20 de julio de 2026
Hago las compras en el supermercado mientras escucho el editorial de un comentarista político que descargué en YouTube. Me informo sobre cuál será el guarismo de inflación en el mes que acaba de terminar (IPC y núcleo) y cómo eso impactaría en las incesantes encuestas de imagen del presidente, mientras me percato que ese Kalter Kaffe que empecé a comprar como un gusto y se volvió un hábito aumentó cinco centavos de euro. Me río solo mientras hago la cola para pagar porque escucho “Lijo” y tacho mentalmente la palabra del bingo que ya es meme. Llego a la caja, detengo el video que estaba reproduciéndose ciego en mi pantalón, y me tildo apenas un segundo mientras salgo de un idioma y entro en el otro:
–Hallo.
–Hallo.
-Es wird fünfundzwainzig, bitte.
–Ich bezahle mit Karte, bitte.
–Schönes Tag noch.
–Gleichfalls.
Meto todo rápido en una bolsa de tela ante la impaciente mirada del resto de los clientes y la del cajero, que me apura empujando lo que acabo de comprar con las cosas del que sigue, y vuelvo a apretar play.
Hay quienes siguen esperando al viajero que venga a sorprendernos desde otro planeta o el futuro, cuando ya todos tenemos una máquina que distorsiona el tiempo y el espacio en el bolsillo. Uno de los textos que más recuerdo de la facultad es uno del historiador E.P. Thompson, donde reconstruye cómo la introducción y difusión del reloj fue alterando la experiencia de vida de los hombres y mujeres a través de los últimos siglos. El ritmo del día, antes regido por el Sol y su ausencia, fue progresivamente marcado por la percusión de un mecanismo diseñado para medir el paso de los minutos de manera constante y regular. La fábrica como tecnología de organización de la producción y la sociedad nos libró del ciclo natural de las estaciones (mucho trabajo durante la siembra y cosecha, poco antes y después), e impuso el cronograma simétrico e incesante de la maquinaria. Tener acceso a la casilla de e-mail y servicios de mensajería instantáneos en el teléfono nos convirtió en una ventanilla de atención al público abierta las veinticuatro horas del día.
Otro marxista británico, el célebre Eric Hobsbawm, introduce una conclusión igual de visual en su libro sobre el siglo XX: el despliegue de las redes de telecomunicación (primero el telégrafo, luego la radio y la televisión, eventualmente Internet) no hizo al mundo más grande, sino que lo achicó. Cuanto menos, alteró su geografía. Alguien se indigna por el resultado de las elecciones en Venezuela o llora de corazón por las terribles imágenes transmitidas desde Medio Oriente, pero ignora que a doscientos metros del sillón donde está sentado un nene se desespera cada vez más porque no puede salir del contenedor de basura donde se metió a buscar comida para sus hermanitos. Se redibuja la topografía de nuestra experiencia del mundo, y pesa más el idioma, la clase, el capital cultural y la ideología política que la distancia que separa nuestros cuerpos. Mis piernas están acá, cruzando Feldstraße con las compras que acabo de hacer, pero mi cabeza está allá, a diez mil kilómetros de distancia.
Escucho más seguido la voz de gente que vive a un océano y cinco husos horarios de distancia que la de mis vecinos, con quienes solo interactúo cuando el cartero me deja un paquete para ellos
Se me ocurre el título “El exilio en los tiempos de las redes” para este texto, pero me genera resquemor usarlo, porque un concepto que englobe por igual mi migración académica en busca de vivir de lo que estudié y, en general, un mejor destino económico del que hoy puede ofrecerme Argentina, con el desplazamiento forzado de, por ejemplo, los cientos de miles de sirios que llegaron a Europa hace una década huyendo de una guerra cruenta realmente no sirve para nada. Hay sin embargo algo compartido en la experiencia contemporánea de vivir lejos de donde te criaste, sea producto de un exilio electivo o involuntario. En especial cuando esto es objeto de candentes debates sostenidos en Alemania y otras naciones primermundistas receptoras de migración sobre la integración de esos nuevos habitantes a la tierra y la cultura del país de acogida. Es una postal habitual en el transporte público el estudiante pakistaní o el refugiado ucraniano que hablan a los gritos en sus respectivos idiomas con parientes que les devuelven la mirada desde la pantalla del celular.
En la Grecia clásica, el ostracismo era un poderoso castigo porque, pese a quien le pese, somos seres sociales y el destierro significaba cortar de cuajo los lazos que podía tener hasta ese momento el condenado, forzándolo a reinventarse desde cero en otra parte. Cuando Mariano Moreno falleció a bordo de la fragata inglesa Fame, la comunicación era aún tan lenta que durante semanas su viuda continuó recibiendo las misivas que él le había enviado antes de morir, como si la estuviese carteando desde el más allá. Los exiliados de las dictaduras de la segunda mitad del siglo XX tenían acceso al correo, caras llamadas telefónicas y, en caso de eventos globales como un mundial de fútbol, podían sentir estar experimentando en vivo la misma emoción que aquellos que tuvieron que dejar atrás. Hoy yo puedo comunicarme instantáneamente con mi familia y amigos, y en mis redes sociales se trenzan noticias de último momento en español, alemán e inglés. Escucho más seguido la voz de gente que vive a un océano y cinco husos horarios de distancia que la de mis vecinos, con quienes solo interactúo cuando el cartero me deja un paquete para ellos. Una cosa que sí envidio de acá: no está rota la confianza tácita en el otro, incluso con el desconocido, quien te recibe una compra de Amazon a sola firma.

Un campesino que nació en 1605 quizás con suerte pudo escuchar música, siempre tocada en vivo, apenas un puñado de veces en su vida. Nosotros tenemos decenas de miles de canciones de todo el mundo en la palma de la mano. Me compré unos auriculares con noise cancelling y me permito editar fuera el murmullo de fondo de la gente hablando en alemán y el timbrecito de algún ciclista ansioso. Musicalizo el fresco desvío veraniego debajo de los altos arboles del Lindenpark con el Unplugged de Charly y el último disco de Rosa Profunda, banda que descubrí hace poco gracias al stream porteño de moda.
Me subo al tranvía eléctrico, me siento y me pongo a escrollear en la red social antes conocida como Twitter. En el “Para ti” están todos discutiendo sobre un meme de cuadrantes políticos que hizo un tuitero argentino que vive más bien cerca de la línea del Ecuador, ignoto para la amplia mayoría pero que vos probablemente conozcas porque estás leyendo este portal. Una arquitecta recalcitrante se pelea en defensa de un gobierno que dice viene a cambiar para siempre un país al que ella no piensa volver jamás. Un reconocido escritor que hace tiempo vive de ser argentino en Madrid retuitea una foto de un contenedor desbordado de basura y se queja de lo sucia que está Buenos Aires desde que ganó el actual jefe de gobierno en una elección en la que lamentablemente no llegó a votar. Algún usuario anónimo contesta una ocurrencia al meme de los cuadrantes políticos desde un colectivo que cruza la General Paz y me arranca una carcajada. La señora sentada enfrente mío me mira raro, y no se sí es por el exabrupto de la risa o porque se me nota en la cara que no nací acá.
Hay capital político por ganar poniendo en el centro lo valioso del contacto y calor humano, pero tampoco nadie quiere volver a dedicarle toda la mañana a hacer la cola en el banco para pagar la luz y el gas
Inevitablemente se cuelan en mi timeline esquirlas meméticas de la campaña presidencial estadounidense. La cantante pop inglesa Charlie XCX apoya a Kamala Harris diciendo que es “brat” y el candidato a vicepresidente J.D. Vance es acusado de haber tenido sexo con un sillón. Se cruzan en castellano la última nota de LPO y la presentación en sociedad del hijo primogénito de un streamer, quien decide exponerlo temprano al calor de las redes con una foto sacada horas después de su nacimiento. Me arrebata la sonrisa una noticia publicada en un diario local acerca de la paliza que sufrieron dos nenas inmigrantes somalíes (y también el padre cuando se quiso meter a defenderlas) a manos de una bandita de adolescentes alemanes en un pueblo a pocos kilómetros de donde vivo. Me bajo en la estación enfrente de mi casa y me reencuentro con un hombre mayor e indigente que desde hace un par de días parece haber decidido mudarse a una de las garitas del tranvía, pues le ofrece reparo de las recurrentes lluvias de verano. Entro en el edificio con la bolsa de las compras y la sensación de que las cosas se están yendo a la mierda acá, allá y en todos lados.
Esa noche cocino escuchando un podcast en inglés sobre las últimas novedades de Hollywood y ceno mirando un animé que Netflix estrena en simultaneo a nivel global. Oigo fuegos artificiales a la distancia y no estoy del todo seguro qué ocasión están celebrando. En la cama, continúo escroleando y la luz del teléfono hace brillar mi cara en la oscuridad del cuarto como si fuese retratado por un pintor barroco del siglo de oro holandés. Se desata la enésima discusión acerca de la verdadera definición de lo latino entre gente nacida en Latinoamérica y descendientes de mexicanos y centroamericanos criados en Nueva York que no saben una palabra de español. Un enfrentamiento recurrente en redes que amenaza con finalmente hermanar América del Sur como no pudo la gesta heroica de San Martín y Bolívar. Nada sutura las pequeñas diferencias como enfrentar a un enemigo común.

Leo a menores de treinta fantasear con el regreso a un pasado que imaginan más sencillo y pienso que, incluso si esa pastoral urbana de mediados de siglo XX fuese real, nunca fue posible volver las manecillas del reloj hacía atrás. Acertadamente se comienza a dibujar en el horizonte un renovado humanismo de tinte nacionalista como posible norte de un discurso opositor efectivo, aunque bien se haría en tener en cuenta que no se puede meter de vuelta al genio en la botella ni devolver arrepentidos el fuego a los dioses. El precio a pagar por tener las imágenes y voces del mundo entre las manos, de tener un Aleph en el bolsillo, quizás sea un poco nunca terminar de estar en ningún lugar. Sos siempre un extranjero no importa desde dónde contestes el tuit. Hay capital político por ganar poniendo en el centro lo valioso del contacto y calor humano, pero tampoco nadie quiere volver a dedicarle toda la mañana a hacer la cola en el banco para pagar la luz y el gas. La misma persona que siente nostalgia por los años cuarenta expresa dos posteos después el deseo por jugar un videojuego chino de última generación en una consola fabricada en Malasia por una empresa japonesa que cotiza en Wall Street. Me quedo dormido pensando que sí, la verdad que se ve bueno el jueguito.
(Fotos: Diego Labra)



