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10 de julio de 2026

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29 de septiembre de 2024

“SÓLO QUIERO SER UN ENFERMERO”

Florencia Angilletta

Cultura
Tiempo de lectura: 6 minutos

(Sobre “Los cuidados”, de Agustina Larrea. Este texto es una versión de las palabras leídas en la presentación del libro Los cuidados, de Agustina Larrea -editado por Paripé Books- el 2 de agosto en Dain Usina Cultural, junto a la autora y a Gustavo Álvarez Núñez.)

Estas palabras que, un poco leeré y un poco comentaré, llevan por título “Sólo quiero ser un enfermero” y comienzan con este epígrafe: “Si lo que te gusta es gritar / desenchufá el cable del parlante / el silencio tiene acción […] Ya no quiero criticar / sólo quiero ser un enfermero”.

Comienzo con la voz de Charly García, con esa letra, con esa canción magnífica que es “Raros peinados nuevos”, de Piano bar, en principio, porque Agustina Larrea es una melómana y una experta en rock argentino (de hecho, Quién es la chica, su primer libro, es sobre rock, coescrito junto a Tomás Balmaceda) y porque la música, la musicalidad –el sonido–, es una de las “zonas” del texto. Y digo “zona” retomando a Juan José Saer, al pensar las zonas menos como lugares o referencialidades catastrales y más como un estado de la voz. Un estado de las voces. Y quiero empezar por aquí porque, sobre todo, para hacer música, hay que saber escuchar.

Al leer Los cuidados recordé un texto de Rancière, un análisis formidable que desacomoda ciertas maneras transitadas de leer el vínculo entre democracia y realismo. Pero me interesa, más que compartir este análisis, señalar que toda la operación de Rancière se monta sobre “Un corazón sencillo”, de Flaubert, en especial a partir de la inclusión de una única palabra, de la descripción de un “barómetro”. Pensaba en esto, en lo que puede pasar al jugar en una palabra, en un texto. El cielo por asalto en una palabra. Agustina Larrea tiene una forma de decirlo con la formulación “palabras que sí”. Gustavo Álvarez Núñez en su reseña sobre el libro apunta como “modismos lingüísticos que atesoran o atrapan una época”. Señala también “aferrarse a lianas”. Las palabras son las lianas en Los cuidados. Y anotemos algunas de estas elecciones léxicas: “chusma”, “escondite”, “postizo”, “escudriñar”, “supervisora”, “bocasucia”, “calzón”, “inmundicia”, “bocho”, “forrados en guita”, “prejuicios”, “Guía T”, “cola de caballo”, “buenmocísimo”, “pajuerana”, “engolado”.

Y se dan cita los infaltables de la literatura argentina: la violación, el tren, y por supuesto, la enfermería.

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El trabajo de las palabras en un texto que condensa, en efecto, el trabajo. Agustina Larrea, autora del newsletter cultural “Mil lianas” es, probablemente, la última lectora de Buenos Aires, no en un sentido de cantidad sino en la complejidad de sus lecturas; exquisita en los idiomas, profesional del cross a la mandíbula. Todas estas aristas se cruzan en este libro, en su detención, en su sobriedad, en su sagacidad. Las palabras son un formidable juego de encastres. Las conquistas, por las palabras.

Vuelvo al epígrafe. A la enfermería y al silencio. Dos vectores que atraviesan Los cuidados. En su serie de lecturas, Alexandra Kohan ha escrito sobre Los cuidados: “…Familiar se vuelve extraño. Y esa extrañeza, Larrea la ubica muy bien en algunas miradas propias de los narradores y no en un ‘afuera amenazante’. Porque adentro y afuera, cuando de Unheimlich se trata, se desvanecen, se confunden. Lo extraño sólo irrumpe desde las venas de lo familiar, de lo que se muestra bienintencionado, por eso llamar Los cuidados, a ese cuento, a este libro, es perfectamente inquietante”.

Pensé, desde luego, cuando leía Los cuidados y cuando leía la lectura de Kohan sobre el libro, en La señorita Cora, de Julio Cortázar. Pero no tanto por las enfermeras como personaje –lo cual podría ser a primera vista un vector del libro que sin dudas es posible considerarse (la enfermería y el cuidado de manera más central o más periférica atraviesa todos los cuentos)–, sino más bien el mecanismo compositivo de La señorita Cora, construido desde los distintos puntos de vista, de las distintas voces. Quiénes hablan, qué dicen y, en particular, qué callan. Ése es el nervio de La señorita Cora, de Cortázar. Ése es el nervio de Los cuidados. Me atrevo a decir, siguiendo la estela de las palabras de Kohan: “Y sin embargo, la literatura”.

Porque el núcleo decisivo es el literario. No importa –y desde luego sí importa– la vida, eso que pulsa. La preciosísima foto de portada de Susana Vital. Lo inquietante es esa relación con la vida, ese silencio. La apuesta es por la literatura y si hay algo que nos trae Los cuidados es el riesgo de la forma. Y la forma como riesgo.

La lectura de Los cuidados vuelve sobre este núcleo y lo reescribe de la siguiente manera: “Lo mejor que podemos hacer por la política es pensar un rato en la sociedad”

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Los siete cuentos que lo componen son “Colección”, “Los cuidados”, “Apenas leas esto”, “Ese calor que vuelve”, “El ritual”, “Los mecanismos”, “A lo lejos”. El título definitivo de esta composición –Los cuidados–es una filosa decisión, no tanto por si hubiera acaso un tema (la enfermería, o el cuidado, que en efecto es un vector del libro como se ha señalado) sino sobre todo por la construcción de las voces y la dedicación del lenguaje. En ningún sentido la solemnidad –o la pacatería– sino el hondo y brutal riesgo del trabajo.

Cito algunos fragmentos:

“Sonia se cortaba las uñas con frecuencia, de hecho desde muy chica era cuidadosa con los dedos de sus pies y todavía más con los de las manos”; “Recuerda los días en que, con mucho cuidado, volcaba las uñas sobre la colcha que ahora le roza las piernas”; “Cuidar a alguien que prácticamente se cuida solo es contemplar de lejos y pensar”, “Cuídemela que es su primer día”.

Alejandro Galliano ha escrito “lo mejor que podemos hacer por el Estado es pensar un rato sin él”. La lectura de Los cuidados vuelve sobre este núcleo y lo reescribe de la siguiente manera: “Lo mejor que podemos hacer por la política es pensar un rato en la sociedad”. Éste libro es su escritura y, también, su época. Los cuidados hace de este tiempo una operación que es estética, lingüística, y formal: escribe lo social. Sin estridencias, ni panfletos, ni denuncias. Más bien aloja lo discreto, lo tectónico. Creo que este libro, junto con Una muchacha muy bella, de Julián López, pueden considerarse un punto de quiebre en los modos de pensar, desde la literatura, la dictadura.

Hay algo casi reverencial que se compone en estos textos respecto a un orden y elijo esta palabra y me empiezo a alejar de época, y más aún de tiempo, porque es un orden, un modo de leer. Un modo de leer que encuentra, sí, sus estribaciones literarias. Acaso la más acabada sea la construcción arquitectónica del garaje comercial (además, una de las obsesiones personales de Larrea).

El encuentro entre el hijo de la militancia y el sereno de ese garaje comercial es lo más democrático que leí en la literatura en los últimos años. La composición de los cuentos se monta sobre este gran imán, que son las voces, la democracia de las voces. Ese garaje es el gran problema argentino.

Y esto también se expande, por ejemplo, en vocativos como “flaquita” o “pitufo” y, sobre todo, en la decisión formal de la calle, de las calles. En que las cosas se diriman en ese espacio, en ese lugar que siempre pide salir. “Siempre jugando con fuego esos dos, repetía Delia”. Es nodal esta decisión formal porque si el modo en que ingresa la política es un modo social, se trata del modo de las de voces de los otros, ser hablado por otros, ceder la voz.

El encuentro entre el hijo de la militancia y el sereno de ese garaje comercial es lo más democrático que leí en la literatura en los últimos años

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Antes que un tema o una referencia catastral se trata de una decisión estética. Los apagones de la primavera alfonsinista son, ante todo, una forma. Y en esa forma es el riesgo, siempre, de hacer algo por alguien. En el fondo, insisto, es un libro sobre la sociedad argentina. Y se construye desde las uñas coleccionadas, desde las primeras veces, desde los cumpleaños de quince, desde una clase de biología. Transmite un nervio y lo construye a través de distintas diagonales. Señalo algunas: una colección, una encomienda, una carta, los regalos. Y se dan cita los infaltables de la literatura argentina: la violación, el tren, y por supuesto, la enfermería.

Me gustaría concluir con las propias palabras del libro:

“Y recordaba sus historias, sus movimientos y las líneas sucesorias como si fueran miembros de una estirpe muy lejana en el tiempo, los reyes y faraones que había aprendido en la escuela.”

Cada amor reacomoda el pasado. Cada libro que escribe una persona tan querida como Agustina, también. Gracias por los cuidados, por todos ellos. El silencio tiene acción. Gracias por la antena.

AGUSTINA LARREA PARIPE MAYO 2024
Cultura