a Jovita”.
Cualquiera que anduviera por el edificio o tuviera contacto Los Bioy, sabía de Jovita. Y Jovita, de los demás: “Después muchas veces Borges vino a Posadas con María Kodama. Ella comía muy poco. Yo creía que eso se debía a que era muy tímida. ―Kodama debe comer de otra manera en su casa―, le dije un día a la señora Silvina, ―porque así no puede vivir. Ella me dijo que le preguntaría a la madre de María, porque cada tanto hablaban. Pero confirmó que era así; incluso en su casa comía como pajarito”.
La entrada de Jovita al edificio de Bioy y Silvina va a ser una puerta para enterarnos y construir un libro lleno de anécdotas digno de novela mexicana. Porque más allá de ser su acompañante, Jovita tenía, sin lugar a dudas, una habilidad de contar y registrar, con detalle, todo lo que ocurría allí
La casa de Posadas era deslumbrante y por ahí, circulaban varios artistas, escritores, amigos de la familia y Jovita, claro. Su cercanía hizo que conociera íntimamente a Silvina, a Bioy y a Marta, su hija. Sabía de las amantes de Bioy y de la de Silvina. Nos enteramos de los caprichos, temores, demandas, quejas, celos, llantos y las pasiones. De lo insoportablemente burgueses que eran y de lo poco que podían hacer sin sus dependencias.
Jovita, además, fue testigo de la literatura: conocía los libros que escribían “los señores”, los leía e incluso los evaluaba. Pero lo que quiero rescatar es a Jovita como narradora. Como ella misma dice, hacia el final del libro, nunca pudo escribir. Y con esa particularidad, la de la narración oral, que luego Renée Arias transforma en escritura, nos deja una “literatura de chisme” hermosa. Eso que empieza con su llegada a Buenos Aires y termina con el fin de un melodrama, un culebrón, una novela de Los Bioy:
“Pepe y yo fuimos los últimos en dejar el piso de Posadas.
Apagué la luz.
Y cerré la puerta”.




