16 de julio de 2026
Hay que bajar la inflación siempre, nunca el precio de un partido. Hay que bajar el precio de la carne, nunca el precio del espíritu. Podría quedarme un día escribiendo frases así para sobrecitos de azúcar. Argentina versus Inglaterra. Tamos dulces. Este mundial tuvo un prólogo idiota. Le bajaron el precio por los cuatro wines: porque lo organizaba Estados Unidos, porque el presidente de USA es Trump, porque Trump está en guerra, porque Messi le dio la mano a Trump, porque Chiqui Tapia puede volver esposado, porque los jugadores no se pronunciaron sobre no sé qué causa justa. Mierda. Este mundial es una maravilla: un viaje al centro del problema. Lo hubiéramos jugado en una cancha móvil de un barco cruzando el estrecho de Ormuz. Bajo la balacera de una guerra que no sabemos si existe (depende la hora, el tuit, ya no sabemos quién contra quién). Los “usos del fútbol”: zzzz. Todos usan todo. Y a la vez la pasión merece ser preservada. Tener área protegida. Ese es el gesto sanamente mezquino de la Scaloneta: no se sube a nada que no sea que te subas a ellos. Y es una tarea permitir que así sea. Que exista la preservación de la alegría sin tanto manoseo, ni especulaciones. La psiquis idiota que dejó la grieta incluye la renovación de esa saga de hinchas anti selección según el péndulo y la conveniencia de un gobierno u otro. Pero no pasa nada. La antiargentinidad, un clásico nuestro. Parafraseando la comicidad de Marx, en Argentina puedo dedicarme a criticar la selección, sin necesidad de ser exclusivamente periodista, intermediario, panelista o boludo. De las pocas promesas válidas del comunismo: no es necesario pertenecer a un círculo exclusivo. El fútbol es otra escuela del carácter. Vivimos en el capitalismo hecho concha de la pasión por la guita, la restricción externa con miles que se fueron al mundial a perforar el techo de la banda y ser la más maravillosa música de las tribunas. Argentina es un país que se va a morir encima. Y a renacer la misma tarde. Y somos una cosa siempre despierta, una larva llena de memoria que no duerme. Ojos abiertos, luz blanca, eternos. Y las victorias y derrotas van a ser siempre por todos esos mismos de siempre que llevamos en el corazón. Ay, “¿no usen el fútbol?”. El fútbol nació usado y se libera. Messi llegó a Ezeiza hace cuatro años con la tercera copa y le hizo ole a los funcionarios que lo esperaban. El fútbol es el monopolio de lo popular perdido, la multitud en disponibilidad que a la democracia se le escapa de las manos. Pasó en el sepelio de Maradona. Pasa con la Scaloneta. Mejor. Alfonsín en 1986 puso a Maradona, Bilardo y compañía en el balcón. Una multitud celebraba. Igual, la suerte de ese gobierno ya estaba echada. Querido diario: el fútbol se deja usar, porque te usa a vos. Viva el fútbol.
La quiso hacer, sin dudas.. https://t.co/JSdjLwgxpU
— Marcelo Gantman (@marcelogantman) July 15, 2026
Messi vive lo de ser Messi como un don. Habla con dios, es una persona de fe, lo dijo siempre. A la vez, a Messi le da paja ser Messi. Se le nota que vivir rodeado de personas que todos los días están pendientes del “momento histórico” de tocarlo o sacarse una foto o que firme una camiseta o que “a mi nene no sé qué”, esa vida sitiada queda en algún lugar del infierno. A la vez, le sale plata por las orejas. Les fondeó la vida a sus tataranietos. Con todo derecho. ¿Qué hizo Messi? Entendió demasiado su límite. Messi depositó en Maradona la santificación nacional, el cuento de la patria, dejó esa estampita para el pueblo (y para letrados y sociólogos), por toda esa parte que a Diego le salía solo: conmover, armar relato. Por eso también Messi agradece la existencia eterna de Maradona, porque es centrífuga para él, porque le saca la cruz de vivir en la pasión. ¿Cómo lo sabemos? Por argentinos lo sabemos. La imagen del día antes del partido con Inglaterra fue un “significante vacío”: Messi sentado, pensativo, mascando un chicle, peleando contra un mosquito que le pica. Sólo los mosquitos no saben quién es. Todos llenamos esa cabeza pensativa con lo que pensamos que pensaba. Y el tipo estaba ahí, callado, y no sabemos nada. Su cansancio, su aburrimiento, su reflexión. ¿Le pesa la Historia? Somos pesados. El segundo gol de Maradona a los ingleses, ese lago de los cisnes nacional, Messi lo tenía escrito en el cuerpo. Lo hizo contra el Getafe. Fue parecidísimo. Sin ingleses, sin Víctor Hugo. Fue el gol libre. La autonomía del arte: hizo la coreografía de memoria. Eso defiende Messi. Que amagó empezar a hacerlo en el mismo punto de la cancha en este partido contra los ingleses cuarenta años después. Giró, encaró, los ingleses entraron a su zona temida: Shilton gritaba que lo fajen desde la caverna resentida a la que se fue a vivir. Messi es una forma introvertida, sin Dalma y Gianina, sin puterío, ni con lo de Flor Peña se terminó de enojar él y su mamá. Quedó ahí, en ese limbo en el que elige vivir, y que no sabemos con qué llenar. Ser normal. Una familia de seres tan normales que ya son anormales. Messi escondió la pelota para que no se la manchen. Se explica en el juego. No tiene relatores. Sus entrevistas son un embole. O son un embole hasta que él dice cosas como “soy más raro que la mierda”, y todos se ríen, y en la era del streaming, de la charla de dos horas sobre nada, del exhibicionismo, de todo eso que define este tiempo (y que ya leímos interpretado en la puntual filosofía de este tiempo) nos tocó el ídolo equivocado. Un salmón, sí. Es más raro que la mierda: es una mezcla de demasiado normal (un embole) y algo que pasa por dentro de él que no tiene forma hacia afuera, una procesión por dentro con un dios íntimo que grita que lo dejemos en paz. El ídolo que nos faltaba y que no viene a cubrirnos la falta. Le inventan divorcios, amantes, escenas. Todo lo obvio. Aprendí a quererlo así. Gracias Leandro Beier por guiarme en esa oscuridad del ídolo.
"Chileno Chad"
— Tendencias en Argentina (@porqueTTarg) July 15, 2026
Por este conductor chileno que cruzó a todos sus compañeros que estaban criticando a la Argentina. pic.twitter.com/YNaqHIUiXy
A los argentinos nos odian casi todos, nos dicen. No lo sabemos, y dudo. Los argentinos somos unos santos (ya sé, un bodrio la autoexaltación). ¿A lo sumo la mitad más uno del mundo nos odia o nos encanta creer que nos odian? “Integramos” comunidades, no nos vengamos, más bien somos un cartel que pide justicia por cualquier causa, argentinizamos un enano suizo, estamos llenos de bronce (y entre las piedras frías de Malvinas aún rebotan los sapucay de los correntinos que le dispararon prácticamente a la OTAN). No hicimos una economía para todos. Hicimos leyes suecas y una vela prendida en la Santa Soja Federación. Somos industria liviana, pero no nos lleva el viento. Estamos en el culo del mundo y nos dio ventajas: no achicarnos. ¿Occidente? Todo nuestro, dijo Borges. Gauchos metafísicos, pidió. Y nació Atahualpa Yupanqui. “Los hombres son dioses muertos de un templo ya derrumbado”. Don Ata no cantaba a la chinita, al rancho y al baile de la laucha gaucha. Cantaba al borde de un río de sangre que da al mar. Y salvo porque lo usa para cortarse solo y creerse el boludo excepcional, el chiste de “fenómeno barrial” funciona en la dirección de un país que con chaucha y palito llamó la atención porque es, ni más ni menos, que una maravillosa fábrica de humanos. Y punto. Y ya no se puede decir mucho más.

