19 de julio de 2026
Querida es un término que tiene doble acepción y que ambas encuadran perfectamente para nuestra Patria. Querida en cuanto a querer algo, a ya amarlo. Querida en cuanto a desear algo, a todavía anhelarlo.
Argentina querida. Cuanto te queremos, más aún, cuanto te amamos. Pero también cuánto todavía anhelamos. La Argentina se quiere todos los días, se construye todos los días. Pero también se desea todos los días. La semana de mayo es una ocasión en que naturalmente brota un intento de reflexión más profundo. Entre locro, escarapela y acto escolar, el contexto empuja.
Argentina querida es la que ya queremos, la que amamos. Es el Argentinismo, con su núcleo de valores fundamentales, hechos históricos, personajes, gestas, industrias y toda esa cultura que configura nuestro ser nacional. Es la bendición recibida con nuestra geografía, con sus climas, paisajes, mares, montañas, el subsuelo. La bicontinental. La Patria al hombro.
Argentina querida, por otro lado, es la que deseamos y anhelamos. Es el Argentinismo que pide pista. Es la Argentina que aguarda a nacer. La de la indefinición estratégica de un modelo de desarrollo. La postergada como barbarie por parte de la “civilización”. La de la permanente tergiversación mitrista de la historia o la permanente sumisión sin soberanía a los poderes globales de turno. La que pelea entre el péndulo buscando ir hacia la médula. La Nación por construir.
Sin pestañear se acomoda pose y discurso para la ocasión. El nombre técnico es “anemómetro” o también conocido como “veleta”. Sirve para identificar la velocidad y la dirección del viento. Se acomodan para donde soplan los vientos de la época. Profesionales de la política
Semana Patria
La Argentina conmemora su nacimiento como nación organizada. Más que efeméride: un modo de recordarnos quiénes somos y, sobre todo, qué Argentina queremos.
Antes del 25 de mayo de 1810, hubo procesos fundacionales. Algunos inmediatos, como el primer cabildo abierto del día 22, o de unos años previos como las invasiones inglesas. O antes aún con las rebeliones de Tupac Amaru y Tupac Atari, que no fueron indigenistas, sino rebeliones populares de pueblos originarios, criollos, comerciantes y españoles republicanos.
Una de esas corrientes fundacionales subterráneas cumplió recientemente cuatrocientos años. Hace pocas semanas lo conmemoramos en el Colegio Máximo de San Miguel, mientras conversamos sobre la proeza jesuita en Sudamérica.
Los jesuitas, con los guaraníes, ensayaron un modelo de convivencia original. La cultura originaria y nuevas formas comunitarias de organización dialogando en serio. La educación, el arte, la producción económica, la comunidad política, articulados alrededor del bien común. Una primera respuesta concreta a la pregunta por cómo vivir juntos.
Cuatro siglos después, esa misma tradición le dio a la Iglesia universal el primer Papa surgido de la Compañía. El mismo que, por otro lado, también había nacido en esta tierra que celebramos y que dignamente expresaba nuestro estilo ante el mundo entero. Francisco.
Poder y servicio.
Antes de Francisco, cuando todavía era Jorge Bergoglio, en la homilía del Te Deum del 25 de mayo de 2001, dejó una brújula. Beber el cáliz del servicio. Que luego popularizó en “el verdadero poder es el servicio” un 7 de agosto en una fiesta de San Cayetano. Acá está, me parece, uno de los nudos del asunto: La Argentina querida, deseada, esperada, se construye sobre una idea concreta de poder. Poder como servicio. Servicio a la Patria. Servicio al bien común. Eso ordena lo demás.
Un libro de la Pastoral Social de Buenos Aires se dedica a recopilar las homilías del entonces arzobispo en cada uno de los Te Deum que celebró. Volviendo a la de 2001, meses antes de la hecatombe, la predicación surge del pasaje evangélico donde la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús y le pidió: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”. Ante eso el resto de los discípulos se indignaron -tal vez cada uno quería para sí uno de esos lugares-. Pero Jesús los llamó a todos y les dijo: “No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé? Los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre Ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor”.
El ejercicio del poder no reside en el dominio o el beneficio propio o de los propios, sino en la entrega desinteresada hacia el bien común. La verdadera grandeza se mide por la capacidad de servir y no de ser servido
Queda claro que no es cosa novedosa ni comienza en nuestra época ese primer impulso ante quien tiene poder: el de obtener algún favor. Jesús no niega la importancia del poder, Bergoglio en su homilía tampoco. Lo que se señala es el para qué, la finalidad. La cuestión de los fines tiene hasta una disciplina que los estudia. Es la teleología, una rama de la metafísica dentro de la filosofía.
Por más utópico que suene no hay que dejar de plantearlo. El ejercicio del poder no reside en el dominio o el beneficio propio o de los propios, sino en la entrega desinteresada hacia el bien común. La verdadera grandeza se mide por la capacidad de servir y no de ser servido.
En este caso lo podemos sintetizar así: La finalidad del poder es el servicio. O en términos de la doctrina justicialista: “La política (el poder) no es para nosotros un fin, sino sólo el medio para el bien de la Patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional”.
Campo nacional
Todo esto lo sabemos y para reforzar la memoria está escrito sobre tablas de piedra. La cita no es casual, tampoco la fecha. Oportuno para empezar a hacer rodar un planteo necesario y fraterno dentro de la militancia de línea nacional. Una intuición al menos. Se le atribuye a Fangio el refrán: “En la primera curva no ganas la carrera, pero sÍ te podés matar. Para evitar comerse curvas”.
Hoy se recita, se postea, se grafitea, se tuitea, se streemea y se hace remera. La curva a toda velocidad. El revival de Dios, Patria y Familia vertiginoso, cuando paradójicamente son “cosas” que requieren de paciencia y tiempo. Y así la lista puede sumar: la comunidad, lo federal, las Malvinas, el pejota, los caudillos, Rosalia, la hidrovía, la argentina bicontinental, la fe, el rock nacional, los superávits gemelos, los clubes de barrio, Francisco, León XIV, los flyers modo vintage, la gastronomía. Hasta llegar a la ropa, los anteojos, Adidas con la pluma, las bombachas de campo, los bigotes, los flequillos, las camisas. Para todos los gustos, a la carta.
Que todo eso ocurra no solo es lógico, sino que está bien. Vuelve más interesante “la conversación”, “la narrativa”, como le dicen. Es un repliegue lógico y tiene sentido de época ante la escualidez disolvente que dejó el demodé progresista. Tal es así que tanto ellos como macristas de hasta hace 10 minutos van hacia el campo nacional con intención de “fundar” debates pendientes desde la gerencia del tercer sector o la reconversión sobreactuada hacia la ortodoxia peronista. Hablan livianamente de los temas permanentes del interés nacional sin un mínimo reparo de lo que administraron de capital político y simbólico en la etapa que se dinamitó. Parafraseando al General Perón: Además de decir, hay que hacer. Y, sobre todo, ser.
Antes de Francisco, cuando todavía era Jorge Bergoglio, en la homilía del Te Deum del 25 de mayo de 2001, dejó una brújula. Beber el cáliz del servicio. Que luego popularizó en “el verdadero poder es el servicio” un 7 de agosto en una fiesta de San Cayetano
Un buen discurso se puede estructurar. La lucidez intelectual, desde ya, es muy importante. Si le ponés oratoria mucho mejor. Ni hablar si filmas y clipeás, total desloman los compas que editan videos. Pero hay algo en el orden de lo real que no se compra ni vende. “La reserva moral del pueblo” dice Bergoglio en esa homilía para englobar las prácticas cotidianas de solidaridad y esfuerzo silencioso de la gente común, la verdadera fuerza capaz de transformar la realidad nacional. La clase media de la santidad.
Testimonio
San Ignacio de Antioquía, mártir de los primeros siglos, dejó una sentencia que sigue intacta: “Es mejor ser cristiano sin decirlo, que proclamarlo sin serlo”. Porque al final de la existencia no se nos exigirá haber sido creyentes sino haber sido creíbles.
La cuestión de la coherencia, la credibilidad y el testimonio son engranajes claves en la maquinaria del poder. La Argentina querida, deseada y soñada requiere de saber ejercer ese poder para construirla. Ya sabemos que hay otros sectores que históricamente en la Argentina adoptan la posición cipaya: “Peor que el gringo que nos compra es el criollo que nos vende”sabía decir siempre lúcido y afilado Arturo Jauretche.
Por eso el punto está dentro de nuestro campo, en las filas de la causa nacional, repito. Entre compañeros y compañeras, como su origen etimológico lo indica “que compartimos el pan”. Preguntarnos de manera fraterna ¿se puede construir sin empezar por casa, sin testimonio?
Sin dudas que recuperar discusiones sobre los intereses permanentes de la Patria es una tarea elemental para reescribir una hoja de ruta programática. Es lo que construye lo que Aldo Ferrer llamó la densidad nacional. Ahora bien, la densidad sin testimonio es pompa de jabón. Eticistas sin bondad. Intelectuales sin sabiduría. La densidad se traduce en estilo de vida o se evapora en discurso.

Hay algo dañado en el orden de la credibilidad. Una coherencia que se descuidó. Un testimonio que se deslizó de lo ético a lo estético. Al stream. Conviene defender con el cuero lo que se dice con el pico. Y el campo nacional no es ajeno a ese peligro. Corremos el riesgo de caer en la misma práctica que el progresismo, aunque con otro envase. Se consume todo el capital simbólico en torno a un tema, una persona, una efeméride, una agenda. Y cuando no queda más por consumir, se va en busca de un nuevo resorte narrativo. Del super estado presente, a la producción y trabajo. De la militancia rentada, a la comunidad organizada. De la algarabía China, a la agenda de producción nacional de Fate. De la única Iglesia que quema es la que arde, al Papa Francisco “rosquero” de nuestro bando. De Verbitsky y Bonasso, a Rucci y ahora Moreno. Y así puede seguir.
Me decía bienintencionado un compañero que valoro mucho: “Lo que no se comunica no existe”. Es una falacia a medias, porque no existe para quien no lo ve, pero en realidad existe más allá de que no se lo muestre. No existe para capitalizarlo, para el poroteo. Pero sigue estando más allá de la efectividad de ese posteo o poroteo. Pero hay algo más grave todavía en la otra cara de la moneda: pensar que, porque se comunica, sí efectivamente existe. Es una falacia entera. Porque pareciera que, por el hecho de decirse, de discursear bien, ya es en realidad. El verdadero multi-verso. Cambia el orden de uno de los principios de Francisco, “la idea es superior a la realidad”. Casualmente de los mismos creadores del parafraseo de “el conflicto es superior a la unidad” o “la parte es superior al todo”.
La Patria es un don y la Nación, una tarea. El don ya está. La tarea nuestra, antes que cualquier programa, exige una actitud de vida: el testimonio cotidiano de argentinos que vivan como piensan y piensen como viven
Sin pestañear se acomoda pose y discurso para la ocasión. El nombre técnico es “anemómetro” o también conocido como “veleta”. Sirve para identificar la velocidad y la dirección del viento. Se acomodan para donde soplan los vientos de la época. Profesionales de la política. Pique corto. Velocidad sin resistencia. ¿Alcanza?
Para construir la Argentina querida, la que deseamos ¿Qué constituye autoridad política, entonces? Además de lo argumental, está el testimonio. La palabra “testigo” viene de “testiguar”, de dar testimonio. Una idea se verifica menos en el plano argumental que en la capacidad de encarnarse. En prácticas. En estilos de vida. En formas de organización.
El Gallego Álvarez, hace ya unos años, lo planteaba en términos clásicos y hay gente valiosa que lo recupera y difunde: la crítica a la democracia liberal y burguesa no se organiza como una impugnación abstracta del mecanismo electoral, sino como observación sobre los límites de un régimen que identifica representación con procedimiento, aun cuando entre representantes y representados se abra una distancia cada vez mayor. La crisis de representación, vista desde esta perspectiva, no remite solamente a una insuficiencia institucional, sino a una disociación más profunda entre discurso, conducta y función política. Por eso adquiere centralidad la cuestión del testimonio: una idea no se verifica únicamente en el plano argumental, sino también en la capacidad de encarnarse en prácticas, estilos de vida y formas de organización.
Leídas hoy, estas intervenciones conservan interés porque permiten pensar la política más allá de la administración, la comunicación o la competencia electoral, y volver a colocar en el centro problemas de organicidad, coherencia, legitimidad y verdad práctica.
Comunidad
Cinco semanas después de la Pascua, el 24 de mayo, los cristianos celebramos la fiesta de Pentecostés, El Espíritu desciende sobre los apóstoles y forma comunidad. Hace hablar en lenguas distintas un lenguaje común. Comunidad con identidad, comunidad con misión.

Argentina Querida es eso. La comunidad nacional que se celebra. Idiomas distintos, un lenguaje común. Unidad en la diversidad. Unidad que no es uniformidad. Es lo que hace a la Argentina querida, amarla así.
Ese mismo lenguaje, virtual y real, hoy se debate en el campo de la inteligencia artificial. La Iglesia da un paso adelante: la primera encíclica de León dedicada al tema “Humanitas Dignitate”. Antes lo había hecho Francisco en su Mensaje por la Paz de 2024, abordando íntegramente la IA. Y antes aún, Pablo VI, cuando la televisión empezaba su masificación. Cada época pide su discernimiento.
La Patria es un don y la Nación, una tarea. El don ya está. La tarea nuestra, antes que cualquier programa, exige una actitud de vida: el testimonio cotidiano de argentinos que vivan como piensan y piensen como viven. Hombres y mujeres con vocación de poder dispuestos a beber el cáliz del servicio. El espíritu que viene a la comunidad, o la comunidad sola, o ambos ayudan en esa gesta.
Argentina Querida. Hay Nación por construir.



