08 de julio de 2026
En un texto publicado anteriormente en este portal, una reflexión sobre la imposición de la adolescencia como parámetro idealizado de la vida contemporánea, señalamos que en Argentina recién hacía los sesenta ese momento vital entre la niñez y la adultez se recortó como una etapa con características y atribuciones propias. Abusando de la efectiva frase del historiador Juan Carlos Torre, “hasta ese entonces había jóvenes, pero no juventud”. Si bien a fines de la década anterior los blue jeans ya dejaban de ser solo ropa de fajina y Elvis aparecía recurrentemente en las páginas de Radiolandia, no cabe duda que el hito de la irrupción de lo juvenil en la cultura masiva argentina fue El Club del Clan.
La discográfica estadounidense RCA Victor venía desde hacía unos años intentando penetrar el mercado argentino. En 1961 produjeron el show musical Swing, juventud y fantasía en el canal 7 y, al año siguiente, probaron con La cantina de la guardia nueva en el novísimo Teleonce. La tercera fue la vencida, alcanzando un éxito sensacional a fines de 1962 tras la mudanza al 13, entonces en manos del empresario cubano Goar Mestre, en connivencia con la también norteamericana CBS. Para marcar el paso de página, el ciclo fue renombrado como El Club del Clan.

Si bien cambiaron de señal, la fórmula era la misma: un programa de variedades que mezclaba pequeños sketches con números musicales. Los ritmos eran variados (melódico, tango, twist, bolero, caribeño y hasta un rock bailable), mas todos se englobaban bajo el sello de la “Nueva Ola”: una invención del directivo ecuatoriano de RCA Ricardo Mejía para competir en el mercado latinoamericano con los artistas anglosajones como Elvis y esos “flequilludos y estentóreos nuevos reyes de la juventud” conocidos como Los Beatles. También eran repetidas muchas caras de la cantina en El Club del Clan: Johnny Tedesco, Violeta Rivas, Raúl Lavié y Chico Novarro. Pero quien marcó la diferencia fue una de las nuevas incorporaciones, un joven tucumano apodado “Palito”.
Fue justamente en Ramón Bautista Ortega que se centró el reportaje publicado por la revista Primera Plana en marzo de 1964. Fundada por Jacobo Timerman dos años antes, el semanario se presentaba como “la revista de actualidad más informada” y buscaba, como señala Ana Lía Rey en AHiRA, que “sus lectores sintieran que Argentina también había ingresado en el proceso de modernización cultural que estaban viviendo Europa y Estados Unidos” al seguir el ejemplo de publicaciones como Newsweek o Le Monde. Fue en ese espíritu que Timerman envió “tres redactores” a desentrañar de qué se trataba el fenómeno del Club del Clan, el cual ejercía “inverosímiles influjos […] sobre buena parte de la juventud argentina, sobre sus modales y hasta sobre su manera de ver el mundo”.
Las declaraciones de Vanés, proferidas hace ya más de sesenta años, suenan extrañamente contemporáneas, y no solo porque hoy estemos atravesando otra coyuntura dominada por ídolos pop prefabricados
Desde la portada se anunciaba que la nota principal del número versaba sobre Palito Ortega con una foto del cantante y la leyenda “el triunfo de los orangutanes”. Como reconocen Pablo Alabarces y Abel Gilbert, si bien hace referencia al hit de Chico Novarro, “El orangután”, así descontextualizado el título puede ser interpretado con la intención de “animalizar” al artista, “un recurrente problema de la elite en relación con la música, no solo popular”. La nota, publicada sin firma pero atribuida al periodista desaparecido por la dictadura Enrique Raab, no hace méritos para disipar las malas lecturas. Ortega es introducido como “un muchacho silencioso que [antes de pegarla] compartía con tres correntinos, cabecitas negras como él, el desvencijado cuarto de una pensión de la calle Billinghurst”. Mas la caracterización de Ortega como alguien que atravesó una “infancia dura, laburante”, que no pudo estudiar más allá de sexto grado “y rara vez tiene tiempo para leer”, e incluso como un artista que no canta tan bien, funciona dentro del perfil para reforzar aquello que el periodista insiste de manera soslayada es el mayor valor de Ortega: su autenticidad. Es que, más que sobre El Club del Clan o Palito Ortega, el texto de Raab versa sobre cómo funcionaba la factoría de estrellitas montada por Mejía, que dirigía desde los Estados Unidos, y el locutor y publicitario argentino Leo Vanés, a quien se le atribute “el engendramiento de los modales, los gestos y de los atuendos ostentados ahora por todos los cantantes del clan”. Fue él quien tomo a “la cantante lírica [Ana María] Adinolfi, huérfana de éxito” y la transformó en Violeta Rivas, quien logró que Raúl Alberto Peralta “dejase de cantar tangos en la orquesta de Héctor Varela y aceptase llamarse” Lavié. Estos “padres terribles”, como son descriptos por el periodista, enseñaron a estos jóvenes artistas “cómo debían sonreír o mirar lánguidamente, qué noviazgos debían inventarse, qué palabras debían pronunciar, qué sueños estaban forzados a soñar”. Un dato interesante deslizado en la nota es que el manual que inspiró las técnicas de RRPP de Vanés fue el clásico de la autoayuda y lo que hoy llamaríamos coaching, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie.

Muchos antes que se acuñara el término industry plant y de las acusaciones cruzadas de haberse vendido, del ensamblaje toyotista del Kpop y de la invención del autotune, las discográficas ya aseguraban sus apuestas adiestrando a los talentos prometedores, y limando sus bordes filosos. “Un juego tan apasionante como el de los ingenieros electrónicos ocupados en engendrar robots”, según Raab. Por virtud de su origen y temperamento, Ramón Ortega es descripto como alguien que “no parecía fácilmente maleable”. Sin embargo, Vanés sacaba pecho al recordar el “saco brilloso” que Palito (apodo por él sugerido) quería usar en escena y “de cómo fue destruyéndole esa ambición, despaciosamente”. “Hay que repetirles todo unas tres o cuatro ves”, explicaba el productor, “con paciencia de pedagogo”.

Las declaraciones de Vanés, proferidas hace ya más de sesenta años, suenan extrañamente contemporáneas, y no solo porque hoy estemos atravesando otra coyuntura dominada por ídolos pop prefabricados. Según el productor, para 1964 había “cambiado el mundo” y “muerto los días en que los grandes artistas eran bohemios, borrachos o tuberculosos”. Ahora, es decir, entonces, era la hora de los cantantes que “saben invertir bien sus pesos, tienen sentido práctico, se preocupan por comprar rápidamente un automóvil y saben comunicarse con la gente”. Solo le faltó decir emprendedorismo y proactividad.
“El orangután” de Chico Novarro podría ser el tío abuelo del último hit del trapero que esté de moda esta semana
La concesión de Palito, dejarse pulir por los gurúes de la industria hasta sacarle lustre a su autenticidad, sin dudas valió la pena. Al menos, en términos comerciales. En poco más de un año había amasado “unos 50 millones de pesos”, según las fuentes de Raab. “Solo en el rubro venta de discos suelen llegarse a los 250.000 pesos diarios”. A eso se sumaba todo una oferta multimedia que nada tiene que envidiar a las producciones actuales: al exitoso ciclo televisivo se sumaban apariciones en programas ómnibus como Sábados Continuados, una película para cines dirigida por Enrique Carreras, y todo un abanico de impresos creados por la editorial Korn, que incluía la constante “promoción periodística” en revistas como Radiolandia, partituras de las canciones ynovelitas rosa con “tapa y contratapa [que] incluían fotos de Palito Ortega”.
El otro punto que más ocupa al reportaje de Primera Plana son los supuestos efectos del fenómeno musical de laboratorio conocido como la Nueva Ola. Una “histeria musical” que va más allá de “las mujeres que se desmayaban cuando Franz Liszt, cien años atrás, se sentaba majestuosamente al piano”. Para el periodista, la gente “parece negarse a hablar de otra cosa, a ver otra cosa, a bailar otra cosa, como si fuera un sol obsesivo, copernicano, que diese vueltas alrededor de una minúscula Tierra”. Acaso, aventura Raab, “las multitudes” cantan y “entran en éxtasis” con esta música “porque más allá de su liviandad [ésta] está más de acuerdo con esta época y con sus sobresaltos, porque ayudan a escapar la rutina, a convertirse durante un momento en Palito Ortega o en Johnny Halliday”.
Por virtud de su origen y temperamento, Ramón Ortega es descripto como alguien que “no parecía fácilmente maleable”
Cuando el redactor sale a buscar voces expertas que lo orienten en su interpretación encontró solo hombros encogidos. Juan Carlos Paz, “uno de los mejores compositores latinoamericanos”, confiesa que no escuchó al Club del Clan porque “no me interesa este tipo de manifestaciones populares”. Alberto Ginastera “se excusó al ser interrogado: era un tema para ser mirado por arriba del hombro”. Los tres académicos consultados en el Instituto de Sociología de la UBA “replicaron a ese silencio con otro silencio: ‘Hay que reflexionar sobre el tema, no hemos pensado detenidamente en esos fenómenos’”. Habría que esperar más de cincuenta años para que empezaran a aparecer publicadas dichas reflexiones.
Un consenso que sí emerge de las entrevistas es la alarma por el carácter foráneo de esta intervención cultural, que ha “relegado al tango y los ritmos definidos como argentinos, llámese milongas, cielitos o cuecas, al nivel de la música para minorías”. Por un lado, esta preocupación ayuda a poner en contexto histórico las quejas de “caribeñización” de la música argentina que se leen todo el tiempo. “El orangután” de Chico Novarro podría ser el tío abuelo del último hit del trapero que esté de moda esta semana. Por otro, junto con el silencio de los expertos, la alarma delata un punto ciego de la intelectualidad bienpensante que un poco por el prurito ideológico contra lo importado y otro poco por asco a lo masivo termina por obturar el análisis de fenómenos culturales que echan raíces populares y, sin los cuales, ya no se puede entender la cultura argentina. Hace medio siglo eran las canciones de molde de la Nueva Ola, ahora son la música coreana, la animación japonesa o los videojuegos chinos. Ignore estos consumos bajos su propio riesgo.

Sin embargo, el corolario más significativo de esta línea de pensamiento es otro: lo popular y “genuino” ya no se puede escindir de lo masivo e industrial. Además, como observaban entonces Félix Lipesker y Ricardo Korn, ejecutivos en la editorial de su nombre, si bien era cierto que “los nuevos ritmos que están imponiéndose son absolutamente extranjeros”, los miembros de El Club del Clan “son de aquí, de la Argentina, y nos ayudan a competir con los twists de USA que estaban invadiéndonos”. “Nunca se ha tocado tanta música nacional como en este momento”, rematan como los empresarios de la cultura sagaces que eran.
Si, Palito Ortega fue un producto creado por una discográfica yanki, y se consagró como ídolo popular. No hay una contradicción alguna ahí, como muchos han asegurado durante décadas. La cultura argentina no es, y nunca ha sido, un asunto tan sencillo.



