20 de julio de 2026
I
No hay reyes. Pero están desnudos. Si miramos a los libertarios y al kirchnerismo comprobamos que nunca hubo tanta interna y en tan pocos metros cuadrados ideológicos. Están ensimismados sacándose los ojos. Y justamente la incapacidad por mostrar diferencias los exacerba más. A esta altura, ¿qué diferencia a Lila Lemoine de Agustín Romo o a Larroque de Tignanelli? Que en un teatro interrumpan a Kicillof con un cartel de “Libertad a Cristina” es el meme del hombre araña del año. O que Santiago Caputo descubra una cuenta fake de Martín Menem es medalla de bronce del mismo meme. Todos se persiguen por pensar igual, en una política enferma de narcisismo, donde la diferenciación es el commoditie. Todas las acusaciones cruzadas tienen ese resto de mala leche entre quienes se conocen demasiado, tirria sarrosa. Pero hay algo más de fondo, ¿en qué consiste pertenecer a una casta? Consiste también en la alharaca de debates donde en realidad lo político es personal y lo ideológico es pura excusa. Todos se persiguen por pensar igual. Nada grave, la cosa pacificada: no hay tiros, no hay Ezeizas, todo queda en el pelotero del “consenso democrático” y las redes sociales con sus heridas “incurables”, nada grave, aunque en el medio metan mano en las cajas del Estado –hoy en la Side o el gobierno anterior en el Pami-. Pobre Estado argentino que vive condenado a solventar los parques temáticos de cada nueva ola ideológica. Pero quizás esta forma, estas internas cada vez más filiatorias y antropofágicas, esta política de clanes dirimida entre madres e hijos, entre hermanos o primos, responda a las posibilidades concretas de la Argentina. Lo que quedó del método grieta a la altura de la última promesa occidental: no te prometemos felicidad, te prometemos intensidad. No habrá industrialización, no habrá ascenso social (a lo sumo lo habrá por mano propia), está rota la inercia igualitaria… pero somos intensos. “La vida, la libertad y la búsqueda de la… intensidad”. Pobres, pero representados. Una interna de familias, pero llena de testigos de Jehová timbreando en los palacios por la mañana: “Buen día, tengo esta narrativa para ofrecer”. La única chimenea que no se apaga mientras lo demás se funde: la política intensa. Una industria del entretenimiento que aún bascula cómo procesar el outsider. Y, por ejemplo, ahora en ciertos mundillos hay un “casting” de millonarios (financistas, banqueros, etcétera) que se dejan dorar la píldora por quienes hacen el acting de convencerlos de ser “el próximo outsider”, pero más sensato que Milei. No se aprendió nada: Milei tuvo de outsiders sus ideas. Pero ahora muchos suponen posible diseñar un mileísmo de buenos modales, que encima viene fondeado.
II
Kicillof tiene una principal virtud, pero justo es la que no puede nombrar. Ni su admiración por Keynes, ni su corazón marxista, ni su éxtasis por China la dibujan. Su virtud es la decencia, un valor republicano que quedó fuera de catálogo para el progresismo realmente existente al que él y el peronismo kirchnerista pertenecen. Una decencia cuentapropista, que no roza los intereses permanentes, pero al menos no come de ellos. “Yo no robo ni robé”, podría decir, marcando la cancha a propios y ajenos, y así dar una señal en la que dependa menos de su (in)capacidad retórica para distinguirse del kirchnerismo que lo persigue. Y lo persigue, como dijimos, “por pensar igual” (en todos los otros temas). Nuestro argumento habitual (lo pueden saltear): su lanzamiento electoral acotó el juego de Cristina y su “gesto” de elegir a otro, que, además, siempre es un otro por “derecha”, o sea, alguien con quien ella piensa distinto y cuya elección le amplifica frente a su audiencia la “trascendencia” del gesto. Fueron Scioli, Alberto y Massa los nombres de esa danza. Fijemos esto para entender lo demás: el oficio de Cristina no es ser elegida, sino ser la electora. Su prisión domiciliaria no hubiera afectado esta coreografía que ahora Axel le obtura. Y que, además, a la luz de la breve historia, es un juego en el que ella se tiende su trampa: elige alguien cuyo valor es no pensar como ella para perforar su “techo”, pero a quien luego padece (e intenta domar) por no pensar como ella cuando gestiona. Eso le pasó a Alberto Fernández, aunque esa no sea la única explicación de esa presidencia fallida. Así, Kicillof es cabeza de algo (la decencia) que no puede pasar a valor porque sería romper en serio. Digámoslo a lo Carrió: que alguien propusiera en el peronismo un nuevo pacto moral, una regeneración mínima. Sí, distribución. Sí, obra pública. Sí, zamarrear la copa y que derrame. Pero también eliminar (o reducir) el choreo. Eso que fue separando no sólo a la política de la gente, sino al peronismo de su pueblo. No fue de un día para el otro, ni lo único, pero fue la gota de ácido que disolvió lentamente el vínculo, desestimando sentimientos, la extinción de aquel homo argentum que decía “nunca hice política, siempre fui peronista”, armando un callo de desconfianza que incluso limita las posibilidades de recrear un nuevo mito nacionalista necesario (para muchos el peronismo y el kirchnerismo sólo piensan la Nación como Estado, o sea, como coto de caza de sus intereses). Así se armó otra posible capa explicativa para ese interrogante que desvela a San José 1111: ¿por qué cuando Cristina fue presa no se armó quilombo? Si como piensa Pablo Knopoff, somos máquinas de pedir cambio, el verdadero “cambio” que Kicillof tiene a mano es su tabú. Si grita: “¡Soy honesto!” le responderán: “¡Traidor!”. Sus ideas económicas, su visión del Estado, su ninguneo al déficit y a la emisión, en todo eso él no renueva nada, más bien aún asume con demasiada convicción el viejo credo de ideas caducas. Pero, por ejemplo, con el affaire de Manuel Adorni en esa contabilidad inexplicable con viejas prestamistas y contadoras mediáticas, Kicillof se podría haber hecho un picnic: exhibir su “galería de fotos” con una casa no ostentosa, las carteras más modestas de su mujer, etc. Pero lo inhibe el entorno, el “relato” que agigantó al máximo la idea de que bajo toda persecución a la corrupción siempre hay una persecución ideológica. Que la justicia y la ley son “la sangre prometida de la clase dominante”. Entonces, como Charly García cuando decía en 1982 que era un “quemo” no tener una canción censurada, podría decírsele el político sin causas: “¿cómo, a vos no te persiguen?”. La persecución judicial, esa nueva “cucarda”.
La eficacia del círculo rojo para poner o sacar no parece sintonizar el “para qué”: nuestro círculo rojo más loco del mundo puede acordar un candidato, pero no un tipo de cambio. Somos Perú al revés
III
Tampoco neguémonos al uso ilegal de la sociología para entender algo de la corrupción, esa parte en que la política se vuelve demasiado humana, ese funcionamiento que todos conocemos, donde se distienden “las formas”, el viejo tema de la financiación, mil prácticas donde es difícil decir del todo dónde empieza y termina lo corrupto. Pero hay un atisbo que presentan las aspiraciones de Adorni (ladrón menor a la luz de las grandes corrupciones argentinas) con un tufo más –perdón por esta palabra- plebeyo. El salto del hombre a su mejor parrilla. En el consorcio mileísta sus aventureros y buscas parecen más ordinarios y populares que los CEO de guante blanco del macrismo; aunque eso no indulte ni los haga inmunes a las consecuencias (a Adorni lo van a putear en veinte idiomas ni bien le saquen la custodia y los vidrios polarizados).
Alguna vez Lucas Rubinich amasó un gran texto sobre la campaña de 1983. Basado en sus notas de campo en zona sur del Gran Buenos Aires, escribió un ensayo legendario: “Vida cotidiana y cultura política: algunos usos de la palabra ‘gorila’”. Ahí, en una unidad básica de Avellaneda comandada por un dirigente de la izquierda peronista rival de Herminio Iglesias, era común justamente reírse de Herminio. Todo el mundo le machacaba haber dicho “conmigo o sinmigo”. Y fue apuntado como mariscal de la derrota cuando finalmente quemó el cajón. Había sido valiente en dictadura, pero en el 83 tenía todos los números para ser chivo expiatorio de esa derrota. Negro, guarango, con amigos de los lados de la picana. El oído de Rubinich detectó cuando el dirigente cortó de cuajo la charla contra Herminio. “No digamos goriladas…”, dijo, apagando las risas. Salto en el tiempo: en la entrevista de la revista El Ojo Mocho (primavera de 1997, pleno auge de la Alianza) Fogwill puso en concepto otra variante “sociológica” sobre la selectividad: “Todo este despelote de Yabrán, Yoma, en el fondo… cómo se monta esto sobre el clasismo argentino. Todas las víctimas son siempre guarangos, siempre tienen una mácula. Son viciosos, son putañeros, son negros, del interior, o árabes, o judíos. Nunca cae un cajetilla en este escándalo de la inmoralidad y de la corrupción. Barrionuevo. ¿Escuchaste? Nadie lo juzgó a Anzorregui…”.
Como se dice ahora: tenía un punto. Pero, más allá del tinte viñesco de la observación, después de diez años de menemismo y dieciséis de kirchnerismo no es de esperar que la gente entienda la divulgación de los casos de corrupción como si Emir Yoma, Lázaro Báez, Cristóbal López, Szpolski o Eskenazi tuvieran el aura romántica de Isidro Velázquez. Seguir creyendo que “la corrupción” sólo importa en ciertas clases acomodadas a las que, a su vez, no se les espeja su propio chanchullo (el rebote sobre sus usufructos, su lado B) quedó viejo. El estudio de la consultora “Sentimientos públicos” que dirige el sociólogo Hernán Vanoli presentó un informe sobre el declive de la imagen de Milei. Mucho más a fondo que tanta encuesta operada. El presidente venía ostentando su versión actual de neoliberalismo popular a lo Menem, pero sin esa zanahoria del 1 a 1 y el “milagro” de enterrar la hiperinflación. Esta estabilización en proceso (con altibajos inflacionarios) no salió aún del resultado recesivo y ya se revelan casos de corrupción oficial sin -justamente- ningún efecto económico que los asordine. La ambición de Milei, la refundación de una matriz económica después del derrumbe del modelo de la pos-convertibilidad (y la actual disputa en la distribución de negocios que explica el tono salvaje de la interna), debería estar acompañada del buen gusto de un “control de daños” en la comunicación, porque el disloque es completo: hablan de un crecimiento económico que casi nadie siente, con un optimismo ilusorio que no contagia y un revanchismo que empioja el clima general. ¿A quién no llamó a esta altura “basura inmunda” Milei? La palabra presidencial más devaluada que el peso. En el informe de “Sentimientos públicos” esta frase (“Las penas por corrupción deberían ser más altas y los funcionarios que roben deberían tener cárcel común, pero esto no va a pasar porque el poder judicial es cómplice de la política”) arrojó una identificación del 89%. “Los que aún tienen esperanzas en el gobierno suben a un 98% en su visión penalista de la corrupción”, según el informe. “La Corrupción no ordena el voto. Pero tampoco es inocua: cuando el barco económico parece a la deriva, la corrupción clausura un puerto importante donde el Gobierno podría reaprovisionarse de esperanzas. Quita ganas de defenderlo y mina la confianza. Y eso es un boomerang contra la economía”, apunta Vanoli. Así se ve el gobierno: desplumado y con una economía que va deprimiendo a los de a pie (aunque ese bajón no lo capitalice nadie).

La tradición del progresismo de los años noventa tenía en esa bolilla (corrupción) su as de espadas. También en muchos casos cuestionaba el plan económico, la flexibilización laboral o la impunidad de los militares, pero en esencia cabía ahí la ficha que mostraba la desnudez del rey: los valores republicanos pisoteados. Antes que la recesión y el corralito, la corrupción denunciada por su propio vicepresidente envió al gobierno de la Alianza al basurero de la Historia. La exhibición de los fondos reservados de la Side como caja chica de la casta hundió a la Alianza. Pero la estatización del progresismo en los años kirchneristas llevó a cabo la operación inversa: la nueva alianza entre progresismo y peronismo que hoy todo el mundo pone en crisis (nadie quiere ser “progre”, mientras se tramita el divorcio donde uno perdió su antigua “pureza” y el otro construyó un anclaje ideológico que le quitó reflejos, plasticidad). Entonces, por ejemplo, muchos periodistas que usaron el diario Página 12 como trinchera republicana contra Menem hicieron desde 2003 su pasaje al “lado oscuro”, y ahí, frente a las denuncias de corrupción contra el gobierno que apoyaban, las escudaban sólo como parte de un plan mayor de disciplinamiento político. Con Menem no hubo lawfare, ni marco teórico; y la Justicia que lo condenó (y que estaba hecha un poco a su imagen después de diez años) era igual de trucha, mañera, clasista y corrupta que la actual (cosa que sabemos los argentinos desde nuestra Biblia: “hacete amigo del juez”). Menem fue el primer expresidente democrático en ir preso (además de haber sido el único presidente democrático preso en dictadura). Pero ese péndulo del periodismo (dime qué gobierno atacas y te diré qué gobierno defendiste, pueden decirse en el brindis de FOPEA) contribuyó a sepultar el efecto de las denuncias. Ni tres tapas de Clarín voltean un gobierno, ni una investigación de Alconada Mon. En la Isla de Guam, el soldado Morales Solá sigue escribiendo el pliego de condiciones para los gobiernos.
IV
Lo que tenemos desde 2011 son gobiernos bloqueados, cortos y malos. Ahora el lugar común es que Milei está cocinado, y se insiste en que el círculo rojo que pone o saca gobiernos ya busca una alternativa. Massa o Macri se alternan en ese vacío cada vez que las conspiraciones crecen. O una versión edulcorada de Kicillof. O un evangélico. Y así. La eficacia del círculo rojo para poner o sacar no parece sintonizar el “para qué”: nuestro círculo rojo más loco del mundo puede acordar un candidato, pero no un tipo de cambio. Somos Perú al revés. “El círculo rojo le soltó la mano a Milei” contiene dos verdades que se autoexcluyen: si es verdad que le soltó la mano no es verdad que tenga un proyecto alternativo.
Quizás hubo dos transiciones a la democracia. La primera del 83 que venía a sanar ocho años de dictadura y la principal herida que había producido el Estado con el secuestro de personas. Y su segundo capítulo luego del estallido de 2001. Esta vez el Estado había secuestrado las cajas de ahorro en dólares de las personas. 76 y 2001: de cuando la clase media también la ligó. Un trauma salvaje. Lo que vivimos tras 20 años fue la expansión y el encogimiento del modelo posconvertibilidad. La parábola entre el corralito y el cepo, entre el saqueo del ahorro y el no ahorrarás. Ese empobrecimiento fue lento, traducido por la política bajo un acuerdo implícito de no volver a estallar. Un disyuntor hecho de subsidios, cobertura social a los de más abajo, retenciones, conurbanización, cepos, emisión o endeudamiento, devaluaciones, y patear casi todas las soluciones de fondo para adelante. Ahora se puso de moda decir algo que muchos dijimos: que el actual estallido social consiste en implosiones personales. Pero esta atomización del efecto, esta demora, este hormiguero pateado, este aspecto en que la crisis no se “colectiviza”, hace también a una larga mecha que pareciera el reaseguro para que la mayoría de la política prolongue su inmadurez narcisista, coimera, cortoplacista, sin ninguna responsabilidad a futuro, y a la vez como si le hubieran comprado el packaging moral a Cohn y Duprat en la imagen de una Argentina sólo chanta y ventajera, y en la que los políticos se pueden recostar con la fantasía de que se parecen a “la gente”: no te representamos mal, te representamos demasiado.
Argentina es mejor que esa versión de la Argentina.
…
(Foto de portada: Gaetano Mignogna)



