19 de julio de 2026
1
El tango habla de guita. Habla de amor, de guapos, códigos y traiciones, de boludos que lloran minas, de minas que se sacan de encima boludos, de hombres y mujeres que van al frente, de madres perdidas, de la casita de los viejos, de chorras, pecados, amistad, de la ciudad que siempre sucede en el pasado, y hasta es posible encontrar en “Quejas de bandoneón”, según dicen, una escala de Bach… pero habla de guita. De lo que no habló la política todos estos años por… ¿tabú, choreo y culpa, anti capitalismo de cátedra, largo efecto traumático de la crisis anterior (¡chorros, devuelvan los ahorros!)? El tango es barroso. El rock nació con la conciencia más culposa. Los rockeros se hicieron más millonarios que los tangueros, pero a muchos “les dio cosa”. Troilo apenas se compraba un departamento en pleno centro. En su largo repertorio de canciones contra los males del mundo, al rock le fue más fácil encontrar el “giro lingüístico” para mirarse a sí mismo y decir: “oh, bienvenidos a la máquina”. El rock nació autoconsciente. El rock nació mal. Como The Wall, conciencia de saber el monstruo que gestaba. “Yo soy la morsa”, cantó Lennon temprano (Lennon entendió como nadie). O el Indio, más doliente: “Cerrás los ojos y ves la boutique del rock / y sus jugadas que siguen saliendo bien”. El rock fue tema del rock. El tango también fue tema del tango, pero en una autocelebración feliz, melancólica, menos moralista. Así, con todo encima, el tango habló de guita, de la calle de los comunes sin culpa, yiros y rufianes con enganches de moral conservadora y picardía, música de primera crisis, bolsillo y existencia, genio ede Enrique Santos Discépolo: “…en el rasgo ruidoso de su destino gigante, los hombres de las grandes ciudades no pueden detenerse para atender las lágrimas de un desengaño”.
“¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?”, escribió Ivo Pelay en el 33, y le puso música Francisco Canaro. El rock les hablaba a los presidentes, el tango a los ministros de economía. Por abajo. Eladia Blázquez, muy ilustrada, lo recargó en su tango “La cartera de economía”, con glosas de Julián Centeya. Pero el tango murió. Emilio De Ípola dijo que el peronismo mató el tango. Gustavo Varela dijo lo contrario: que murió en 1955. A su modo, decían lo mismo.
2
Llegó el ajuste y tenía tus ojos. Después de veinte años de tabú (en el gobierno de Alberto y Cristina decían que no se podía ni microsegmentar una tarifa de luz solar) ganó y gobernó el que lo prometió y cumplió. Sin blindaje, ni sintonía fina, ni gradualismo indulgente: motosierra. Y ese ímpetu de épica y ajuste corta también con el personal de un viejo régimen: esa mayoría de políticos, intelectuales, periodistas que se pasaron años y años pidiendo un ajuste y ahora quedaron afuera de la “gesta”. No es nuevo perderse el tren de la Historia al que le construiste las vías. Eso leímos en la “Campaña en el Ejército Grande” de Sarmiento, cuando el prócer sangraba por la herida narcisista: en el tren a la victoria de Urquiza, Sarmiento viajó en el furgón. Ahora pensemos en un Cachanovsky, en López Murphy, en Macri sobre todo, y en varios periodistas cuyo negocio fue pedir el ajuste imposible y dormir tranquilos (yo digo lo que pienso, si total, lo que pienso jamás ocurrirá). La motosierra de Milei era su me preparé toda la vida para esto, pero nadie te prepara el ego para tu exclusión. Ganaron mis ideas, pero yo no gané. Milei los deja afuera de su faena y ahora son críticos: nos pasamos la vida pidiéndole a la democracia que no se olvide del capitalismo, ahora le pedimos al capitalismo que no se olvide de la democracia.
3
Se escribió mucho sobre el peronismo este 2024. Como la Argentina: sobre-pensado y sub-ejecutado. Pero el vaciamiento ideológico al que el peronismo se expuso en estos años ya ni siquiera es tanto sobre “cómo elaborar un programa para este siglo”, sino sobre la pérdida de madurez. El peronismo supo ser la reunión de padres de la política. No importa con qué ideas. Ni tampoco si era “el partido del Estado” o “el partido del orden”. Con Menem, con Duhalde, con Kirchner, el peronismo supo ser un cierto orden que destrababa la deliberación en cada crisis recurrente. Porque muchas veces la sociedad argentina es una histeria productiva: corporativa frente a lo líquido, invertebrada frente a los soviets. No era “la Hegemonía”, en tal caso, funcionaba como una última palabra operativa para que las cosas funcionen en el desorden. El peronismo era el jefe de maestranza de una sociedad sin jefe. “¿Algún adulto en la sala?”, es pregunta sin respuesta hoy. Una dirigencia que se empecina en no hacer cuentas sinceras sobre los años pasados. Tan así que, ¡es extraordinario!, persiste hasta una cierta idea de que como el gobierno de Alberto y Cristina no fue lo suficientemente radicalizado por izquierda (gente que reclamaba la expropiación de Vicentín en el mismo instante que conocía la existencia de la empresa), entonces, ganó algo lo suficientemente radicalizado por derecha. Como si la demanda social argentina, en última instancia, se redujera a una demanda de estilos comunicativos, a un repertorio de técnicas de intensidad y locura. “¡Votaron motosierra porque no hicimos reforma agraria!” Como si el estilo Milei fuese homologable, una fórmula actoral adaptable a cualquier idea. Como si Milei no fuese, finalmente, el loco y la idea. Las dos cosas. Las dos cosas inseparables. Inseparables, incluso, aunque “esas ideas” que ganaron (ese dogma) fracase de lleno (última y única esperanza de la oposición sin otra alternativa). Si con la democracia no se come, ni se cura, ni se educa, que la motosierra la rompa.

4
Pero ahora que es moda Robespierre, recordemos que la cultura argentina siempre tuvo la institución del café. Roberto Arlt o Rodolfo Kusch sacaban agua de ese pozo. Muchas cosas se resolvían en un café. Ya la escribí, va de nuevo: una vez Alberto Samid en el canal América se subió a una mesa de debate sobre la inflación y despotricó contra los supermercados chinos. “La culpa de la inflación la tienen los chinos”, dijo y todos hicieron cuerpo a tierra. Ssshhh. Eran los años de oro de la batalla cultural, año 13 o 14, y se vivía en esa arborescencia, el debate del debate. Pero los periodistas apretaron un poquito, “¿cómo que los chinos, Alberto?”. El INADI volaba en círculo. Y Samid dijo: “¿Vos te tomaste alguna vez un café con un chino?”. Enorme respuesta, aunque quedara a mil kilómetros de la solución. Samid ponía en el café el petróleo de nuestro progreso: la capacidad de integración, la capacidad de llegar a algún acuerdo, una pipa de la paz. La respuesta de todos fue que no. Samid no pedía que los echen del país, pedía que le acepten un café. Y contaba la anécdota de un supermercadista chino que no aportó guita para una colecta en su barrio. Esta imagen (tomar un café con cada supermercadista), bañada en almíbar costumbrista, no deja de ser una explicación argentina de problemas complejos: ¿qué cosas se resuelven en un café? Entre el café y la sangre… el tiempo.
Pero se acabó el tiempo de pedir tiempo. La Argentina está rota hace años y cada uno elige su motivo. Y se terminó de romper, en parte, el día que se naturalizó que es un país sin moneda. Esa extinción de la moneda fue el agujero negro y ninguneado del contrato social. Ese fue el despegue con la política de los muchos que, resignados, se fueron a vivir una vida paralela: si al Estado no le importa el valor de mi dinero, yo no valoro (ni voto) por lo que distribuye el Estado. El comienzo del final. La desconfianza más irreversible en esa compulsión a dar dinero inflacionario, un agravio en palabras de Pablo Semán: “la guita tiene valor moral, garantizar el valor de la guita es moral”. La distribución del ingreso fue pedaleando en ese vacío. Le quitaban valor a lo que distribuían. El “populismo” terminó siendo la hoja de ruta del ajuste: copiar sus técnicas e invertir sus valores.
¿Por qué Milei pudo gobernar hasta ahora? Porque, amén del orden logrado en la calle, se ocupó prácticamente solo de eso: de devolverle algo de valor a la moneda. Guita, plata, mosca, mosqueta, tela, la viva, biyuya, tarasca, ventolina… y ahora: agregás tu alias de Mercado Pago, tu “nombre de guerra” en la lucha diaria. “¿Te paso mi alias? Caca.pis.futuro.mp”. La Argentina desigual es también la sociedad de millones que se sintieron desiguales ante el Estado (no sólo ante el Mercado). Si mi plata no vale nada, ¿yo cuánto valgo?
En el rebusque de contar historias (oírlas, revolverlas, encontrarlas), sin ánimo de chicana, es cada vez más difícil contar algo “representativo” de esta Argentina interminable (país bello e infinito) sin quedar atrapado entre dos cosas. De un lado, esta última versión de lo que cierta intelligentzia denominó marrón (como en el caso de Prince, el “marrón” es el artista antes conocido como argentino común): lo popular racializado para entrar en el canon de la izquierda americana y ganar respeto internacional en un campeonato inter-víctimas. Y, del otro lado, la crítica “anti progre” que desencadenó una salida del closet del desprecio anti pobre, una marcha del orgullo “blanco” que añora una Argentina pre 1945, a la Alabama, y que no solo es repudiable desde lo ético o político sino por lo que se pierde de ver. Un universo. Las profundidades que la paleta de “colores de Benneton” no registra. Pero la Argentina siempre más grande que nuestras ideas. Como dice el Papa: la realidad es superior a la idea.
5
Antonia nació en 1998, en José C. Paz, un 7 de julio: el día frío de un año frío. La década del noventa ya había dado lo que tenía para dar. Ella y su mamá duraron poco en José C. Paz: junto al padrastro, Orlando, se fueron a vivir a la calle, al centro porteño, hasta que fueron a un hotel en Parque Patricios. Viviendo en ese hotel, el gobierno porteño les dio un subsidio para irse a la provincia. Así, con mamá, padrastro y hermano chiquito, se fueron a Verónica, cerca de La Plata, de donde era la familia materna. Ahí pudieron tener una casa, un terreno, montar una parrilla. Duró poco la paz y la economía. En el medio, ella se hizo grande y voló. Un padrastro abusivo y una crisis interminable le abrieron las alas. Empezó a vivir su vida. Ficha limpia de Antonia: mujer, argentina, 27 años, soltera, madre de tres hijos repartidos en dos parejas. Va su historia más completa:
Dos hijas con un primer padre con el que vivió en la ciudad de Azul, y a las que crió en los primeros años mientras él trabajaba de tractorista. Tenían una casa que les daba la empresa, las niñas en la escuela, todo sucedía en orden, pero luego, un clásico naufragio matrimonial: él se fue con otra. Antonia quedó boyando con las nenas por Azul. La madre de él, abuela de esas niñas, terminó con la guarda después de un par de incidentes, pero de a poco se recompuso el vínculo. Antonia consiguió un abogado a diez minutos de la jubilación que le responde los mensajes con delay, cero bola casi siempre, pero con la abuela armó buena relación y puede ver a las niñas semanalmente. Fluye por las vías en que los abogados sobran: los acuerdos entre humanos. La abuela es criteriosa y tiene claro que Antonia está sin espalda ni casa para las niñas. Pero no sin amor.
A Mariano, el padre del tercer hijo, lo conoció en un bar de Azul que frecuentaba Antonia después de la separación. Un bar con pool, alcohol, noche larga, bla. Pero el romance los encaminó pronto. Se juntaron y el amor es muy de hacer que las parejas se juren cosas: “dejo todo por vos”, “no te va a faltar nada”. Bueno, él empezó con laburos: lavar autos, repositor en supermercado, alguna cosecha. Mariano venía de intentar la carrera militar incitado por su abuelo, un jubilado del servicio penitenciario, evangélico y guitarrista de folclore conocido por la zona, un referente que lo apuntalaba. Pero la disciplina castrense lo sacó de la cancha. No se bancó el régimen. Visto de afuera diríamos que ser dueño de tu “fuerza de trabajo” y vivir de entregarla a trabajos de vuelo corto te dejan parco y ansioso. Mariano no aguantó la rutina y alguna humillación “de más”. Entre tanto, tuvieron a Enzo, y al nacimiento de Enzo dedicamos este texto. Pero las cosas salieron mal. En un momento intentaron vivir en Buenos Aires, repetir en la puerta de un shopping el recurso de vivir pidiendo, y ya fue: la relación se rompió el día que él le “levantó la mano”. Así lo dice ella. Ni pegar ni fajar: levantar la mano. Entre la calle y sus vicios, y que extrañaba a sus hijas, Antonia volvió a ser la itinerante y con Enzo bebé. Yendo entre Verónica, ciudad cabecera de Punta Indio, donde hace cien años una familia fundó la gran empresa láctea (Verónica), donde nacieron su mamá y sus abuelos, todos trabajadores del campo; y Azul, la ciudad donde quedaron sus hijas y la familia paterna de ellas, y donde el ERP en enero del 74 atacó el Regimiento de Tanques número 10, mientras gobernaba Perón después de sacar el 62% de los votos. Así, de una ciudad a otra, de Este a Oeste y a dedo por rutas de provincia, como los policías, como los trabajadores de las cosechas, como los que buscan oportunidades. ¿Y el Estado? AUH y tarjeta Alimentar de sus tres hijos le sacan la cabeza a flote cada principio de mes.

¿Esta historia parece calcada a la de miles buscando destino, cargando hijos y a merced del trabajo golondrina de la economía del país? ¿A qué viene este cuento? ¿¡Puro pobrismo!? Todo tiene un punto: Antonia no conoció a su papá, sólo supo de su muerte con una versión seca (“Lo mató la droga”) que nunca le cerró. Y ese misterio tiñó su vida. Los muertos acunan, al padre desconocido le transfirió su inocencia: para alguien siempre uno será sagrado. Ni las palizas del padrastro Orlando, ni la vista gorda de la madre, ni las levantadas de mano del novio, ni la abstinencia de la cocaína, ni los laburos de los que le echaron apagan ese fuego. Si cargás una pregunta y buscás su respuesta la vida tendrá sentido. Antonia de chica usaba un gesto cuando le preguntaban de qué había muerto su papá: hacía con el pulgar el pico de jarra a la boca en señal de chupi. Se reía de la muerte. Inventaba una, títere triste, prefería decir alcohol a droga. Ella sabría por qué. El vino, mal que mal, estuvo en el primer milagro de Jesús.
¿Y entonces? Facebook tuvo la llave para mover esta historia. Antonia por el 2018 buscó, encontró y tuvo su fiesta de quince. Toda la familia del padre se juntó un día a recibirla. Reencuentro y reconstrucción.
-Vos naciste en José C. Paz…
-En un vagón de tren vivíamos con mamá y papá. Atrás vivían otros familiares de mi papá, que después empezaron a hacerse una casita cada uno cerca. Pero vivíamos ahí en el vagón.
-¿Y qué pasó con tu papá?
-La verdad que mamá después se fue con Orlando, el papá de mi hermano, bah nos fuimos los tres, y no supe más nada. Me dijeron que había fallecido cuando yo tenía dos años. Pero después me enteré que falleció cuando yo tenía siete años.
-¿Y cuándo conoce a tu padrastro tu mamá?
-Orlando vivía en uno de los vagones. Y un día le dijo a mi papá que nos quería llevar a una iglesia y que a la noche volvíamos. Mi papá le dijo que sí, porque eran amigos. Pero desde ese día no aparecimos más. Ese fue mi primer rencor. Desde ese día a mi papá no lo vi más. Terminamos en la calle. Pero no me acuerdo tanto. Después nació mi hermano, y nosotros teníamos que dormir en la puerta de un restaurante de Avenida de Mayo, se acostaba Orlando, yo en el medio, mi mamá y mi hermanito, nos tapábamos los cuatro con una frazada. Y después, levantarnos, ir a pedir, vender tarjetas. Y todo así, bajar y subir a los subtes, o en los trenes, y nunca faltándole el respeto a la gente. Eso era lo más importante. En esos años éramos muy unidos. Hasta que un día vino una señora y un señor, parecían expertos de algo, y hablaron con Orlando. Tuvimos que levantar las frazadas e irnos. Y fuimos a un hotel. Estuvimos año y pico nomás. Empecé la primaria ahí. Y de ahí fuimos para Verónica.
Quedó medio fantasma, pocos pobladores y algunos viven de vender el asado en cruz a los que van al mar por ruta 36. Breve incendio, breve fiesta, el humo florece
-¿Qué sabías de tu papá?
-Que tenía problema de adicción no sé con qué droga, pero mamá siempre me había inculcado que se había muerto de sobredosis. Hasta que pude reconstruir. A los veinte encontré a la familia de mi papá por Facebook. Le dije a mi mamá que yo quería saber de la familia de papá. El apellido es Gómez. Mamá me dijo que sí y me dio varios nombres que se acordaba de mis primas. Fui buscando. Mandé a todo el mundo, mandé un montón, esperaba, y nada. Yo seguía buscando. Pasaban mil cosas, pero eso no se me iba de la cabeza. Hasta que me contestó una que me dijo que sí, que ella conocía a mí papá. Era una tía. Y al otro día nomás me fui para José C. Paz, me estaba esperando una de mis tías. Yo estaba en Verónica. Estaba con mis nenas visitando a mi mamá. Así que me llevé a una nomás, la más grandecita se quedó con mi mamá y yo me fui con la más chica. Llegué a Constitución y ahí me estaba esperando mi tía, que era la mujer de mi tío, hermano de mi papá. Yo no la conocía. Me esperó ahí y me dijo: “¿Vos sos Antonia?”. “Yo soy tu tía Gladys”, me dijo. Nos abrazamos un rato largo. Mi nena no entendía nada. Y ahí empezamos a hablar un montón, todos me estaban esperando. Nos fuimos en subte hasta Retiro y de ahí a José C. Paz. Encima estaban todos juntos: mi tía, la mujer de mi tío, después a tres casas mi otra tía, tía de sangre. Y llegamos al Barrio Primavera, y de ahí para Caseros, que me estaban esperando otros familiares. Mi papá tenía como ocho hermanos. Todos querían conocerme. Porque resulta que todo el mundo me estaba buscando. Uno de mis tíos que vive en Moreno se contactó con mi mamá una vez, antes que me contactara con ellos. Y le dijo que ellos querían conocerme, le dijeron si ella les deba la oportunidad ellos me pagaban el pasaje, mi abuela me quería ver antes de que se muriera. Mi mamá le dijo que sí, pero nunca me dijo nada. ¿Por qué? Por Orlando, que no quería que vea a esa familia. Así que pasó el tiempo y me fui haciendo la pregunta hasta encontrarlos. Siempre le rezaba a mi papá. Y de golpe encuentro un batallón de familia. Imaginate que por cada hermano de papá tenían más o menos cinco hijos. Y los encontré.
-¿Y qué cosas supiste de tu papá?
-Que me quería mucho, que mamá por ahí me dejaba sola, ella se iba porque se peleaba con él y mi papá nunca me dejaba sola, nada que ver a lo que me contaron, todo al revés. Entonces para no quedarme con una sola versión le pregunto a otro tío y me dijo lo mismo: él nunca me dejaba sola.
…
Nunca la dejó sola, dice. Ni muerto. Un Dios propio. Antonia cree también en el Dios más grande, de hecho, iba a una iglesia evangélica en Azul, “pero era al cuete”. Dice que “iba y después hacía lo mismo, una hipócrita me sentía, porque vas, decís cosas, rezás, que esto que lo otro, y después salís y empezás a las puteadas, o te fumás un cigarro, entonces prefiero estar en casa, no mentir y tratar de hacer las cosas bien”.
Manda una foto este fin de año. Está en Pipinas, su último destino, un legendario pueblo también de Punta Indio. Parece perseguir la ruta del agua, del Río de la Plata, padre antiguo. Está en una punta de la bahía de Samborombón, la que termina en Punta Rasa, y el faro San Antonio que señala que empieza el mar. Una amiga de una tía la llevó a trabajar a un restorán, le va a enseñar el oficio de moza. Pipinas es parada tradicional del “turismo carretera” de familias que van al Atlántico. No hay más de mil almas ahí, porque en el 77 cerraron la estación del ramal Roca que unía Pipinas con La Plata (el pueblo primero fue, como tantos, una estación, que se fue rodeando de caseríos), capitales ingleses, la urgencia cerealera de una Europa en guerra ponía la Argentina a todo vapor. Desde los años treinta, la empresa cordobesa Corcemar (Corporación Cementera Argentina), quiso aprovechar los “grandes yacimientos de conchilla” de la zona. Construyeron una fábrica con su propia usina y un horno cementero envidiado en todo el continente. Más de trecientos obreros tenía. Y esos obreros hicieron sus casas con créditos. Las Pipinas crecía. En el 91 Loma Negra compró la empresa (era su rival), y entró con todo: despidos, retiros voluntarios. Diez años después, con menos de treinta obreros y la sola producción de cal, la empresa cerró. Quedó medio fantasma, pocos pobladores y algunos viven de vender el asado en cruz a los que van al mar por ruta 36. Breve incendio, breve fiesta, el humo florece.
Antonia, como miles, en rutas, en trenes, en micro, a pie, a dedo, golondrinas de Azul a Verónica, de Verónica a Azul, de Pipinas a La Plata, de La Plata a Buenos Aires, de Retiro a José C. Paz. Rumbo a lo conocido y desconocido. Unas tías perdidas, primos con los que hacerse hermanos, un festejo que esperó años, hija y padre, muerte reescrita: viajar un día a ser tratada como reina, la reina de papá. Trabajar de cualquier cosa, pero nunca ser cualquier cosa. Carlos Mastronardi en “Luz de provincia” escribió que “la vida, campo afuera, se contempla en jazmines, / o va en alegres carros cuando perfuma el trigo / cortado, cuando vuelve la brisa a trenzas jóvenes / y el ocio, en la guitarra, menciona algún cariño”.
Llego tarde para decirlo: feliz año, compatriotas.



