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22 de julio de 2026

22 de julio de 2026

16 de mayo de 2025

COMENCEMOS CON LAS ANÉCDOTAS

Alberto Giordano

Dossier Troilo: lo viejo funciona
Tiempo de lectura: 5 minutos

El 18 de mayo de 2025 se habrán cumplido 50 años de la desaparición física de Aníbal Troilo. Durante ese lapso, prácticamente, todo se ha escrito sobre su vida, pero como ocurre con aquellos personajes cuyo legado trasciende los tiempos, siempre habrá de aparecer algún dato o anécdota que nos permita redescubrir la personalidad de quien indudablemente forma parte de la historia grande del tango. 

Por ello, creo interesante relatar anécdotas, algunas propias, que seguramente permitirán al lector conocer aspectos “entrañables” -hasta hoy casi olvidados- al igual que algunos datos históricos que hacen a su vida musical y que quizás, pocos recuerdan. 

Si nos quedamos en los lugares comunes de su vida artística, es decir, el recuerdo de esa gran  agrupación que dirigió por tantos años, habremos pasado por alto que su versatilidad le permitió  acompañar a grandes orquestas cuyos maestros luego llegaron a la cúspide de la fama. Tal es así que Pichuco fue bandoneonista en las orquestas de Juan D’ Arienzo, Ángel Vargas y Federico Scorticati, entre otros. 

El Polaco, sorprendido, preguntó: “¿qué pasa Pichuco, andan mal las cosas?”. “No -respondió-, usted nació para cantar solo y un día verá que una cartelera anunciará: ‘Hoy canta Roberto Goyeneche con el acompañamiento de Aníbal Troilo’”

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Pero, comencemos con las anécdotas. Mi padre formaba parte de la orquesta de Federico  Scorticati, y relataba que cuando Troilo integraba esa agrupación, tuvo el privilegio de compartir  con él gratos momentos musicales. Contaba que una tarde se encontraban ensayando en un local de baile en Tigre, donde por la  noche ofrecerían una función. Allí, era muy común que los solistas haciendo abstracción de los acordes que se mezclaban en el ensayo, cada uno de ellos practicara sus movimientos. Incluso el director de orquesta lo hacía como uno más. Esa tarde, Troilo se integró una hora más tarde e inmediatamente comenzó a ensayar junto a los otros. No había pasado mucho tiempo y casi sin darnos cuenta cada músico había silenciado su instrumento, solo se escuchaba el bandoneón de Troilo, la magia de su ejecución había comenzado. 

Pocos años antes de morir, quien escribe estas líneas tuvo la oportunidad en reiteradas ocasiones de compartir agradables charlas nada más ni nada menos que con Floreal Ruiz, en un sitio totalmente atípico. ¿A qué me refiero con lo atípico? Siendo muy joven viajaba diariamente desde el barrio de  Colegiales hasta Mataderos, a las cinco de la mañana rumbo a lo que sería mi primer empleo. Este recorrido lo realizaba en la línea de colectivos 163, donde al llegar al cruce con la Avenida Álvarez Jonte, en más de una oportunidad, ascendía al colectivo el gran Floreal, quien culminaba una función artística en un desaparecido “Night Club” de la zona. Eran otros tiempos, el gran cantante se  acomodaba en los primeros asientos y encendía un cigarrillo, lo que aún no estaba prohibido. 

No perdí el tiempo, me acerqué a él y me senté a su lado. Comenzamos a conversar como si lo conociese de toda la vida. Era excepcionalmente afable y no podía perder la oportunidad de conocer “intimidades de esa estrella”. Fue así que un día, refiriéndonos a Pichuco, me contó una anécdota muy sabrosa. En oportunidad de integrar su orquesta típica, una noche decidió encararlo con la siguiente pregunta: “Dígame maestro, ¿todas sus obras tienen un cantor que las ha hecho popular y las convirtieron con su voz en un éxito?”. Por recordar algunas, “Garúa”, “María”, “Sur” en la voz del  Polaco, “Toda mi vida” en la voz de Fiorentino y “Che bandoneón” por Jorge Casal. Troilo lo miró y le dijo: “¿cuál es tu pregunta?”. A lo que Floreal respondió: “¿qué tango suyo me queda a mí?” Lo observó y al instante contestó: “Romance de barrio”. Su respuesta lo dejó atónito y luego se despidió diciéndole: “no me voy a equivocar”. Recuerda que le temblaban las piernas. Si salía bien iba a ingresar a la lista de los cantantes más famosos del “Gordo”, pero si fracasaba ya se veía cantando en una plaza. Gracias a Dios, según refirió, Troilo no se equivocó.

En esta misma línea. Una noche en el mítico “Caño 14”, junto a Pichuco se encontraban  Enrique Mario Franchini y Roberto Goyeneche, en ese momento cantor de su orquesta. Imprevistamente el “Gordo” le dirige la mirada a este último, afirmando: “Usted tiene que cantar como solista”. El Polaco, sorprendido, preguntó: “¿qué pasa Pichuco, anda mal las cosas?”. “No -respondió-, usted nació para cantar solo y un día verá que una cartelera anunciará: ‘Hoy canta  Roberto Goyeneche con el acompañamiento de Aníbal Troilo’”. Un año más tarde la predicción se  hizo realidad. El Polaco nunca dejó de contar esta anécdota. 

Troilo se integró una hora más tarde e inmediatamente comenzó a ensayar junto a los otros. No había pasado mucho tiempo y casi sin darnos cuenta cada músico había silenciado su instrumento, solo se escuchaba el bandoneón de Troilo, la magia de su ejecución había comenzado

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Otra noche en “Caño 14”, Rubén Juárez y Troilo actuaban en el mismo escenario, en horarios diferentes. Ambos se encontraron en los camarines y el “Gordo” abrazando al joven intérprete le  preguntó: “¿quiere usted ser mi ahijado?”. Sorprendido, Rubén contestó por qué. Y la respuesta no se hizo esperar. “Es usted el hijo que no tuve.” A partir de ese momento el virtuoso cantante cordobés tuvo su padrino artístico, y el “Gordo”, su hijo adoptivo.  

Actuando Troilo en el “Viejo Almacén” con su gran orquesta típica, Ernesto Baffa, su primer  bandoneón, se ausentó por motivos personales. El “Gordo” sin titubear le pidió a Ciriaco Ortiz, otro gran bandoneonista que esa noche actuaba con su cuarteto, si podía reemplazar a Baffa. El maestro cordobés accedió gustosamente. 

Comenzada la actuación, y como es habitual, el director de orquesta ejecutó los tres primeros compases con su pie derecho, señalando el comienzo de la obra musical. Pero he aquí que, al segundo compás, Ciriaco le susurró al oído a Troilo: “quédate tranquilo que yo voy a menos”. La broma causó tal sorpresa que la ejecución no se pudo llevar a cabo ante la risa general de todos los integrantes de la orquesta. Ciriaco, con sus bromas, volvía a hacer de las suyas. 

Siguiendo, una noche luego de una actuación, la orquesta cenaba junto al maestro en un bodegón de la Avenida Paseo Colón cuando, de repente, un comensal se acercó a Troilo y le entregó una partitura de su autoría a fin de conocer su opinión. Este la leyó detenidamente, preguntándole luego al cliente: “¿Usted tiene prontuario?”. Por lo que este comensal respondió, sorprendido, “¡No maestro!”. Troilo le replicó: “si esto se publicara le van a dar 30 años”. 

Finalmente, la última anécdota. Pichuco se caracterizaba por llevar una “goma de borrar” en el bolsillo con la que borraba los arreglos en las partituras realizada por sus “arregladores” cuando las consideraba equivocadas. Una noche, tras una actuación en Radio Splendid, Raúl Garello, uno de sus músicos arregladores apareció en la calle con un semblante de tristeza. Inmediatamente al reunirse varios de ellos, le preguntaron qué ocurría, a lo que este no contestó. De repente apareció Pichuco, puso su mano en el hombro de Raúl y le dijo: “usted está enojado conmigo porque yo borré una nota de su arreglo”. Y le aclaró: “estaba excelente, pero, ¿sabe qué?, esa nota tapaba al cantor, y este para mí, es un instrumento más”. 

En los últimos años de su vida tuve la oportunidad de conocer al gran poeta Adrián Desiderato, en una librería de la calle Corrientes. Conociendo su devoción por Troilo le pregunté si era posible que pudiese en persona repetirme la frase que expresó al enterarse de su muerte. Mirándome de frente me dijo: “Fue un 18 de mayo, ese día el bandoneón se le cayó a Pichuco de las manos”.

Dossier Troilo: lo viejo funciona