Un momento...

22 de julio de 2026

22 de julio de 2026

18 de mayo de 2025

LO VIEJO FUNCIONA, PERO NOS VAMOS

Gerardo Fernández & Martín Rodríguez

@GerarFernandez @tintalimon
Dossier Troilo: lo viejo funciona
Tiempo de lectura: 9 minutos

Se baja el telón de estos días en que recordamos a Aníbal Troilo. Y justo esta suite troileana panameña caminó al lado de la infatigable “elección porteña”. La ciudad de Buenos Aires, con su autonomía, revivió la habitual lotería: los políticos que emergen de este cantón son naturalmente proyectados a la liga nacional. Así lo quiso la Constitución del 94. En mayo de 1975 Troilo dejó este mundo. El intendente porteño de esos días no lo conocía nadie: era José Embroni, un militar peronista con carrera diplomática, puesto a manejar el Alumbrado, Barrido y Limpieza, como chicaneó Perón en su última estación a los concejales inquietos por su “política exterior”. Salvemos las dos verdades: la ciudad tiene, en el fondo, su reducción de asuntos municipales, y, a la vez, por favor, es la Reina del Plata. Entrás a la Lugones. Te recibe el cartel: “Bienvenidos a la capital de todos los argentinos”. Respeto.  

Sabemos que Troilo murió dos días después de haber tocado en un teatro. Lo dio todo. Y, también él decía, ya que se quería morir. El Gordo estaba agotado. El clásico poeta de iniciación, Mario Benedetti, tenía un haiku simpático: “no hay peor gordo que el que no quiere huir”. Troilo huyó, o, más que huir, se dejó ir, llevaba el ancla demasiado agarrada a sus descuidos, y era hora, más allá de haber tenido al lado a su Yoko, su Kodama, su Isabel, aunque menos asiática: a la griega, a Zita, un amor que lo cuidó entre algodones hasta el último suspiro.

Los archivos radiales, lo que queda de la televisión (en general, bajo el protectorado servicial de Archivo DiFilm), su memorable paso por la novela Rolando Rivas, su concierto en el Colón, todo eso nos deja saber aún cómo hablaba Pichuco. Su labia, el fraseo. ¿Cómo hablaba un porteño hasta hace cincuenta años o, incluso, hasta hace apenas treinta? Buenos Aires era una ciudad donde aún en los años noventa los colectiveros escuchaban tango. Troilo había cruzado los puentes: de las pistas de baile al teatro, pero tenía aún ahí, entre colectiveros y tacheros, la última llama encendida. Lo alto y lo bajo.     

La marcada entrevista con María Ester Gilio nos muestra una cierta reticencia del Gordo a “dar prensa”; y es genial releerla en esta época en que un día extrañaremos 15 minutos de anonimato.

-La gente que camina como yo, siempre quiere a los que le hacen bien. 

¿Cómo camina? 

-Así, un poco al bardo. 

No sé qué quiere decir.

-Sin ton ni son. Es gente que quiere al tango y por eso me quiere.

Troilo era obra, artista, todo inseparable, era el intendente del centro. Mezclaba el placer de armar no sólo el lenguaje del amor, sino también el de la amistad, un tipo de amistad que hermanaba las relaciones humanas al grado cero de una civilización argentina. El tango estaba “antes” que muchas cosas. Mientras por todos lados se cargaban las bayonetas para hacer el hombre nuevo, Troilo cultivaba el hombre bueno. El catálogo de algo inimitable si no se tiene esa semilla. Juan Pablo Kryskowski rememoró una frase de Pichuco cuando dijo que se mantuvo ajeno a la política para no “corromper su corazón”. El Tango habló de muchas cosas a la vez: del amor, de la amistad, de la traición y también una filosofía, pero no pudo hablar de lo que estaba en el medio, de -como dice Martín Prieto en un poema- “lo que sostiene la escena”: la política. No tomó partido por política, fue más lejos. Y si estaba en la música radial del torturador para darle pila a la picana, era también la música de cualquier torturado en la celda oscura, el rincón de pila gastada en que se abría la flor negra. Era la música también del comunista, del radical, del peronista, del futbolista, de los indiferentes con todo derecho, del costumbrismo para tener a salvo algo sagrado, de los yiros, de los comisarios, de los petiteros, de los ricos que iban a la orilla. La vida es policlasista. Y la música para la desconfianza, esa lengua que es lengua de siglos, astucia. “Hacete amigo del juez”, algo de todo eso que se enseña en el Martín Fierro, cómo sobrevivir. Y como pensó el maestro Rodolfo Kusch entre los indios y el tango a Buenos Aires: “con la inteligencia se nos vació el mundo”. Dirá: “De un lado estamos nosotros con nuestra vida pidiendo algún símbolo y del otro lado anda el mundo sumido en una materia muda”.

“La gente va a bailar”, decía y definía su goma de borrar. Troilo fue la máquina compleja de hacer fácil lo difícil.

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De no haber pasado Troilo por este mundo al tango, además, le faltaría sentimiento. Troilo es una ciudad que se nos perdió, y él era ya el llanto de una ciudad perdida. Polis de amistad. El sustrato común que los bombazos no rompieron. Toda amistad es política, dicen, los pasados de rosca que no saben decir algo sin romperlo, querer sin calcular, el corazón sin aduana. Troilo hacía más argentina a Buenos Aires porque la llevaba hasta el fondo.  

Hablar de tango no significará hablar como un profesional que hace del lunfardo el museo de ciencias naturales de la calle. Troilo no es un zombie. Es eterno. No viene de la muerte. Vamos hacia él. A él siempre estamos volviendo. Porque una ciudad, siempre, es “un pie en el cemento y otro en el vacío”, y todo lo que llene ese vacío será troileano. Entrecerrar los ojos, se abre el fueye (entra el vacío, se llena, se vacía, se vuelve a llenar). Tocar la nota debajo del asfalto, de la tierra debajo de las piedras. No lo pongan en la música de bares notables o viejos. El siglo 20 quedó atrás, adelante, suelto y encerrado. Libre, taura. Muere en los famosos que aún mueren. Hasta cuando murió la buena de Selva Alemán “se murió el siglo 20”. Elijan el suyo. Llévense el suyo. Hay fotos. No están en venta. Copien y peguen. Troilo con todos. las buenas fotos de los 60 y 70, como un rastro de humanidad en guerra. Troilo con el presidente Cámpora la noche de Caño 14 en el abrazo sencillo de un argentino que nunca hizo política y siempre tocó el bandoneón. Miren ese Cámpora feliz, que al fin encuentra refugio mientras lo tironean de todos lados. Rogelio García Lupo, “Pajarito”, contaba algo: cuando EUDEBA bajo su jurisdicción publicó el libro de discursos de la presidencia fugaz de Cámpora, éste, ya en la lona, con Perón al mando, mandaba a su chofer a buscar ejemplares todas las semanas. “-Perdón que le pregunte, ¿para qué quiere tantos libros?”, preguntó “Pajarito”. Y el chofer fue directo: “El señor Cámpora va a la milonga y les regala su libro a las chicas…”. Pajaritos y pajarracos, la historia dejó su hisopado en Caño 14: los presidentes que fueron a prenderle la vela a Cámpora, Allende y Dorticós. La luz de un fósforo fue. Porque también tenemos la foto de Aníbal con Salvador Allende ahí en Caño 14, ¿y cuántos meses esa foto antes de caer? Hay más.

La foto de Troilo con Atahualpa Yupanqui, su paso por Bahía Blanca, grabaciones desencontradas con Don Ata, ese payador que parecía salido de la filiación borgeana de El escritor argentino y la tradición: la milonga metafísica. “Los hombres son dioses muertos de un templo ya derrumbado.” La foto de Troilo con Serrat, las noches de Caño 14 en que “el Nano” no dejaba mito por tocar. La foto con Lanusse, de gala los dos, y el grito hecho verdad: ¡al Colón, al Colón! La foto haciendo guantes con Ringo Bonavena, humor y agallas. La foto de Troilo mirándose a los ojos con Piazzola, el “Gato”. La foto de Troilo, cachete con cachete, con el Polaco, al que soltó, como dijo acá Alberto Giordano, para que vuele… La foto de Troilo caminando por la rambla junto a Piazzolla y Amelita, y él de la mano de Zita. Foto de Troilo vestido con kimono, detrás, el retrato de Eva y Perón. La muerte de Troilo se ajusta a la caída del telón: se termina la edad de oro del siglo XX argentino. Es el fin del Gordo de Navidad. Todos agarrados a la Historia mientras se deshace.

Gentileza: Francisco Torné.

Pero en todos los órdenes de la vida hay quienes cumplen el papel de introductores. Son puente y guía en los primeros pasos, conducen al neófito por el pasillo, le dan ingreso. En el jazz, los nacidos del 50 en adelante probablemente hayan tenido a Miles Davis. Crecieron con él, entendieron con él, se perdieron con él. En el tango, quizás el Polaco Goyeneche acompañó a generaciones para que un día llegaran a Aníbal Troilo. Alguien decía, con malicia y cierta pizca de verdad, que el Polaco es “el cantante que les gusta a los que no les gusta el tango”. El Polaco es un cantante de frontera en tal caso. Cuando los que crecieron en los años 90 se toparon con esa escena de Tango feroz descubrieron “El malevaje”, y sonaba el Polaco de los años 70, duro y maduro, un tango para nada elegido al azar. Pero llegar a Troilo tal vez sea llegar al músico que mejor abarcó todo desde lo compositivo, la instrumentación, el sonido y sus cantantes. En palabras de Eduardo Berti: “el sol del sistema planetario tanguero”. Una orquesta de centro en una materia donde el centro expresa sabiduría. Si uno escucha su orquesta se cruza la idea de que fue al tango lo mismo que Duke Ellington para el jazz: orquestas de solistas donde cada músico entregaba lo suyo. Y en un punto los directores lograban que esa entrega estuviera circunscripta a lo que les sonaba en sus cabezas. El Gordo decía a sus músicos: “Usted ponga”. Acá se habló de algo clave: la goma de borrar. Troilo ajustaba. Contenía. Entendía al protagonismo como una forma de perfección. “Cuando el cantante entra, los músicos hacemos cuerpo a tierra…”  

El gordo fue oreja, goma y olfato. Supo sacarle el jugo a una camada de arregladores que fueron de lo más exquisito: Argentino Galván, Osvaldo Berlinghieri, Astor Piazzolla, Raúl Garello. Fue maestro de cantores, les enseñó a frasear letras y darle el lugar preeminente. En un ensayo de “Madreselva” le marcó a Nelly Vázquez que donde decía “Así aprendí” debía ser suave. Ella respondió: “creí que era forte”. “Yo también lo creía” remató el Gordo, demostrando capacidad para corregir sobre el pucho. José Colángelo, su último pianista, le preguntó alguna vez qué hacer con un solo que tenía preparado y la respuesta fue: “Usted tiene, ponga”.

“La primera toma es la sincera”, decía siempre a sus músicos. Sinceridad era una garantía de transmisión de emociones. El punto de partida. Su sabiduría para hallar el punto justo entre arreglos complejos y brillantes que le alcanzaban sus músicos y su olfato para dejar lo que iba, guiado, en principio, por el convencimiento de una prioridad del público: el baile. “La gente va a bailar”, decía y definía su goma de borrar. Troilo fue la máquina compleja de hacer fácil lo difícil. Cierta vez el pianista Osvaldo Berlinghieri le mostró un tango que acababa de componer, pero que había titulado de manera difusa, y Pichuco le preguntó en quién se había inspirado. Cuando el pianista le dijo “en mis viejos”, Aníbal no dudó: “Y póngale A mis viejos”.

“La última curda”, publicada en el 56, va de epílogo. Troilo compuso la música en el 54 y esperó dos años hasta que Cátulo Castillo se dignó a escribirla. La melodía, fue raro en Pichuco, ya la tenía de antes, entre manos. Y esperaba. Solía ser al revés. Solía ser que Pichuco paladeaba una letra hasta que le encontraba las notas. Sergio Pujol dice que esa letra se acerca “al descenso del último grado del alcohólico” y, a la vez, a “la última estación del tango canción”.

Si uno escucha su orquesta se cruza la idea de que fue al tango lo mismo que Duke Ellington para el jazz: orquestas de solistas donde cada músico entregaba lo suyo

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“Pichuquín, acá está la letra”, le dijo Amanda Peluffo, esposa de Cátulo, entrando a los camarines del teatro Alvear en un entre acto. Es una noche de 1956. “La última curda” se completa. Pichuco tardará unos días en responder, hasta que llama a la casa de los Castillo y le grita a Amanda: “¡Bombita!”, y ella se reía del otro lado de la línea. Troilo nunca más la llamó “Amandita”, le dejó “Bombita”. Bomba en el 56. “La última curda” es la larga confesión final, el fin de fiesta: “No ves que vengo de un país, que está de olvido y siempre gris, tras el alcohol”. Se estrena en agosto de ese año. Y a ese tango le entra, por qué no, el clima de niebla de basurales de José León Suárez. La amargura de Cátulo, dice Ricardo García Blaya, “era también política”. Final y novedad en el aire existencialista -siempre citado- de esa línea: “la vida es una herida absurda”. Cátulo y Aníbal sofocaban con extremo cuidado los restos del tango, del baile, del salón y del cuerpo a cuerpo. Todo es despedida. Música en acto final, despedida del tiempo, ciudad que entierra ciudades y la tristeza noble de Pichuco, una rara forma de alegría porteña que no mata nadie. Ciudad grandiosa.

(Gracias especiales para Mariana Fosatti, Martín Liut y el nieto Francisco Torné)

Dossier Troilo: lo viejo funciona