Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

12 de abril de 2026

SEGUNDO TIEMPO

Federico Zapata

@zapatafederico
Política
Tiempo de lectura: 11 minutos

REFORMA E INNOVACIÓN

El período que va de diciembre de 2023 a la elección de octubre 2025 puede resumirse como la resolución de la restricción política de origen que marcó el ascenso al poder de Milei: una cabeza sin cuerpo. A lo largo de este ciclo no exento de complicaciones, el más outsider de los outsiders logró poner en marcha la construcción del único partido nacional ascendente en el marco de un sistema político en descomposición y alcanzar una mayoría parlamentaria de facto. Milei no solo sobrevivió (contradiciendo los vaticinios del viejo sistema político que apostaban a una implosión para evitar una renovación), sino que logró construir poder. ¿Cómo fue posible semejante mutación?

Dos dinámicas convergentes facilitaron la consolidación del dispositivo de poder libertario: por un lado, la gestión decisionista de la economía -por primera y en muchos años, la decisión económica estuvo concentrada, algo que ni CFK, ni Macri, ni por supuesto Alberto Fernández lograron hacer- y los éxitos en materia de desinflación y, por otro, la relación especial que el “influencer” libertario logró establecer con Donald Trump (y con los Estados Unidos), cuya materialización más contundente fue la intervención del Tesoro norteamericano en medio del proceso electoral. Al final del túnel, LLA que ganó en octubre de 2025 ya no era la misma LLA que se había impuesto en el balotaje de noviembre de 2023: había dejado de ser una anomalía para convertirse en un principio de orden.

Desde el punto de vista del clivaje social y político, este pasaje entre LLA como anormalidad a LLA como primera minoría de un sistema político en descomposición supuso un corrimiento estructural: transitar de la polarización outsider versus sistema (cuya lógica principal era la supervivencia defensiva del organismo invasor) a un nuevo clivaje reforma versus antirreforma. Si del 2023 al 2025 LLA había luchado por sobrevivir, la victoria legislativa de octubre le permitió inaugurar una nueva etapa política reformista. El eje dejó de ser quién representa al sistema y quién lo desafía, para pasar a ser quién tiene un programa de cambio y quién se limita a resistirlo.

Ese desplazamiento no es menor. Durante más de una década, la política argentina se organizó en torno a conflictos identitarios. Hoy, sin que esos conflictos desaparezcan, empieza a emerger una lógica distinta: la discusión sobre cómo reformar un orden que ya no funciona. Dicho de otra manera, estamos asistiendo a la emergencia de un conflicto funcional: ¿cómo reformar el sistema? ¿Cómo hacer un nuevo capitalismo dinámico a partir de redefinir las coordenadas y los límites entre el Estado y la sociedad argentina, y entre Argentina y el mundo? El reformismo no es, en esta coyuntura crítica, una ideología. Es una posición frente al tiempo. Supone que el orden vigente ya no funciona y que su transformación es inevitable. Supone que la política deje de discutir quién tiene razón y pase a discutir quién puede cambiar la realidad.

Esta dinámica novedosa se asienta en tres estados del humor social: (1) cualquier espíritu reformista de la economía, el trabajo, el Estado, los impuestos o la inseguridad es mejor visto como horizonte de futuro que una posición conservadora que solo defiende un statu quo en crisis para la mayoría de los trabajadores, empleadores, emprendedores o comerciantes; (2) es el tiempo de hacer las reformas, no de juzgar su resultado; (3) hay algo peor que estar a favor de una mala reforma: no estar a favor de ninguna. Bajo este clima socio-político se organiza entonces la nueva distribución de las fuerzas políticas frente a la agenda pública.

Este clima reordena la distribución de las fuerzas políticas frente a la agenda pública: LLA desarrolla su programa reformista sin una estrategia virtuosa en el orden y el contenido de esas reformas, pero porta el estandarte de la reforma y el cambio frente a la sociedad. El peronismo kirchnerista (cuyas principales referencias hoy son Axel Kicillof en lo electoral y CFK en lo político), funda su condición de primera minoría opositora en el rechazo dogmático del concepto de reforma como eje de su resistencia puntual a Milei. Implícitamente, la posición antirreformista remite como única propuesta a un retorno de las condiciones económicas y laborales del proceso 2003-2023 que hoy son rechazadas por la mayoría del electorado. En el peor de los casos, esta posición es visualizada como la defensa de los privilegios de una minoría laboral, social y política por parte de quienes hoy se encuadran en la clase media empobrecida que deja la larga crisis 2011-2023 y, sobre todo, la porción hegemónica de esa clase media plebeya que se organiza en torno a la economía informal.

En este proto-sistema de polarización principal, Milei tiene una ventaja estratégica, no porque su programa esté resuelto, sino porque es, hasta el momento, y para la sociedad, el único actor que porta una voluntad de cambio reconocible. Es decir, la ventaja de Milei es menos una fortaleza propia que una debilidad ajena. Y esa debilidad, queda constatada por el único fenómeno cualitativo que dejaron las elecciones del 26 de octubre de 2025: una crisis terminal de las formas, los conceptos, la racionalidad y el estilo de representación que la oposición juzgaba ideales y virtuosos para dirigirse a la sociedad. Este proceso de “extinción de masas” de los valores opositores (valores que rigieron durante gran parte de la etapa 2002-2023 y del “predominio de la grieta” 2010-2023) se despliega por izquierda, por el centro y por derecha. En otras palabras, en el kirchnerismo, en Provincias Unidas y en el PRO.

¿Qué opciones les quedan a los retoños del sistema político no contenidos en este laberinto bipolar que hoy firmaría un balotaje Milei versus Kicillof? Innovar. Con un ojo clavado en el progreso de las naciones y el otro en las entrañas de nuestra sociedad (Echeverría dixit), construir una alternativa de poder reformista para la Argentina que dejará el ciclo 2011-2027: un nuevo programa y una generación. O para retomar las preguntas de la generación del 37 que hoy vuelven sobre este desierto: ¿por qué un país atado al pasado? ¿por qué un país dividido? ¿y cómo -esto es, con qué programa y con qué liderazgos- podemos reconstruir una civilización argentina a la altura de nuestras aspiraciones? Un nuevo espíritu pionero capaz de reconectar al país hacia adentro (para incluir, eslabonar y desarrollar) y hacia afuera (para crecer, competir, liderar). La pregunta por ‘cuál es el reformismo alternativo a Milei’ es la contracara de la pregunta ‘quién -qué bloque histórico- puede ganarle a Milei’. El 2027 será el año del pragmatismo electoral, de la lógica cruel de los pisos y los techos, del posibilismo. El 2026 debería ser el año de la creatividad política. De inventar algo.

La pregunta por ‘cuál es el reformismo alternativo a Milei’ es la contracara de la pregunta ‘quién -qué bloque histórico- puede ganarle a Milei’. El 2027 será el año del pragmatismo electoral, de la lógica cruel de los pisos y los techos, del posibilismo. El 2026 debería ser el año de la creatividad política.

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RÉGIMEN ECONÓMICO

Por fuera de esta dinámica estructural (reformismo) y del imperativo político que esa dinámica conlleva para el sistema opositor (innovación), la coyuntura también impone sus novedades: las dos fuerzas estructurales que moldearon el poder libertario entre 2023 y 2025 (la gestión económica y la política exterior) han ingresado en un ciclo recesivo. Dicho de otro modo, las dos fuerzas que le permitieron a LLA superar su restricción política de origen (y la etapa defensiva), hoy son los principales factores de inestabilidad del ciclo libertario (en pleno desenvolvimiento de la etapa ofensiva). El resultado electoral fue, en ese sentido y para LLA, tanto una pulmotor como un problema: el gobierno de Milei quedó solo frente a su propio espejo y sus propias contradicciones internas.

El quiebre de la gobernabilidad económica se está produciendo a partir de la resolución parcial del problema de la inflación:un éxito de gestión y comunicación del gobierno -la desinflación es real y percibida- le otorga visibilidad y jerarquía social a una nueva problemática que requiere resolución: los ingresos. La secuencia lógica en la opinión pública parece ser ‘ya no me preocupa cuánto suben los precios; me preocupa cuánto rinde lo que gano’. El éxito antiinflacionario abre un nuevo conflicto distributivo que obligará al gobierno a crear un nuevo programa económico que, respetando algunos de sus fundamentales de época (posiblemente el superávit fiscal), deberá rotar menos sobre una ortodoxia a rajatabla y más sobre una variante heterodoxa con impacto real al interior del programa ortodoxo. ¿La LLA está programada y tiene la capacidad gubernamental para afrontar el desafío de transicionar una economía con estímulos procrecimiento?  

Es cierto, Milei puede persistir en su programa desinflacionario y buscar que el índice de precios se estabilice en torno al punto y medio porcentual mensual. Y ese resultado quizá le alcance para llegar a la elección de 2027. Lo que difícilmente pueda hacer es atravesar esta etapa con una inflación en torno al 3% mensual y una economía con dinámica recesiva. Una sábana corta que pone en tensión la hoja de ruta que sirvió para consolidar un poder, pero no necesariamente servirá para consolidar un plan de reformas. Ese es el verdadero punto de inflexión del ciclo: la estabilización fue el contrato social implícito de la primera etapa. La construcción de un nuevo régimen económico es la condición de la segunda.

Por el momento, se trata de problemas económicos que no son problemas políticos, en el sentido de que no se traducen aún en la construcción de un frente opositor de mayorías con un programa de reformas alternativo (resalto, por el momento). En todo caso, las dificultades del gobierno para estabilizar, quebrar la inercia inflacionaria, generar crecimiento y crear empleo privado formal son ‘problemas del país’ que están pendientes aún desde antes de 2023. En otros términos, lo que va a juzgar la sociedad no es la autoría de Milei en el problema preexistente, sino la capacidad efectiva del reformismo de Milei para ofrecer políticamente un modelo sostenible de crecimiento económico alto (producción y empleo) e inflación “casi cero” (paz social y consumo). Sortear con éxito esos desafíos políticos (o no) es lo que irá construyendo la representación política entre Milei y la sociedad en 2026-27.

La tarea no resulta sencilla: a Milei le toca transicionar la estructura económica argentina en el preciso momento en el que el mundo está transicionando la estructura económica a nivel global, empujado por el avance acelerado de la inteligencia artificial. Pero los mandatos sociales no suelen ser demasiado comprensivos. Así, si entre 2023-25 (y todavía en este verano de 2026) la médula política del contrato social entre la sociedad y Milei fue la destrucción del régimen de inflación alta y los privilegios corporativos y estatales de la casta a cualquier costo, lo que se pone a prueba en 2026-27 es la capacidad de Milei para salir de “la estabilización de emergencia”, con el objetivo de establecer un nuevo contrato de representación y desarrollo. Milei se enfrenta ahora a los desafíos de su propio éxito relativo. El riesgo no es menor: quedar atrapado en una suerte de “duhaldismo libertario”, es decir, un ciclo de dos años útil para realizar la faena sucia que “la casta” no se atrevía a encarar, pero destinado a devenir obsoleto en cuanto esa tarea concluya. Proyectar un escenario de futuro creíble es, en ese sentido, una necesidad de supervivencia política. Sin ese horizonte, todo lo sólido se desvanece en el aire.

Esto implica redefinir varias dimensiones: un nuevo horizonte laboral para el trabajador, nuevas reglas de transición productiva para el capital, nuevos parámetros de riqueza para el emprendedor, nueva justicia social para el informalariado, nuevas reglas de inserción internacional e integración federal para el complejo Estado-Sociedad, y también, aunque quiera denominarlo de otra manera, un nuevo Estado para los desafíos de gobernabilidad y desarrollo en la era de la IA y la competencia estratégica de la nueva globalización fragmentada. La pregunta ya no es cómo Milei llegó al poder ni cómo se sostiene, sino qué país está en condiciones de construir. Para ser más precisos aún: esa es la pregunta para Milei y para la oposición reformista e innovadora que pueda o no constituirse de acá al 27.

CONVULSIÓN

La política exterior empieza a tensionar el ciclo libertario por una razón simple: el mundo dejó de ser un ancla de estabilidad, sobre todo a partir del episodio bélico en Irán. Trump 2.0 ha clausurado la larga hegemonía de la Doctrina Powell, que estructuró la política de guerra norteamericana en torno a una lógica de máxima cautela: objetivos claros y alcanzables, uso abrumador de la fuerza sólo como último recurso, respaldo doméstico sostenido para evitar el síndrome de Vietnam, una estrategia de salida definida de antemano y, sobre todo, el principio de responsabilidad sobre las consecuencias: you break it, you own it. Una gran potencia no podía intervenir, destruir un equilibrio político y luego desentenderse del resultado.

Lo que Richard Fontaine ha denominado Doctrina Trump invierte casi todos esos principios. Donde Powell exigía claridad, Trump opera en la ambigüedad estratégica: el objetivo puede redefinirse a posteriori y la victoria declararse bajo múltiples criterios. Donde Powell reservaba la fuerza para el final, Trump la usa temprano y por sorpresa, como palanca de presión más que como fase decisiva. Los objetivos son flexibles -la “victoria” clásica se reemplaza por el “resultado aceptable”-, el compromiso de largo plazo se rechaza de plano, y la pedagogía pública brilla por su ausencia: sin debate prolongado, sin autorización clara del Congreso, la política doméstica se gestiona ex post de haber iniciado un conflicto externo.

El problema con esta morfología bélica trumpista se llama Irán. Estados Unidos e Israel iniciaron el conflicto con una demostración de poder militar: ataques de precisión, eliminación de la cúpula iraní, destrucción de infraestructura clave. El objetivo era decapitar al régimen para acelerar su colapso. Sin embargo, Irán respondió moviendo el tablero de juego y buscando transformar una guerra de capacidad técnica (cuánto daño se puede infligir, qué tan rápido se puede desorganizar al adversario) en una guerra de resistencia política. A las pocas horas del ataque, respondió con misiles y drones no sólo contra Israel, sino contra múltiples países del Golfo. Con esa respuesta, el conflicto dejó de ser una guerra vertical para convertirse en una contienda regional, con impacto económico global. Con la inteligencia del superviviente, los ayatolás tiraron del mantel para convertir su guerra en la guerra de todos. Esa mutación abre la posibilidad de una guerra prolongada.

¿Quién pierde con el tiempo? En una guerra corta, gana el que tiene superioridad militar, pero en una guerra larga, gana el que resiste mejor políticamente. Antes del conflicto, el régimen iraní estaba debilitado, con protestas y pérdida de legitimidad. ¿La guerra le permitirá reconstruir cohesión? Es un escenario posible. Si esto es así, Estados Unidos en lugar de destruir al régimen iraní desde arriba, podría estar fortaleciéndolo desde abajo. En el caso de Estados Unidos, una guerra prolongada, con costos económicos o humanos (pensemos en un posible escenario de utilización de tropas terrestres), puede volverse electoralmente tóxica. Y las elecciones de medio término son en noviembre.

Hete aquí la paradoja de la decisión de Trump: Estados Unidos e Israel abrieron una guerra que ahora no controlan del todo, cuyo terreno donde se va a definir el resultado ya no es el militar, sino el tiempo: cuánto dura la guerra, quién resiste mejor sus costos y cómo impacta en las sociedades, las economías y las coaliciones políticas. Para la Argentina, una guerra prolongada puede afectar los logros en materia de desinflación -a través de un aumento sostenido del precio del petróleo-, profundizar la dinámica recesiva en sectores intensivos en mano de obra -como consecuencia de una desaceleración global- y encarecer el financiamiento internacional -por la suba de tasas en Estados Unidos para contener presiones inflacionarias-.

La política exterior empieza a tensionar el ciclo libertario por una razón simple: el mundo dejó de ser un ancla de estabilidad, sobre todo a partir del episodio bélico en Irán. Trump 2.0 ha clausurado la larga hegemonía de la Doctrina Powell

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LA HORA DE LA POLÍTICA

Pasando en limpio entonces: las dos anclas de gobernabilidad del primer tramo del gobierno libertario hoy funcionan como fuentes de incertidumbre. En esa dinámica, Milei tiende a quedar solo en el escenario, viéndose obligado a ensayar una respuesta económica y política que muestre una hoja de ruta virtuosa para el país más allá del destino de Trump en la guerra y en noviembre ¿Cuál es la tierra prometida del mileismo? En ese contexto, el mileísmo entra en su fase decisiva. Ya no alcanza con destruir el viejo régimen ni con estabilizar sus desequilibrios más evidentes. La pregunta que empieza a organizar la política es otra: ¿qué tipo de capitalismo puede construir la Argentina a partir de este punto? La respuesta no es trivial. Implica redefinir el vínculo entre Estado y mercado, establecer nuevas reglas de transición productiva, reconstruir horizontes laborales y, sobre todo, procesar de manera políticamente sostenible los costos sociales del ajuste ya realizado. En otras palabras, implica construir un modelo.

Ese es el núcleo del problema. Porque construir un modelo no es sólo una cuestión técnica. Es, ante todo, una operación política: articular intereses, producir consensos y ofrecer una promesa de futuro creíble. El mileísmo ha sido eficaz en la fase de ruptura. También lo ha sido en la estabilización de emergencia. Lo que está en juego ahora es otra cosa: su capacidad de pasar de un programa de ajuste a un proyecto de desarrollo e inserción internacional inteligente. Ahí se juega su destino. Y también se juega el destino de la nueva oposición que más temprano que tarde deberá emerger más allá del pasado y más allá del presente. La Argentina se debate entre el barbarismo, el decadentismo, la indignación estéril y la nostalgia. Romper esa inercia implica un ejercicio contracultural en un ambiente político de conservadurismo y cinismo complaciente. No se le puede exigir tanto a la sociedad. Es hora de que la política dé un salto de madurez e imaginación.

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