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06 de septiembre 2021

Diego Labra

¡SAL DE AHÍ, SHENG LONG!

Tiempo de lectura: 9 minutos

O qué hicimos y hacemos con los dibujos animados japoneses en Argentina

Pasando en limpio, Dragon Ball debe ser de los pocos consensos a los que llegó nuestra agrietada sociedad en lo que va del siglo XXI. Dragon Ball es un puente que une generaciones en diferentes orillas del golfo digital. Yo lo miraba con mi padre y mi tío, mis amigos lo ven con sus hijos e hijas. Es cultura hecha popular, siempre presente en el corazón y piel de nuestros ídolos, en las paredes y persianas bajas de nuestros barrios.

De allí lo que, para un espectador desprevenido, podría parecer una reacción desmedida en redes y medios ante la decisión de una canal infantil que, intimado por la Defensoría del Público, optó por sacar de su grilla un dibujo animado japonés que ha estado presente en la pantalla argentina desde hace casi treinta años.  Poniendo al anime, increíblemente una vez más, en la agenda.

Antes que nada, algunas definiciones. Dragon Ball es un dibujo animado nipón (o anime). Fue adaptado de una historieta japonesa (o manga) escrita y dibujada por Akira Toriyama en los ochentas, que luego fue licenciado por una empresa californiana que comisionó su traducción en el D.F. y lo distribuyó por toda Latinoamérica durante la segunda mitad de los noventa, en un intento por repetir el éxito descomunal que tenía la serie por entonces en España. En Argentina, un canal infantil de capitales locales llamado Magic Kids, creado por Pramer y Promofilm, encontró en esta serie y otros animes la manera de competir contra el desembarco de multinacionales norteamericanas como Cartoon Network  (Turner) y Nickelodeon (Viacom), que venían a sacar provecho del crecimiento explosivo de la televisión por cable en el país. La necesidad es la madre de la invención, dice el proverbio yanki, y las autoridades del Magic supieron aprovechar ese “escape hacia adelante” para convertirse en una de las señales de cable más vistas de Argentina.

Es decir, la mera descripción del objeto evidencia su naturaleza transnacional. El anime como es pensado y consumido en estas latitudes no es algo con que nos “invaden” desde un Lejano Oriente, sino que es el producto de una larga cadena de circulación cultural global. En ella intervienen diferentes actores, incluyendo regionales y nacionales, que van “glocalizando” al dibujo animado (es decir, haciendo lo global accesible para los espectadores locales en su adaptación, edición, traducción) y sacan rédito económico y simbólico de la operación.

En Argentina, un canal infantil de capitales locales llamado Magic Kids, creado por Pramer y Promofilm, encontró en esta serie y otros animes la manera de competir contra el desembarco de multinacionales norteamericanas como Cartoon Network (Turner) y Nickelodeon (Viacom)

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Escribió Bourdieu que el libro y, en realidad, todo producto cultural, es mercancía y bien simbólico a la vez. Dragon Ball no se exporta/importa como una materia prima, como una tonelada de soja. Su circulación se encuentra atravesada por sentidos propios y ajenos, chocando como autitos chocadores a lo largo de la cadena de valor simbólico las diferentes idiosincrasias de quienes lo produjeron, quienes lo comercializaron y quienes lo consumieron.

Esbozo preliminar: ¿qué es el anime entonces? Es lo que han hecho y hacemos con él. No hay entonces una “esencia” del dibujo animado japonés, sino una historia de estos en Argentina y Latinoamerica. Como podrían recordar quienes tengan cierta edad, esta es una historia de larga data. Antes que Goku estuvieron Astroboy, Meteoro, Mazinger, Heidi y las valkirias de Robotech. Prácticamente todas estas series llegaron al país vía Estados Unidos, es decir, fuertemente editada por empresas norteamericanas para un público (infantil) norteamericano.

Pero no fue hasta el estreno de la película animada Akira en 1988 que comenzó a venderse en Occidente a la cultura masiva nipona como un género en sí mismo, como algo exótico, como anime y manga. Al año siguiente se estrenó en Estados Unidos, donde se convirtió en un film de culto y éxito del circuito VHS. La historieta original de Katsuhiro Otomo en la que se basaba la cinta fue publicada en formato comic-book por Marvel con igual sensación, repitiéndose la aventura editorial lo largo y ancho de todo Europa. En los kioscos argentinos se distribuyó, de manera truncada, los saldos de Ediciones B desde España a principios de los noventa. Es decir, nos llegó una historieta japonesa, primero “adaptada” para el público norteamericano, y luego traducida y publicada por los españoles. Una globalización de segunda, tercera mano.

El anime como es pensado y consumido en estas latitudes no es algo con que nos “invaden” desde un Lejano Oriente, sino que es el producto de una larga cadena de circulación cultural global

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Con Akira como santo y seña, empresas y fanáticos norteamericanas fueron construyendo a través de la selección de material editado, de publicaciones especializadas, de eventos, etc., una noción de la animación japonesa informada por sus propios intereses. El anime era “adulto”, violento, tenía escenas de sexo, mayormente ahondaba en la tradición ciencia ficción, posapocalíptica, cyberpunk. Una mirada que, casualmente, los incluía a ellos en la ecuación, quienes pusieron a los japoneses en la obligación de ser posnucleares al tirarles las dos bombas.

Por esto no quiero decir que el anime no sea todo eso, porque lo es. Pero también es Sazae-San, Récord Guinness a la serie animada más larga del mundo y comedia costumbrista que tiene más que ver con nuestra Mafalda que con Blade Runner. Sin embargo, este fue el recorte de la animación japonesa que nos llegó producto de la triangulación con el Norte. Por eso mismo la revista Cóctel (1991-1993), dirigida por Javier Doeyo, eligió como el primer manga publicitado como tal en Argentina a Xenon de Masaomi Kanzaki, la cual tradujo Andrés Accorsi desde la edición yanki. Una serie de ciencia-ficción muy menor, pero que tenía la bondad de poder venderse como “algo parecido” a Akira,

Es este contexto debe leerse la cada tanto viralizada participación de Patricia Bullrich en el programa Mujer Total, a fines de agosto de 1995. Basándose en una investigación propia elaborada “con alumnos de la Universidad de Quilmes y de Belgrano, con la Universidad de Buenos Aires”, la entonces diputada justicialista por CABA asevera que un niño que miraba dos horas diarias de televisión estaba expuesto a “una imagen violenta cada 3 minutos”. La única serie individualizada fue justamente un anime, Robotech, en el cual dijo se identificaron “31 muertes efectivas en 30 minutos”. Salvo algún eco en revistas especializadas como Comiqueando o RAN, el intento por instalar en la agenda al problema de la violencia en los dibujos animados no parece haber tenido mucho éxito.

¿Qué es el anime entonces? Es lo que han hecho y hacemos con él. No hay entonces una “esencia” del dibujo animado japonés, sino una historia de estos en Argentina y Latinoamerica

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Muy diferente fue la situación cuatro años después, durante el también electoral año 1999. Para entonces el anime y, especialmente, Dragon Ball, se habían convertido en fenómenos masivos, saltando del Magic a los cines, las disquerías, los “todos por dos pesos”, los teatros de Mar del Plata y cada suplemento de espectáculos y cultura habido y por haber. Clarín, por ejemplo, repartió el podio de los personajes televisivos más importantes de 1998 entre Roxy y Panigassi de Gasoleros y Goku.

Potenciaba el fenómeno que estas series animadas japonesas, originalmente apuntadas a un público que camina el filo entre el final de la niñez y la adolescencia, expandían su teleaudiencia más allá del target de los auspiciantes del canal, que buscaban vender juguetes y golosinas. Gracias al ciclo veinticuatro horas del cable, el anime capturó la atención de jóvenes que se sumaba en las repeticiones nocturnas y de madrugada. O, como se los llamó en una revista especializada en su editorial inaugural, aquellos “que graban Sailor Moon a la 1:30 de la mañana”.

Con el creciente foco de atención, además de los billetes, llegó un renovado escrutinio por parte de los medios y de padres consternados por lo que estaban consumiendo sus hijos e hijas. Se ofrecieron al éter encendidos editoriales en radio y televisión. Jueces distritales hicieron lugar a denuncias recibidas y sacaron de circulación historietas y revistas varias. El recorte de escenas en Dragon Ball y Ranma ½ se discutió en revistas de periodismo de investigación y política. Frente a lo que se percibía y discutía como “censura”, asociada en muchos textos contemporáneos al fantasma de la dictadura, la posición “rebelde” era oponerse a ella. O, como opinó entonces Mario Pergolini, “si las opciones” que tiene mi hijo son “Cocomiel o Mi pequeño pony, que se maten, prefiero” a Goku.

La revista Lazer, por entonces una exitosa publicación especializada que tiraba hasta 50.000 ejemplares de cada número (ella misma calificada en su N°17 de “exhibición limitada” y ordenada a circular dentro de una bolsa negra por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires), fue un bastión de esta defensa de la “integridad” del anime y promotor de una parada liberal acerca de que se debía pasar o no pasar en televisión. Posición que luego aprovecharía su editorial, Ivrea, para lanzarse como una multinacional que publica manga a ambos lados del Atlántico. El aporte de Leandro Oberto, su editor, fue y sigue siendo clave para entender cómo se encuadra el tema de los dibujos animados japoneses en la esfera pública local, pudiendo leerse el eco de sus opiniones en decenas de tweets de aficionados al manganime.

Pero entonces el problema ya no era la violencia, sino el sexo. Dragon Ball y su “humor verde”, el mismo que motivo la reciente “preocupación” del Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires, fue destacado por virtud de la visibilidad que le otorgaba su éxito. También tuvo lugar la alarma por animes que trasgredían códigos heteronomartivos que eran todavía tabú en la televisión, incluso para el público adulto. Por ejemplo, la sugerencia de relaciones sexoafectivas entre personas del mismo sexo (Sailor Moon, Card Captor Sakura) o personajes que rompían con la binaridad de sexogénerica (Sailor Moon de nuevo, Ranma ½, ¡Estás Arrestado!). Como atestigua una nota periodística de la hoy célebre novelista Mariana Enríquez, incluso en los espectadores adolescentes generaban pasmo e inquietud esta novedad disruptiva de la animación japonesa, reaccionando en igual medida con curiosidad púber y reproducción de prejuicios intolerantes. Nuestra ESI con ojos grandes.

Acá, donde ese muro se piensa como tenue velo siempre en riesgo de ser transgredido, el anime representó para algunes una educación sentimental

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Aquí nuevamente nos encontramos, se podría decir por fortuna, con el “teléfono descompuesto” de la circulación global de productos culturales. Lo que en Japón se produjo como un entretenimiento firmemente emplazado en el reino de la fantasía, separado por un grueso muro de la realidad de un país que corre muy por detrás a sus socios de la OCDE en términos de agenda de género, de este lado del mundo llamó a la apropiación y la subjetivación. Acá, donde ese muro se piensa como tenue velo siempre en riesgo de ser transgredido, el anime representó para algunes una educación sentimental en las diversidades. Junto al manga, también apeló a una generación de mujeres, quienes al sentirse identificadas con superheroínas con agencia, ingresaron al masculinizado mundo del fandom en Argentina. No solo como lectoras, sino como artistas, que están tomando por asalto una “historieta nacional” que durante (casi) toda su historia las dejó afuera.

Esta bola de discursos, apropiaciones y experiencias son los que entra en tensión en el caso Dragon Ball (2021). Lo que se considera apropiado para consumo de niñes acá, allá y en todos lugares donde residen las empresas que “glocalizan” al anime para un público latinoamericano. Como se piensa la relación entre la fantasía de la cultura masiva y realidad de sus consumidores. La subjetividad de una generación de, hoy, hombres y mujeres argentinos para quienes el anime es tan parte de su vida como puede serlo para otros un cuento de Cortázar o una canción de Los Redondos. Todo enmarcado en el contexto de un profundo proceso de cambio cultural ganado en las calles por el movimiento feminista, dentro del cual nuestra sociedad renegocia que nos sigue causando gracia y que ya no es tolerable.

Algunos fans, interpelados por su adultez y el zeitgeist presente, entienden ahora que esos cortes que hizo en su momento Magic Kids tenían lugar después de todo. Otros siguen firmes en sus convicciones, adoptadas al calor del fogueo de los noventa. Dentro mismo de los feminismos, encontramos disenso y posiciones encontradas acerca de cómo interpretar y lidiar con productos culturales que contengan “violencia simbólica” hacia las mujeres.

¿Qué hacen chicas y chicos con los dibujos animados que ven en la tele? Una pregunta abierta que demanda una aproximación multidisciplinaria, siempre y cuando los catadores de investigaciones científicas consideren que esta es una buena manera de “gastar la plata de sus impuestos”. Cartoon Network Latinoamérica, que en los últimos años construyó una imagen de canal infantil que promueve la diversidad y la tolerancia (paradójicamente, gracias a series animadas creadas por artistas profundamente influides por el anime), cortó por lo sano y sacó Dragon Ball del aire. Pero hoy nada, ni siquiera lo “cancelado”, esta fuera del alcance de quien tiene ganas de verlo o leerlo o escucharlo. De hecho, desde el comienzo de la pandemia nos encontramos transitando un “boom” en la publicación de historieta japonesa a nivel local, incluyendo una nueva edición a color de la obra de Akira Toriyama.

¿Qué hacemos entonces con el anime y el manga en Argentina? Muchas cosas, como hemos venido haciendo hasta ahora. Incluyendo debatirlo.

La subjetividad de una generación de, hoy, hombres y mujeres argentinos para quienes el anime es tan parte de su vida como puede serlo para otros un cuento de Cortázar o una canción de Los Redondos

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