09 de julio de 2026
En estos días el canal estatal Paka Paka, que hoy entra dentro de la órbita de la Secretaría de Comunicación y Prensa de la Presidencia de la Nación, anunció con bombos y platillos su relanzamiento a partir del mes de julio de 2025 con una programación completamente renovada, “sin bajada de línea ideológica y poniendo el foco en los valores”. Creado en 2007 como bloque de programación dentro de Encuentro, y luego como una canal propio en 2010, la señal infantil es probablemente junto a Futbol para Todos lo más recordado de la Televisión Digital Abierta (TDA) creada durante el primer mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Se entiende entonces la voluntad de la nueva gestión que, en lugar de barrer con lo que en sus propios términos podría leerse como un gasto superfluo o la intromisión del Estado en la privacidad de los hogares y la crianza de tus hijos, busca en cambio apropiársela y resignificarla como cuando los colonizadores españoles construían iglesias sobre suelo ya consagrado por alguna religión pagana preexistente.
Obviamente la primera pregunta que surge ante el anuncio es qué va a pasar con Zamba. Creado por la productora de animación El Perro en la Luna, el niño formoseño animado que viaja a través de la historia argentina es sin dudas la cara de Paka Paka. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que escuché nombrar al personaje de boca de la amiga de una amiga, una joven madre que intentó explicarme la emoción de su hijito al encontrarse con un recorte de cartón en la forma de Zamba: “Gracias a este dibujito el héroe de mi nene es San Martín”, me dijo.
“Ahora no nos meten más al Pato Donald, ahora tenemos a Paka Paka”, aseguró Cristina al final de su segundo mandato, reconociendo simultáneamente el impacto de una de sus políticas culturales más exitosas y la indeleble marca que dejó el libro de Dorfman y Mattelart en quienes tuvieron su educación político sentimental durante los años setenta. “¿Y Zamba? Tranquilos… lo estamos arreglando , y muy pronto habrá sorpresas que van a dar que hablar”, asegura intrigante el anuncio oficial. Acusado en su versión original de adoctrinamiento tanto por derecha como por izquierda, de seguro la línea historiográfica de la nueva versión del programa será desmenuzada con ahínco en comentaristas variopintos. Por lo pronto, el breve adelanto deja ver que se suma al elenco lo que parece un mastín inglés y que el personaje animado fue rediseñado para aparecer más estilizado y de tez más clara, como cuando Disney pone a sus princesas a tomar Ozempic para el arte promocional.
De lo que no cabe duda es de la impronta ideológica de Tuttle Twins, uno de los nuevos programas que se incorporan a la grilla. Basado en los libros infantiles escritos por Connor Boyack, fundador del think tank Libertas Institute, la serie animada cuenta las aventuras de los gemelos Ethan y Emily Tuttle. Como Zamba, ellos también viajan en el tiempo con la silla de ruedas de su abuela Gaby y reciben lecciones de historia. Entre los personajes destacados del pasado que conocen se encuentran Adam Smith, la Madre Teresa de Calcuta, Rosa Parks, Albert Einstein, Friedrich Hayek, y Milton Friedman, quien les enseña a los niños como derrotar al “monstruo de la inflación”. En otro capítulo aprenden sobre las bondades del Bitcoin. Karl Marx hace el doble papel de antagonista y alivio cómico.

Según su creador, Tuttle Twins ofrece a “los padres un escudo para defender a sus hijos, y una espada para pelear contra […] la amenaza de quienes continúan moldeando la mente de los niños para apoyar el socialismo”. El dibujito es producido por Angel Studios con base en Utah, más conocido por sus películas y series “faith-based” o cristianas. Su mayor éxito es el film de acción Sound of Freedom, basado en las experiencias reales del malogrado exagente de seguridad Tim Ballard, quien recientemente estuvo en nuestro país y en boca de Viviana Canosa como la inspiración detrás de sus denuncias contra una supuesta red de trata.
Sin embargo en el centro de la promoción no se pone ni a Zamba ni a los Tuttle Twins, sino a Goku. En una alianza con el mayor estudio de animación japonés Toei, el nuevo Paka Paka no solo transmitirá las múltiples series que componen la saga Dragon Ball, sino otros animes como World Trigger y Dragon Quest: La Aventura de Dai. Según el periodista especializado Tomás Eliaschev, el Estado habría pagado a Japón U$D 163.000 por los derechos de transmisión de este bloque de animé. El adelanto también deja entrever que el canal tendrá su propio club del anime llamado GenZ, conducido por la influencer Oriana Rocamora, cara del canal de YouTube sobre historieta Genux TV.
Esta no es la primera vez que se ven dibujos nipones en la televisión pública. De hecho, la obra de Akira Toriyama debutó en nuestro país en 1994 dentro de la pantalla del viejo ATC como parte del programa Top Kids, en una versión achurada por una productora estadounidense y renombrada como Zero y el Dragón. En Pulgas en el 7 conducido por los ex Cablín Pablo Morgado, María Eugenia Molinari y Pablo Marcovsky se emitió Slayers y se ofrecían informes del tema allá por el año 2000. El mismo Paka Paka ofreció alguna vez un ciclo de películas del afamado estudio Ghibli y Hayao Miyazaki.
No es de extrañar que diferentes facciones políticas se disputen la propiedad de símbolos populares, y en la Argentina contemporánea el manga y el anime son justamente eso. Un secreto a la vista, la gente se sigue sorprendiendo cuando les destaco la cantidad de historieta japonesa que se publica en el país (a razón de 20 libros por semana) y cuánto espacio ocupa esta en las librerías de cadena. Es imposible salir a caminar sin encontrarse al menos una nena en edad primaria usando una remera de la heroína demoniaca kawaii Nezuko o una pintada de Goku en un paredón abandonado. Siempre hay alguien mirando animé en su teléfono en el tren o el colectivo. Tampoco es despreciable la cantidad de jóvenes emprendedores que viven de vender Pokemones hechos con impresora 3D, llaveritos, tazas, stickers, textiles estampados y todo tipo de merchandising apócrifo en ferias callejeras y eventos especializados. El animé es popular no porque tenga raíces folclóricas o sea la expresión de una experiencia subalterna, sino porque desde hace treinta años viene siendo apropiado de manera orgánica por múltiples sectores de la sociedad argentina, atravesando incluso barreras de clase y género a menudo infranqueables para producciones culturales.
Hasta hace poco el peronismo había mantenido una posición prescindente en esta disputa bajo la consigna clásica de que toda importación cultural es inequívocamente una forma de imperialismo
Como dejan ver los dichos citados de Cristina u otros de Alberto Fernández, quien endilgó al “animé japonés” haber inyectado “la lógica de la violencia y las disputas en los dibujos animados”, hasta hace poco el peronismo había mantenido una posición prescindente en esta disputa bajo la consigna clásica de que toda importación cultural es inequívocamente una forma de imperialismo. En el caso de Dragon Ball, la cosa se complica más por el antecedente de la denuncia elevada por el Ministerio de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires contra la serie por considerarla inapropiada para niños, lo que resulto en que Turner la sacará de su canal infantil Cartoon Network y la pasada a su señal adulta Warner.
Pero esto esta comenzado a cambiar como dejan entrever expresiones públicas de cuadros jóvenes como Ofelia Fernández, quien se reconoce consumidora de animé y hasta hace cosplay disfrazándose de algún personaje. De hecho, fue gracias al “Especial Dragon Ball” organizado por Tomás Rebord en su stream HAA, con Alejandro Kim y Daniel “Gordo Dan” Parisini como invitados, donde la pugna por apropiarse en términos partidarios de los productos culturales nipones emergió de alguna manera a la superficie del discurso público.
Hoy, los intercambios en foros y redes sociales a menudo terminan en discusiones sobre si tal o cual personaje de animé es peronista o libertario. Por ejemplo, el protagonista de One Piece Luffy. Obviamente, no es ninguna de las dos. No hay indicio alguno que su creador Eiichiro Oda, encerrado en su estudio dibujando el manga desde hace treinta años, sepa algo de historia argentina. Aunque sí es seguro que se inspiró en un argentino como el “Che” Guevara, en base a quien modeló al padre de héroe y líder del ejército revolucionario Dragón. Pero ya que se dispute la adscripción ideológica de Luffy habla de la potencia de estas historias como espacios ficcionales donde simpatizantes y militantes piensan al mundo, tanto el de fantasía como el real. También de la inversión emotiva que vuelcan los fans en estos personajes a quienes quieren sentir cerca suyo, en su mismo bando.
No es casual que la pulseada más caldeada dentro del fandom otaku por apropiarse de un manganimé gire en torno a One Piece, ya que es una saga épica sobre piratas que se enfrentan a un gobierno mundial opresor regenteado por una clase dominante que se siente con la potestad de discriminar, hambrear, esclavizar y exterminar a todos aquellos a quienes ve como inferiores. Una de las maneras en que estos nobles dominan a la sociedad es justamente manipulando el relato histórico, borrando por completo de los registros los cien años durante los cuales se hicieron con el poder y persiguiendo bajo pena de muerte a los académicos que aspiren a dar con la verdad. Quien controla la(s) historia(s) controla el mundo, nos dice el manga. Los programadores de Paka Paka de ayer y hoy estarían de acuerdo. Yo me mantengo un tanto escéptico con respecto a lecturas lineales sobre el supuesto poder de los dibujos animados para moldear la mente de niños y niñas. Después de todo, fue la generación que aprendió a leer con las historietas del Pato Donald la que intentó hacer la revolución en Argentina, y los nenes criados con Zamba crecieron para votar en mayor proporción por Milei.



