10 de julio de 2026
Hoy morimos y volvimos a nacer. Como una, y otra, y otra vez. Como si la historia de Messi fuera una fábula que se resiste a terminar.
Me quedo con su llanto. En esas lágrimas hay emoción, alivio, pero también algo más difícil de nombrar: la conciencia de que, tarde o temprano, esto se terminará algún día. Por eso cada partido, cada pase, cada gol, incluso cada penal errado, tenemos que mirarlo como si fuera la primera vez. Porque es un tesoro. Porque es el verdadero tesoro.
A Leonel no lo captura ninguna ideología, ningún marco conceptual, ninguna teoría. No lo atrapan las sobreactuaciones de derecha ni las de izquierda. Tampoco la nostalgia de quienes siguen buscando un fútbol que ya no existe. Messi excede todo eso. En sus lágrimas también está ese exceso.
Y entonces vuelvo siempre al mismo lugar: mi hermano Juan Manuel. En 2013 se tatuó en el antebrazo una frase sencilla: Messi es amor. Se la tatuó en la piel y, sin saberlo, también me la tatuó a mí. Mi hermano menor me dejó una de las herencias más grandes de mi vida: enseñarme a querer a Messi.
Atravesamos juntos las finales perdidas, el odio, los pedidos de renuncia, los años en que todavía había que justificar lo injustificable frente a una vieja guardia maradoniana que parecía incapaz de aceptar que estaba ocurriendo algo irrepetible.
Hoy, mientras en Bahía Blanca la gente salía con banderas y el Teatro Municipal se llenaba para verlo, pensaba justamente en eso: Messi también es ese raro milagro de reunir personas que no coinciden en casi nada
Hasta que llegó 2021. Sonó el silbato en el Maracaná, Messi cayó de rodillas y, de golpe, todo se volvió más liviano. Después vino el Mundial y la alegría más grande que nos tocó vivir.
Pero otra vez estamos acá. El mejor futbolista de todos los tiempos sigue jugando, sigue haciendo goles, sigue peleando campeonatos. Y vuelve a llorar. Y esas lágrimas ya no son solamente suyas. Son las nuestras. Son las de miles. Messi escapa de eso que lo quiere contar también. No es el cuento de la patria. Es el amor después del amor maradoniano: nuestro amor intimista, la segunda nupcia calma, introvertida, con el goce de lo perfecto. Cuando lloramos a Messi, lo lloramos para adentro.
Hoy, mientras en Bahía Blanca la gente salía con banderas y el Teatro Municipal se llenaba para verlo, pensaba justamente en eso: Messi también es ese raro milagro de reunir personas que no coinciden en casi nada. No necesita un marco teórico para producir comunidad. No necesita explicación. Messi abre. Messi une. Messi es amor.
Y nosotros, humildes y pequeñísimos contemporáneos de su existencia, apenas podemos hacer una cosa: quererlo, cuidarlo y darle las gracias. Llegue hasta donde llegue.
Porque todo lo que nos dio ya es imborrable.



