18 de junio de 2026
Hace largos años convivimos con una creencia que es, prácticamente, la resaca y lo que queda de la vieja “luna de miel” que cada nuevo gobierno gozaba: creer que esos gobiernos son un conjunto de personas que por lo menos saben más que los demás. Que saben más no sobre cómo hacer las cosas exactamente, no es un conocimiento transformador necesariamente, sino que saben más sobre el tiempo y la sociedad que les toca, que conocen sus claves, que están actualizados: crean épocas o la época los crea -mucho no importa la diferencia-, pero tienen los dos pies en el plato de lo que pasa, ahora, en el plato del siglo XXI.
Creemos, entonces, que llega el que la ve, el que entiende su ciclo, el que conoce el secreto de la coca cola. Así, montados sobre las nuevas olas, sufren la calamidad del tiempo: lentamente se hacen parte de mar. Su primicia se deshace. Y, como decía Juana Bignozzi, “no hay nada más patético / que la canción del verano la canción del momento / pasado ese verano pasado ese momento”. Lo mismo pasa con los gobiernos y sus modas. De pronto esa caída en desgracia, ese resbalón, ese chiste que ya no hace reír, esa rima que ya no rima con nada. ¿Escuchan? Es el lento traslado por el empedrado de la escenografía. Es inevitable terminar en el basurero de la Historia.
Porque mientras los gobiernos transcurren inevitablemente pierden novedad, la sociedad se desgasta, se va diluyendo esa sensación de que la ven, y entonces transforman su gesto soberbio en una gimnasia permanente básicamente contra lo que desde hace un tiempo obedientemente llamamos “círculo rojo”. Dicho rápido: pueden perder popularidad por la economía (un país donde hace quince años la economía sólo produce resultados “estadísticos”), pero siguen creyendo que saben más que Joaquín Morales Solá, que los profesionales del comentario político de C5N, que los economistas esotéricos, que los inorgánicos de la SIDE que llenan grillas de radios “sin dueños”, que los ensobrados de facciones dispersas en retirada, que las líneas intercambiables entre canales de De Souza y Saguier, que Magnetto, que Paolo Rocca, que los operadores judiciales, y un largo etcétera que combina todos los cruces lobistas que llenan de ideas y pronósticos la cabeza de todos los gobiernos. Ergo: en el país donde todo plan económico finalmente fracasa quedará la perpetua lucha por tener razón. Milei es la quintaesencia de ese resto. Él la ve, su economía no se ve.

Sobre esa mueca de “saber” construyó su sonrisa pícara Jaime Durán Barba cuando amasó el experimento del PRO en un momento de creatividad en el que parecía decir en una sobremesa del restaurante Oviedo: “yo puedo ganarle al peronismo, puedo convertir a un empresario rico en presidente en el país plebeyo, puedo cagarme en los gobernadores, en Massa, en la CGT y los militantes egresados de la UBA”. El arte de ganar. Era un saber anti corporativo, anti clerical, anti sindical, anti salarial, anti Techint, anti Clarín y anti político. Pero, más que una ruptura, significaba la transformación de un instrumento siempre en disponibilidad. Ocurre que ya un poco todo gobierno será anti político: es el resultado de un asalto al poder permanente por parte de un grupo de aventureros. Ocurre también que esos aventureros finalmente quieren pasar a planta permanente. Ocurre también que ese poder permanente tampoco tiene sus propios acuerdos entre sí. Cada sector en su desgaste ataca como un deep state y se defiende con su tipo de cambio. Un tipo de cambio imposible de coordinar entre sí.
Y así es como todas las burocracias militantes, las caras nuevas, los CEOs y los que entran a la política por la ventana también devienen en casta. Rebeldías y primicias que no resisten la tentación del beneficio permanente, de la vida con chofer y secretarios. Y entonces la sobre-ideologización es el uso patológico y encubierto de ese privilegio: alimentar mucha, mucha “grieta”, para esconder en ella la permanencia perpetua. Y siempre justificándose a sí mismos bajo esas “batallas”. Incluso justificando las estafas al erario. Si esta batalla cultural sigue así todo corrupto será un preso político.
Miremos las continuidades. Cristina se peleó con las llamadas corporaciones tratando de desnudar su naturaleza ideológica (¡son la sangre prometida de las clases dominantes!), y sin embargo el primer macrismo que tomó el poder después de ella, encarnado en Marcos Peña – otro joven de clase y elite como muchos cristinistas, aunque de ideología opuesta- prolongaba también una agenda anti corporativa con un cambio de vocabulario: contra el círculo rojo. Aun cuando ubicara a ese kirchnerismo “contracultural” como una nueva capa de ese círculo. Y en todos los casos se exhibía un “saber” moderno, la palabra algoritmo entraba a la política, recordemos el debate sobre los usos de los datos de ANSES “para hacer el bien”, como decía Marcos Peña. “Bienvenidos al siglo XXI”, decían en cada gesto. Ante los intensos, propios o ajenos, blandían sus datos duros: “la sociedad es blanda, la mayoría de lo que se comparte en guasap no es política”, decían.
En el gobierno de outsiders nada más fácil que llegar, nada más fácil que caer. Otro síntoma periférico de la descomposición del poder en la democracia occidental: es demasiado fácil ganar, es demasiado fácil perder
Enrique Pinti cantaba “pasan los gobiernos, quedan los artistas”, y le sacaría sonrisas a Techint o la Cámara Argentina de la Construcción. Pero la democracia, impotente ante esos poderes, hace rato prefiere dar vuelta esa cuenta: quiere que pasen los “artistas” y queden los gobiernos. Gobernar contra lo permanente, que al menos aprendan a “competir”. Porque, de hecho, todos los que intentaron otro camino (gobernar con lo permanente) no hicieron época. Eso quiso Alberto en algún momento (casi que para eso lo eligió la electora). Eso quiso el último Massa. “Voten al profesional”, se decía seriamente.
Pero, ¿qué es gobernar? Gobernar la Argentina es gobernar el dólar, decimos. Gobernar el dólar es gobernar el subconsciente argentino, aprendemos. ¿Pero qué sabemos? Que la Argentina es casi ingobernable, y por empezar, porque no existe ese primer acuerdo (¿a cuánto nos conviene el dólar?). Pero, ahora que el gobierno gobierna el dólar, ¿alcanza? No nos alcanzan los pesos. La manta corta de la economía ya está en la psiquis: no tenemos una falla tectónica, somos la falla.
En esa “dinámica” los gobiernos repiten el hábito y se pelean contra la Bastilla del círculo rojo: el periodismo y sus corporaciones. Y con pelearse podemos decir que es meterse en las sociedades, judicializarlo, comprarlo, extorsionarlo, marearlo entre el off y el on, hacerlo consumidor de poder, echar periodistas, contratar otros, subir al podio sus nuevos intelectuales para terminar en ese lodazal de Vilas y Manzanos como reflejo de nuestra burguesía pequeña: ya no sabemos quién es dueño de qué, quién financió qué. Ni Página 12 terminamos de saber con qué guita se hizo. Ahora dicen que vuelve Szpolsky. El “genio” que el 11 de diciembre de 2015 amaneció con todos sus medios vendidos. Cuando la justicia le amagó se sacó una foto con Stiuso.

Los detalles ya mitológicos del trato de Milei a Fernán Saguier en la Quinta de Olivos fabrican un meme de Montgomery Burns en su mansión. “Suelten los perros” parece haber ordenado el presidente en Olivos mientras el dueño de LN corría hacia la puerta. Ya no es un monopolio de la izquierda. El tuit fijado de Milei es contra Clarín. Y sirve como síntoma definitivo de una de las ilusiones más fuertes del gobierno: algo así como construir un kirchnerismo de derecha. Un kirchnerismo, no como identidad, como tecnología. Y hacerlo con la consistencia que le asigna acá Fernando Rosso a las lecturas oficiales de Gramsci o Laclau: una instrumentación de sus verdades más simples. Eso hace la política… divulgación. El avance tecnológico, las herramientas de comunicación, la literatura de moda (“¡Tenés que leer El mago del Kremlin para entender lo que hacen!”) refuerzan esta última versión del aura de un gobierno: un plan conspirativo contra poderes permanentes. Y luego, claro, los conspiradores-operadores que quieren ser siempre parte del sistema político. Desde la Coordinadora radical hasta cada nueva moda juvenil y maravillosa. Pero sobre esa supremacía del asaltante que la “ve” basó su gesto originario Jaime Durán Barba, que fue quien mejor jugó esa partida hasta que también un día perdió. Y perdió porque todos pierden alguna vez. Marcos Peña, que mortificaba hasta a los políticos de su núcleo (a Monzó, a Lilita, etc.), terminó escribiendo literatura de autoayuda para aspirantes a la elite: no dejás tus ideas al entrar a la Casa Rosada, dejás tu corazón. Eso nos dice tras su experiencia de intensidad. Yo soy lo que hice con lo que gobernar hizo de mí.
Ahora, ¿hasta dónde será capaz de llevar a cabo su lucha contra el círculo rojo el gobierno libertario? ¿Cuánta nafta tiene y en qué consiste esa nafta mientras el resumen porteño es un catálogo de negocios cerrados, de Pymes yendo a pique, de pobres que no entran en el radar de sus “estadísticas”? ¿Tienen un 1 a 1 y un torniquete a la inflación, tienen una temporada de crecimiento a tasas chinas con superávits gemelos o alguna magia que les permita solventar su pelotero ideológico, bailar entre odaliscas o inaugurar museos mientras la gente consume? ¿Tiene con qué? O, pasando en limpio libremente este gran ensayo de Federico Zapata: ¿sabe el gobierno para qué estabilizar? Hasta ahora se saboreó sólo el fruto amargo de este plan. Su heterodoxia para conseguir objetivos políticos tiene el ancla en la rigidez recesiva de sus ideas económicas. ¿Con qué moverán la rueda?
La composición química del gobierno libertario es una combinación entre outsiders y cancelados. Entre una repostera y un Ruckauf ahora convertido en experto en geopolítica. Es el gobierno de Karina Milei (a quienes todos los “profesionales” le recuerdan que fue repostera) y parte del clan Menem. Esa es la superestructura de su “alianza de clases”: gente rota y políticos rotos unidos en el país roto. El genial Daniel Durand y su versículo: por el ojo del choto yo lo veo todo roto. Una mujer común y los portadores del gran apellido cancelado del peronismo desde 2003 (cuando el peronismo a través del kirchnerismo se hizo progresista). Así, el aura de revanchismo del gobierno libertario es un círculo completo entre nuevos y viejos, entre recién llegados y dirigentes con sangre en el ojo. Entre mesiánicos y viejos echados del templo. A eso se sumó una porción de lo que aupó del macrismo vencido: desde Santilli (¿alguien vio a Rodrigo Vagoneta y Diego Santilli en una misma habitación?) hasta Patricia Bullrich. Perfectos oportunistas y perfectos halcones. Y así, en ese enredo, el pasaje veloz entre ser un outsider y un cancelado es el riesgo a pleno del gobierno, su juego de máscaras: el camino de Espert, el camino que seguirá Manuel Adorni. En el gobierno de outsiders nada más fácil que llegar, nada más fácil que caer. Otro síntoma periférico de la descomposición del poder en la democracia occidental: es demasiado fácil ganar, es demasiado fácil perder. Ahí vemos a Trump, que parece la suma de todos esos síntomas.
Ocurre también que esos aventureros finalmente quieren pasar a planta permanente. Ocurre también que ese poder permanente tampoco tiene sus propios acuerdos entre sí. Cada sector en su desgaste ataca como un deep state y se defiende con su tipo de cambio
La novedad, entonces, parece terminada. Todos los defectos del mileísmo ya no son novedosos, son exagerados. Y paradójicos. Veamos su corrupción. Esa práctica que repite hábitos abusivos por izquierda y derecha en estos cuarenta y tres años de democracia. Pero en este caso, en el salto al poder con la palabra casta en la punta de la lengua, significa una rareza: frente a la clase política gastada que entregó el poder en 2023, el salto de calidad mileísta significó una degradación discursiva hacia el Estado y sus clérigos, pero en simultáneo se van revelando las propias actitudes de rapiña, de voracidad veloz como si fuera antes de que lo terminen de romper. Así, viendo las revelaciones diarias de la contabilidad creativa de Adorni -mientras crece la mishiadura-, la apuesta libertaria pareciera regirse por un principio que esconde una visión pesimista de la sociedad: no somos casta, somos el gobierno del hombre común, y entonces haremos lo que creemos que harían los comunes (simplemente aprovecharnos del Estado). La crisis de representación solucionada representando demasiado. Al menos en lo que desprende el gesto: “¿quién no se aprovecharía?”. Su corrupción tiene esa forma precaria, distinta a las corrupciones de quienes hacen culto al Estado y la política, gobiernos de largas décadas con sus grandes diseños, sus contrabandos de armas, sus fondos reservados de la SIDE movidos a piacere, sus rutas del dinero de obra pública, los sobornos del SIRA cobrados en hoteles fantasmas. Pero acá es todo más de raje, y con la colaboración conceptual de la demonización del Estado: el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón.
¿Y entonces? ¿Qué habrá después? Todo termina, obvio. Esto también un día termina. Pero no parece haber cambio después del cambio. La oposición es centralmente peronista. El peronismo sigue siendo centralmente kirchnerista. El kirchnerismo es centralmente metropolitano. Así, el “partido nacional” del peronismo está roto, de fragmentos con memorias comunes. El gobierno tiene esa ventaja tácita: el orgullo federal de su lado frente a un peronismo que repite el hábito gastado de las lapiceras, los aforismos sobre pisos y techos de votos, el besamanos ahora en San José 1111, la tortura psicológica sobre Kicillof (un atormentado que no puede nombrar su mayor virtud: la decencia), y todo de raíz porteñísima (¿qué es la política desde 2003 sino una interna entre porteños?). El gobierno entonces con su modelo exportador, de cuentas ordenadas y actividad económica deprimida en los Conurbanos, se afinca aún sobre el rechazo al histórico modelo duhaldista que gobierna la Argentina desde 2002, y al que a lo sumo han “vestido” ideológicamente con progresismo o macrismo. Milei, nacido en Villa Devoto, devoto de la escuela austríaca, resulta el último recurso de un voto federal en un país que encerró su política en el AMBA.
Los restos de esa pasión argentina (la interna peronista) se balancean sobre todo en el formato gastado de canales de streaming y televisión, de discusiones sobre el sexo de los ángeles militantes. Pero es como ver prácticas de crossfit de gente frente a su espejo. Son discusiones, en el fondo, de identidad. A partir de 2008, la disputa política argentina comenzó a familiarizarse entre muchos sectores. La estructura del poder del PJ a través de Kirchner se alió a la izquierda, al progresismo, a organismos de DDHH, hasta la Asociación Argentina de Actores. Todos comenzaron a participar del debate bajo las condiciones que éste ponía. 2008, 2009. Nacía la grieta. Nada nuevo para decir sobre eso. Podemos anotar miles de defectos (estuve ahí). Incluso, sentir el defecto más letal sobre la discusión política: la arborescencia de irse por las ramas y que toda discusión estuviese bajo el tinglado infinito de la batalla cultural, lo que le otorgaba a esa discusión derivas interminables y frondosas. Como el personaje de Fabio Alberti que se preguntaba “¿qué nos pasa a los argentinos?”, pero en serio y en la misma TV Pública, con el giro lingüístico que a la restricción externa le proponía una solución: discutir “qué nos pasa a los argentinos con el dólar”. El debate resultaba un bosque que finalmente tapaba los árboles. Pero había árboles. Eran peleas sobre soja, impuestos, Clarín, sistema previsional, corrupción en la obra pública. Eran discusiones de temas, aunque fueran mal planteados y derivaran en un matete. Pero había una referencia a la cual mínimamente volver. Hoy, el “mal de época”, lleva las nuevas discusiones a un lugar donde parecen embarcadas a una sola cosa: a “la identidad”. ¿Quién soy? Mi peronismo, mi identidad. Cómo asumirse, si más o menos ortodoxo, si más o menos progresista, si más o menos nacionalista. Chicos con brackets o jovatos enviagrados, todos frente al espejo, sin temas prácticamente, o con temas que funcionan solo como excusas para esta política del yo. Y así, esa tendencia es otra rama involuntaria que sostiene a Milei. Porque la gente hace quince años está a la buena de Dios.
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(Foto de portada: Gaetano Mignogna)



