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21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

14 de agosto de 2024

TRABAJADORAS QUE CUENTAN A LOS BIOY (I parte)

Silvana Aiudi

@SilvanaAiudi
Cultura
Tiempo de lectura: 6 minutos

El acto de leer tiene que ver con el deseo. Con intereses y soledades compartidas. Cada lectura es singular: a veces quedan en la memoria, a veces se cruzan, a veces se olvidan. Leer es innecesario si no hay placer: un eros que una un contexto o un yo con un libro, un ensayo, un poema. Deseo muchas veces olvidado en las corridas de las novedades editoriales, la venta, la publicidad. Al parecer, vivimos en una nueva edad de oro en la que todo lo que se publica es “imprescindible”, “brillante” y “urgente”. Por suerte, aún encontramos refugios para lecturas a destiempo. Me refiero a las lecturas prescindibles: aquellas a las que nos une únicamente el deseo y el antojo. De aquí, el nombre de esta sección. Si gustan, pero sólo si eso ocurre, pasen y lean.

La del último Bioy Casares

Lidia Benítez fue enfermera de Bioy Casares en su último tiempo de vida. En este período, además de cuidar y acompañar a Bioy, como trabajadora, también escribía. La escritura, no siempre literaria, se lleva a cabo de diferentes maneras. Incluso el mismo Bioy anotaba frases que escuchaba por ahí en una libreta y, algunas de ellas, fueron disparadores para cuentos o aparecen en relatos. A veces, esas otras formas de escritura nos permiten archivar memorias. Lidia fue anotando minuciosamente sus memorias durante el cuidado de Bioy y, en ellas, nos queda algo de la biografía del último Bioy.

Históricamente, las tareas de cuidados estuvieron a cargo de las mujeres. Lidia Benítez tenía bien en claro su rol y su trabajo, pero aun así nunca dejó de escribir. En este lugar, el de la escritura íntima que se guarda, existe una necesidad de contar, que llevan a cabo muchas mujeres trabajadoras. Tanto Bioy Casares como Silvina Ocampo tenían trabajadores a su servicio, muchas de ellas mujeres, que luego fueron narradoras. De las anotaciones en un cuaderno de Lidia Benítez, surge el libro El último Bioy (Colección Vita Nuova, 2020) y cuyos recuerdos reúne Javier Fernández Paupy; de las memorias de Jovita Iglesias, nos quedó Los Bioy (Tusquets, 2002) de Silvia Renée Arias; y de las trabajadoras de Silvina Ocampo, el documental Las dependencias (1999), de Lucrecia Martel. Quiero rescatar las memorias de estas trabajadoras y, por qué no, también a ellas como escritoras de nuevas historias. Hoy empiezo con Lidia.

Lidia Benítez

El departamento histórico de la calle posadas se vuelve decadente y se transforma en una metáfora del ocaso de Bioy. Una vez muerta Silvina Ocampo, se cierran las puertas de su habitación y todo se llena de cucarachas y olor a humedad. Bioy se encuentra solo y enfermo. Le teme a la muerte y a la soledad. A Bioy le encantaba vivir. Esto no es de sorprender: los temores aparecen en Diario de la guerra del cerdo, Descanso de un caminante, sus Memorias. Lidia Benítez será su compañera, amiga, confidente, enfermera, tras la muerte de Silvina. Y esa relación le permitirá escribir en un cuaderno sus propios recuerdos sobre Bioy.

Lidia era escritora. Al margen, tal vez. Pero, como es sabido, la escritura tiene varias formas y, muchas veces, dejan huella de voces alternativas que forman nuevas historias. Los cuadernos o diarios requieren de una disciplina, de un trabajo. La escritura diarística está inmersa en la vida personal e íntima y, si bien Lidia nos cuenta a un Bioy, como fotogramas de sus últimos momentos, existe la forma en que ella registra su trabajo: el de escribir y el de ser enfermera. “¿Qué esperás para escribir las memorias de tu Bioy? (…) Estoy leyendo las de una madame francesa que era mucama. ¿Por qué no hacés lo mismo?”, le sugiere Bioy. Pero ella no tenía tiempo para escribir como la madame francesa, le respondió.

Enfermera. Ese era su trabajo con el que cumplió, en principio, hacia 1987, cuidando a Silvina Ocampo hasta su muerte, y luego, con Bioy Casares, sin pago a tiempo, debido a las condiciones económicas de la familia. Luego de la muerte de Bioy, Lidia recibió el veinte por ciento de la herencia por el pago demorado.

Lidia nos muestra dos aristas: la de enfermera, su tarea como trabajadora y, también, nos abre una ventana al envejecer de Bioy con sus caprichos y manías

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En El último Bioy, escrito por ella misma y Javier Fernández Paupy, varias veces Lidia dice que cuidar a Bioy era su trabajo. Otras, nombra a Jovita Iglesias, quien trabajó con Bioy y Silvina durante casi toda su vida. Ambas ocuparon un lugar central. Y si bien la familia aristócrata las incorporó como “familia” y “amigas”, en el relato de Lidia se observa su lugar como enfermera: “Mi pasaporte está lleno de entradas y salidas. Yo figuraba como la asistente personal y enfermera del señor Adolfo Bioy Casares”.

Quiero hacer hincapié en su diario o cuaderno de anotaciones. Este tipo de escritura es considerado marginal, muchas veces queda en el olvido. Se le suma que, otras veces, no ocupa un lugar central como las novelas, cuentos, poesías. Sin embargo, en ellos se puede tener la posibilidad de ver quién es la que escribe y el vínculo con el otro. Una característica interesante es que estas anotaciones (en diarios, memorias o cuadernos) tienen la posibilidad de ser secretos: no están escritos para nadie, están escritos en la intimidad y hay una unión entre quien escribe y su propia escritura. Lidia nos muestra dos aristas: la de enfermera, su tarea como trabajadora y, también, nos abre una ventana al envejecer de Bioy con sus caprichos y manías: “Bioy quiso que pasáramos por una feria de ropa. Su idea era que compráramos mallas para poder ir juntos al mar, así no teníamos que abrir las valijas. Lo acompañé de la mano al mar y de repente se largó a nadar. Lo agarré de una pierna para que no se alejara y él gritó, de muy mal humor: —Soltáme la pierna. Soy un gran nadador—. Me asusté viendo cómo se alejaba. Lo corrí hasta donde pude. Yo no sabía nadar y estaba intranquila (…) Pasaban los días. Todas las mañanas leía el diario Le Monde. También conseguía el Herald Tribune. Estando en el baño, una vez me llamó con un grito desesperado: —¡Lidia! Escuchá esto. Un tiburón blanco, en la Costa Azul, lastimó a otra persona. ¡No voy más a nadar!”.

Con el tiempo, Lidia le fue tomando cariño a Bioy. Sus cuidados iban desde estar pendiente de sus medicamentos, vestirlo, bañarlo y hasta dormir agarrando su mano. Todos estos recuerdos están en su cuaderno, como así también la posibilidad de retratar a otro Bioy: “Era maravilloso ver el cariño y el respeto que Bioy inspiraba en todas las personas. Lo más gratificante para él era el gesto de quienes lo inviaban. O los encuentros con la juventud que lo paraba en las calles y se acercaba a decirle cosas lindas. Eso le generaba gratitud. Porque, en general, Bioy había pasado desapercibido. Primero por el fracaso de sus primeras publicaciones. Después, a la sombra de Borges y Silvina. Y en su madurez, hasta que recibió el Premio Cervantes, nunca tomó en consideración el valor que producía su escritura en los demás. A partir del apremio económico, ese reconocimiento público supuso un medio para poder afrontar sus problemas”.

El trabajo de Lidia con el último Bioy

Cualquiera que lee a Bioy, puede encontrar, en sus novelas o cuentos, su sentido del humor e ironías. Quizá, en Diario de la guerra del cerdo, dejó atravesada una generación joven en guerra contra los viejos. Una “viejofobia”, que parece actual incluso, en donde se puede ver a jóvenes versus viejos. Si no es eso, otras veces nos encontramos ahora, con una romantización de la vejez. Quién no escuchó alguna vez frases del estilo: “Mirá qué bien que baila rock and roll a sus sesenta y cinco años”. “Y sí, fui hippie, cómo no voy a bailar bien rock and roll, ¡tarado!”, respondería una amiga.

¿Qué es envejecer?, se pregunta Simone de Beauvoir en ese libro extensísimo La vejez (Sudamericana, 1970). Dice Beauvoir que la vejez encarna, para los otros, una repulsión inmediata y, para quien envejece, una degradación que teme. Esta degradación se contradice con la idea de virilidad o feminidad adoptada por los más jóvenes y la actitud más espontánea es negar la vejez. Más allá de los aspectos biológicos del envejecer, influyen los factores culturales: “Toda sociedad tiende a vivir, a sobrevivir, exalta el vigor, la fecundidad, ligados a la juventud; teme el desgaste y la esterilidad de la vejez”.

Al parecer, vivimos en una nueva edad de oro en la que todo lo que se publica es “imprescindible”, “brillante” y “urgente”. Por suerte, aún encontramos refugios para lecturas a destiempo

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En Descanso de caminantes, tenemos el relato del propio Bioy, su yo íntimo y memorialista. En El último Bioy, el de Lidia: testigo de un Bioy obstinado, dependiente de su enfermera y compañera de viajes. Aún dandy con las mujeres: cada vez que se encontraba con alguna de sus examantes, se arreglaba, Lidia lo acompañaba, pero él quería estar solo para que no vieran que él necesitaba esa compañía. Lidia, también fue testigo de los reconocimientos de Bioy, como de disgustos y quejas. Ella, a su vez, calmaba sus dolores, recibía maltratos, lo comprendía varias veces. Aun así, ella estuvo siempre con él, algo que queda reflejado en estas memorias escritas en un cuaderno, en las que ella destaca su propio trabajo y profesión: “Muchas veces Bioy me pidió que nos casáramos (…) Él me decía que era una tonta por no aceptarlo. Yo pensaba que era una estrategia suya para que no lo dejara (…) Pero yo nunca me hubiera ido (…) Siempre pensé que era más importante estar a su lado atendiéndolo. Sólo quería ser su asistente y enfermera. Siempre recuerdo a Bioy con mucho cariño y alegría”.

Después de todo, como dijo alguna vez Agnès Varda, la vida de las mujeres trabajadoras está hecha de muchas cosas más allá del amor de un hombre. Luego de la muerte de Bioy, Lidia cuenta que el doctor le dijo: “—No llore más, a Adolfito no le gustaría verla así. Si vivió todos estos años, fue por el cuidado que usted le dio—. Sus palabras no fueron consuelo, pero sentí un reconocimiento por mis cuidados”.

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