17 de julio de 2026
En los últimos años se repitió una idea con el entusiasmo exagerado de las ideas que parecen encontrar su hora: que Milei y los libertarianos habían entendido a Gramsci mejor que la izquierda. Algunos de sus representantes intelectuales se jactaban de esa presunta superioridad hermenéutica. Era una fanfarronada eficaz, como casi todas las fanfarronadas de época: servía para intimidar a quienes pretendían explicar el mundo antes que para ayudar a entenderlo. Como todas las frases eficaces, simplificaba demasiado, sonaba insolente y permitía a quienes la repetían sentirse parte de una revelación. Decirla era una forma de pertenecer al momento. De no quedarse afuera del último grito.
La realidad es que los mileístas no entendieron a Gramsci. Entendieron otra cosa. Entendieron, o creyeron entender, una versión muy rudimentaria de Ernesto Laclau. Ni siquiera el espesor de una teoría o la sofisticada discusión sobre la contingencia, la hegemonía y las identidades políticas, sino su traducción más utilitaria: que la política en su aspecto más superficial consiste en encontrar demandas dispersas, unirlas detrás de una frontera simple, darles un enemigo y ofrecerles una voz. Nada más. O nada menos. La “casta” fue eso: menos un concepto que un barril sin fondo o un pozo negro semántico. Ahí cayó todo. Impuestos, inflación, rabia, frustración social, desprecio moral, cansancio con el sistema político, bronca con el Estado, rencor meritocrático, humillaciones y decadencia nacional. Milei no inventó esas cosas. Les puso una etiqueta común y una dirección coyuntural.
Todos podían entrar en la misma escena. Todos podían sentirse parte de una identidad naciente. Ese fue el momento laclausiano del mileísmo
Eso no era Gramsci. Era, en el mejor de los casos, un Laclau de aeropuerto, de solapa leída a la ligera o del mal resumen de Wikipedia. Con esa fórmula simplista pusieron en práctica una mecánica de antagonismos rudimentarios, una cadena equivalencial a martillazos, un significante vacío cargado de furia moral.
La diferencia no es menor. Porque Gramsci piensa la hegemonía como una relación densa entre clases, economía, instituciones, aparatos, cultura, organización, sedimentaciones históricas. En su universo de ideas no alcanza con gritar más fuerte ni con encontrar la palabra justa que ordena una larga fila de descontentos. Hay una materialidad de la dirección “intelectual y moral”, una arquitectura del consenso, una red de mediaciones y de intereses que se disputan y se negocian. Lo de Milei fue otra cosa: fue una intervención brutal sobre un paisaje exhausto. Encontró una sociedad en estado de saturación, una democracia fatigada de sí misma, un sistema político sin relato y sin prestigio, y ahí hizo lo que hacen algunos animales cuando huelen sangre: dio el zarpazo. La simplificación fue su genio y también su límite.

Durante su ascenso, Milei habló como si cada enojo del país fuera una variación del mismo agravio. Eso le permitió construir una equivalencia general. La señora que veía licuarse su jubilación. El comerciante harto de impuestos. El pibe de veinte años cuya vida laboral es una contraseña que vence cada seis meses. El profesional empobrecido y sin horizonte. El contribuyente indignado. El antiperonista hereditario. El anticomunista incurable. El descreído. El humillado. El que solo quería ver arder algo porque la única política que ilumina es la que arde. Hasta la tristeza íntima de subjetividades rotas en la pospandemia podía ser parte de la cadena. También mucho círculo rojo que escuchaba en el capitalismo punk del libertarianismo a la más maravillosa música. Todos podían entrar en la misma escena. Todos podían sentirse parte de una identidad naciente. Ese fue el momento laclausiano del mileísmo.
Llega un momento en que la sociedad, incluso cuando no rompe con el gobierno, deja de hablar en su idioma. Ya no sueña dentro de sus palabras. Empieza a usar otras. Menos épicas, más secas. Menos morales, más contables
Milei, evidentemente, no es un gran teórico de la articulación populista. En realidad, no es un gran teórico de nada. Pero aplicó, con la torpeza eficiente del intuicionista, una idea elemental: las demandas, en momentos de crisis y confusión, no tienen un sentido político fijo; pueden ser articuladas. No vienen marcadas de origen. No dicen por sí mismas a qué bloque pertenecen, qué programa implican ni qué clase las expresará. Se vuelven políticas (en el sentido profundo del término) en la operación que las liga, las traduce, las enfrenta, las ordena. La demanda no tiene necesariamente una esencia, aunque tampoco es absolutamente contingente. Es una disponibilidad, un campo de batalla. La política la captura o la pierde. El problema es que el mileísmo tomó esa intuición y la redujo a una técnica de embalaje.

Porque una cosa es no esencializar las demandas y otra es desmaterializarlas por completo. Una cosa es decir que no tienen un destino histórico automático y otra muy distinta es tratarlas como piezas móviles de un rompecabezas puramente retórico. El problema de la hora es que la cadena equivalencial comienza a chocar con la tozudez de las cosas. Las demandas no son solo palabras a la espera de ser articuladas. Hoy son alquileres impagables, laburos o changas que faltan, tarifas asesinas para servicios detonados, alimentos caros para bolsillos flacos, horas de trabajo interminables, jornadas de ansiedad invivible, remedios que no se compran, deudas que no se pagan. Las demandas son el nombre político de experiencias materiales. Son, si se quiere, símbolos con cuerpo. Una fuerza política entra en zona de riesgo cuando se olvida de eso: no puede seguir hablando en nombre de las demandas mientras deja intacta, o agrava, la vida concreta que las produjo.
El gran éxito del mileísmo de los orígenes fue haber transformado el malestar en mandato. Su dificultad empieza cuando ese mandato vuelve para exigir resultados. Porque una cosa es construir un “pueblo del agravio” y otra muy distinta es gobernar un país real con esa misma sintaxis y empujando todos los días un poco más a ese mismo pueblo hacia el abismo. En campaña, “casta” podía nombrarlo todo. En el gobierno, la palabra maldita comienza a mostrar sus agujeros. La inflación puede bajar y la vida seguir siendo insoportable. El equilibrio fiscal puede exhibirse como una medalla y el salario seguir siendo una ruina. El presidente puede conservar centralidad, iniciativa, mística de combate, y al mismo tiempo empezar a perder el contacto íntimo con el estado de ánimo que lo llevó hasta ahí.
Toda política que vive de la postergación necesita administrar el tiempo. Al principio promete una catarsis. Después una reparación. Más tarde una redención. Mientras ese tiempo conserva crédito, la experiencia se sostiene
Es en ese momento cuando la demanda retorna como demanda. No como energía disponible para una operación equivalencial, sino como pregunta concreta. ¿Cuándo mejora mi vida? ¿Cuándo se recompone lo que se rompió? ¿Cuándo deja de ser sacrificio y empieza a ser horizonte? Toda política que vive de la postergación necesita administrar el tiempo. Al principio promete una catarsis. Después una reparación. Más tarde una redención. Mientras ese tiempo conserva crédito, la experiencia se sostiene. Cuando el crédito se erosiona, emerge la parte maldita de toda articulación: la heterogeneidad que había sido unificada en un momento comienza a reclamar de nuevo por su cuenta. El comerciante quiere ventas. El trabajador quiere salario. El jubilado quiere comer. El joven quiere futuro. Y la vieja magia de la equivalencia empieza a crujir para darle lugar a la crisis, ese momento en el que -como dijo un filósofo de Lomas de Zamora- todos tienen razón.
La vaguedad de los símbolos populistas constituye la causa de su eficacia política táctica y a la vez la razón de su debilidad estratégica. Cuando los actores tienden a “sustancializarse” comienza el enfrentamiento real y político en el sentido fuerte del término. La palabra “casta”, entonces, ya no es un hallazgo. Empieza a parecer una coartada.

Esto no implica que Milei haya perdido por completo la iniciativa. Sino que la operación que lo hizo posible empieza a mostrar su carácter transitorio. Lo que era una fórmula de agregación puede transformarse en una forma de evasión. Lo que fue una frontera productiva puede volverse una insistencia defensiva. Lo que durante un tiempo ordenó el enojo puede terminar sonando a repetición. Y en política, cuando una fuerza comienza a repetirse, corre el riesgo de que la realidad se le adelante.
El momento laclausiano de Milei no consistió en haber construido una hegemonía duradera en el país de la hegemonía imposible, sino en haber sabido leer un instante de disponibilidad social. Encontró demandas huérfanas, les dio un hogar enemigo y una épica de demolición. Lo hizo mejor que sus rivales en la política tradicional, que seguían hablándole al país con el tono burocrático de una retórica fatigada por la grieta. Pero esa misma operación tenía una debilidad en el centro: descansaba en un tratamiento casi abstracto de las demandas, como si bastara con alinearlas detrás de un significante agresivo para que la historia les concediera consistencia. Y la historia no concede nada. Lo que concede, a veces, es un plazo.
Una fuerza política entra en zona de riesgo cuando se olvida de eso: no puede seguir hablando en nombre de las demandas mientras deja intacta, o agrava, la vida concreta que las produjo
Milei gobernó, en buena medida, sobre ese plazo. Sobre la paciencia de una sociedad que aceptó una dosis enorme de sufrimiento a cambio de la promesa de un corte histórico. Sobre la creencia de que el ajuste no era una política entre otras, sino una travesía moral. Sobre la idea de que toda penuria presente sería recompensada por la superioridad futura de los que aguantaron.
Pero llega un momento en que la sociedad, incluso cuando no rompe con el gobierno, deja de hablar en su idioma. Ya no sueña dentro de sus palabras. Empieza a usar otras. Menos épicas, más secas. Menos morales, más contables. Ahí se abre el tramo más difícil para cualquier experiencia política: cuando la lengua con la que conquistó a los suyos ya no alcanza para conservarlos enteros.
Eso, y no otra cosa, es lo que vuelve tan visible la pobreza ideológica del mileísmo. Fue una utilización tosca y eficaz de una intuición laclausiana. Tal vez la mejor manera de decirlo sea esta: Milei no fue el lector salvaje de Gramsci que la época fantaseó. Fue el usuario feroz y rudimentario de la idea de que se puede construir un pueblo si se sabe agrupar agravios. Y eso, hasta cierto punto, es verdad. El problema es que nadie vive para siempre dentro de una agrupación de agraviados. Pasado un tiempo prudencial vuelve la pregunta por la vida concreta, por la eficacia del mando, por el precio de la obediencia. En un momento las demandas dejan de flotar y vuelven a pesar. Y cuando vuelven a pesar, ya no alcanza con interpretarlas mal. Hay que resolverlas. Ese es el problema de gobernar sobre un significante vacío: tarde o temprano la realidad intenta llenarlo. Y en un país como la Argentina, a los significantes vacíos en tiempos de cólera, los carga el diablo.



