20 de julio de 2026
No hay calma que anteceda una tormenta y no hay alma que calme que un día seamos carne separada. Así lo sabe el cordero cuando es demasiado tarde. Y lo sabe en la cinta transportadora, cuando es tarde para mirar atrás y sólo queda el balido lastimero. Cuando es tarde para elegir otro camino. Pablo d’Ors confirma que experimentar esa vulnerabilidad es saber que “somos corderos”. Tomemos eso. Lo que sabe el animal lo sabe tarde, yendo al muere, y lo sabremos todos. Cuando toda la carne tiembla. En la “Guitarra negra” Zitarrosa hace de ese temblor un recitado principal: “Media tonelada de huesos astillados / hincados en toda esa vida / temblorosa y atónita”. Eso está desde el inicio de la civilización: la gran economía que funciona engañando a los animales para que entren al matadero y no al campo a pastar. En la “Biografía de la luz”, Pablo d’Ors insiste y dice que “engatusamos” hasta a las mascotas (aunque ellas intuyan las verdad). Y que todos vamos por la cinta, que todos seremos corderos tarde o temprano. Sin ser animalista se puede sentir el manto oscuro de ese pacto implícito que siempre rompe la inocencia hacia el final: ante la muerte y el final no te salva ni el cinismo. El trovador santafesino de la democracia argentina cantaba en su himno por “toda la pobre inocencia de la gente”. En 1978, a quien quiera oír, decía que éramos corderos en Solo le pido a Dios. ¿La gente es inocente? Fogwill, que era más malo que León Gieco, observaba que justamente en esa canción cabía una paradoja: en el solo hecho de tomarse el trabajo de molestar a Dios se revela que no se está siendo indiferente. No se puede ser indiferente ni inocente a propósito. No somos corderos. Pero compartimos su final. Creas en lo que creas, en Argentina la indiferencia es un bien escaso. El estallido social que no ocurrió -y que tal vez no ocurrirá, porque tal vez nuestro pacto civilizatorio de este siglo sea evitarlo, alargarlo, prolongarlo en la manta corta del dólar barato- tiene una fuerza interna: la forma de una implosión personal. La sociedad no estalla, las personas sí. Aunque sea una implosión en las cuotas del pluriempleo, el maxi consumo y los corazones solitarios. Y ese es el espectáculo contemporáneo con banda de sonido hecha de bruxismo, del megáfono de “¡compro heladeras, lavarropas!”, del timbre de “¿tiene ropa para dar?”, del silencio del invierno demográfico y las vidas al rojo vivo. Las que no dan más. Lo que se ve en los vagones. Si los trenes descarrilan, imaginate las personas.
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Cuando en el verano de 2007 se incendió un barrio que los medios llamaron “Villa Cartón” bajo la autopista de la calle Lacarra en Villa Soldati, el operativo policial consistió en una acción de separación directa: había que separar a la gente de sus cosas. Las personas y las cosas. Porque, al primer fuego todos corrieron a salvar lo suyo: la guita bajo el colchón, el colchón, los televisores y heladeras, la ropa, los juguetes, los perros y gatos, el abuelo dormido. El cordón policial era de acero: separar las personas de sus cosas. Y el ritmo de ese drama sonaba al son de explosiones que se repetían cuando volaba cada garrafa que alcanzaba el fuego. De a una. Cada tanto. En el camino lento de una mecha larga. Así, y también de a una, cada tanto explotan algunas vidas.
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Un periodista lúcido, adherido con pesimismo a la protesta de su gremio durante el paro en el diario en que trabajaba, comentó mientras sorbía el café de un bar que no existe más en la calle Piedras: “Al final, yo no necesito un aumento, necesito un golpe de suerte”.
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“El trabajo de guachera es lo más lindo que hay”, dice Antonia que en sus 27 años conoció casi todos los trabajos golondrina del siglo 21, menos la suerte. “Para el que le gusta el campo este trabajo es hermoso”, insiste. La contrató un tal Vega, un patrón intermitente desde hace años. Antonia vive en Azul porque ahí viven sus hijos. Algo de ella está escrito acá (“Luz de provincia”). Su vida de “superación”: de la calle a un hotel en Parque Patricios con mamá y padrastro, de ahí a una mudanza a la ciudad de Verónica y finalmente a Azul donde primero tuvo a sus dos hijas con uno, después se separó, y tuvo otro niño con otro. Llegó el varón, Enzo.
Antonia está con quilombos: juicio con el papá de su tercer hijo. El nene tironeado. Ella, las de perder: porque no tiene un peso y está sola. La mamá en Verónica, el hermano en Moreno, el padre en el cementerio y un padrastro fajador viviendo en Mar del Plata al que no vio más. Antonia se le puso delante al padrastro varias de las veces que golpeaba a su hermanito. Eso son los hermanos mayores.
Antonia revolotea entre laburos: cuidar chicos, atender un bar, moza en una parrilla, ir a alguna cosecha en los campos de ese Vega. Obviamente que en la interna con su ex se revolean carpetazos, se acusan de “cosas peores”. Viven a un grado de separación del narco, soldaditos de plomo. Pero ahora resulta que Vega le preguntó si podía ser guachera. Y Antonia agarró viaje. ¿Y qué es “guachera”?, le pregunto. “La guachera es cuando las vacas paren y tienen los terneritos, entonces los destetan para que después no estén todo el tiempo con las vacas, entonces los ponen en otra parte del campo y uno les da la mamadera hasta que sean un poquito más grandes y empiecen a comer solos”, explica. “La guachera es una boludez, no tiene tanta ciencia”, se ufana (o se baja el precio). El campo en su punto del horizonte donde naturaleza y ciencia se atan con tareas antiguas, manuales, satélites, drones, trigo y leche. Así, también a ese trabajo de guachera Antonia le agrega su dulce apego: dice que ella acaricia la cabeza de cada ternerito. “Obvio que en ellos veo a mi Enzo, en la cría se ven los ojos”.

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García Lorca una vez dio una conferencia sobre “nanas infantiles” de España. Era su investigación sobre canciones que viajaban de Galicia a Andalucía, del País Vasco a Madrid, con sus pequeñas modificaciones y mortificaciones. España tiene cantos alegres, dice Lorca, “chanzas, bromas, canciones de delicado erotismo y encantadores madrigales”, pero, “¿cómo ha reservado para llamar al sueño del niño lo más sangrante, lo menos adecuado para su delicada sensibilidad?”. Y dice: “la canción de cuna está inventada por las pobres mujeres cuyos niños son para ellas una carga, una cruz pesada con la cual muchas veces no pueden”. Dice Lorca que “cada hijo, en vez de ser una alegría, es una pesadumbre, y, naturalmente, no pueden dejar de cantarles, aun en medio de su amor, su desgano de la vida”. La madre “tiene la necesidad de la palabra para mantener al niño pendiente de sus labios, y no sólo gusta de expresar cosas agradables mientras viene el sueño, sino que lo entra de lleno en la realidad cruda, le va infiltrando el dramatismo del mundo”.
Esta de Granada: “A la nana, nana, nana / a la nanita de aquel / que llevó el caballo al agua / y lo dejó sin beber”.
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Los días previos a la muerte de mi madre se fueron en ese tráfico entre lo que se sabe inexorable (que la suerte está echada cuando entran a escena los de “cuidados paliativos”), lo que un paciente cree (que hay alguna chance) y la simulación de una normalidad (¡que un día volveremos a la vida que dejamos atrás!). Como a los animales que uno engaña en su final, así son los enfermos. Pero mi madre, que tuvo el don de la belleza, imponía en su deterioro un espectáculo para el que nadie estaba preparado: la descomposición del cáncer avanzando por las células para exhibir sus huesos. Tiempo yendo hacia atrás: de la leche al hueso, el calcio hacia su ocaso negro. Los días que iba a cuidarla, que eran muchos, evitaba mirarla. Todo lo que hacía era leer mientras dormía o serle útil mientras estaba despierta. “¿Agua, ibuprofeno, una manzana, mamá?”. No tuvimos una relación fácil. Su vida no había sido fácil. También fue, a su modo, guachera: amamantó todo lo que pudo salvar a su paso; aunque a veces hubiera que salvarse de ella. Pero una tarde le esquivé demasiado la mirada. Me dio la impresión que se dio cuenta. Cumplí “mi turno” y volví a mi casa desde el hospital en bicicleta, no se oía nada, un sábado otoñal y silencioso. Ciudad lista para el luto. Llegué. Me duché. Y en la ducha decidí volver al hospital. La cuidaba mi padre. Le dije que me quedaba un rato más. Que él fuera a tomar un café. Le vino como anillo al dedo. Yo sabía que volvía al hospital a “algo” que tenía en la punta de la lengua. Así que ahí le dije: “vieja, estoy orgulloso de vos”. Ella se quitó los lentes. Me miró seria. No le pareció extraño. Y me dijo: “yo también”. Ninguno de los dos lloró. Fue lo último que nos dijimos. Dos semanas después, murió.
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El laburo de guachera de Antonia duró un rato. Fue un reemplazo, ama de leche para los terneros. “Tampoco era tanta guita”. El hermano de Antonia, a ese que ella defendió de algunas palizas (que era, en los hechos, sumarse a ligarla con él), casi casi hizo una carrera en el fútbol. Anduvo bien. Se probó. Hay fotos. Empezó a jugar. Pero después tuvo un hijo y con el hijo encima tuvo que ponerse a laburar. Un clásico: la pesada cruz de un hijo, diría Lorca (que se encargó de no tenerlos). Antonia decía del hermano: “capaz que nos salvaba”. Es verdad. “El sueño del pibe”, el tango que Maradona cantó como nadie, es el sueño de una familia. Y era rapidísimo su hermano, quizás su primer entrenamiento fue rajar de las piñas del padre. La clase media, en general, es un cementerio de jugadores imprescindibles a quienes otras aspiraciones de clase quitan de la cancha. “Anotate en la carrera, nene”, se impone, o se imponía hasta hace un tiempo. Pero los de más abajo tienen el sueño más intacto: llegar. Ese es el lado tierno del humor de Eber Ludueña, que lo hace inmortal, la historia del descarte. Cuando un jugador llora, llora un pedazo de muchas cosas que sabe íntimas, secretas. Como el Changuito Zeballos. Imaginemos si el hermano de Antonia llegaba. Y llegaba lejos. Y jugaba en un equipo grande. Y salía campeón. Y los salvaba a todos. Antonia, guacherita, un día de gloria le podría haber recitado el final de ese poema de Bukowski sobre el boxeador que le paga las clases de piano a su hermano:
“Cagney / no sabe nada de música / pero oyendo el aplauso final / cree que / todos los golpes que le dieron / valieron la pena”.
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(Foto: José Muzlera)

