Un momento...

04 de junio de 2026

04 de junio de 2026

4 de junio de 2026

APOLOGÍA DEL MANTENIMIENTO

Mariano Vilar

@frioconbotas
Política
Tiempo de lectura: 4 minutos

No funciona el botón de mi baño. Vivo en un departamento lindo pero viejo, que alquilo hace ya una década. Las cosas suelen fallar. La cisterna del botón está empotrada en la pared y la llave de paso del baño no corta bien. El botón ya fue reparado otras veces por uno o dos plomeros, aunque nunca entiendo cómo.

Mantener un departamento viviendo solo tiene sus dificultades. Uno siempre está negociando entre el trabajo que implica que las cosas funcionen bien (un ideal imposible) y a las cosas rotas uno se puede simplemente acostumbrar. De a dos o más, el desgaste se multiplica, ni hablar si hay niños. La división sexual “tradicional” implicaba que la mujer mantenía la limpieza y el hombre las estructuras mayores, la carpintería, plomería, electricidad. Más allá de la flexibilidad de roles contemporánea, como todo en el capitalismo, la cuestión pasó a ser llanamente económica. Leí una vez en Twitter que tener un botón de inodoro que funcione perfecto es de cheto. ¿Quién puede llamar a un plomero pasado el día 20 del mes?

Todo está estallando microscópicamente, incendiándose en silencio. Cada vez que mis dedos tocan una tecla estoy desgastándola, reduciendo su vida útil, rompiéndola de a poco. Lo mismo la silla en la que estoy sentado. ¿Cuánto va a durar? Empeora si uno piensa en el propio cuerpo. Los dientes, las articulaciones, el funcionamiento de los órganos. Es posible vivir con el botón del baño roto, pero es imposible soportar la conciencia de la entropía. 

Lo que distingue a las sociedades que perduran no es la velocidad con que crean lo nuevo sino la disciplina con que sostienen lo que funciona.

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La humanidad siempre tuvo que sobrellevar esta conciencia y encontrar formas de lidiar con ella. En el presente, el mantenimiento como tal no tiene tan buena prensa. Preferimos la innovación, la destrucción creativa, la tabula rasa. Todo muy moderno. Las culturas orales tenían que hacer un esfuerzo desmedido para mantener la tradición, los mitos, las historias. Había que contarse todo de nuevo, una y otra vez, procurando no cambiar nada. La escritura, desde que se masificó, dejó eso en segundo plano. Pero todavía la conservación de textos escritos ocupaba un lugar culturalmente significativo. Hoy ni siquiera: lo tipeas y lo subís a la nube sin darte cuenta, quizás incluso contra tu voluntad. El mantenimiento digital existe e involucra muchos recursos, pero no lo vemos, no nos enteramos de él, incluso nos resulta difícil de imaginar.

La política revolucionaria que asociamos con la modernidad y el progreso sigue un esquema similar. ¿Para qué mantener instituciones caducas? Abajo la Bastilla y que surja el hombre nuevo. No importa si le preguntamos al mercado o a los revolucionarios de turno, mantener es aburrido, abajo el status quo, que las energías fluyan hacia donde tienen que fluir, que los cuerpos y las criptomonedas se liberen. Menos que mantener es más para crear. El patrimonio cultural de la humanidad ya sirvió para entrenar grandes modelos de lenguaje, que también generan imágenes, videos, canciones. ¿De qué sirve mantenerlo? Incluso los filólogos nos sentimos permanentemente compelidos a innovar, a decir que los saberes con los que lidiamos y por los que casi nadie quiere transitar sirven para abrir las puertas del futuro, o para que el pasado no se repita.

Pero la falta de mantenimiento nos afecta todos los días. Es la marca de la decadencia, de la rendición, del fracaso. En nuestra querida Argentina lo vemos todos los días. Sabemos que tenemos cosas. Tenemos salud pública, educación pública, ¡incluso satélites! No está todo por hacerse. Está hecho a medias y mantenido para el culo. Cuando, en mis frecuentes momentos de pesimismo, pienso mal de nuestro destino, es justamente lo que ve el ojo de mi mente: un país en decadencia que no mantiene nada, que cada vez va a ser más pobre, más sucio, más feo, menos funcional, y totalmente resignado a esas fallas crecientes, más aún de lo que yo lo estoy respecto del botón del inodoro de mi departamento. Y frente a eso, la política prometiendo novedades espurias, marketineras, acusaciones cruzadas e internas mediáticas.

Hace un mes fui a una “muestra” en la Rural en la que te ponías un casco de realidad virtual y vivías (digamos) una aventura medieval. Me dio mucha curiosidad la experiencia, que me dejó pensando en las formas estéticas en las que se podría aprovechar mucho más efectivamente que lo que había visto. Al salir y caminar por Plaza Italia pensaba en que en un futuro cercano simplemente podremos usar esos cascos en la calle o en nuestras casas y dejar de percibir el mal estado en el que está todo. Ni suciedad ni humedad: paredes pixeladas perfectas que podremos configurar en tonos pastel, en modo oscuro o modo claro como con la interfaz del celular.

Una política que solo promete intensidad y novedad mientras se cae el techo no nos representa mal: nos representa demasiado bien.

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Pero, alguien o algo va a tener que ocuparse de mantener los cascos, que pronto se ensuciarán, o se resquebrajarán los visores, o empezará a funcionar mal el sonido del lado derecho, etc. Lo cierto es que el mantenimiento es una condición inevitable de la finitud, frente a la cual no tenemos nada más que la fe. La obsolescencia programada y las falencias actuales para valorar apropiadamente el mantenimiento son dos factores que también contribuyen para que incluso personas no católicas como yo sintamos cierta atracción por el Vaticano y sus tiempos lentos, esos mismos tiempos que hace pocos años nos irritaban. Cambiar preservando.

Pero la fe en el futuro, sea terrenal o ultraterreno, es una llama. Mantener la antorcha o la pira que está abajo es igual de necesario aunque tenga menos glamour. Lo que distingue a las sociedades que perduran no es la velocidad con que crean lo nuevo sino la disciplina con que sostienen lo que funciona. Quizás el verdadero acto político de nuestro tiempo no sea imaginar el futuro sino hacerse cargo del presente que se degrada. Una política que solo promete intensidad y novedad mientras se cae el techo no nos representa mal: nos representa demasiado bien. Pobres, pero representados. La oposición encontró en la defensa de “lo construido” su única narrativa, pero el problema es que tampoco ellos, cuando gobernaron, se ocuparon demasiado del mantenimiento real, que nunca es solo presupuestario. Ahora, queda el discurso sin la responsabilidad, y el botón del baño sigue roto.

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