20 de julio de 2026
La democracia también cumple las de un Vía Crucis. Y tuvo su semana santa tallada en madera, la del motín carapintada y la frase de “la casa en orden” frente a la multitud. 1987 fue el fin de las ilusiones y el baño de realidad que dejó un realismo para siempre del que igual extraemos luces de esperanza. Pasión, muerte y resurrección de una vida común en la que cada cual lleva su cruz. Lo que sigue son tres historias debajo de estos dos mil años. Dos mil años, ¿de qué sirvió?
1
Antonia por ese entonces estaba viviendo con su marido Juan y las dos nenas en el campo, “ahí en el Ombú”. Juan trabajaba en el Establecimiento Delfinagro, un campo ganadero que produce miles de cabezas al año. Ella lo acompañaba. Criaban a sus dos niñas en una casa que les daban, un ranchito modesto y digno. Iban a la escuela, a un jardín de infantes en la zona rural. Fue la parte de su vida más clara y ordenada. La vida de Antonia, la guachera, está parcialmente contada en ese texto. Todavía estaba la Pandemia, pero en los campos de Azul los asuntos del COVID se reducían a lo que se veía por televisión y a los cuidados básicos de caminos que siempre estaban desolados. “Vivíamos alejados del mundo”, dice.
A Antonia desde esos días que le encanta “trabajar con animales”. Sabe capar. Y cuando lo hace manda fotos, en una se la ve sosteniendo un ternero, sus compañeros cuchillo en mano atrás. Ella mira la cámara. La imagen será muda, pero lleva las quejas del animal. Me la deja mostrar. Y es de los pocos trabajos de los que tiene imágenes. En cada capada era fijo que su patrón (con el que ahora está de culo porque no le pagó un trabajo) la convocara.
Aunque lo que primero aprendió, también en los campos de Azul, fue a cuerear. ¿Y qué es cuerear? “Cuerear es cuando se muere un animal y para despostarlo, o sea, para sacarle la carne, vos le tenés que sacar el cuero con un cuchillo.” Me habla del cuero de la vaca, del toro, del ternero o de la oveja, aunque me dice que “el chancho no se cuerea”. “El chancho se pela calentando agua en un tarro hirviendo, con un jarro vas echándole agua al chancho, ya muerto, y lo vas pelando, con la mano, y te cagás quemando.” Matar no mató nunca a un animal. No es que se ufane. Dice que no le da el cuero, valga la redundancia.
“En cada instante de nuestra vida hay algo que se pierde”, escribió Massimo Recalcati en el arranque de su libro sobre el duelo. Y pese a lo poco original siempre suena revelador pensar, justamente, que los animales no conocen ese pensamiento de la muerte, su muerte es parte de un ciclo, “responde al ritmo necesario de la naturaleza”. Recalcati dice así cuando habla de que no estamos hechos para morir: “La vida animal es siempre una vida llena de vida, una vida que no conoce la finitud como herida necesariamente mortal de la vida”. La conciencia y pensamiento de la muerte en su obra pasa por detener la mirada sobre un animal o una flor (y decir de ellos: “vida llena de vida”) hasta la escena (y libro) fundamental de la cultura cristiana que nos constituye: “La noche de Getsemaní”. La noche más frágil de Cristo, la noche de la plegaria, el Huerto de los Olivos tras la última cena y la traición “final”.

“Matar, que yo haya matado animales, no”, insiste Antonia. “Sí cuando se enferma algún animal o se quiebra una vaca o un toro, ahí lo matan para que deje de sufrir, y veo cómo lo matan, pero yo con mis manos no.” Lo que el animal no piensa lo pensamos nosotros. Lo llevamos a cabo en esa “ley” que menciona Antonia: matar para que deje de sufrir. “Ya no sufre” es una frase clásica de consuelo universal, un lugar común que se repite en sepelios y entierros. “Pensá que ya no sufre.” La idea de alivio, pero dicha en ese susurro (“ya no sufre”), dicha así, bajo la sombra de una cruz imaginaria. Con los animales parece una ley ancestral: “lo tuve que sacrificar”. Esa pena de muerte piadosa. El sufrir que es peor que la muerte. El sufrir que la muerte alivia, alivia los clavos. ¿Cuántas veces oímos: “tuvo una buena muerte”? Entre muchas cosas, incluso el valor de San José es el de ser el santo del buen morir. Claro, ¿qué mejor muerte que en brazos de Jesús y María? “Él murió y nosotros lo felicitamos porque murió dulcemente, su corazón atravesado por una lanza de dulce de leche…”, escribió un lírico Osvaldo Lamborghini en “Nosotros y lo dulce”. La muerte dulce que casi empalaga o la muerte de los empalados. Tener una buena muerte es nuestro deseo. Como decía mi abuela: “rezo para quedarme dormida”.
Una noche de pascuas estaban de guardia Antonia y su marido Juan, y empezaron a parir las ovejas. Se oía el alboroto, la desesperación contagiosa, se puso a temblar todo. La vida ocurre, mana, a veces, cuando menos se la espera. La guardia era cuando se tenían que quedar un fin de semana haciendo todos los trabajos del campo mientras los otros compañeros se tomaban el franco. A ellos les tocó toda la semana santa. Imaginemos lo insoportable en los balidos de esas ovejas pariendo. Y una de las ovejas, para colmo, parió trillizos, y sólo empezó a amamantar a dos y a la otra de las crías la dejó abandonada. Llamaron a muchos compañeros. Hubo que alterar la rutina de francos. “De golpe, íbamos con Juan en un momento para el feedlot y encontramos a la ovejita que la madre rechazó temblando. Y ahí le pregunté a uno de los peones si me lo podía llevar a mi casa. Pero me decían que no iba a vivir, que era muy chiquita. Me la llevé. La empecé a alimentar. Le hice como un calostro con yema de huevo, leche en polvo, se la entibié y empecé a darle.” No quiso que fracase, hizo amanecer la vida entre fuegos lentos. Esa ovejita se hizo grande, creció entre ellos, la llamaron Blanca. “Incluso después las nenas le daban la mamadera con una botella. Andaba entre los perros. Era parte de nosotros. Cuidaba a mis hijas, se iba al campo y ya parecía un perro”. La vida de la oveja duró hasta que un día fueron a sembrar maíz y la oveja se les escapó, empezó a comer ese maíz y se murió. “Se nos murió empastada, y eso sí sufrimos con las nenas porque la habíamos criado de bebé.”
El otro peón le gritó la receta del calostro, esa primera leche amarillenta que sacan las glándulas mamarias. Se puso a batir huevo y leche en polvo en agua tibia. Como si brotara de ella misma
La vida de Antonia en menos de 30 años enfrentó todos los desiertos de la nación argentina: nacer en una villa de José C. Paz, vivir en la calle del centro porteño, mudarse a un hotel familiar de Parque Patricios, mudarse después a Verónica con un subsidio porteño que promovía la migración inversa, ligó la violencia del padrastro, conoció el campo, creció y padeció las adicciones, se separó de cada papá de sus tres hijos, llevó la muerte de su padre encima (cuya familia paterna reencontró por Facebook, lo contamos acá), y navegó entre el desempleo y el pluriempleo. Pero el único trabajo del que siente orgullo es el del campo, ahí, entre animales: en bombacha criolla y alpargatas. Es libre, aunque la exploten.
2
“Un soldado es de una manera hasta que se prueba en combate”, suele repetir Alejandro. Ahora que está retirado y rodeado de sierras puntanas escribe sus memorias en un puñado de audios sobre la experiencia como militar argentino. Lo entrevisté en mayo del año pasado. La batalla de Tablada y las misiones con Cascos Azules en Haití fueron sus dos pruebas de fuego. Una, fue un combate con un asalto guerrillero inesperado. La otra, una serie de misiones humanitarias en las que puso a prueba su instrucción militar en una isla desolada por los huracanes y la hambruna. ¿Alguna vez estuviste cuidando un camión de alimentos de Naciones Unidas en la ruta y a la vera de una aldea haitiana con cientos de personas mal alimentadas? Él sí. ¿Alguna vez te miró un haitiano a los ojos?
Pero, ¿cómo se fue a dormir el 22 de enero de 1989, en las vísperas del asalto al cuartel de La Tablada que iba a cometer el entonces Movimiento Todos Por la Patria? Un país entero se fue a dormir sin saber lo que vendría. Alejandro también era parte de ese país que ignoraba el destino. Y era la noche previa a su bautismo de fuego como comando del ejército. Aún vivía con sus padres en una casa modesta de Martín Coronado. Por esos días los padres estaban de vacaciones en La Rioja. Su padre había sido mozo en el café El Molino, y en esa familia de trabajadores vivían su ingreso a la Escuela de Suboficiales como un paso de ascenso social. El ejército, el arma más popular. Así que esa noche, solo, sin teléfono, Alejandro durmió como casi todos los días de esos meses y un plus: la incertidumbre de no saber qué iba a pasar con su Compañía, porque los rumores de cierres, traslados y recortes eran constantes. Algo lo inquietaba, se refrescó, mojó su cara, prendió el viejo ventilador y se fue a dormir. Alejandro ingresó al ejército en febrero del 82, así que vio la guerra de Malvinas muy pichi y desde adentro del regimiento: vio partir a sus compañeros mayores, a muchos no los vio volver. Pero la formación más intensa la vivió después, en el inicio de la democracia. La desmalvinización, los juicios por las violaciones a los derechos humanos y la primavera democrática habían empujado a un límite para muchos de los aspirantes a llevar uniforme militar: se les recomendaban justamente que no usaran tanto ese uniforme afuera para evitar agresiones, sobre todo cuando viajaban en tren o colectivo, en la calle, en la “vida civil”. No debía ser un secreto, debía ser discreto frente a una sociedad que en muchos casos descargaba broncas contra alguno. Pero Alejandro era comando. Un tipo especial con formación estricta, profesional, audaz.
Esa mañana del 23 de enero su vecina Marta, que sí tenía teléfono, se acercó a la casa. Eran las siete de la mañana más o menos. Y Alejandro dormía en la habitación que daba al jardín. “Me acuerdo que la mujer golpeaba las manos. Gritaba ‘¡Alejandro, Alejandro, llamaron del cuartel que tenés que ir para allá!’.” A toda prisa se cambió, y se fue, pensando que era apenas la noticia de que salía su pase. “Pero cuando estoy llegando a la Compañía de Comandos veo un camión cargado de gente con diferentes uniformes.”
Al llegar, y con el primer grupo, “vestidos así nomás”, reconoció a varios compañeros suyos, como el “Pijitriqui” Vera, un veterano de Malvinas, muchos años después fallecido por el COVID. Este era el relato de esa primera mañana: “Yo había ido en tren, no escuchaba radio, así que cuando llego veo esa situación. Me recibe un Capitán que yo no conocía con una lista y me pregunta: ‘¿usted quién es?’. Le digo y me dice: ‘Proceda a tomar su armamento individual y vaya a la sala de armas porque la subversión ha tomado el 3 de La Tablada’. Y la verdad era como si me dijera: ‘mañana usted es protagonista del Eternauta’, una cosa totalmente ilógica. No entendíamos lo que nos estaban hablando, estaba fuera de contexto histórico decir ‘la subversión’.”
El jefe de Compañía, que los condujo en combate, era el Mayor Sergio Fernández, también héroe de Malvinas, que llevaba el mérito de haber derribado un harrier con un misil. Ese día perdieron dos hombres (“Teniente Ricardo Rolón, al que le decíamos “Walfy”, y el Sargento Ramón Orué, que muere poniendo a resguardo a los soldados que estaban de rehenes”). En el recuerdo del combate de La Tablada hoy ve una situación caótica, sin claridad de lo que pasaba. “Imaginate que convergieron tres mil efectivos de diferentes fuerzas sin unidad de comando para coordinar la acción. Entonces, en un momento que estábamos en un edificio en plena noche nos iluminó la explosión de otro edificio, se prendió fuego la Compañía B, nosotros estábamos en el Casino de Suboficiales, en la parte de arriba, y cuando nos ilumina ese resplandor por la explosión, llovieron disparos a mansalva y no era la agresión de un enemigo, era la propia tropa que pensaba que nosotros éramos enemigo. Gracias a Dios no sufrimos víctimas en ese momento. Nosotros perdimos en esa acción al Teniente Rolón, que demostró valentía y coraje hasta último momento, cayó delante mío con un disparo en su cabeza. Y fue bastante complejo retirar su cuerpo de ahí, aún herido, bajo las balas. La gente que estaba intentando tomar el cuartel estaba en su mayoría muy instruida, porque uno se da cuenta cuando se confronta con un enemigo que tiene claro lo que tiene que hacer.”

3
La Argentina es ancha y no ajena. A Alejandro lo conocí en 2010, en Haití. Y unos años antes, en un trabajo en el Estado con cooperativas de cartoneros, conocí a F, uno de los combatientes guerrilleros de La Tablada, que formó parte del MTP desde sus orígenes. Ya en libertad, con los años encima, vuelto a casar y con un nuevo hijo, notaba en F que algo en su temperamento compartía con Alejandro: cierta serenidad visible en personas que han combatido en serio. Ni guerreros de escritorio, ni rufianes de pico (desde una torre de marfil): habían estado a la intemperie, arrastrando el cuerpo de otros bajo la balacera, habían disparado y les habían disparado. Con F también quise saber cómo fue la “noche previa” al asalto. ¿Cómo se duerme, qué se sueña, cómo es exactamente el momento en que se define un destino, cuál es la última cena? A diferencia de Alejandro, que dormía sin saber los hechos, F sabía que esa noche era difícil, conocía lo desconocido que vendría: el asalto sorpresivo, la operación, la simulación de que era otra sublevación militar. ¿Cómo se hace para dormir, cómo se hace para despertar? F dice que esa noche comió y pudo dormir. El repaso obsesivo de cada acción achicaba los márgenes de error. La historia la conocemos. Y el mundo que hizo posible ese combate no existe más. La guerra fría prácticamente terminó en ese último combate caliente en el Regimiento de Infantería Mecanizado 3, una unidad del ejército argentino en el partido de La Matanza. Pero el siglo XX nos dio, nos dejó, la larga licencia en su lento desenlace para mantener vínculos así: podés ser amigo de dos personas que se habían disparado. Las dos líneas de fuego.

En un asado en su casa, una noche de principios de siglo, F contó detalles del asalto (lo que Crónica TV llama “La batalla de La Tablada” en una película interminable) y a lo que Lucas Martí dedicó un disco exótico y, a su modo, genial. “¿Fue un error?”, preguntamos, con más vino que sangre en las venas, dando lugar a la pregunta más difícil (la más inocente). “Casi”, respondió F, y se apuró a tomar vaciar su copa y no decir más. No cree en el error. Esa noche supimos que quien había oficiado para el acercamiento con los presos de La Tablada durante sus protestas fue nada menos que Jorge Bergoglio, en ese entonces arzobispo de Buenos Aires. Salvo para quien tuvo prohibido pensar por mano propia, la figura de Bergoglio cruzaba datos así de sorprendentes e inesperadamente transversales. F pasó todas. El combate, la tortura, la prisión. Pasión, muerte y resurrección. Hoy es cooperativista, abuelo, tipo íntegro. Como Alejandro (otro íntegro), con quien estuvo “frente a frente”, lleva un ánimo más edificante sin renunciar a sus ideas. Pero este mundo con polarizaciones de diseño, guerras virtuales, matanzas sin imágenes y análisis geopolítico con culo ajeno refuta cualquier gesto a favor de una piedad o al menos una comprensión entre adversarios.
¿Alguna vez estuviste cuidando un camión de alimentos de Naciones Unidas en la ruta y a la vera de una aldea haitiana con cientos de personas mal alimentadas? Él sí
3
Escribo en jueves santo. Las pascuas vibran como las “vísperas” de que algo siempre puede pasar. Su evocación más alta, la noche de Getsemaní, la noche de la duda, donde “no hay clavos, látigos, coronas de espinas, palizas, sino solo la pesadez de una noche que no parece tener fin…”, como arremete Recalcati sobre esa madrugada de Jesús que “no es la noche de Dios, sino la del hombre”. Pienso en las noches de F o de Alejandro, previas a un destino. Pienso en las Felices pascuas de nuestra democracia, que llevan el tradicional eco de cuando Alfonsín -acompañado por el peronismo- en un discurso que desilusionó a la izquierda, pero no a la Historia, consuma su negociación cara a cara con Rico: “no hay sangre en la Argentina”. Por una vez se apartó el cáliz de la muerte. La noche de Getsemaní, con Jesús entregado y traicionado, estampa como escribió Recalcati “el tormento de todos los seres humanos frente a la cita ineludible con su propia muerte”. Convoca en una sola noche las noches absolutas y el silencio de dios. Antes que la cruz, la espera oscura para quien murió hace más de dos mil años por todos nosotros. “Lo que vas a hacer, hazlo más pronto…”, dijo Jesús a Judas. Toda traición será íntima, se adivina. Su plegaria no fue oída, la soledad de Jesús es la de todos nosotros. ¿Y Antonia? Antonia pensó por la oveja, a la que su madre rechazó (hermanita perdida). No le dio el corazón, como cuando dejaba morir a un animal agusanado “del que no sirve ni la carne”. El otro peón le gritó la receta del calostro, esa primera leche amarillenta que sacan las glándulas mamarias. Se puso a batir huevo y leche en polvo en agua tibia. Como si brotara de ella misma, lo que brotaba de ella misma esa noche pascual. La oveja temblaba, llegó su resurrección. La fórmula para todo lo que se puede salvar antes que sea demasiado tarde.
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